ME GUSTAN LAS CIUDADES/

Javier Sologuren (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
POEMA Otros poemas sociopolíticos

 

Me gustan las ciudades, vestidas y aseadas,
ausentes de pasquines, paredes sin panfletos,
que amables te reciben y exhiben sus respetos,
exentas de excrementos y esquinas sin meadas
mostrando al visitante que no habitan paletos.

Me gustan las ciudades sin trampas ni cartón,
gentiles las aceras sin rampa o parapetos,
de grandes avenidas y sitios recoletos,
bailando al mismo ritmo, todas al mismo son,
luciendo trajes largos y a veces algo escuetos.

Me gustan las ciudades con aire de chulapas,
que lucen en sus venas su enjundia y sus gracejos,
ciudades con espacios que piensan en los viejos,
donde las señoritas presumen de ser guapas
y en que los caballeros se exhiben sin complejos.

Me gustan las ciudades donde nadie pregunta
¿qué haces aquí, quién eres? ¿y tú dónde has nacido?
¿estudias o trabajas? ¿a qué es que aquí has venido?
la vida es complaciente, que allí no hay horas punta,
pues siempre, a todas horas, eres muy bienvenido.

Me gustan las ciudades con variopintas gentes,
audaces, luchadoras, valientes, distendidas,
su ritmo ajetreado, sus idas y venidas,
locuaces taberneros, de bares sus ambientes
y en general ciudades alegres, divertidas.
©donaciano bueno

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Madrid, es un ejemplo, pero, como es lógico,  hay muchas más. ¿conoces tú alguna?

POETA SUGERIDO: Javier Sologuren

Javier Sologuren

La belleza, las nubes…

La belleza, las nubes.
¡Las nubes!
¿Hay alguien que se detenga a verlas
desordenándose en sus fiestas
lentamente?
¿Contemplarlas?
(No faltará quién diga ¡está en las nubes!
¡Ese hombre no se halla en sus cabales!)
Las flores, la belleza.
Si contemplamos una flor como quien contempla un rostro
humano
o escucha el alma en su pasión desnuda del canto límpido
del ave
(Igualmente será visto con sorna)
Las nubes, las flores, las aves: rostros de la belleza,
¿dónde arden sus huellas?
Sus rastros se perdieron en las aguas
como desmantelados barcos.
Por qué pues distraemos con tales baratijas!
Pero la belleza, las flores, las aves, sobre nuestras cabezas,
las nubes en su callada música.
(pero ¿las nubes, la belleza?)

(pero ¿las nubes, la belleza?)
De “Un trino en la ventana vacía” 1991

La visita del mar

Soy un cuerpo que huye, sombra que madura
con un murmullo de hojas en tu mirada
igual al mediodía cruel y esplendoroso;
mar, ala perdida, párpados de nieve,
casto sonámbulo entre materias corrompidas,
ola sedosa en que tristemente espejeo.

Toda palabra es mía cuando estoy a la orilla
de tus ojos, mar, todo silencio es mío.

Extraño huésped que me dejas turbado,
instante en que habito sólo lentamente,
dichoso, melancólico, desierto, penetrante.

No estoy en mí, no soy mío, viento, son mis ojos,
mar, ahora que te miran, ahora que tu rostro
me alza largamente despierto en el vacío,
blanco corcel yo mismo, inmaterial, desnudo.

Pasos furtivos, mar, hacia ti me conducen
cuando la noche es que en ti una hoja de palma
y mi cuerpo no es sino blandísima nieve,
llorosa sombra, triunfante peso de oro.

En la altitud de la noche abro una ventana.
En mis ojos el sueño es un juguete de hielo,
una flecha preciosa que no alcanzará a herirme.

(Oído visible de la estrella, registradme).

Mar, desde tu pecho abre sus venas la zozobra,
canta el fuego fugaz de solitarias perlas;
mudo rayo terrestre que quema hasta el cabello.

El aire de la noche, tus dedos ciegos, celestes;
tu profunda seda, mar, ardiendo quietamente.

(La hermosa luz ya viene en unos pies danzando).

Playa pura, final, mar, donde no somos
sino un fantasma entre las flores de la aurora.
De “Vida continua” 1989

Memento

Los que caímos más de siete veces
y aun en cada paso,
y, sin embargo, no somos los caídos;
sentimos un extraño dolor por los caídos;
nosotros, tú y yo, los que caemos,
con profunda unción de hijo a padre
encendemos de vida a los caídos:
la vida enajenada en las batallas,
en la turbia agonía de los tiempos;
esa vida que anida en el recuerdo
de los que son, de los que fueron, los caídos.
De “Bajo los ojos del amor” 1950

Noción de la mañana

Voy de tu mano entre los limpios juncos,
entre nubes ligeras, entre espacios
de tierna sombra. Voy en tus ojos.

Voy de tu mano como quien respira
la pausa cálida del viento,
como quien pisa en el aire blandos frutos,
como quien bebe su risueño aroma.

(No he de perder el trino y la corriente
que te moja de libres claridades,
ni tu cabello suelto como el río
que apresura sus labios en la sombra).
De “Bajo los ojos del amor” 1950

Nuevo día

del alba son los pálidos corceles
y el tumulto lejano de los sueños
con trémulas saetas el arquero
los encumbrados aires frescos hiende

mi morosa cabeza que sostienes
en un remanso de tu brazo abierto
a las nociones de la luz oriento
traspasando la orilla del durmiente

un nuevo día sí un exaltado
fulgurar de la efímera existencia
un hoy que en ser ayer tárdase apenas

a su presente incógnito ingresamos
una vez más del embeleso presas
semblantes de la luz mueven a engaño

Reloj de sombra

(Entre la tarde nostálgica y la noche)

Con una larga garra de tristeza busco
la pálida altura de una planta femenina;
tal como un viento quejumbroso busco
la intempestiva desnudez, sombra y efigie,
grito distante del pájaro que emigra,
pena con que hiere una imagen a su espejo.

Errante luz blanca bajo el vacío del cielo,
pequeño reloj que sólo fuera una lágrima,
hora en que todo ser es una pálida violeta,
estatua de pronto, arrastrada por la música
en un ramo de tinieblas y nevadas agujas.

Hora en que busco algo que no es tuyo ni mío
con una mirada puesta en lo que huye.
De “Vida continua” 1989

Toast

La inquieta fronda rubia de tu pelo
hace de mí un raptor;
hace de mí un gorrión
la derramada taza de tu pelo.

La colina irisada de tu pecho
hace de mí un pintor;
hace de mí un alción
la levantada ola de tu pecho.

Rebaño tibio bajo el sol de tu cuerpo
hace de mí un pastor;
hace de mí un halcón
el apretado blanco de tu cuerpo.
De “Bajo los ojos del amor” 1950

Vida continua

Árbol que eres un penoso relámpago,
viento que arrebatas una ardiente materia,
bosques de rayos entre el agua nocturna:
¿he de decirles que para mí se está forjando
una pesada joya en mi corazón, una hoja
que hiende como una estrella el refugio de la sangre?

Ignoro otra mirada que no sea como un vuelo
reposado y profundo, ignoro otro paso lejano,
ola que fuese más clara que la vida en mi pecho.

Sepan que estoy viviendo, nubes, sepan que canto,
bajo la gloria confusa de la tarde, solitario.

Sepan que estoy viviendo, que me aprieta el cielo,
que mi frente ha de caer como lámpara vacía
a los pies de una estatua que vela tenazmente.
De “Vida continua” 1989

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