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MIS VERSOS TE LOS REGALO (mi poema)

Poeta sugerido: ''Francisco Trejo''

MI POEMA… de medio pelo Lee otros poemas de AMISTAD

 

Los versos que aquí publico
son tuyos, te los regalo,
si ves que alguno es muy malo
me lo indicas, te suplico.
Que así que a mi esfuerzo aplico
posible es yo no consiga
que el pan se adorne de miga
saliéndome más bien duro,
ni existe ningún conjuro
si el numen no se prodiga.

Pues creo soy medianillo
y a veces ya me aturullo
y en medio tanto barullo
no logro sacarle el brillo.
Hay quien dice que es sencillo
y en esto no he de opinar.
Que a la hora de juzgar
lo hicieras tú lo prefiero.
y me digas, sé sincero,
si escribir debo olvidar.
©donaciano bueno
(… y sus poemas de medio pelo)

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MI POETA SUGERIDO: Francisco Trejo

Francisco Trejo

(VIII Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2012 y el XIII Premio Internacional Bonaventuriano de Poesía 2017 y el Paralelo Cero)

Principio exiliar

La poesía es lenta
en algunas ocasiones,
apenas un gusano que demora
sus alas
suspendido y mudo en el zarzal,
como la lengua de un hombre
en la horca
con el sonido disecado.
Debe madurar el tiempo
para que la boca
hable su dolor
como madura la pupa
antes de abrirse
y mostrar
los élitros plateados
de un coleóptero
que es primero de la tierra
y luego funda
su casa en el aire.
Basta el silencio, mientras tanto,
porque ya dice mucho
sobre la vida,
como un vuelo de moscas
sigiloso
sobre el cadáver de un colibrí
o un trébol erguido
en la banqueta
orinada por los ebrios.

Exordio

Todo amor se recuerda con canciones
y se fragmenta en ritmos, pequeñas partículas
que nos habitan el páncreas,
el corazón y el resto de las vísceras.

Las canciones suenan desde siempre,
como el viento al chocar en la cobija del campo
y el húmedo golpe que une a los amantes.

Juzgue el lector, Flora, el amor nuestro,
este drama jocoso,
esta ópera de humanos aguijones.

Oración por el amor de Flora
Señor, tu que tomaste a la mujer de otro
e hiciste posible el perdón de los pecados,
concédeme asir a la mujer ajena
—dame el título del más grande pecador
antes de que puedas perdonarme—.
Oh, Señor, si me dejas amarla
que no sea en la forma del Espíritu Santo
—las aves son breves—;
mejor en la forma de un perro
para montarla por doquier
y ladrarle al oído
mis poemas indecentes.

Juegos funerarios

Al principio, cuando nada sabía de ella,
le escribí una oda y dos canciones.
Cuando supe que era casada
escribí su epitafio.

El parricida

A Carlos Humberto López Barrios

Uno nunca sabe cuándo saldrá de casa
para encontrarse con la poesía
como quien encuentra la muerte en una conversación

Lloré hoy, Humberto, al recordar nuestra charla
sobre Santiago, el hijo que trajiste a la vida
como un libro de piel amorosa.
Hablaste de lo que significa tenerlo cerca,
porque lo miras con los ojos de un Cristo
y te aferras a los maderos de su cuna,
desde donde no existe otra cosa distinta del amor
por el que descubres tus costillas
y recibes cualquier lanza de este mundo.
«Que un padre entierre a su hijo es,
absolutamente, antinatural», dijiste, y te creo.
Pienso ahora en tu madre, la que ?lo sé por ti?,
no dormía por esperar a sus hijos hasta las 4 de la madrugada
para darles de cenar, porque la vida es hambre
y la tuya ha sido siempre
la de la libertad que buscas, desde niño,
en los platos pobres de tu país con las piernas rotas,
el mismo que llevas como elegía en tu cabello encanecido.
¿Qué sería de ella cuando te exiliaste?
¿Qué trabajo le costó venir a México para verte de pie?
Debes saber que en tu madre veo a la mía,
porque todos los ojos de las madres se despabilan
sobre las mismas ojeras
y sobre el mismo mentón tembloroso por la desesperanza.
Aquí confieso mi crimen encubierto, como mi propia sangre,
el alud de mi voz que sepulta los bosques más bienquistos.
Ayer le lancé flechas a mi madre
y cruzaron su pecho sin coraza
cuando le confesé, entre rabia y lamentaciones,
la gran aspiración de todo ser atormentado:
salir pronto de los huesos
-apando natural y deleznable.

Patria verdadera

A Saúl Ibargoyen

El poeta no muere una vez:
se despide, en cada verso, de las cosas del mundo,
como un Midas que pierde lo que toca.
Sin embargo, hay un epitafio en común
para los poetas del exilio
en el país como mancha de tinta:
Murió de pie, con el pañuelo de la amada,
para que alguien amarre sus huesos al rosal de la existencia,
porque vendrán a la espina otros pájaros migrantes
con el mismo hueco en la elegía.

El mito de la lluvia

No se explican mis padres cómo hicieron el amor
para que yo naciera enfermo del más peligroso de los bienes.
Han de turbarse cuando pronuncie sus nombres
con una fuerza de viento inusitado
y cuando descubran que mi amor, siendo lluvia,
prefiere caer, cual bálsamo,
sobre la carne adolorida de los yermos,
antes que acabar en el fondo de la copa
donde el mundo reserva su cicuta.

Cajón

y escondo como tú, soberbio y mudo,
bajo el negro jubón de terciopelo,
el cáncer implacable que me muerde
AMADO NERVO

¿Y qué si alguien se oculta en las esferas de sí mismo?
¿Qué si se guarda en sus enigmas para siempre?
¿Nos veremos obligados a salir, no sólo de la vida,
sino también de la mudez —nidal adentro—?

El cajón de la poesía
es lugar para guardarse armadillo
del mundo y de sus perros.

Si alguien entrara aquí, a mi estancia de aire,
si corriera la puerta y diera un paso hacia mi sombra,
descubriría que mi sueño de ánsar
pesa en el vuelo lo que pesa cualquier vida.

Acaso le sorprenderían, ocultas en él,
las mismas plumas del dolor
que levantan el polvo de estos versos.

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