A UNA BELLEZA FURTIVA

»Mi Poeta aquí sugerido: Juan Meléndez Valdéz

MI POEMA… de medio pelo Leer otros poemas de AMOR

 

A veces la belleza me emociona
mas yo del atractivo no alardeo,
pues al hablar me atraganto si te veo,
diríase que soy otra persona.

Ocurre que aparece un cosquilleo,
las piernas se contagian de temblores,
comienzan a aflorar sendos calores
y empiezo allí a dudar si es el deseo.

Debiera comprender no te conozco,
que ignoro lo que sabes, lo que piensas,
tampoco he descubierto si te inciensas
o gozas al saber que me sofoco.

Que pierdo ya el control, es evidente,
del ritmo tú manejas la batuta,
quizás más que inocente seas astuta,
mas creo es un castigo improcedente.

Cruzaste por mi lado sin mirarme
te vi pasar fugaz mas no te olvido.
En qué galimatías me he metido
preciso que alguien venga a liberarme.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Juan Meléndez Valdéz

Juan Meléndez Valdéz

Silvas.
Si te digna manet divini gloria ruris.
Virgilio.

SILVA I.

A las musas.

Perdón, amables Musas;
ya rendido
Vuelvo a implorar vuestro favor: el fuego
Gratas me dad con que cantaba un día,
Mis ansias de amor ciego,
O de la ninfa mía
Las dulces burlas, el desdén fingido,
Y aquel huir para rendirse luego.
El entusiasmo ardiente
Dadme, en que ya pintaba
La florida beldad del fresco prado,
La calma ya en que, el ánimo embargaba
El escuadrón fulgente,
Que en la noche serena
El ancho cielo de diamantes llena;
Deslizándose en tanto fugitivas
Las horas, y la cándida mañana
Sembrando el paso de arrebol y grana
A Febo luminoso.
¡Ah Musas! ¡qué gozoso
Las canciones festivas
De las aves siguiera,
Saludando su luz el labio mío!
Hora mirando el plateado río
Sesgar ondisonante en la ladera,
Hora en la siesta ardiente,
Baxo la sombra hojosa
De algún árbol copado,
Al raudal puro de risueña fuente,
Gozando en paz el soplo regalado
Del manso viento en las volubles ramas.
Ni allí loca ambición en peligrosos
Falaces sueños embriagó el deseo,
Ni sus voraces llamas
Sopló en el corazón el odio insano;
O en medio de desvelos congojosos
Insomne se azoró la vil codicia,
Cubriendo su oro con la yerta mano.
Miró el más alto empleo
El alma sin envidia; los umbrales
Del magnate ignoró, y a la malicia
Jamás expuso su veraz franqueza.
De rústicos zagales
La inocente llaneza
Y sus sencillos juegos y alegría,
De cuidados exento
Venturoso gozé, y el alma mía
Entró a la parte en su hermanal contento,
La hermosa juventud me sonreía,
Y de fugaces flores
Ornaba entonces mis tranquilas sienes,
Mientras el ardiente Baco me brindaba
Con sus dulces favores;
Y de natura al maternal acento
El corazón sensible,
En calma bonancible,
Y en común gozo y en comunes bienes
De eterna bienandanza me saciaba.
¡Días alegres, de esperanza henchidos
De ventura inmortal! ¡amables juegos
De la niñez! ¡memoria,
Grata memoria de los dulces fuegos
De amor! ¿dónde sois idos?
¿Decidme, Musas, quién ajó su gloria?
Huyó niñez con ignorado vuelo,
Y en el abismo hundió de lo pasado
El risueño placer. ¡Desventurado!
En ruego inútil importuno al cielo,
Y que torne le imploro
La amable inexperiencia, la alegría,
El ingenuo candor, la paz dichosa.
Que ornaron ¡ay! mi primavera hermosa;
Mas nada alcanzo con mi amargo lloro.
La edad, la triste edad del alma mía
Lanzó tan hechicera
Magia, y a mil cuidados
Me condenó por siempre en faz severa.
Crudo decreto de malignos hados
Dióme de Témis la inflexible vara;
Y que mi blando pecho
Los yerros castigara
Del delinqüente, pero hermano mío,
Astrea me ordenó: mi alegre frente
De torvo ceño obscureció inclemente,
Y de lúgubres ropas me vistiera
Yo mudo, mas deshecho
En llanto triste, su decreto impío
Obedecí temblando;
Y subí al solio, y de la acerba diosa
Las leyes pronuncié con voz medrosa.
¡O! ¡quien entonces el poder tuviera,
Musas, de resistir! ¡quién me volviese
Mi obscura medianía,
El deleyte el reír, el ocio blando,
Que imprudente perdí! ¡quien convirtiese
Mi toga en un pellico, la armonía
Tornando a mi rabel, con que sonaba
En las vegas de OTEA(1)
De mis floridos años los ardores,
Y de Arcadio la voz le acompañaba
Baylando en torno alegres los pastores!
El que insano desea
El encumbrado puesto,
Goze en buen hora su esplendor funesto.
Yo viva humilde, obscuro,
De envidia vil, de adulación seguro,
Entre el pellico y el honroso arado.
Y de fáciles bienes abastado,
En salud firme el cuerpo, sana el alma
De pasiones fatales,
Entre otros mis iguales,
En recíproco amor entre oficiosos
Consuelos feliz muera
En venturosa calma,
Mi honrada probidad dexando al suelo,
Sin que otro nombre en rótulos pomposos
Mi losa al tiempo guarde lisonjera.
Pero ¡ay Musas! que el cielo
Por siempre me cerró la florecida
Senda del bien, y a la cadena dura
De insoportable obligación atando
Mi congojada vida,
Alguna vez llorando
Puedo solo engañar mi desventura
Con vuestra voz y mágicos encantos,
Alguna vez en el silencio amigo
De la noche callada
Puedo en sentidos cantos
Adormir mi dolor, y al crudo cielo
Hago de ellos testigo,
Y en las memorias de mis dichas velo.
Musas, alguna vez; pues luego ayrada
Témis me increpa, y de pavor temblando
Callo, y su imperio irresistible sigo,
Su augusto trono en lágrimas bañando.
Musas, amables Musas, de mis penas
Benignas os doled: vuestra armonía
Temple el son de las bárbaras cadenas,
Que arrastro miserable noche y día.

SILVA II.

Al céfiro

Durmiendo Clóris
Bate las sueltas alas
amorosas,
Cefirillo suave, silencioso;
No de mi Clori el sueño regalado
Ofendas importuno: al fresco prado
Tórnate y a las rosas,
Tórnate, cefirillo bullicioso,
Y de su cáliz goza y sus olores.
A mi Clori perdona, tus favores,
Tu lisonjero aliento le escasea;
Y huye lejos del labio adormecido,
No agravies, no, atrevido
Su reposo felice,
Que Amor quizá en su idea
Me retrata esta vez, quizá le ofrece,
Mi fe pura y le dice:
Duélete, o desdeñosa,
De tan fina pasión, y con su fuego
Su tímida modestia desvanece,
Tornándola sensible y cariñosa.
¡O! ¡mi ventura no interrumpas ciego!
Yo no sé que gozoso
Me anuncia el corazón al contemplarla.
Déxame ser en sueños venturoso,
Y escapa lejos a jugar al prado,
O respetoso pósate a su lado.
Empero ya travieso por besarla
Una rosa doblaste,
Y vivaz en sus hojas te ocultaste.
De nuevo tornas y la rosa inclinas,
Y con vuelo festivo,
Bullicioso y lascivo
La meces, y a su pecho te avecinas.
¡O! ¡que mi ardor provocas
Cada vez que lo tocas!
¡O! ¡que tal vez ese cogollo esconde
Letal punzante espina, que su nieve
Hiera con golpe aleve!
Cesa, y benigno a mi rogar responde:
Cesa, céfiro manso,
Y siga Clori en plácido descanso.
Cesa, y a tu deseo
Corresponda tu ninfa agradecida
En fácil himeneo.
O nuncio del verano deleytoso,
Tú que en móviles alas vagaroso,
De las flores galán, del prado vida,
Vas dulce susurrando,
Con delicado soplo derramando
Mil fragrantes esencias, ¡ay! no toques
Esta vez a mi Clori; no provoques,
Cefirillo atrevido,
Con tu aroma su aliento:
Guarda, que Amor con ella se ha dormido.
Mas ¡ay! con que contento
Parece que se ríe y que me llama.
Su boca se desplega
Y su semblante celestial se inflama,
Como la rosa pura
Que bañada en aljófares florece
Emulando del alba la hermosura.
Llega festivo, llega
A sus párpados bellos,
Y con ala traviesa cariñoso
Asentándote en ellos
Apacible los mece,
Que otra vez ríe y su alegría crece.
¡Ay! agítala, llega y tan dichoso
Momento no perdamos, cefirillo,
Que Amor me llama y su favor me envía:
Acorre, vuela, y tu fugaz soplillo
Ayude al logro de la dicha mía.

SILVA III.

Las flores.

Naced, vistosas flores,
Ornad el suelo, que lloró desnudo
So el cetro helado del invierno rudo,
Con los vivos colores,
En que matiza vuestro fresco seno
Rica naturaleza.
Ya ríe mayo, y céfiro sereno
Con deliciosos besos solicita
Vuestra sin par belleza,
Y el rudo broche a los capullos quita.
Pareced, pareced, o del verano
Hijas y la alma Flora,
Y al nacarado llanto de la aurora
Abrid el cáliz virginal: ya siento,
Ya siento en vuestro aroma soberano,
Divinas flores, empapado el viento;
Y aspira la nariz y el pecho alienta
Los ámbares que el prado les presenta
Do quiera liberal. ¡O! ¡qué infinita
Profusión de colores
La embebecida vista solicita!
¡Qué magia! ¡qué primores
De subido matiz, que anhela en vano
Al lienzo trasladar pincel liviano!
Con el arte natura
A formaros en una concurrieron,
Galanas flores, y a la par os dieron
Sus gracias y hermosura.
Mas ¡ah! que acaso un día
Acaba tan pomposa lozanía,
Imagen cierta de la suerte humana.
Empero más dichosas,
Si os roba, flores, el ferviente estío,
Mayo os levanta del sepulcro umbrío,
Y a brillar otra vez nacéis hermosas.
Así, o jazmín, tu nieve
Ya a lucir torna aunque en espacio breve
Entre el verde agradable de tus ramas,
Y con tu olor subido
Parece que amoroso
A las zagalas que te corten clamas,
Para enlazar sus sienes venturoso.
Mientras el clavel en púrpura teñido
En el flexible vástago se mece,
Y oficioso desvelo a la belleza,
A Flora y al Amor un trono ofrece
En su globo encendido,
Hasta que trasladado
A algún pecho nevado,
Mustio sobre él desmaya la cabeza
Y el cerco encoge de su pompa hojosa.
Y la humilde violeta, vergonzosa
Por los valles perdida
Su modesta beldad cela encogida;
Mas el ámbar fragrante
Que le roba fugaz mil vueltas dando
El aura susurrante,
En él sus vagas alas empapando,
Descubre fiel do esconde su belleza.
Orgullosa levanta la cabeza
Y la vista arrebata
Entre el vulgo de flores olorosas
El tulipán, honor de los vergeles;
y en galas emulando a los claveles,
Con faxas mil vistosas
De su viva escarlata
Recama la riquísima librea.
Pero ¡ah! que en mano avara le escasea
Cruda Flora su encienso delicioso,
Y solo así a la vista luce hermoso.
No tú, azucena virginal, vestida
Del manto de inocencia en nieve pura
Y el cáliz de oro fino recamado;
No tú, que en el aroma más preciado
Bañando tu hermosura,
A par los ojos y el sentido encantas,
De los toques mecida
De mil lindos Amores,
Que vivaces codician tus favores,
¡O como entre sus brazos te levantas!
¡Como brilla del sol al rayo ardiente
Tu corona esplendente!
¡Y qual en torno cariñosas vuelan
Cien mariposas, y en besarte anhelan!
Tuyo, tuyo seria,
O azucena, el imperio sin la rosa,
De Flora honor, delicia del verano,
Que en fugaz plazo de belleza breve
Su cáliz abre al apuntar el día,
Y en púrpura bailada el soberano
Cerco levanta de la frente hermosa.
Su aljófar nacarado el alba llueve
En su seno divino;
Febo la enciende con benigna llama,
Y le dio Citerea
Su sangre celestial, cuando afligida
Del bello Adonis la espirante vida,
Que en débil voz la llama,
Quiso acorrer; y del fatal espino
Ofendida ¡o dolor! la planta bella
De púrpura tiño la infeliz huella.
Codíciala Cupido
Entre las flores por la más preciada,
Y la nupcial guirnalda que ciñera
A su Phiquis amada,
De rosas fue de su pensil de Gnido;
Y el tálamo feliz también de rosa,
Donde triunfó y gozó, cuando abrasado
En su llama dichosa
Tierno exclamó en sus brazos desmayado:
Hoy, bella Phiquis, por la vez primera
Siento que el Dios de las delicias era.
¡O reina de las flores!
¡Gloria del mayo! ¡venturoso fruto
Del llanto de la aurora!
Salve ¡rosa divina!
Salve, y ve, llega a mi gentil pastora
A rendirle el tributo
De tus suaves odores,
Y humilde a su beldad la frente inclina.
Salve ¡divina rosa!
Salve, y dexa que viéndote en su pecho
Morar ufana, y por su nieve pura
Tus frescas hojas derramar segura,
Loco envidie tu suerte venturosa,
Y anhele en ti trocado
Sobre él morir en ámbares deshecho:
Me aspirará su labio regalado.

SILVA IV.

El sueño.

¿Por qué en tanta
alegría
Se inunda mi semblante
Y enagenado el ánimo se goza?
Curiosa me demandas, Fili mía.
Hállote, y al instante
Mi corazón palpita y se alboroza,
Y río si te miro,
Y no de pena, de placer suspiro.
Un sueño, un sueño solo mi contento
Causa, Fili adorada;
Óyelo y goza el júbilo que siento.
En la fresca enramada,
Cual solemos triscando
Y riendo y burlando,
Soñé feliz que estábamos un día.
De liadas flores a tu sien texía
Y amaranto oloroso
Yo una guirnalda bella;
Mas tú, cuando oficioso
Ceñírtela intenté, me la robaste;
Y una cinta con ella
Flexible haciendo, blandamente ataste
Mis dos manos. Estrecha, Fili, estrecha,
Dixe, el nudo primero,
Y otro y otro me echa,
Que a gloria tengo el ser tu prisionero.
Luego viendo una rosa
En medio el valle descollar hermosa
Sobre todas las flores,
De los besos del céfiro halagada,
A cortarla corrí. ¡Flor venturosa,
Le dixe, el lácteo seno de mi amada
De tu frescura goze y tus olores!
Y en él la puse lleno de ternura.
Mi rosa pareció más encendida
Y su nieve más pura
Contrapuesta a la púrpura subida.
Tú al punto la tomaste,
Y no sin vanidad ¡ay! la llegaste
Al carmín vivo de tus labios bellos,
Y besándola de ellos
A los míos riyendo la pasaras.
El alma toda apenas los tocaras,
El alma toda a recoger tu beso
Sobre la rosa se lanzó anhelante,
Y por uno sin seso
Su tierno cáliz te torné abrasado
Con mil y mil en mi pasión amante.
En tales burlas por el fresco prado
Vagando alegres fuimos,
Cantando mil tonadas,
O remedando en voces acordadas
Ya el trino delicado a los xilgueros,
Ya el plácido balar de los corderos.
Cuando a Lícidas vimos
Que a nosotros venía,
Qual suele en torva faz. ose o y zeloso:
Nublóse tu alegría,
Bien como flor cortada
Cuya mustia beldad cae desmayada;
Y con labio medroso,
Huyamos, me dixiste:
¿Zagal tan necio y tan, odioso viste?
Yo te idolatro, y quiere
Que oyga su amor y alivie su cuidado;
Y así me sigue qual si sombra fuera.
¡Ay zagal! aquí estas; en vano espera:
Y fiel mi mano al corazón llevaste.
Sobre él la puse, y fino palpitaba,
Y el mío de placer mil vuelcos daba.
Así en trisca inocente
Sin sentirlo llegamos a la fuente,
Que en torno enrama el álamo pomposo,
Aquí evitemos la abrasada siesta,
Dixiste, pues a plácido reposo
Su sombra brinda y brinda la floresta;
Y te asentaste en la mullida grama.
Yo me senté a tu lado,
Y en torno se derrama
Con el tuyo paciendo mi ganado
Por la fresca pradera.
El albo vellocino a la cordera,
Que en grato don por el rabel me diste,
A rizar oficiosa te pusiste,
Y yo en tanto escribía
Tu nombre venturoso
En la lisa corteza,
Y así apenado al álamo decía:
Crece, tronco dichoso,
Crece, y el nombre de mi Fili amada
Crezca a la par contigo,
Y a par también su amor y su firmeza;
Y se a los cielos de mi testigo.
De hoy más por los pastores
Se escogerá tu sombra regalada,
Quando traten en pláticas de amores,
O al viento envíen sus dolientes quejas.
Sus inocentes danzas
Tendrán en ti las lindas zagalejas
Y anidarán los dulces ruiseñores.
Ni sufrirás del tiempo las mudanzas
De las sonantes hojas despojado,
Ya con su nombre a Fili consagrado,
Tú que fina escuchaste
Mi apasionado ruego,
Cariñosa tomaste
La aguda punta, y escribiste luego
Tras FILI. DE. DAMON., y por adorno
De mirto una lazada
Que los dos nombres estrechaba en torno;
Y tierna me miraste: ¡o que mirada!
De ella alentado mis felices brazos
A tu cuello de nieve
Lanzándose amorosos… Un ruido
Suena a la espalda y la enramada mueve.
Tú esquiva evitas los ardientes lazos;
Yo miro ayrado, y Lícida escondido
Torvo acechaba nuestra dulce llama.
Su odiosa vista en cólera me inflama,
Detiéneme tu brazo cariñoso;
Lícidas huye con fugaz carrera,
Despierto, y en mi sueño venturoso
Fue FILI DE DAMON tu voz postrera.

SILVA V.

Los recuerdos tristes.

¡Ah Clori! se anublaron
Los días del placer: nuestra ventura
Pasó, pasó dexando en la memoria
Recuerdos y amargura.
Sombra fugaz volaron
Las horas fugitivas de mi gloria,
Muy mas que el ave que ni rastro dexa
Quando hasta el cielo rápida se aleja.
Vuelvo atrás, y el deseo
Engañador te finge qual un día
Nos viera Amor, de sus ardientes flechas
Nuestras dos almas para en uno hechas
Gozándose llagadas, retirados
Del comercio importuno,
Y a su imperio feliz abandonados;
Ya en la alameda hojosa en el recreo
De un paseo inocente,
Ya en tu albergue glorioso, do ninguno,
Triste censor de nuestras ansias puras,
Ni tus palabras mágicas oía,
Ni de mi loca lengua las ternuras,
Ni los suspiros de mi amor ferviente,
Sólo el cielo nos viera
Y sus puras antorchas rutilantes,
Y al cielo enagenado yo pedía,
Que en sus claras mansiones
Mis votos y tus votos recibiera;
Y en mis brazos amantes
Mas fino te estrechaba,
Y así testigos mi delirio hacia
De mi inmensa ventura,
Ya la lumbre de amor, ya los triones,
Mientras ardía y gozaba,
Y tornaba a gozar y más ardía.
¿Te acuerdas, adorada, la ternura
Con que anublando ya la imagen triste
De mi ausencia el placer, tú me dixiste:
¡O importuno! olvidemos
Momento tan fatal: hora gozemos,
¿Gozemos otra vez? ¡Ah! ¿qué se hiciera
De aquella noche, en que el desdén rendido
Prorrumpiste llorando: eres querido;
Tuya soy, ¿tuya?, ¡O noche! si olvidarme
De ti puedo, mi pecho al gozo muera;
Clori dexe de amarme.
Divididos apenas
Del blondo estío en los ardientes días,
Si el trance se llegaba
De alejarme de ti,
¡Qual te afligías!
¡Como yo me apartaba! ¡ay horas, llenas,
Horas, llenas de gloria y de ventura!
¡Horas, que en vano detener procura
Mi insano amor! ¿do estáis? ¿o que se ha hecho
De aquel hallarme a su adorable lado
Y a sus plantas postrado,
En ansias mil deshecho?
Ya embriagado el oído.
En su voz celestial que el alma eleva
Y do le agrada extática la lleva;
Ya ciego, sin sentido
A los rayos lumbrosos
De sus ojuelos vivos, cariñosos;
Ya plácido gozando la alegría
De su amable semblante,
Do reynan sencillez y cortesía
Y angélica inocencia; el albo seno
De honestidad y de ternura lleno
Baxo la sutil gasa palpitante,
Mientras furtivo mi mirar seguía
Su movimiento blando,
Mi fiel imagen dentro contemplando.
Clori, esta imagen indeleble sea,
A pesar de la suerte
Que agostará nuestro florido suelo.
Idolatra en tu fe, constante vea
Arder hasta la muerte
La fiel llama que en ti me envidia el cielo.
O si débil acaso… Clori mía,
Sin que dexes de amarme,
En las brazos iluso en mi alegría
Hoy acabe, si un día has de olvidarme.

SILVA VI.

El lecho de Fílis.

¿Do me conduce Amor?
¿do inadvertido
En soñadas venturas embebido
Llegué con planta osada?
Esta es la alcoba de mi Fili amada.
Aquel su lecho, aquel, allí reposa:
Allí su cuerpo delicado hermoso
En blanda paz se entrega
Al sueño más suave: esta dichosa
Olanda la recibe. Llega, llega
Con paso respetoso,
O deseo feliz, llega y suspira
Sobre el lecho de Fili, y silencioso,
Si en él descansa, al punto te retira.
Retírate, no acaso a despertarla
En tu ardor impaciente
Te atrevas por tu mal:
huye prudente,
Huye de riesgo tal, y ni a mirarla
Pararte quieras por estar dormida,
Que aun corre riesgo, si la ves, tu vida.
Pero sólo está el lecho: ¡afortunado
Lecho, salve mil veces,
Pues que gozar mereces
De su esquiva beldad! ¡salve, nevado
Lecho, y consiente que mi fina boca
La olanda estreche, que felice toca
Los miembros bellos de mi Fili amada!
Su huella señalada
En ti, lecho felice,
Aquí posó dormida
La rubia frente, a mi deseo dice;
Allí tendió hacia ti su brazo hermoso
Del delirio de un sueño conmovida,
Y aquí asentó su seno delicioso.
¡O salve veces mil, y el atrevido
Tiempo no te consuma,
Dichoso lecho, del Amor mullido!
Siempre en torno de ti las Gracias velen.
Los sueños lisonjeros,
Quando mi Fili tu suave pluma
Busque, sobre ella cariñosos vuelen:
En sus alas los céfiros ligeros
Todo el ámbar le ofrezcan de las flores,
Y mi forma tomando
El placer, en su sello mil ardores,
Gozos mil mueva, su desdén domando.
¡Salve, lecho feliz, que sólo sabes
Misterios tan suaves!
Tú, si su seno cándido palpita,
Le sientes palpitar; tú, si se queja,
Tú, si el placer la agita
Y embriagada le dexa
Fingirse mil venturas,
Todo lo entiendes, lecho regalado,
Todo lo entiendes con envidia mía.
Sus ansias, sus ternuras,
Sus gozos, sus desvelos,
Su tímida modestia, sus rezelos,
En el silencio de la noche amado
Patentes a ti solo, con el día
Para mí desaparecen,
Y qual la niebla al sol se desvanecen.
¡O lecho, feliz lecho, qual suspiro
Quando tu suerte y mis zozobras miro!
Si en ti el reposo habita,
¿De do, lecho feliz, viene la llama
Que en delicias me inflama?
¿La grata turbación que el pecho agita?
¡Ah lecho afortunado!
Tú de mi bien recibes
El llanto aljofarado,
Si lastimada llora: tú percibes,
Tú solo en sus amores confidente,
Su delicada voz. ¿Mis ansias siente?
¿Se angustia como yo? ¿teme? ¿rezela?
¿Duda, si en verla tardo, y se desvela?
¡Ay! tú lo sabes: dímelo te ruego,
Y templa de una vez mi temor ciego.
Témplalo, dulce lecho,… Así decía
El ardiente Damon, sin que pensase
Que Fílis le atendía
A otra parte del lecho retirada.
La bella zagaleja lastimada
De que tanto penase,
Salió presta de donde se escondía.
Damon se turba, y Fílis cariñosa
Se ríe dulcemente y le asegura,
Madando la serrana desdeñosa
Su rigor desde entonces en blandura.

SILVA VII.

Mi vuelta al campo.

Ya vuelvo a ti,
Pacífico retiro.
Altas colinas, valle silencioso,
Término a mis deseos,
Faustos me recibid: dadme el reposo,
Por que en vano suspiro
Entre el tumulto y tristes devaneos
De la corte engañosa.
Con vuestra sombra amiga
Mí inocencia cubrid, y en paz dichosa
Dadme esperar el golpe doloroso
De la parca enemiga,
Que lento alcanze a mi vejez cansada,
Qual de otoño templado
En deleytosa tarde desmayada
Huye su luz del cárdeno occidente
El rubio sol con paso sosegado.
¡O! ¡como, vegas plácidas, ya siente
Vuestro influxo feliz el alma mía!
Os tengo, os gozaré; con libre planta
Discurriré por vos: veré la aurora,
Bañada en perlas que riendo llora,
Purpúrea abrir la puerta al nuevo día,
Su dudoso esplendor vago esmaltando
Del monte que a las nubes se adelanta,
La opuesta negra cumbre.
Del sol naciente la benigna lumbre
Veré alentar, vivificar el suelo,
Que en nublosos vapores
Adormeciera de la noche el hielo.
Del aura matinal el soplo blando,
De vida henchido y olorosas flores,
Aspiraré gozoso.
El himno de alborada bullicioso
Oiré a las sueltas aves,
Extático en sus cánticos suaves,
Y mi vista encantada,
Libre vagando en inquietud curiosa
Por la inmensa llanada,
Aquí verá los fértiles sembrados
Ceder en ondas fáciles al viento,
De sus plácidas alas regalados:
Sobre la esteva honrada
Allí cantar al arador contento
En la esperanza de la mies futura:
Alegre en su inocencia y su ventura
Más allá un pastorcillo,
Lento guiar sus cándidas corderas
A las frescas praderas,
Tiñendo el concertado caramillo:
Y, el río ondisonante,
Entre copados árboles torciendo,
Engañar en su fuga circulante
Los ojos que sus pasos van siguiendo,
Lento aquí sobre un lecho de verdura,
Allí celando su corriente pura;
Cerrando el horizonte
El bosque impenetrable y arduo monte.
¡O vida! ¡o bienhadada
Situación! ¡o mortales
Desdeñados y obscuros! ¡o ignorada
Felicidad, alivio de mis males!
¡Quando por siempre en vuestro dulce abrigo
Los graves hierros, que aherrojada siente
El alma, romperá! ¡quando el amigo
De la naturaleza
Fixará en medio de ella su morada,
Para admirar contino su belleza,
Y celebrarla en su entusiasmo ardiente!
Otros gustos entonces, otros cuidados
Más gratos llenarán mis faustos días:
De mis rústicas manos cultivados
Los campos que labraron mis abuelos,
Las esperanzas mías
Colmarán y mis próvidos desvelos.
Mi huerta abandonada,
Que apenas hora del colono siente
En su seno la azada,
De hortaliza sabrosa
Verá poblar sus niveladas eras.
Mi mano diligente
Apoyará oficiosa
Ya el vástago a la vid, ya la caída
Rama al frutal, que al paladar convida
Doblada al peso de doradas peras.
Veráme mi ganado
A su salud atento
Solicito contarle, quando lento
Torna al redil de su pacer sabroso.
O en ocio afortunado,
Mientra su ardiente faz el sol inclina,
Solitario filósofo el umbroso
Bosque en la mano un libro discurriendo,
Llenar mi pecho de tu luz divina,
Angélica verdad, las celestiales
Sagradas voces respetoso oyendo,
Que en himnos inmortales,
En medio de las selvas silenciosas,
Do segura reposas,
A sencillo mortal para consuelo
Tal vez dictaste del lloroso suelo,
De las aves el trino melodioso
Allí mi dulce voz despertaría,
Y armónica a las suyas se uniría
Cantando solo el campo y mi ventura,
Allí del campo hablara
Con el pobre colono, y en las penas
De su estado afanoso
Con blandas voces de consuelo llenas
Humano le alentara.
O bien sentado a la corriente pura,
Viva, fresca, esplendente,
Del plácido arroyuelo bullicioso,
Que entre guijuelas huye fugitivo,
Si del vicio tal vez la imagen fiera
Mi memoria afligiera,
El ánimo doliente
Se conhortara en su dolor esquivo;
Y en sus rápidas linfas contemplando
De la vida fugaz el presto vuelo,
Calmara el triste anhelo
De la loca ambición y ciego mando.
Imagen, o arroyuelo,
Del tiempo volador y de la nada
De nuestras alegrías,
Urja de otra apremiada
Tus ondas al nacer se desvanecen,
Y en raudo curso en el vecino río
Tu nombre y tus cristales desaparecen.
Así se abisman nuestros breves días
En la noche del tiempo: así la gloria,
El alto poderío,
La ominosa riqueza
Y lumbre de belleza,
Do ciega corre juventud liviana,
Pasan qual sombra vana,
Solo dolor dexando en la memoria.
¡O! ¡quantas veces mi azorada mente
En tu margen florida,
Contemplando tu rápida corriente,
Lloró el destino de mi frágil vida!
¡Quantas en paz sabrosa
Interrumpí tu plácido ruido
Con mi voz, o arroyuelo, dolorosa,
Y en dulces pensamientos embebido,
A tu corriente pura
Las lágrimas mezclé de mi ternura:
¡Quantas, quantas me viste
Querer de ti apenado separarme,
Y moviendo la planta perezosa,
Cien veces revolver la vista triste
Hacia ti al alejarme,
Oyendo tu murmullo regalado;
Y exclamar conmovido
Con balbuciente acento:
¡Aquí moran la dicha y el contento!
¡O campo! ¡o grato olvido!
¡O libertad feliz! ¡O afortunado
El que por ti de lejos no suspira;
Mas trocando tu plácida llaneza
Por la odiosa grandeza,
Por siempre a tu sagrado se retira!
¡Afortunado, el que en humilde choza
Mora en los campos y en seguir se goza
Los rústicos trabajos, compañeros
De virtud e inocencia,
Y salvar logra con feliz prudencia
Del mar su barca y huracanes fieros!

SONETOS

Al sr. Gaspar de Jovellanos, del consejo de S. M. Oidor en la Real
Audiencia le Sevilla.

Las blandas quejas de mi dulce lira,
Mil lágrimas, suspiros y dolores
Me agrada renovar, pues sus rigores
Piadoso el cielo por mi bien retira.

El dichoso zagal que tierno admira
Su linda zagaleja entre las flores,
Y de su llama goza y sus favores,
Alegre cante lo que Amor le inspira.

Yo llore solo de mi Fili ayrada
El altivo desdén con triste canto,
Que el eco lleve al mayoral Jovino,

Alternando con cítara dorada,
Ya en tierno verso, o dolorido llanto,
Las dulces ansias de un amor divino.

SONETO I.

El despecho.

Los ojos tristes, de llorar cansados,
Alzando al cielo su clemencia imploro;
Mas vuelven luego al encendido lloro,
Que el grave peso no los sufre alzados.

Mil dolorosos ayes desdeñados
Son ¡ay! tras esto de la luz que adoro;
Y ni me alivia el día, ni mejoro
Con la callada noche mis cuidados.

Huyo a la soledad, y va conmigo
Oculto el mal y nada me recrea;
En la ciudad en lágrimas me anego.

Aborrezco mi ser y aunque maldigo
La vida, temo que la muerte aún sea
Remedio débil para tanto fuego.

SONETO II.

El pronóstico.

No en vano, desdeñosa, su luz pura
Ha el cielo a tus ojuelos trasladado,
Y ornó de oro el cabello ensortijado,
Y dio a tu frente gracia. y hermosura.

Esa encendida boca con ternura
Suspirará: tu seno regalado
De blando fuego bullirá agitado,
Y el rostro volverás con más dulzura.

Tirsi, el felice Tirsi tus favores
Cogerá, altiva Clori, su deseo
Coronando en el tálamo dichoso,

Los Cupidillos verterán mil flores,
Llamando en suaves himnos a Himeneo,
Y Amor su beso le dará gozoso.

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