AL AMOR (con mayúsculas)

Elisa Rueda (poeta sugerido)

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(Rima Jotabé)

Amor, el que yo profeso
no exige de algún receso,

que es como fruta madura,
la fe, la buenaventura,
la dicha sin atadura,
y el dechado de ternura,

e ignora haya parangón
tan cerca de la pasión.

Y es que es fuerte como un beso,
limítrofe a la locura,
un dardo en el corazón.
©donaciano bueno.

Ni oficio ni beneficio

El que escribe no es poeta
pues que ha urdido aquí una treta,

que es juntar con alegría
varias letras cada día
con paciencia y empatía
como un monje en su abadía

y volcarlo en un arcón
donde guarda el corazón.

Y llegando hasta la meta
escuchar la sinfonía,
suelta dando a la emoción.
©donaciano bueno

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Elisa Rueda

ESPONJA

Absorbo tus palabras como si fuera una esponja.
Absorbo tus caricias como si fuera una esponja.
Absorbo nuestro amor como si fuera una esponja.

A medida que mi volumen va aumentando,
me ovillo en el silencio y cuando me preguntas
por mi película favorita, mi canción preferida, por qué te quiero,
me cuesta encontrar el cabo de la madeja para ir deshilando el agua.

Te quiero esponjosamente.

Llena de ti,
la música que recuerdo es el canon de mis mareas
al chocar contra tu arrecife
y todas las películas quedan veladas en mi recuerdo.

Una esponja solo siente la plenitud del agua.
Si me abrazas, escurrirán todas las respuestas sobre ti.

ENREDADA

Enredada en las noticias del día.
Enredada en la escisión que siempre aparece en los grupos.

Enredada en los márgenes de los plazos que apuro hasta el último trago.
Enredadas tus manos en mi pelo.

Enredada porque tú no puedes dejar de andar y yo no puedo andar.
Enredada en el gris de nubes bajas que ralentizan la espera.

Enredada en la magia pirotécnica de la creación de un poema.
Enredada en el deseo de tus manos.

Enredada en la seguridad de nada.
Enredada en la premonición de anticiclones.

Enredada en el tronco de tu pecho.
Enredada en la torre de observación desde la que descubro la esperanza.

Enredada en la caricatura de la perfecta Eva,
enredada en la costilla del Adán equivocado.

El PIANO
Rosa

Entonces, nada teníamos.
Veníamos de no tener nada,
de ser uno más en la familia,
de salir a flote respirando anfíbiamente.
Los estudios eran para otros
que no tenían que ayudar en casa.
Entonces, teníamos trabajo sin estudios,
teníamos amigos,
teníamos la afición de subir a las montañas.
Pero no teníamos nada.
Según la memoria, que siempre decide
cambiar las historias,
el piano llegó de una casa situada en el pantano.
La mujer que allí vivía tenía miedo a las tormentas
y se encerraba en la cocina,
-todas las persianas bajadas-
hasta que los truenos desaparecían.
Los nuevos cambios
obligaron a desterrar el piano,
que subido entre amigos
llegó hasta un cuarto piso sin ascensor. Mi casa.
¿Por qué meter un piano Maristany serie 11467
de madera negra,
con el teclado de marfil
desprendido en la mayoría de las teclas,
si nadie sabía tocar el piano?
Entonces, nada teníamos,
veníamos de no tener nada,
pero soñábamos con un futuro en el que nuestros hijos
sí podrían descifrar el secreto de los pentagramas.
El piano fue parte de nuestro paisaje de hogar,
sobre él colocaba jarrones de flores,
protagonizados por rosas amarillas,
porque es la flor que amo,
hasta que los cambios en el pequeño salón,
ocupado por su silente y gran presencia
obligaron a desterrarlo.
Bajado entre unos pocos amigos,
ya difíciles de encontrar,
llegó hasta una casa donde el bosque era dueño
de todos los puntos cardinales.
Los hijos ya eran presente.
Descifraron los secretos de los pentagramas
y otros códigos,
pero sus dedos solo jugaron
a palpar el marfil desprendido
de la mayoría de las teclas.
Alguien trajo a la memoria
la verdadera historia del piano,
que no vino -de una casa del pantano donde la niebla despierta al día-,
sino que perteneció a un amigo que no recordaba
qué hacía aquel piano en su casa.
Entonces, nada teníamos,
veníamos de no tener nada,
pero teníamos ante nosotros toda la juventud.
Todo era posible.
¿Qué tenemos ahora?
A los amigos ya no se les puede pedir
que trasladen el piano.
Ese sentido común
-el sentido de que ya casi nada merece la pena-
no permite cambiar nada,
mover nada
que cueste más esfuerzo que el solo hecho de pensarlo.
Hace unos años que el piano y yo
compartimos la casa del bosque.
Alguna vez he intentado desalojarlo del salón,
he pensado regalarlo, pero no he podido.
Centinela del paso de los años, defiende su espacio.
No saldrá música de sus desafinadas teclas de marfil,
pero ha salido victorioso de todos los traslados,
y nadie lo ha podido dominar.
Así que, querido piano Maristany serie 11467
que llegaste de una casa
que iban a derribar junto al pantano,
-prefiero elegir esa historia-
no temas,
decido que me quedaré contigo el resto de mis días.
De vez en cuando, pasaré mis dedos
por tus teclas desgarradas,
te arrancaré sonidos que perfilen
el silencio de esta casa de pueblo
y esperaremos a que alguien
que conozca el secreto de los pentagramas,
algún día, con las yemas de sus dedos,
interprete en nuestros cuerpos su música.
Del libro “Tentación Botánica”

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