AL COCHINILLO

Mi Poeta sugerido: »Jorge de Montemayor

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Al sabroso y regordete cochinillo,
con su hocico y con su rabo y tan sumiso,
tan gustoso es ese plato, es ese guiso
que en mis versos me he propuesto sacar brillo.

A ese autista, tan simplón, tan inocente,
patizambo, culocaído y bonachón,
-diz marrano, guarro, cocho y tan gruñón-
con su pinta bondadosa e indecente.

Hoy le voy a suplicar a San Antón
no permita nunca se haga rectilíneo,
que en sus curvas es donde hallo yo el aliño
que transforma tan sabroso en un lechón.

Mas no creas que guisarlo es tan sencillo
si deseas que te salga bien sabroso,
a tu lengua le parezca muy gustoso
a la hora de aplicar bien tu colmillo.

Finalmente le agradezco al dios bendito,
que aunque seas tan marrano y maloliente
¡rico, rico bien tostado y en caliente!
¡de pensarlo sólo se abre mi apetito!.

Pues galán tú eres de versos que hoy recito,
los torreznos, tocinillos y el tostón
un capricho de los dioses, el jamón
¡ay limón si lo hacemos cuchifrito!.
©donaciano bueno.

Dice un refrán, del cerdo hasta los andares.

MI POETA SUGERIDO: Jorge de Montemayor

Jorge de Montemayor

LOS QUE DE AMOR ESTÁYS TAN LASTIMADOS…

Los que de amor estáys tan lastimados,
que el remedio buscáys en causa agena
y con ver mayor mal curáys la pena
a que os da causa amor y sus cuydados,

venid a leer mis versos, do pintados
veréys tormentos tristes más que arena,
que están vivos en mí, do amor ordena
que estén para este effecto diputados.

Y aunque suffrido ayáys pena y tormento,
y nunca podáys lo que esperastes,
o con ausencia estéys siempre lidiando,

en viendo la passión que amando siento,
todos confessaréys que nunca amastes,
o si algún tiempo amastes, fue burlando.
Cancionero, 1554

VILLANCICO AJENO

Véante mis ojos,
y muérame yo luego,
dulce amor mío
y lo que yo más quiero.

GLOSA DE MONTEMAYOR

A trueque de verte
la muerte me es vida;
si fueres servida,
mejora mi suerte,
que no será muerte
si en viéndote muero,
dulce amor mío
y lo que yo más quiero.

¿Do está tu presencia?
¿Por qué no te veo?
¡Oh cuánto un deseo
fatiga en ausencia!

Socorre, paciencia,
que yo desespero
por el amor mío
y lo que yo más quiero.

QUÉ PUEDE SER. SEÑORA

¿Qué puede ser, señora, antes que os viese,
pues viéndoos cobré el ser que no tenía?
¿Qué pudo ver sin vos el alma mía,
o que sería de mí si así no fuese?

Según ahora me siento, aunque viviese,
no era el alma, no, por quien vivía,
que un natural instinto me regía,
hasta que vuestro rostro ver puediese.

Y viendo el resplandor y hermosura
del rostro transparente y delicado
do tanta perfición pintó natura.

de vos recebí un ser tan extremado,
que no pudiendo haber en mí mal cura
lo sufro y me sustento en mi cuidado.

DEL TIEMPO SE HARÍA LARGA HISTORIA

Del tiempo se haría larga historia,
considerando bien su movimiento.
El tiempo da tristeza y da contento;
abre la puerta y cierra a cualquier gloria.

El tiempo quita y pone en la memoria
amor y desamor, gloria y tormento.
El tiempo abaja y alza el pensamiento;
al que es vencido ayer, da hoy la victoria.

Si el tiempo enoja hoy, mañana aplace.
Sigue su vía incierta y presurosa,
y lo que hizo ayer, hoy es deshecho.

En toda parte el tiempo hace y deshace,
y nunca veo que en mí deshizo cosa,
mas, ¿cómo deshará donde no ha hecho?

Los siete libros de la Diana

«Ojos que ya no veis quien os miraba
(cuando erais espejo en que se veía)
¿qué cosa podréis ver que os dé contento?
Prado florido y verde, do algún día
por el mi dulce amigo yo esperaba,
llorad conmigo el grave mal que siento.
Aquí me declaró su pensamiento,
oíle yo cuitada
más que serpiente airada,
llamándole mil veces atrevido;
y el triste allí rendido,
parece que es ahora, y que lo veo,
y aun ese es mi deseo.
¡Ay si le viese yo, ay tiempo bueno!
Ribera umbrosa, ¿qué es del mi Sireno?

Aquella es la ribera, este es el prado,
de allí parece el soto, y valle umbroso,
que yo con mi rebaño repastaba;
veis el arroyo dulce y sonoroso,
a do pacía la siesta mi ganado
cuando el mi dulce amigo aquí moraba;
debajo aquella haya verde estaba,
y veis allí el otero
a do le vi primero,
y a do me vio: dichoso fue aquel día,
si la desdicha mía
un tiempo tan dichoso no acabara.
¡Oh haya, oh fuente clara!,
todo está aquí, mas no por quien yo peno;
ribera umbrosa, ¿qué es del mi Sireno?

Aquí tengo un retrato que me engaña,
pues veo a mi pastor cuando lo veo,
aunque en mi alma está mejor sacado.
Cuando de verle llega el gran deseo,
de quien el tiempo luego desengaña,
a aquella fuente voy, que está en el prado.
Arrímolo a aquel sauce, y a su lado
me asiento, ¡ay amor ciego!;
al agua miro luego,
y veo a mí, y a él, como le veía,
cuando él aquí vivía.
Esta invención un rato me sustenta,
después caigo en la cuenta,
y dice el corazón de ansias lleno:
Ribera umbrosa, ¿qué es del mi Sireno?

Otras veces le hablo, y no responde,
y pienso que de mí se está vengando,
porque algún tiempo no le respondía;
mas dígole yo triste así llorando:
Hablad, Sireno, pues estáis adonde
jamás imaginó mi fantasía.
No veis, decí, ¿que estáis en el alma mía?
Y él todavía callado,
y estarse allí a mi lado,
en mi seso le ruego que me hable;
¡qué engaño tan notable,
pedir a una pintura lengua o seso!
¡Ay tiempo, que en un peso
está mi alma y en poder ajeno!
Ribera umbrosa, ¿qué es del mi Sireno?

No puedo jamás ir con mi ganado,
cuando se pone el sol a nuestra aldea,
ni desde allá venir a la majada,
sino por donde aunque quiera vea,
la choza de mi bien tan deseado,
ya por el suelo toda derribada.
Allí me asiento un poco, y descuidada
de ovejas y corderos,
hasta que los vaqueros
me dan voces diciendo: «Ah pastora,
¿en qué piensas ahora?
¿Y el ganado paciendo por los trigos?»
Mis ojos son testigos,
por quien la hierba crece al valle ameno.
Ribera umbrosa, ¿qué es del mi Sireno?

Razón fuera, Sireno, que hicieras
a tu opinión más fuerza en la partida,
pues que sin ella te entregué la mía;
¿mas yo de quién me quejo? ¡Ay perdida!,
¿pudiera alguno hacer que no partieras,
si el hado, la fortuna lo quería?
No fue la culpa tuya, ni podría
creer que tú hicieses
cosa, con que ofendieses
a este amor tan llano y tan sencillo,
ni quiero presumirlo,
aunque haya muchas muestras y señales;
los hados desiguales
me han anublado un cielo muy sereno.
Ribera umbrosa, ¿qué es del mi Sireno?

Canción, mira que vayas donde digo,
mas quédate conmigo,
que puede ser te lleve la fortuna
a parte do te llamen importuna.»

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