José Antonio Moncada Luna (poeta sugerido)

AMOR EN EL TRASTERO/Donaciano

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Esa, la última vez que fui yo a verte
tú no estabas allí, no pude hacerlo,
las lágrimas venía a devolverte
las mismas que guardé sin tú saberlo.

Admito que no supe que al perderte
brotaba un manantial del lagrimero,
pensando que este fuera temporero
y no, como ocurrió, penado a muerte.

Mas fue todo al revés, que un avispero,
clavaba sin piedad sus aguijones
al alma y azuzaba sus pasiones.

Y es hoy que ya me encuentro en el trastero
que preso estoy de aquellas emociones
¡cómo te quise, amor, cómo te quiero!
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: José Antonio Moncada Luna

José Antonio Moncada Luna

Las Voces Desde el Tiempo

España, nos trajiste tu lejano
manantial de gemidos y de orgullo,
tu valor castellano y arrogante,
tu quijotesco corazón de mundo.

Fue tu simple substancia, simple barro,
tu poblano sencillo, tu hombre oscuro,
el que trajo las sílabas de fuego
y rompió cordilleras con el puño.

Ahora en los escombros ultrajados
de éste que fuera sitio de tributos,
de esta ciudad antigua levantada
con el pellejo de los hombres rudos,

Puedo medir tus vísceras de rayo,
tu altanera clemencia de verdugo,
tus desgreñados sueños de conquista,
tu doloroso batallar desnudo.

Puedo medir tu sangre de torrente,
tu altanera clemencia de verdugo,
tu congoja de fraile misionero,
tu palabra madura como fruto.
* * *
Tu corazón, España, es rojo y blanco;
rojo león de corazón hirsuto;
con Fray Bartolomé blanco y humilde
en las palabras y el amor profundo.

Y aunque trajiste garras tenebrosas
para llenar de muerte los minutos
y una raza silvestre conquistaste
con tu cadena y tu galope duro.

Jamás te negaré, madre incansable
que fuiste dando ese linaje tuyo,
como nueva semilla combatiente
en las manos violetas del crepúsculo.

No negaré tu estirpe de titanes,
_claros héroes que nada los detuvo_,
con su alma triste y con su piel de acero
vencidos por la gloria y por el triunfo.

Trajiste muchas cosas con tu cáliz,
tu regazo evangélico y desnudo,
la harina de su sangre y de tus ojos
y tu fértil destino taciturno.

Tu Quijote perennemente triste,
tan íntegro en sus pasos de hombre puro
con su aurora callada y visionaria
y sus sueños sirviéndole de escudo.

Tu Cristo popular y silencioso,
con sus manos abiertas como el humo,
para llenar de paz el desvelado
camino de fantasmas y de luto.

Y por ese camino tormentoso
con sudor y peñascos iracundos,
ibas alzando torres y ciudades
de un porvenir eterno claro anuncio.

Ahora que te siento derrotada
canto tus cicatrices y tu orgullo,
tu antiguo amanecer, tu mano firme,
tus escombros sembrados por el mundo.

Elegía Sencilla a Don Quijote

Caballero sencillo de ternura orgullosa,
tu congoja infinita con el sueño renace.
Señor de la tristeza que el dolor ha vencido
bajo el peso glorioso de tu angustia implacable.
Oh Solitario amargo de escuálida figura,
Arcángel lacerado sobre la tierra insomne,
definitivamente la dimensión del hombre.

Oh Don Quijote andante, Oh Caballero eterno,
el valor errabundo despilfarró tu sombra
más allá del olvido, más allá de la muerte
como un perfil antiguo prendido de la aurora.
Caballero que tienes el valor suficiente
para que la derrota ciegamente violenta,
humedezca la harina de todos los silencios
y exprima las esponjas que brotan las tinieblas.

¿ Quién podrá compararse con tu inflamado llanto
ni burlar el desvelo de tu sonrisa armada,
con la dulzura herida de pie sobre el escudo
y el estandarte roto cubriendo la esperanza ?
Enemigo inclemente de todos los entuertos;
con el ensueño en ristre, de luz casi dolido
venías de la niebla con la edad de la espada
y en tus sienes cruzaron las alas del abismo.

Nada es mayor que tu altivez romántica,
tu singular locura, tu inútil desamparo,
tu castiza armadura de caballero andante,
tu galope atrevido en medio de relámpagos.
Nunca será perfecta la dignidad terrible
con que puedan los hombres sostener la justicia
si no es con tu palabra, que germina en tus labios
como medida exacta de tu melancolía.

Ni el cansancio ni toda la muralla de espinas
detuvieron tu gesto de infinita nostalgia,
y el delirio fue apenas un lucero monstruoso
que marcó para siempre las rutas de la mancha.
Sobre el tiempo camina tu ilusión taciturna
para llenar de cantos tu rostro insobornable,
y llevas el destino retorcido en tus manos
al trote incontenible que marca Rocinante.

Tras el fulgor herido de sombras repetidas
el horizonte es poco para medir tus puños,
porque estás en el cosmos donde rueda el vacío,
y porque con tu nombre puedes llenar el mundo.
La vida siempre tuvo esa sencilla forma
para llenar tus días de simples resonancias
y el amor te iba dando sus frutos desmedidos
en imposibles rosas de espinas desbocadas.

Marchabas torturado para que el mundo fuera
una comarca dulce sembrada de amapolas,
y para que la infamia cerrara sus dinteles
y el hombre reconstruya su porvenir sin sombras.
Iluso combatiente de irreales espejos,
gran herido en la noche por la vida y la fábula,
avanzas arrogante vestido de infortunio
con un gesto terrible que despierta montañas.

Los Derrotados del Llanto

Eras un campesino simplemente
con una voz de blancos caseríos,
con ruda mano de sembrar la tierra
y una vigilia de secreta espiga.
Hijo de humilde carne panameña,
la incertidumbre y el dolor te hicieron
llamarada de furia y de relámpagos.
Y te llamaron general aquéllos
que enterraron tus sueños de labriego.
General Cholo. General del pueblo.
Harapiento general campestre,
vestido por el trébol y la harina,
con charreteras de intemperie y sombra.
Como crecen los ríos en invierno
crecieron tus pisadas insurgentes,
y tu rostro de cobre familiar
surgió como una cordillera nuestra,
como un rebelde símbolo despierto
en la frente amorosa de la patria.
Por eso te encontramos paso a paso
en la dura faena de la angustia.
Y pensamos en tí cuando la lluvia
es un arpa de bosques substanciales.
Te encontramos al pasar un río
donde el ancho rumor es una queja,
y recordamos tu perfil guerrero
cuando algún labrador en su nostalgía
atraviesa la tarde con su canto.
Y sentimos tu marcha irreductible
en la terca esperanza de las siembras,
en el milagro azul de las cosechas
donde la fronda sueña muchas veces
que vuelves a poblar los horizontes
con tu amor maltratado y luminoso.

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