AMOR TEMPORERO/

Andrés García Cerdán (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Ayer bajé a la playa, el camarero
del bar donde solíamos comer
me dijo al saludar, no has de creer,
que amor no hay quien lo compre con dinero.

Al ver que estaba solo habló de ti,
no supe responder que, temporero,
así fue nuestro amor, y hoy no te espero,
lo siento, fui cobarde y le mentí.

Después me fui a la orilla y en la arena
mirando al mar me puse a meditar
dudando entre mi angustia controlar
o echándome a nadar, calmar mi pena.

Pensé decirte adiós, mirando al mar,
a nuestras confidencias con las olas.
No puedo acostumbrarme a estar a solas
atado a mi tristeza y mi penar.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Andrés García Cedrán

Andrés García Cerdán

(Premio internacional San Juan de la Cruz, Alegría, Ciudad de Pamplona, Oliver Belmás o Barcarola.)

GRECIA (HUESOS)

Ya no les duele el golpe a las columnas
ni el invierno, a pesar de todo.
Sorprende la apostura de la piedra
en lo alto del monte. Su arrogancia
escapa, traducida en misticismo,
al odio entre los pueblos, al escarnio.
De la abrasión, del frío, del desgaste
procede tanta espiritualidad.
De su profanación y su saqueo.
Ha sido profanado su alto enigma
dórico. Que Pericles así honrara
a los dioses por su victoria
contra los persas ya se ha olvidado.
Que Fidias condujera la excelencia
de Ictino y de Calícrates. Los restos
dicen la desintegración de un mito.
Esta piedra es el diente de otro dios
al que le han reventado la boca
mientras el oro se fundía en sucias
fundiciones sin nombre. Ni siquiera
Venecia se acordó de sus orígenes:
disparó los cañones sin piedad.
Descerrajó los frisos Thomas Bruce Elgin
y aquel despojo de amazonas, guerras
de Troya, cántaros, gigantes es
—muchos siglos después— la piel de Grecia,
el esqueleto blanco de los sueños.
A la intemperie, expuestos a la luz
y a las palabras vanas de los hombres,
los huesos de los dioses se oxidan.
A veces canta un pájaro muy cerca
de allí. Su canción pura desafía
la vulgaridad, deslizándose
entre las ruinas, dulce, inacabada,
llegada desde el fondo de las fuentes
que un día estuvieron y ya no están.

B MINOR

En aquel tiempo, Kurt enchufó la guitarra,
se inclinó hacia su izquierda, habló
con el lenguaje de los ángeles
y, de un zarpazo,
cambió el curso del río Wishkah.

Cayeron catedrales. El mundo fue vendido
como si no importara nada.

Nosotros aprendimos a no pedir perdón,
a no tenerle miedo al ruido,
a revolcarnos en el suelo eléctrico.
Y aprendimos a enloquecer con calma
y a amar a aquella chica rubia
que —como todo— aún estaba por llegar
y ya se había ido.

FIGURA

Como un imán,
el poema.
.        A su paso
arrastra todo, nos arrastra.
Cedemos a su empuje,
a su reclamo
salvaje. Como el hierro
nos doblamos, como la espiga,
en su presencia.

Tratado del enemigo.

Ven, si quieres.
Hay aquí tanta noche para nosotros
que no hará falta ya más cielo,
ni más hambre,
ni más andar sobre las olas para nada.
Juntos podremos darles la vuelta a los ojos
que miran, al revés, los árboles.
Juntos tendremos tiempo para esta dulce
desesperanza que nos pone nombre
y nos lanza al vacío.
Ven, si quieres. Aquí te amo,
en el ruido de los sueños
y en el dolor inmediato de la amapola. Los ríos
se han volcado definitivamente
en las calles y en nosotros
están las cosas imprescindibles
para anunciar la vuelta de la sed.
Nuestro es el principio
de los viajes. Nuestro es hasta el final
el origen de los viajes. Nuestras
las promesas y las palabras
que llenan las carteleras del mundo.
Ya sabes que aquí hay noche
para que andemos juntos a oscuras.
Ya sabes que podemos sentirnos místicos
por delante del alma. Ven, por eso.
Habrá vodka con naranja y poemas
humanos para todos y enemigos
y, sobre todo, deseo. Ven,
ven, si quieres.
Hay aquí tanta noche para nosotros.

Verde.

Las cosas van muy bien últimamente.
La casa está ordenada. El corazón
late a un ritmo brutal. Tus sueños tienen
el desenlace ágil que quisieras.
Has encontrado algunos libros nuevos
y aprendes y descubres y despiertas.
Disfrutas de tu tiempo. Te dedican
canciones en los bares y te buscan
para sitios de culto. Desayunas
en Londres o en Venecia. Te protegen
de la desdicha y de la soledad
las musas, que además pagan las copas.
Tú lo agradeces todo. Las palabras
se presentan sin avisar y dicen
esas cosas hermosas de la vida.
Y la gente te quiere. También tú
te entregas a los otros como nunca.
Hay una chica que te ama y vas
a esa orilla del mar como una ola
de alegría. Te ven llegar las calles,
se echan a tus pies sin ningún límite.

El olor a pólvora.

Si no estuviéramos ya tan lejos de nosotros,
si supiéramos con certeza lo que hay detrás
y lo que no existe tampoco delante, en medio,
podríamos hablar tranquilamente de cosas
sin importancia e inventar seudónimos o trajes,
o maneras de no morir o lavarse el pelo.
Fácil –créeme–, si no fuéramos otros
los que vuelven a los nombres en imperfecto
y las escaleras comunes, si no la lluvia
y si no el nunca cotidiano y la sombra ajena;
si sólo alguna vez fuera posible acercarnos
a la ciudad íntima, en la que hicimos un día
una casa para sembrar nuestro dios azul
y nuestra muerte. Créeme si te digo ahora
que te odio un poco por ser tú y no quien respira
mientras escribo este poema, que me han dolido
en otro tiempo las bicicletas con que te vas
y el instante para el que no queda sino un dos
con su punto amarillo. Admite
que sería feliz jugando al póquer o ardiendo
en el fondo de un gin-tónic, porque nos quedamos
vacíos y nos falta audacia para salir
de nuevo al aire y encender nuestro olor a pólvora.

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