AMORES ROTOS

Mi Poeta sugerido: »Alejandro López Andrada

 

Nunca me cansaré de maldecir el día que cruzaste en mi camino
junto al sendero imaginario, al lado de la playa,
de tu imagen juvenil quedé yo seducido,
ingenuo ¡por qué no me advertiste! que secuestraste mi alma.

Maravillosa, ibas presumiendo de tus dieciocho años que habías cumplido,
mientras yo vagaba en la nube de un mundo feliz lleno de sueños,
-creí tocar el cielo con la punta de los dedos-
y tú tenías una sola obsesión: volar conmigo.

Del altar de mis deseos fuiste durante algún tiempo la imagen preferente,
-el atardecer era más lindo y aún más placentero el despertar al alba-.
No existía el tiempo, sólo el presente
contaba para nosotros. Obviábamos la calma.

¡Oh, aquellos tiempos felices que vivimos en nuestra intensa y breve fantasía!
¡qué dulce era el soñar y qué alegría!
¡por qué tan pronto se esfumó! ¿por qué un soplo sólo duró de viento?
¡cuánto daño causó a mi alma y cómo aún lo siento!

¿Por qué los negros nubarrones tan pronto aparecieron
sin ni siquiera darnos tiempo para sincronizar nuestros relojes?
Pronto comenzó a nublarse el cielo. Nuestros goces
entre tormentas mentales, relámpagos y rayos se murieron.

El tiempo, me decía, dale tiempo,
es el único antídoto que del alma a los males pone remedio.
Día a día he seguido ese consejo sin que hasta la hoy librarme haya podido del asedio
mientras que lentamente, triste mi corazón, muriendo sigue en el intento.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Alejandro López Andrada

Alejandro López Andrada

VISIÓN TRAS LA TORMENTA

El ventanuco abierto al encinar
tu bicicleta
rota en la hojarasca.
Una silueta oscura
está en el río,
buscando el resplandor de aquel verano

La tormenta se fue.
Tras el asfalto
que cruza la dehesa, hay voces de agua.

Flota un aroma de hinojo
en la colina;
los astros bordan tapices de silencio.

El hombre lleva
en el pecho mariposas
y, en los ojos, una fosforescencia malva.

A su paso
va llenándose de luz
los árboles, las fuentes, las montañas.

ECO EN LAS RUINAS

Escucho un tiempo de oro y de tristeza,
una edad
lejanísima de ciervos,
de salamandras cubriendo el arco iris
que se alzaba sobre oscurecidos puentes.
Como trigales
cortados por la sombra,
como azulados rumiantes sobre el campo,
pasan los hombres,
y el humo está en sus ojos
y una tristeza de oro hay en sus almas.
Se hizo herrumbre el amor.
La soledad
de un dulce invierno
dejó en mi sangre lluvia.
Un paisaje violeta y derrumbado
es la verdad que nos vigila desde siempre.

FOTOGRAFÍA VELADA

Es siempre el mismo sueño;
abuela está
sin rostro ni cabeza en un foto.
Padre nos mira
desde aquella incierta edad
que da el vacío
y nos cubre la nostalgia.
¿Cuál es la luz que tirita
en esa imagen
donde se ve un corralito abandonado?
¿Cómo agarrar la nieve
que resbala
por la ternura agreste de esa estampa?
A veces, se cae el tiempo
y en la foto
suena la luz como un cántaro quebrado.
Entonces, te despiertas
con los ojos
llenos de frío. Y te habla aquel retrato.
De “El humo de las viñas” (1998)

LA PEDRERA

(Abuelo Alejandro)

Al frente, veo la hilera de los álamos
sumergidos en la lluvia,
como músicos
vagando por la inmóvil majestad
del campo abandonado.
Es todo oscuro
y, sin embargo, toco las arrugas
de tu alma siempre alegre. En el dibujo
trazado por el agua en mi memoria,
está tu risa abierta,
el cielo puro,
la misma soledad llena de amor,
la misma lejanía hecha de lutos.
Aún rozo tu silueta
si regreso
desnudo hacia aquel tiempo. En lo profundo,
contemplo el azul limpio
de tus ojos cruzando la vereda,
el bosque húmedo,
el viento
y la cantera de granito
como un palacio muerto, entre los juncos.
Del libro “Los árboles dormidos” (Editorial Algaida)

RIO CUZNA

Colocabas las cañas junto al río
silencios de bambú
sobre la hierba. Planeaban libélulas
y el cielo
en el agua reflejaba mi inocencia.
Me entregabas cien peces luminosos
que yo escondía
a la orilla de una adelfa.
Si ahora volviese aquel tiempo
intentaría
sujetarte en mis ojos para siempre.
Sé que aún vuelan
silenciosos petirrojos
sobre la mancha antigua de aquel bosque.
Sé que en la orilla
oscura de las mimbres
aún reverbera el eco de tu risa.
Pero ya es tarde: del cementerio sube
un rumor de agua umbría marchitándose.
Hiela en el río,
y las carpas no comprenden
que el mago de los peces se haya muerto.
Del libro “La tumba del arco iris” (Colección San Juan de la Cruz)

VISION TRAS LA TORMENTA

El ventanuco abierto al encinar
tu bicicleta
rota en la hojarasca.
Una silueta oscura
está en el río,
buscando el resplandor de aquel verano

La tormenta se fue.
Tras el asfalto
que cruza la dehesa, hay voces de agua.

Flota un aroma de hinojo
en la colina;
los astros bordan tapices de silencio.

El hombre lleva
en el pecho mariposas
y, en los ojos, una fosforescencia malva.

A su paso
va llenándose de luz
los árboles, las fuentes, las montañas.

TRAS LOS TILOS

Muy lejos, en el recodo de una tarde,
aún suena el oleaje
de los trigos. Llenándose de ausencia alarga el sol
su lento brazo de oro hasta las juncias.
Cose una niña ciega el corazón
de un águila en un lienzo.
Hay servilletas, cucharas de vainilla,
un plato hondo
en el que silba un tábano.
Ceniza.
De nuevo se alza el humo
entre los tallos
sagrados del silencio. Tras los tilos,
a un paso del columpio, en un balcón,
la luz de aquella infancia aún tiene frío.
(“El silencio del humo”)

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