CABALLO PERDEDOR

Poeta sugerido: María Elena Muñoz

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Todo el mundo decía que perdía,
alegándome esos mismos que ese amor
recorrido, así fuera, no tendría
que el caballo no sería ganador.

Y hoy que siento resultaste perdedor,
no creas que lo siento, me arrepiento,
pues que pude disfrutar de ese sabor
que se fue, se ausentó cual trajo el viento.

Que aún disfruto el perfume, del olor
tan fresco cual si fuera una sandía,
y repito, sin él me moriría
y desprecio si aparece algún rencor.

Y aunque hay gente se acerca poco a poco
y miran con recelo, no me importa.
La alusión a tu amor me reconforta
e ignoro si alguien dice que estoy loco.
©donaciano bueno

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Hay veces en las que eso de apostar a caballo ganador resulta un fiasco.

POETA SUGERIDO: María Elena Muñoz

María Elena Muñoz

OYENDO A DEBUSSY

Pórtico de luz que se abre
a lejanías brumosas,
ríos cuajados de estrellas,
afluencia de ocultas ondas.

Desprendimientos humanos,
lastres que se van perdiendo.
Voces que tienen su fuente
más allá del Universo.

Luces que se desvanecen
en las orillas remotas,
aguas silenciosas que hunden
sus angustias en la sombra.

Lluvia en jardines difusos
que se derrama indolente
y pone su balbuceo
en las estatuas silentes.

Cristales de aguas ligeras
que las corrientes agitan.
A las distancias de nieblas
llegan lentas y perdidas.

Campanario submarino…
Alma gris de la campana
que apaga sus elegías
bajo el manto de las aguas.

Resurrecciones, torrentes,
fragua donde arde un anhelo,
irrupción de astros y llamas
que alumbran antros desiertos.

Secretos de altas regiones
en los ramajes del viento,
ascensión del alma errante
por los caminos del cielo.

Nieve que cae de la luna,
albas plumas de la nieve
suspensas en el espacio
por un hálito celeste.

Sordinas en los paisajes
donde cruzan con sigilo
visiones que en nebulosas
sueñan los astros dormidos.

A veces el amor tiene caricias – Antonio Carcajal

A veces el amor tiene caricias
frías, como navajas de barbero.
Cierra los ojos. Das tu cuello entero
a un peligroso filo de delicias.

Otras veces se clava como aguja
irisada de sedas en el raso
del bastidor: raso del lento ocaso
donde un cisne precoz se somorguja.

En general, adopta una manera
belicosa, de horcas y cuchillos,
de lanza en ristre o de falcón en mano.

Pero es lo más frecuente que te hiera
con ojos tan serenos y sencillos
como un arroyo fresco en el verano.

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