COPLAS DE LA DESPEDIDA

Pedro Mir(Poeta sugerido)

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Fue un momento, una ilusión,
un suspiro verde y grana
que ensombreció a una mañana
fruto de alguna traición.
Y el balcón, aquel balcón,
y aquella brisa malsana
conjuraron la función
dejándose el corazón
allí, junto a la bocana.
Perdón ¡gritaste perdón!
y perdón repitió el eco.
Todo el mundo en la estación
repicando el mismo son
la cabeza volvió en seco.
Del tren, arrancó el vagón
y se asomó a la ventana
una chiquilla sultana
que una lágrima soltó,
En la brisa la envolvió,
voló y desapareció
entre las ondas hercianas
y aquella rosa temprana
de aquel sueño se esfumó…
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Pedro Mir

Pedro Mir

Contracanto a Walt Whitman

Yo,
un hijo del Caribe,
precisamente antillano.
Producto primitivo de una ingenua
criatura borinqueña
y un obrero cubano,
nacido justamente, y pobremente,
en suelo quisqueyano.
Recorrido de voces,
lleno de pupilas
que a través de las islas se dilatan,
vengo a hablarle a Walt Whitman,
un cosmos,
un hijo de Manhattan.
Preguntarán
¿quién eres tú?
Comprendo.

Que nadie me pregunte
quién es Walt Whitman.
Iría a sollozar sobre su barba blanca.
Sin embargo,
voy a decir de nuevo quién es Walt Whitman,
un cosmos,
un hijo de Manhattan.

Dominí

En tu peñón solitario
lleno de olvido y dolor,
estrictamente salario,
perpetuamente sudor.

En tu girón de archipiélago
de ron y cañaveral,
chupado por el murciélago
numeroso del central.

En tu estirpe de malarias
secretas como tu voz,
llena de angustias agrarias
y de silencio feroz;

Dominí, no estás solo,
no estás solo, Dominí.
Del ecuador hasta el polo
el mundo lucha por tí.

A pesar de tantos daños,
tanto silencio, a pesar
de tantos sufridos años
sin comprender, sin pelear;

a pesar de que tu islote
cierra el horizonte y vas
solo como un galeote
solo y sin brisa quizás;

Dominí, no estás solo,
no estás solo, Dominí.
Del ecuador hasta el polo
el mundo lucha por tí.

Y que tus golpes los cargas
en tu solitaria piel,
y que tus noches amargas
te son solas, te son hiel;

Dominí, no estás solo,
no estás solo, Dominí.
Te acosa el hambre y el dolo,
sólo que tú no estás solo,
y hoy que miran hacia tí
tantos hombres y mujeres
¿qué te pasa, Dominí?

Hay un mundo de quehaceres
y tú duermes o algo así.

O algo más entrañado…
Como si una soledad
desenvolviera a tu lado
sólo sombras, sólo edad.

Como si el tiempo y el agua
que sollozan en tu pie,
o el sol que nace en la fragua
y va a morir al café,

o la niña junto al río
y tú en tu cañaveral
y la tierra y el bohío
fueran todos del central

y el hambre y los goterones
de sangre y lágrimas y
sudor agrio, en los terrones
de tu patria, para tí

fueran solamente. Fueran
sólo de tu soledad.
Y como si hoy estuvieran
solos los hombres de edad,

y las mujeres de espera
y los jóvenes de amor.
Como si el mundo no fuera
hoy tu apoyo y tu vigor:

miles de manos y fuegos
de millones en un haz;
de soldados, de labriegos,
de los que llenan la paz

de alegría y de esperanza,
de los que van al taller
o vienen de la labranza,
de los que saben leer…

De aquél que no, pero sabe
tu lomo herido y tu voz,
llena de un silencio grave
y de un agravio precoz.

Del ecuador hasta el polo
hoy todos luchan por tí.
Te acosa el hambre y el dolo
sólo que tú no estás solo
¡Dominí, no estás tan solo,
no estás solo, Dominí!

La vida manda que pueble estos caminos

Vienen las horas, horas de cielo azul,
y de verano, sobre la copa verde.
Vienen sobre las velas de la mar
del sur y luego sobre los hombres vienen.
Crujen al paso del timón y saltan,
y desde entonces saltan sobre los meses.
Y un caracol de manos entre la espuma
coge su mes de plata y lo desenvuelve.

Por estas horas vienen estos caminos
de sangre, temblorosos hacia la gente,
traen su viejo bulto de sudor, su angustia,
sus jornales de luto sobre las sienes;
traen su vieja rabia de color y el último
recio lenguaje de color y su fiebre;
traen sus brazos torcidos como la brisa
de las banderas, el sudor asustado
como el brocal de un pozo y el viejo paño
de lágrimas y el puñal de cruz y la muerte.

Estos viejos caminos cruzan las horas
largas, vienen hacia los hombres, los vuelven
amargos, los hacen madurar en ácida
madurez de fruta cálida y agreste,
y a veces les distribuyen horizontes
rojos de espinas y amapolas rebeldes.

Vienen las horas y yo quería un rápido
florecimiento de amor, una inminente
paz cuajada bajo los techos. ¡La vida
manda que pueble estos caminos oscuros!…

Yo quería una verde provincia de pan
y frutas erguida sobre un mapa reciente,
junto al agua de piedras que el puño alcanza,
y el afán alcanza y el sudor contiene…

La vida manda que pueble estos caminos:
manda que pueble estos caminos y entonces
sale esta voz de sombras y de raíces
amargas y de mariposas de fiebre,
de esta garganta tupida de raíces
amargas y de encendidas mariposas de fiebre.

Si alguien quiere saber cuál es mi patria

Si alguien quiere saber cuál es mi patria
no la busque,
no pregunte por ella.

Siga el rastro goteante por el mapa
y su efigie de patas imperfectas.
No pregunte si viene del rocío
o si tiene espirales en las piedras
o si tiene sabor ultramarino
o si el clima le huele en primavera.
No la busque ni alargue las pupilas.
No pregunte por ella.

(¡Tanto arrojo en la lucha irremediable
y aún no hay quien lo sepa!
¡Tanto acero y fulgor de resistir
y aún no hay quien lo vea!)

No, no la busque.
Si alguien quiere saber cuál es mi patria,
no pregunte por ella.
No quiera saber si hay bosques, trinos,
penínsulas muchísimas y ajenas,
o si hay cuatro cadenas de montañas,
todas derechas,
o si hay varios destinos de bahías
y todas extranjeras.

Siga el rastro goteando por la brisa
y allí donde la sombra se presenta,
donde el tiempo castiga y desmorona,
ya no la busque,
no pregunte por ella.
Su propia sangre, su órbita querida,
su instantáneo chispazo de presencia,
su funeral de risa y de sonrisa,
su potrero de espaldas indirectas,
su puño de silencio en cada boca,
su borbotón de ira en cada mueca,
sus manos enguatadas en la fábrica y
sus pies descalzos en la carretera,
las largas cicatrices que le bajan
como antiguos riachuelos, su siniestra
figura de mujer
obligada a parir
con cada coz que busca su cadera
para echar una fila de habitantes
listos para la rueda,
todo dirá de pronto dónde existe
una patria moderna.
Dónde habrá que buscar y qué pregunta
se solicita. Porque apenas
surge la realidad y se apresura
una pregunta, ya está la respuesta.

No, no la busque.
Tendría que pelear por ella…

Tarantela

Unidad de las anclas y las hélices,
estimadas en toda su alegría
navegadora. Unidad de las olas
en todas sus volubles golondrinas.

Unidad de las lanchas y de las redes
en la luna del pez y de la anguila,
sobrepecho del mangle y blancas hojas
en todas sus repúblicas reunidas.

Cal de huesos, nocturna belladona,
sustancia de la flor más escondida,
y toda la unidad de los colores
de todo mar, de toda travesía.

Unidad de la concha y de la arena,
unidad de la mujer y campesina.
Y a veces de zagala y tejedora,
besadora lunar y mal vestida.

Unidad de las calles y las casas
y acaso de la gente empobrecida,
del suburbio y la escuela y unidad
de todos los rincones de esta isla.

De este duro peñón, e este pedazo
de hueso de clavícula extendida
desde un lado del mar al otro lado
de una orilla salobre a la otra orilla.

Unidad de las lágrimas y el beso
de alerón de aeroplano y parabrisa,
de la clase firmeza y de la clase
fraternidad y de la clase espiga

y de la clase laborada y de la clase
sola y desnudamente campesina
y desde luego de la clase triunfo
o de la clase obrera que es la misma.

Unida de también y cuanto anhelo
de aquello que soporto y que tenía
hace ya largo tiempo menos sangre
y ahora tiene más sangre y menos vida.

Unidad de lo cierto y lo soñado
contenido en ¡qué amor! y me querías
porque un buque que parte hacia la noche
se hunde con las luces encendidas.

Unidad, unida, tronco liviano
pero fuerte, materia pensativa,
alborozo unidad, fiesta unidad,
sortilegio unidad que yo quería

para un país amargo pero amado,
para una consistente tentativa
para un pueblo dolor, una isla sueño,
toda en trance de amor y de rodillas.

ALEGRÍA DE LA MAÑANA BLANCA

Son
las nubes
de almidón.
¡Estoy de besos henchido
como una vela blanca!
Alza mi alma un sonoro
cáliz de ritmo de plata
en la misa del sol y del verso
bajo los cúmulos de algodón.

Esta es la fiesta de un hombre
que emborrachó de emoción.
¿Quién te llevó por el río
para besarte la falda?
¿Quién te decía los versos
y te confiaba las cartas?
¿Quién te apretaba el meñique
y los besos te robaba?

¡Ah, las nubes de almidón
me poetizan la mañana!
Nadie te cuenta mis gozos
de almidón de nube blanca,
y tu sombra me persigue
por esta alegría larga…
¡Siga el canto! ¡Siga el canto!

Que el pecho me da en merengues
un corazón de guitarras!
Están de almidón los días
y de almidón las semanas:
días,
semanas,
días,
semanas
y siempre las alegrías
de almidón por las mañanas.

¿Quién sorprendió los cariños
y te contó las pisadas?
¿Quién se achicó en tus pupilas
por culpa de una mirada?
¡Ah, la mañana se asombra
de nubes almidonadas…!

Fiebre de luz y de sombra
violentamente contrastan,
las mismas que me dibujan
y en tus ojos me retratan.

¿Fiesta? La de tus ojos.
¿Parranda? La de tu cara.
Felicidad y alegría.
¡Triunfo de las nubes blancas!
Conviérteme todo en besos
para estamparme en tu cara.

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Tú, lector. que me sigues y asistes a mis cuitas, sabes de lo que hablo,…
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