DOS AUSENTES/

Francisco Nájera (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Amanece temprano. La resaca
de una noche de farra aún se aprecia.
La llovizna ha mojado allí tan flaca,
la calle que al bullicio menosprecia.

Las luces parpadean aún dormidas,
y el fresco va pintado en el ambiente,
un halo de tristeza, displicente,
ajenas las aceras, descreídas.

Porque quise mirarme en tu mirada,
porque quise soñar que eras mi sueño,
que elevada al altar tú eras mi hada
y el único señor yo era tu dueño.

Quise hacer lo más grata aquí tu estancia,
tornaron mis deseos al precipicio
hoy te miro y veo en el frontispicio
el candor de tu imagen y prestancia.

Oh, aquel atardecer entre azahares
cuando el rojo del sol el monte esconde,
dos ausentes sin saber cómo ni donde
¡cómo añoro ese amor sin valladares!
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Francisco Nájera

Francisco Nájera

VOX POPULI

El poeta pronunció entonces una frase que me pareció misteriosa, deslumbrante.
Dijo que en cierta forma el pueblo nunca se equivoca.
Aunque nos parezca estúpido, el pueblo jamás se equivoca.
Aunque lo despreciemos y lo explotemos,
el pueblo no se equivoca.
Esa es nuestra condena, dijo.
Nuestra tabla de salvación.
– – –
Todo lo que hasta ahora les he dicho es demasiado abstracto.
Quisiera mostrarles ahora un mayor grado de concreción.
Quisiera también que advirtieran que si lo que les he dicho
les ha parecido simple es, en verdad, sumamente complejo.
Si permaneciéramos en la vida cotidiana, esta destruiría
todo aquello que hasta ahora les he dicho.
Es necesario pues que meditemos antes de repetir lo escuchado.
Habrá que rumiar el asunto porque de lo contrario podría creerse
que se trata de lo que ya pensábamos, y esto no es así nunca.
De hecho, existe ahora una relación concreta: frente al rostro de Uno
están Otros
como total exterioridad, como radical libertad
absurda.

AVE MARIA

fruncida su rayita la de ella
manos con muñones los de yo
encogido y siempre en cuclillas
y de culo contra sus nalgas
-no no no me dice ella a mí
el que me cogió el otro
día fue aquel otro pájaro
ese de más más allá
mientras con su culito me señala
hacia arriba
hacia arriba

CONOCIMIENTO

Sintió que estaba caliente y dura
la pija que la sostenía.
Cuando empezaron a acariciarla
cada vez más fuerte
supo que tenía más cercano a los ojos
el fondo del río,
el barro,
las hierbas…

cenizas son
pero cenizas enamoradas
F. de Quevedo

Ahora les quiero contar de la cochinada que me hizo el amor.
Aquí estábamos todos de junto calentándonos con el fuego
ese que tienen las llamas que si te le acercas mucho te consume
y te deja sintiendo que las cenizas son todo lo que de este cuerpo
queda, cenizas que sin embargo queman porque son el rescoldo
ese que no se consume aunque haya muerto ya el fuego
y en esas estábamos calentándonos juntos uno al lado del
otro sintiéndonos arder por las pieles mientras nos avivábamos las
ganas que eran como llamas y que nos excitaban a seguir y
seguir sintiéndonos con el calor de nuestras ganas inacabables
nos parecían nuestras ganas y por eso seguíamos algunos ya derramándonos mientras otros aguantándose que qué de la
chingada eso de acabarse tan pronto y sin haberla gozado
sin haberse aguantado para los otros cuerpos que se aflojan y que
se vienen así como sin saberlo como sin darse en verdad cuenta.
Pero en todo placer hay siempre una sierpe y allí la sierpe
no fue el deseo sino ese amor que exige pareja y no sólo
compañía sino una sola persona cualquiera con su cuerpo y con
sus ganas y sus palabras que te dicen que ahora soy toda tuya y
sos todo mío cabrón y de nadie más es que le pertenecés ahora .
Y esa fue la cochinada que me hizo el amor cuando alentándonos
todos juntos nos acercamos al fuego que nos consumía hasta dejarnos
rescoldo entre las cenizas todas llenas de gozo al arder.
– – –
no todo es sangre
mi’jo
me susurra el cuchillo
atravesán
do me muy suave ci
to el co
ra
zón palpi tan
te
– – –
Esta muerte es tan silenciosa
como todas las otras.
La de los viejos que viven al lado
de la muerte.
Conscientes.
Asustados.
Allí en ellos, lo saben, la muerte está
ya
sin esperanza.
Un hoyo ciego tan sólo.
Un -no lo sé-
ya no estar más aquí.
Asustados.
Viviendo apenas.
Los viejos conscientes de su propia
muerte,
tan silenciosa ella
como la nuestra.

Poesía

-¿Oyen? – preguntó con una voz lejana.
Los otros lo miraron sorprendidos.
-¿No oyen los chicotazos? –insistió el hombre.
Los otros miraron sus ojos secos y su cara tendida
hacia un ruido que nadie más oía.
En el cuarto había un olor terrible. No se sabía
si era agradable o desagradable.
De uno de los muros colgaban unas conchas negras.
-De todas, ella es la más lujuriosa y despilfarrada.
Cuando me toca atenderla, me hace sudar sangre,
pero también yo se la saco.
¿La oyen? Me sigue llamando, Oiganla. Llora
al llamarme porque ama el placer y los vicios.
Ojala y yo no me pierda nunca en sus extravíos.

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Padre, ya sé que te mueres, y que, a tu pesar, nos dejas tal cual hacen las madejas deshaciendo las mujeres.
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