HAGAMOS UN PACTO

Poeta sugerido: Salvador García Ramírez

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Hagamos un buen pacto. Tú me dices
aquello que de mí menos soportas,
volvamos a ensayar distancias cortas
sin tapujos, engaños, ni matices.

Yo bueno soy, tú noble, los dos somos
resultado de distinta educación,
gotas las dos, monocromas, del montón,
de este álbum que es la vida meros cromos.

Rehenes ambos somos de algún vicio,
yo más que tú, quizás, no sé, no importa,
¿competir para qué? si eres la aorta
que lleva nuestra sangre al precipicio.

La disputa es la oruga que carcoma
e insertándose va en su beneficio,
cuanto más permitamos que ella coma
agrandando ha de hacer ese orificio.

Que tengas tú o sea yo la perra gorda
es discusión banal, no viene a cuento,
la lumbre agradecida está al sarmiento
aunque las chispas salten por la borda.
©donaciano bueno

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Esa expresión “para tí la perra gorda” es una forma de zanjar una discusión.

POETA SUGERIDO: Salvador García Ramírez

Salvador García Ramírez

Nudos

En el telar de la trastienda,
de todos los colores,
en todos los idiomas,
de todas las medidas,
Ahmed ofrece alfombras:
las extiende, las cubre, las explica,
con el último precio las enrolla.

Altivo tras los fardos
Ahmed come a escondidas.
Sólo él sabe el valor que regatea,
la miseria que dan catorce horas,
la vida que se pierde en siete días.

Servicio

Sola por el plano de su planta,
del amanecer a la fatiga,
Habiba arregla camas
y repone las toallas
sin faltarle la sonrisa.

Sedentarios

Reúne al sol,
por caminos de polvo,
las recuas sin estrépito.
En caóticas filas se amontonan
como una multitud de patas sucias.

La sombra del oasis los rezuma.

Aplastados y viejos, de rodillas,
en la gran explanada
su cuello balancean
con senil parsimonia.

Lejos de su jaima, Alí
conduce caravanas
hacia el plano de fiebre del poniente.
Con sus manos de cobre
les ajusta el turbante.

Por diez dinares tira de las riendas
y en las primeras dunas
los ayuda a bajar con sus chilabas.

Cuando el nómada vuelve
cojetea tozudo el dromedario.

VOLTAR

Insistió.

La garganta en las verjas, las pendientes,
los flancos rosas del derrumbe,
el martillo del agua del envés,
la madera sellada en el balcón
de una larga clausura.

Quién sabe,
su soledad estaba plagada de refugios,
levitaba en la cola de la niebla,
rotaba aún
sin saber donde vuelven las corrientes.

Formábanse la sombra rota,
la pezuña del luto, el baúl, la maleza,
la piel sustituida.
Formábase lo repartido.

– Permiso, licença,
o rodopio do mar
dónde se olvida.

Viana do castelo

Siempre amanece por las calles del invierno.
Arremete la lluvia tras los árboles
con rigores de lápida y frescura.
Siempre amanece por los miradores del viento,
en la lengua del Lima lamiéndonos la vista.

De ahí la lejanía,
la penumbra ojival que dan los pórticos,
la bruma derretida,
la piedra minuciosa.
De ahí los peregrinos,
los ángeles remisos, la iglesia diminuta;
también los prosadores.

Yo recuerdo la cuesta de las nubes
en el seno infecundo de los funiculares.
os poentes, sin duda, carregados de azul,
entre vielas estreitas alumbrar las mansiones,
traducir las cartelas bajo el pez fronterizo
de las gárgolas líquenes.

También recuerdo,
de la misma manera que la arena,
el verdín y el escudo en los aleros,
la cruz en las esquinas en huraña vigilia,
el vaivén de un océano obsesivo
a rasgar do nascente.

Sobre la niebla entonces: un indicio,
una aguda premisa para meses inéditos
que cesar del hastío,
un batir de vertientes, a babor de la tierra
cuando casi es Galiza;
o tal vez la erosión, dilatando el prodigio,
de este valle al final que adivina un augurio
donde siempre nos llueve.

Nocturno en faro

En un descuido el tiempo
trazó de la ruina este triángulo,
violó la noche ciega y, vertical
como si nada,
dejó que sobre el agua
las olas fueran sólo superficie.

El resto fue ya visto:
los buzones macizos del escombro,
as docas fechadas,
rasante el avión sobre el mosaico.

LATITUDE

Suspensa, en el aire de los parques
con sombra de ciudad,
como los tuyos,
en la proximidad del Largo,
nas escadas, en las estrías húmedas
donde pululan libros viejos,
a la hora contigua con el sol,
sobre las pérgolas sin mástil,
a merced del polen, poco a poco,
nas margens
donde el viajero ayuna, nas igrejas,
de acá para allá, por los oblicuos
raíles de un paraguas,

tibia a tiempo,
la alzada lentitud del solitario.

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