LA CHICA DE LA ESQUINA

Vicente Valero(Poeta sugerido)

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(Soneto heroico)

Sublime la mañana, en mi paseo
te vi que en la parada de la esquina
estabas con tu estampa tan divina
y vuelta a pasear por si te veo.

Ignoro meigas haya pero creo
que maga existe alguna que adivina,
que vive aquí a mi lado y que camina,
lo noto cuando siento el hormigueo.

Mañana cuando inicie la rutina
veré de hacer un alto en el camino
ampliando de mis ojos la retina.

Borracho voy soñando con el vino
-que nubla o que descorre la cortina-,
queriendo al fin saber si es que alucino.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Vicente Valero

Vicente Valero

(con la primera luz)

Al alba nadie sabe nada… Vean:
ninguno de nosotros se atrevería a hablar
del sol que ahora despunta solamente
como una sola y libre flor del prado,
sólo un milagro más entre la hierba.

Todo es silencio todavía, nadie
se atrevería a entrar con sus viejas palabras
en este manantial de sombras y de nieblas,
de azulados reflejos y caminos
que siguen siendo aún un poco de la noche.

Fruto desnudo de la oscuridad,
tiembla como nosotros cada día, en su árbol
celeste y triste: el árbol que nos da
sólo su frío del comienzo, puro,
en húmedos abrazos, lentos, inabarcables.

Recogemos así el nuevo día, el aire
que al hacerse visible nos asombra,
el aire sin razones, prodigioso,
siempre con su cosecha diferente:
la dulce claridad entredormida.

Y ahora el sol que está aún entre nosotros,
abajo, entre las flores, se revela por fin
como un obsequio inesperado, sólo
un alimento más del bosque -en las más breves
y transparentes gotas de rocío-, oh sí:
la bebida primera indescriptible.
* * * * *

(la insistencia)

El color de este cielo a mediodía
no quiere ser pintado, se resiste:
se diría que espera solamente
detrás del muro blanco y ciego
de su más alto resplandor…

Hay que insistir entonces, muchas veces,
Con los ojos cerrados si hace falta,
pintar sin ver lo que sabemos,
dar forma a los colores invisibles,
mirar el cielo así, de otra manera,
el cielo ciego horizontal.

Insistir discutiendo con la luz,
con este resplandor hiriente y bajo,
hasta poder trazar su enigma propio,
su misterio imposible,
Con la fidelidad del paisajista
que sabe oír y ver siempre entre líneas,
y reconoce a solas su destino
en los más lentos blancos cegadores.

…No importa que el color
no colabore. En su fluir está la música
silenciosa del sol, la fiebre nueva
que quema nuestras manos y nos dice
cuánta paz hoy veremos sin descanso,
con los ojos cerrados todavía.
* * * * *

(preipicio)

Por los acantilados, muchas veces, la luz
es sólo vértigo y responde
a una llamada verdadera y fría,
a un misterioso andar sobre el vacío.

Lo que vemos no está
en el lugar exacto imaginado:
hay que buscarlo siempre en su caída,
en un dulce equilibrio
de rocas y alcotanes, de azules imposibles
casi siempre. Es una arquitectura
que no conoce el miedo
y ha sido construida por los pájaros,
por el viento del norte
y por las nubes.

Traten entonces de asomarse
en silencio y verán
cómo el color del cielo se sostiene
sobre un enigma sólido,
una alucinación interminable:
el vuelo prodigioso, desnudo, de la luz,
sobre la primavera que esperamos,
transparente y sin fin
del precipicio.
* * * * *

(principio de identidad)

Nosotros somos solamente
siempre lo que miramos: este bosque
y su camino azul somos nosotros,
esta lluvia distinta cada tarde,
que empapa muy adentro.

Somos la nube que pintamos, negra
sin más como la arena siempre
del anochecer… Somos
también el trueno y los relámpagos,
los ojos asustados
del animal que corre a su refugio.

No somos más que lo que busca ser
mirado y comprendido por nosotros:
este paisaje horizontal, el árbol
y las piedras mojadas,
las huellas en el barro y la neblina
que no nos deja ver.

No somos lo que somos porque sí.
Y hasta somos también lo que no vemos:
aquello que pintamos muchas veces
sin saber cómo es, cómo será mañana,
después de la tormenta.
* * * * *

(retrato)

Un hombre lleva puesto cada día
su sombrero de paja y sube andando
el camino del bosque. Saludamos
a este solitario diferente
y él también nos devuelve unas palabras
con amabilidad y simpatía.

Sabe que estamos siempre aquí,
en esta curva, contemplando
supuestamente el mar y el precipicio
seguro de los pájaros.
Y nunca se detiene, no pregunta,
sigue a solas su ritmo
y silba cada día cuando pasa.

No sabe que le estamos esperando,
que hemos venido aquí
sólo para mirar cómo camina,
cómo mueve los pies, cómo conoce
el bosque y los senderos
imposibles. No sabe todavía
que le esperamos siempre, en esta curva,
sólo para poder ver y pintar
su paso firme y claro, su mirada
profunda, deseable.

Sólo y por fin para estudiar a fondo,
el perfil de sus huellas muchas veces,
la música, el calor y la alegría
de su forma de andar cada mañana.
Ese momento decisivo
de ver cómo se aleja una vez más,
silbando, entre nosotros,
por el mismo camino diferente.
De “Libro de los trazados”

El alma es sólo lo que vemos cuando suena la música…

El alma es sólo lo que vemos cuando suena la música,
cuando todo da vueltas a nuestro alrededor, mientras bailamos
y todavía tenemos la noche por delante: toda para nosotros
solamente. Entonces el alma es sólo eso muchas veces,
podemos verla en cada movimiento.

Un paso más allá y el baile empieza una y otra vez,
y nuestros cuerpos se mueven a la espera, se mueven sin parar,
porque el aire más nuevo los envuelve y sabemos por él
que hoy tenemos aún la noche por delante. Entonces el alma
es sólo lo que esperan los cuerpos todavía.

Cuando suena la música y todo da vueltas sin parar
a nuestro alrededor, mientras bailamos,
el alma puede verse sin descanso, y no es la música ni el baile:
es sólo lo que entregan a oscuras nuestros cuerpos
a la música y al baile, muchas veces.

Un paso más allá y el aire será nuestro para siempre,
el aire que buscaba en tu cuerpo y el mío
toda una noche por delante. Entonces el alma será sólo
este saber la música del baile, este haber visto
en cada movimiento una salida.

El alma es sólo lo que vemos cuando suena la música,
cuando estamos a punto de empezar sin descanso
toda una noche por delante, mientras todo da vueltas
y más vueltas, muchas veces, y nuestros cuerpos
dicen que sí y a oscuras a otro baile.
* * * * *

Hasta donde yo sé, mi alma y estas nubes que pasan…

Hasta donde yo sé, mi alma y estas nubes que pasan
son iguales, estas nubes que pasan porque sí,
a solas, muchas veces.
Y ahora que sé también que el aire
es mío y me ha buscado,
que ha llegado a esta casa sin saberlo,
con amor imposible,
con la fuerza de lo que no se ve,
salgo a decir su delicada
transparencia.

Los árboles
me dan su claridad aún de sombras y raíces,
y yo recojo en esta claridad
el fruto diferente, una certeza interminable y pura.
Todo lo que he perdido
vuelvo a encontrarlo aquí y puede verse,
continúa conmigo,
tiembla en el aire de verdad,
como una nube.
Hasta donde yo sé, mi alma y estas sombras que veo
son iguales, estas sombras que crecen porque sí,
a solas, cada día.
* * * * *

No es otro signo dado para descifrar, no es una imagen más…

N0 es otro signo dado para descifrar, no es una imagen más
de lo que sigue, no es tampoco un conjuro impenetrable
este desierto azul y rojo que ahora viene.

Hablo del tiempo en que saldremos a la calle para ver
nuestros días perdidos, uno tras otro,
solos y abandonados en un sucio rincón de la memoria,
muertos de frío para siempre.

Mientras llueve lo vemos muy lejano todavía,
cómo viene sin más hasta nosotros,
aunque su aliento de arena invada ya nuestras almas
y el sonido de su larga y rotunda sequía
empiece a confundimos.

Hablo del tiempo en que saldremos a la calle para oír
el murmullo del agua de la vida,
la extraña música que bebimos en el dolor y en la sombra,
su gracia que se aleja de nosotros y no vuelve.
De “Libro de los trazados”

Bañista

Éste que sale a media tarde y solo,
sin nada más que una toalla limpia
bajo el brazo, a la luz
menos comprometida de septiembre,
con cara de haber visto, no sé, algo muy nuestro,
y ganas poderosas de bañarse,
de entrar como si nada en este mar
de oleajes sin fondo,
en este mar que ya ni es cielo ni es azul,
pero busca y alcanza y desaloja
con fuerza todavía;
éste que sale a media tarde y solo,
en fin, con ganas de bañarse y disfrutar
de veras, a la luz
ya casi clandestina de las playas,
para salir después como borracho,
otro y el mismo, limpio,
con los ojos a punto para ver nuevamente,
parece saber algo de nosotros,
algo que ya sabemos,
pero qué.

Hojas del bosque

I
Lazos sagrados como raíces, redes invisibles.

La escritura de la primavera vierte su tinta de color una vez más
sobre el lecho oscuro, enfebrecido, del animal solitario.

Nunca lo salva, pero le dice con qué ropa partir.

II
Palabras que hemos visto sumergirse, a solas, muchas noches,
en las aguas oscuras de este río.

Cierto ciervo que vi bebía entonces, lavaba sus heridas
invisibles.

Un nuevo idioma renacía a oscuras, temblaba como animal
nocturno, ardía hasta el amanecer.

III
Agua que bebe el pájaro de octubre en la palma de mi mano:
agua que alumbra el secreto del bosque.

IV
Ojo del bosque: mira mis huellas. Son como las raíces
requemadas que aún esperan el aliento del mar.

O como las arrugas en el cuerpo de un viejo solitario que todavía
ama las canciones del mediodía.
O como las venas azuladas, siempre palpitantes, en las sienes
rojizas y suaves de los ciervos.

Ojo del bosque: apiádate de ellas, protege su camino.

V
El pensamiento más profundo de un cazador es su disparo.

Con él penetra a solas, siempre, en el silencio de las largas
distancias, en la humedad salobre del amanecer.

Con él penetra en el corazón oscuro de las tórtolas.

VI
Una gota mía de sudor en el bosque hará crecer el árbol de la
sed. Bajo la sombra de este árbol, algún día, tal vez, descansen
otros caminantes.

Tal vez, bajo la sombra de este árbol, algún día, las palabras del
bosque vuelvan a ser escuchadas, cierto ciervo que vi vuelva a
ser visto.

Que una gota mía de sudor pueda ser esto.

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