LOA A UN BUEN PADRE/

Jordi Doce (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Pues yo nací del vientre de mi madre,
después que se pusiera una semilla.
La siembra germinó ¡qué maravilla!
Y a aquel que la sembró, que fue mi padre
dedico esta coplilla.

Ya sabes lo que dicen, no hay más que una,
la madre siempre goza de alabanzas,
e ignoran al pesar, en las balanzas,
la suerte que yo tuve, la fortuna
gozando en tus labranzas.

Por eso quiero sepas, no me olvido
así que poco tiempo conociera
que fuiste, padre mío, la repera,
el padre que yo hubiera preferido
y hoy llevo por bandera.

Permite que hoy te rinda este homenaje
por ser amén de padre un hombre bueno,
tu imagen y semblante tan risueño.
Te llevo en la memoria en un paisaje
de un toro que es pastueño.
©donaciano bueno

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Jordi Doce

Díptico

No hay luz sino estupor de luz
en este jardín abrasado
de frío y lenta escarcha donde
alguien cuya sombra te evoca
remueve sin prisa la tierra
y deja en los surcos un hilo
de luz fría donde mis ojos
desde esta página te anuncian
y dicen verte, aunque no estés.

Hago inventario de tu ausencia:
ojos no usados, aire intacto,
las horas como lumbre escasa
que el aire no aventa ni excita.
En todo espío transparencias,
temblor que es tu cuerpo inasible.
Hago inventario de tu ausencia
para que sepas de tu vida
a mi lado, cuando no estás.

El esperado

El tiempo ayuda al mito de lo que no sucede.
Él vendrá o ha venido, no se sabe a fe cierta,
Abundan los rumores mas no hay pruebas,
Pudo ser aquel viejo de la capa raída
O el callado extranjero que no salió del cuarto
Durante días, ¿quién podría asegurarlo?
Mejor no decir nada, mantener la vigilia,
Dar órdenes precisas a guardias y aduaneros,
Dibujar en el sueño el rostro de quien nunca
Dio señales de vida ni declaró su nombre,
En la espera y deseo de que alguna mañana
Se anuncie en una vuelta del camino,
Incorpore su rostro a nuestro asombro
Tan sólo por hallar a sus creadores,
Por saber que fue cierta nuestra imaginación.

El sueño

En aquel sueño eras
un fanal vacilante
en el mar de la noche.

Vine a ti desde el fondo:
rostro abierto en la espuma,
yo también alumbraba.

Luz con luz engendramos.
Blancas fosforescencias
sobre el torso del agua.

En aquel sueño éramos
otro mar entreabierto
en el mar de la noche.

Imán

En el cuarto en penumbra, el cerco de la lámpara
arde sobre la página, en los dedos
que aferran el cuaderno, recogidos,
y trazan nuevos signos con serena mudez.

La calle es la moldura de otro silencio. Nadie
bajo los sauces, bajo la farola
tibiamente alumbrada, en el frescor
de esta noche de junio, de esta noche en que velas.

Deslumbra, más que el foco, el blanco de la página.
Tu mano absorta ha detenido el tiempo.
Y más allá del cuarto está la noche
que imanta cuanto escribes, cuanto vino a escribirte.

Interior con figura

Cae sobre ti la mirada
de las cosas, te busca, te señala,
espía cada uno de tus gestos
con nítida pupila agazapada,
tapiz de ojos
tras el follaje de las sombras,
noche ocelada en cada esquina
con un rumor de pasos a la espera;
como la luz que siluetea el muro
su curiosidad forma
el hueco de tu cuerpo,
el hueco donde yaces con tu cuerpo.
Muralla de quietud son los objetos
mientras bajas al fondo de ti mismo:
¿huyes o eres aún su prisionero?
El sillón es un claro en mitad de la sala.
Tras el cristal relumbra una farola
y su chorro de luz moja la alfombra,
se encharca a los pies de la estantería.
Parados como búhos,
los cuadros enmudecen si los miras.
¿Quién va?
Pasas la noche
anclado en la deriva de tu sangre,
atento al hilo de una mente
que al descubrirse se devora,
y amaneces en otra noche
de embozos y contornos,
de muda opacidad paciente
que no te suelta,
que conoce tus gestos uno a uno
pues acompasó su latido al tuyo.
Centro de un cerco de miradas
que te pretenden fruto de su luz,
cumples, tal vez, con tu más fiel deseo:
tú, que sólo querías no ser tú.

La calma

Vienes a mí de tarde, con las primeras sombras,
tras la espesura líquida del sauce,
cuando el aire se aquieta como el ansia,
cuando el cuerpo se entrega a su latir cansado.

Apenas si conozco tu origen, la manera
que tienes de llegarte. En el temblor,
en la sorda exasperación de agosto,
plantas bajo la piel un brote de alegría.

En la tarde que muere, el cuaderno entreabierto.
Son los fantasmas del calor, me digo.
El aire ardido contra la mirada.
El aleteo súbito del mirlo, en el alféizar.

Pongo el cuaderno a un lado, y entrecierro los ojos.
Es simple esta alegría, caprichosa,
y está en mí: simple aceptación del tiempo,
dejar que el día pase, que nos pase

a otro día, que envuelva al cuerpo en su latido
mientras tú, siempre bienvenida calma,
regresas al amparo de una luz
que confunde mi piel con la piel de la tarde.
(De “Lección de permanencia”
Pre-textos Poesía 2000)

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