LOCO DE ATAR

»El Poeta sugerido: Juan Carlos Friebe

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Loco, yo estoy prendado de una rama,
ella me cae tan bien, no sé por qué,
fue un impulso quizás o es que derrama
dulzura por sus poros, no lo sé.

¿Fue un flechazo? quizás fuera empatía,
no es cualquiera, que flor es de azahar,
me hechizó con su forma de mirar
y en un soplo dijo que me quería.

Embriagado quedé de su ambrosía
desde entonces no paro de soñar
a su lado lo feliz que yo sería.

Junto al tronco voy a hacerme allí un lugar
para sus pies besar. Y si algún día
me muero, a su cielo irme a reposar.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Juan Carlos Friebe

Juan Carlos Friebe

UN NIDO

Feliz quien parte atado al corazón
pues aunque no regrese nunca, siempre
habitará su casa. Feliz quien viene y va
a antojo de su dicha y sus senderos,
en pos de sí y de sus misterios hondos,
de su amor, su quimera, de su nada.
Cuánto más si al susurro de su voz
sujeto, atento sólo a su murmullo,
se escucha y dice: heme: al mismo tiempo
que presta tacto, vista, oído al mundo,
y lo comprende o no, pero le incumbe,
le inmuta, le conmueve, le anonada,
de pilar a pilar le zarandea el alma
al vibrar de raíz y de consciencia.

Pasa la brisa sobre tallo tierno,
mece el aire los álamos combados:
feliz la rama, si feliz la hoja.

EL ARMA HOMICIDA

Como la piedra elegida al azar no sabe que no es la piedra del montón, sino la muerte misma.
Como la piedra no imagina que va a servir a una mano ignorante, a una mano infeliz, a una mano cobarde,
las cosas, inocentes, desconocen el fin al que sirven y la voluntad de la mano que viene a usarlas.
No lo sabe la piedra, ni lo sabe el acero.
La piedra ni siquiera intuye que se desgajó de la roca para ser como aquella otra que la mano escoge para la honda y silba la herida del ciervo antes de abrir su costado,
o como aquella otra que una mano despreocupada sopesa en la orilla para hacerla saltar
un,
                                                        dos,
                                                                                                                                   tres,
a la comba,
                                                    en las olas,
                                                                                              hasta hundirla en el mar.

No. Esa piedra jamás sabrá que vino de aluvión, lamida por el río y la corriente del tiempo para dar la muerte
ni la muchacha enterrada hasta el cuello sabrá jamás en su tormento que su madre, entre la jauría, escogió esa piedra para asesinarla.
Parece el metal cuchillo, como cuchillo brilla, como daga hiende, tiene el labio helado igual para el pan que para la herida.
Como la piedra elegida al azar no sabe que no es una piedra del montón, sino la muerte misma.

AIRE

Jamás necesité tanto del aire como en este instante de fatiga, del aire y su consuelo ciego, de su caricia nómada y peregrina. Lujo lo que ayer capricho, oro necesario lo que antojo fuera, hoy el aire es la misma vida, entereza para enfrentarme cara a cara con el nuevo día, para echarle más fe que casta a estas horas que, si no son tumba, tampoco lecho.

Sé de ti como sé del aire. Sé que existes porque siento tu ausencia.

ÓLEO SOBRE LIENZO (Detalle, I)

Llegó a la plaza en fiesta empujando un carrito
que encendió en las manos destartalados ruegos.
Encarecidos índices de niños churretosos
trastabillaron entre sí en el aire
reclamando las mismas golosinas,
y quedaron vacíos los columpios
igual que un corazón sin alegría.
El balancín siguió balanceando su lánguido chirriar
como agrietando el tiempo, lastimándolo;
las caretas de chino mandarín
vieron ponerse triste al tobogán,
y durante un instante de complaciente holganza
que bien pudo durar cuanto un suspiro,
quedé absorto degustando el día
consciente de gozar un raro privilegio.

Como escuchando a mayo en una caracola.

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