MARTINA, NIETA MÍA/

Raúl Contreras (poeta sugerido)

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Martina, amada mía, nieta mía,
Libélula sutil de mis anhelos,
mi ninfa azul y diosa de mis cielos,
sustento que alimenta mi alegría.

Refuerzo que arrebujas en mis días,
soledad silenciosa que en mi sueño,
de mimosa inocencia yo me adueño
y en tu rostro percibo melodías.

Yo ya estoy al final y tú al principio,
yo a manías propenso y tú a sonrisas,
tú tan ávida de andar y yo sin prisas.

Homenaje quisiera en estos ripios
armarte a ti brindando con esmero
con destreza del cazador certero.

Y cuando pasen años del rapero
y no esté aquí, recuerdes tus principios
¡lo mucho que te quise y hoy te quiero!.
©donaciano bueno

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Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso… ¡yo no sé
que te diera por un beso!

Adolfo Bécquer

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Raúl Contreras

OCULTO FUEGO

Más allá de la línea, donde avanza
La oscuridad, brilla el oculto fuego.
Un áspero subir y un rumbo ciego…
¿A qué delirio la obsesión me lanza?

El valle, ¡siempre el valle!, en lontananza
Refleja mi espejismo. Qué sosiego
Para esta fe de elevación. Qué riego
De estrellas fijas en la luz que danza.

La altura corre hacia el abismo. ¿Y luego?
Más allá de la línea, en la bonanza
De la plenitud, ¿qué alcanzaré si llego?

Tal vez, desde mi pozo de esperanza,
El áspero subir baje a mi ruego.
Que sólo brilla lo que no se alcanza.

CAUCE DE SED

Cauce de sed donde encontré acomodo
Para mi vocación de enredadera.
¿Cómo llamarle lluvia a lo que era
Augurio de rosal sobre mi lodo?

Mínima parte que buscaba el todo,
Dejé volar mis pájaros de cera.
No pude detener la primavera,
Pero en mi sangre le labré un recodo…

Ansia pura del Ángel, prisionera
En mi cauce de sed. ¿Hallaré modo
De huir con el presagio que no espera?

¡Si, por la gracia del rosal que podo
Hasta el azul de la raíz, pudiera
En cada espina devolver mi lodo!

PRESENCIA DE HUMO

¿En qué ignorada vid, en qué repliegue
Del mísero terrón perdí aquel zumo
Que ardía sin arder? Presencia de humo
Distante ya para el amor que llegue…

Qué poco podré dar a quien entregue
Mi saldo de ilusión. Tengo, a lo sumo,
El rescoldo de ayer con que perfumo
Mi medialuz cuando la luz me ciegue.

Tal vez bajo el telar de la llovizna,
Mi mano débil cogerá la brizna
Que el viento hace lanzar junto a mi toldo.

Tal vez… Y en esta noche que me incuba
Veré en mi cepa madurar la uva
De aquella vid. Porque guardé el rescoldo.

Ángel en mi

Te estoy hablando bajo, muy bajito,
Sin voz, como se le habla a los querubes.
Pero sé que me entiendes y que subes
Del fondo de mi sangre hasta mi grito.

¿Grito? ¿Por qué? Si mi dolor contrito
Se percibe sonriendo entre las nubes.
¡Si estoy aguardando a que te incubes
En la sed de mi hondón, ángel proscrito!

Ángel en mí, lejos de mí. Tan leve
Que ni a nombrarte la ilusión se atreve,
Y, sin embargo, la ilusión te nombra…

Ángel en mí, lejos de mí… Que existe
Sin existir. Porque mi carne triste
Bebió tu luz para alumbrar su sombra.

Un visitante

Alguien abrió con el mayor sigilo
mi puerta, de seguro mal cerrada.
Le vio, sin forma apenas, mi almohada,
el paso muelle y la palabra en vilo.

No, no era nadie que buscara asilo
ni que quisiera demandarme nada.
Con la primera luz de la alborada,
salió en silencio y me dejó intranquilo.

Eso fue todo. ¡Nada más! No espero
saber la causa ni atisbar los fines
de esa visita inesperada. Pero

esta mañana oí sonar violines.
Nada tampoco… ¡Amaneció mi alero
cubierto de hojas rubias y jazmines!

Vértigo

Al caer de la luz, mínima y quieta,
Repaso mi dolor.  Y alzo mi vida
Lo mismo que una página leída
Cuya frase final no se concreta.

El ritmo en fuga, la canción inquieta
—voces de ayer y hoy niebla desvaída—
rezuman en los bordes de mi herida
como el agua se filtra por la grieta.

¡Alas de la ilusión llenas de herrumbre!
Un día azul casi toqué la cumbre…
Y, enferma de horizontes y espejismo,

Resbala en mis silencios la congoja
Del día alucinado que se arroja
Por vértigo de altura, en el abismo. 

El viaje inútil

Todo era azul en la primer salida
Azul la embarcación, azul el puerto.
El corazón, hacia la luz abierto,
Soñaba con la tierra prometida.

Y en el retorno, con pavor de huida,
Anclo en mi propia soledad y advierto
Que, tras de mí, se iluminó el desierto
Y que en la luz se me quemó la vida.

Aquel azul… ¿era un azul de aurora?
Bajo la niebla, el corazón ahora
No atisba las señales para el viaje

sin término, sin rumbo, sin destino.
¡Aquel azul me alucinó el camino…
y fui… y estuve… pero nada traje.

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