ME DIJISTE QUE ME AMABAS

»El Poeta sugerido: David Rosenmann-Taub

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Me dijiste me amabas y yo creo
me mentiste pues que eras un farsante,
un juguete, a jugar en tu recreo,
un peón de ajedrez, un simple amante.

Yo era buena y sabías que era ingenua,
tú, mendaz, abusaste de ese instante,
fue de noche, ocultado en la luz tenua,
con descaro encubriste tu semblante.

La miseria, me hundiste en la miseria
y es por eso hoy te grito ¡miserable!
Pues fui yo te invitara aquella feria,

te disculpo. Y pues nado en otra arteria
reconozco que también fui yo culpable,
¡la ansiedad impidió ser gente seria!

Margarita llamé a nuestro desliz,
hoy tiene alas y amén lleva volante,
son los riesgos que acecha al aprendiz,
cuando atrás hay que echar en un instante.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: David Rosenmann-Taub

David Rosenmann-Taub

El día

(II)
Doce de junio.

Hablé. Nosotros lo comprenderíamos.
¿Iba la noche a retener tu entrega?
Por la ventana el mar que nos separa.
Seremos uno interminablemente.

Ahora estás conmigo. Qué seguro,
qué distinto es el ser: en su coraje
me alcanzas. ¡Para siempre! Los poderes,
indolentes, ajenos, conocidos.

Hablé. Nosotros lo comprenderíamos.
¿Iba la noche a retener tu entrega?
Por la red el erial que nos separa.
Desnudos, absolutos, luminosos.

Esa boca aquí, cerca, nuestra, mía,
nuestra, tuya: si tuya, mía, mía:
lo feroz: arrecife de transcursos:
que yo, por ti, soy yo, todas tus veces.

Hablé. Nosotros lo comprenderíamos.
¿Iba la noche a retener tu entrega?
Por lo ayer el farol que nos separa.
En torbellino, frágiles, amándonos.

Ahora estoy contigo. Realidad,
ahora puedes afrontar el mar:
en la eficacia, el mar, con resistencia,
se levanta hacia el sol. Tú estás conmigo.

Ventana. Red. Lo ayer. ¿Qué nos separa?
Seremos uno, interminablemente
desnudos, absolutos, luminosos,
en torbellino, frágiles, amándonos.
De: La enrredadera del Júbilo

El manantial

( I )
¿Quién eres tú? ¿Quién eres tú? ¿Quién eres al alba,
a la noche, a la tarde? ¿No es el amor tu imagen?
Yo crecía, y crecías tú. ¡A nosotros crecíamos!
Tomamos los racimos. ¿No es el amor mi imagen?

Dolías en el llano de las cosas que rompen.
En las cosas que abaten yo dolía. ¿Y tu imagen?
El agua, entre las aguas, horadaba y subía.
¡Oh qué sed de esa agua! ¡Nuestra sed! ¿Y mi imagen?

En derredor la vida, para que así se cumpla
la forja de la aurora repentina. ¡El encuentro!
Mas no lo repentino. ¡Los únicos caudales!

Imagen contra imagen, hacía imagen. ¡Lo nuestro!
Esto que ahora esplende. ¡El amor! ¡El amor!
¡Esto que nos destina rebeliones de imágenes!

Ataraxia (ananda primera)

De rodillas el Árbol.
Caigo sobre mis ojos: me acompaño:
sólo tengo caminos.
La luz clama: “¡Estoy ciega!”
Cunde frescos sentidos
el ansia, polvorienta, disoluta.
Los pies del cielo con mis pies tropiezan.
Vetusto claroscuro:
caminos y caminos y ninguna
huella. Jamás el mundo.

El raudal

Yo canto como el sol,
y el sol no canta.

Yo sueño como Dios,
y Dios no sueña.

Yo, cual la tierra, muero,
y la tierra no muere, ¡pero canta!
De: Cuadernos de Poesía

Preludio

Después, después el viento entre dos cimas,
y el hermano alacrán que se encabrita,
y las mareas rojas sobre el día.
Voraz volcán: el nimbo pasaremos.
El buitre morirá: laxo castigo.
Después, después el grito entre dos víboras.
Después la noche que no conocemos
y extendido en lo nunca un solo cuerpo
callado como luz. Después el viento.

Creación

Víscera, fruto vagando en la niebla,
entre mil soles vagando en la niebla,
víscera, fruto vagando sin tiempo,
entrevenoso, ascendiendo insolado,
cántico, bosque de astros, estepa,
¿de qué región tropezando, cayendo?
Bloque de semen, radiante, aguerrido,
¿por qué designio vienes a ser mío?

Cuando el ovario amoroso te ansiaba,
cuando el rosal de la carne te ansiaba,
¿cómo saltaste el no ser de tu espacio
para mezclarte al sudor, al deseo,
al tifón térreo, al jadeo, a la fragua?.
¿cómo rompiste la malla sin días?,
¿cómo te hundiste en el mar del abrazo?
Golpe de ascua, relámpago vivo,
¿por qué designio vienes a ser mío?

En la vertiente crucial derramado,
cima triunfante, temblor derramado,
brote sagrado, bastión, red sufriente,
vasto aletazo: te sé poderoso
como la dicha del surco más grávido,
como cascada en la piedra sedienta.
Limo fragante: despunta, no ceses.
Colma mis huesos, enjambre, racimo.
Crece en lo amado para ser mi hijo.
De: Los surcos inundados.

Pórtico

Pastor dormido en la hierba,
tu caramillo sonando
en la lejana pradera:

¿quién en tus manos, avena?,
¿quién en tus manos, alfalfa:
pastor dormido en la hierba?

El oso peludo,
el rey juguetón,
molinete, embudo,
chinita de ron.

El rey juguetón,
girasol, dandún,
chinita de ron,
nata con betún.

Girasol, dandún,
escabel chiquito,
nata con betún,
dorado ombliguito.

Azulea que azulea
la mazorca en tu cabello,
pastor dormido en la hierba:

¿adónde queda tu tienda
de brezos, adónde queda?
-“En la lejana pradera.”

Escabel chiquito,
el rey juguetón,
dorado ombliguito,
chinita de ron.

El rey juguetón,
el oso peludo,
chinita de ron,
molinete, embudo.

El oso peludo,
nata con betún,
molinete, embudo,
girasol, dandún.

Retama, río, corteza,
corazón de la campiña,
pastor dormido en la hierba:
sobre la greda, más greda.

Pagano

I
Mas otras voces hablan a otras voces.
Mas otros ríos bañan a otros hombres.
Y yo estoy lejos, sumamente lejos.

Ulula el huracán entre los montes.
Grita el torrente con revueltos bronces.
Y yo en lo lejos permanezco ajeno.

Páramo de otros nombres, otros nombres.
Otra febril majada, otro deshoje.
Sobre mi lejanía el aguacero

vierte sus cuencas como viejos
odres.
Allá en los corredores
de la lejana casa mía se oye
la panoja de trínos de otro entonces,
y entre los cobertores
de mi huesa, rumores de otros dioses.

II
Para mí todo el año es otoño:
¿Cuándo, dioses, empieza el invierno?
¿Es otrora la nueva jornada?
Al raer, desvelado, las eras,
he gustado los mismos sabores
que aprendí en las escuelas del sueño.
Para mí todo el día es crepúsculo:
¿Cuando, dioses, empieza la noche?

III
Penetré entre los dioses: ese no era mi sitio.
En el arduo retiro, desde los miradores
alocados de espacio, tranquilos de blancura,
derroté mis efigies. Los límites sin límites
pestañearon, sufrieron, se pararon. Los ví
como muros erguidos sobre mis torreones.

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