ME GUSTAN LAS MUJERES

»El Poeta sugerido: Pablo Menacho

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Me gustan las mujeres que callan cuando besan,
que bajo de la mesa sus lindos pies me dan,
que exhiben e insinúan sus cuerpos que me estresan,
que impías y traviesas con sus andares van.

Me gustan las mujeres esbeltas y elegantes
que muestra esas piernas que no atisban final,
que exhiben con orgullo, sus muslos basculantes
saciando nuestras ansias de amor y sin moral.

Me gustan las mujeres de pícara sonrisa
que miran de esa guisa con ojos de cristal
galantes, juguetonas, vagando entre la brisa
y que sin más premisa presumen de sensual.

Me gustan las mujeres de labios de colores
de flores perfumadas y aromas de jazmín,
se apiadan del que escribe vendiendo sus amores
y que los sinsabores dejan bajo el batín.

Melosas, agraciadas, dulces y pizpiretas
así sean discretas o fueran casquivanas,
de encantos repintadas, todas ellas coquetas
de inspiración salvajes las noches de jaranas.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Pablo Menacho

Pablo Menacho

El Agua y la Derrota

Don Edmond Bertrand:
Usted sólo es el vuelo
de una imaginación privilegiada,
ajeno a la fortuna y a los infortunios
que vendrían a descomponer la luz
de la mañana y el deseo.

Es nuestra lealtad a esta tierra también desleal,
pero amorosa,
que acunó nuestros sueños más ardientes
y nuestras rebeldías.

Don Edmond Bertrand,
promotor de juergas y recuerdos
que aún intentan tocar el Sena en la memoria.
Usted,
que no sufrió con el delirio o el acoso,
la persecución o la vergüenza,
el descrédito público o el escarnio,
la bancarrota o el suicido.

El anhelo era entonces un pájaro sin alas.
(La luna,
redonda y agria,
traza líneas en el agua
que recuerdan un bolero
que rueda por el costado agreste
de la madrugada.)

Es el agua de la zanja,
profunda como una tumba que se multiplicó
con sus cadáveres anónimos y silvestres,
con pueblos enteros que se hundieron
o escaparon a las nuevas orillas
creadas por el hombre.
El agua de dos mares que se encontraron
en el centro mismo de la tierra.
El precio del sueño y la grandeza
con que el hombre emprendía sus hazañas.

Acaso alguien escriba sobre sus puertas
las trágicas historias de los chinos
y los ferrocarriles.
__El opio se arrastraba y hacía estragos
en el ángel de la bruma__.
Eran las tempestades que la muerte ya tendía
en las sombras de tan magna empresa
y la negritud,
desarraigada y moribunda,
que excava caminos para el agua
a través de las montañas
a pesar del ocaso de la fiebre y la quinina.

Usted no es más que un pretexto,
un fantasma de la imaginación,
el mito de una historia irrepetible.
Del libro: Carta a Edmond Bertrand

La Sola Mar

1.
Viejo muelle, viejo mar.

Zarparon todas las barcazas
y el pescador extravió las redes
en la sal y las arenas.

Dicen que las encontró colgadas
de los astros más lejanos
recogiendo la luz del universo
para alumbrar la puerta de su casa
con todas las luciérnagas
que el tiempo conoció.

2.
A la deriva, el barco,
no atracará en puertos ni playas
descubiertos por Colón.

Naufragio habrá
y un marinero menos
que ya no tendrá hijos
para contar
la fuerza de aquella terrible tempestad
que todo destruyó.

3.
A qué puerto, la barca.

La resaca desatará los amarres
en mitad de la tormenta
y después,
calmado el mar,
¿dónde el puerto que la espera?
En qué lugar la tierra firme
donde encallará llena de sales

y la tristeza del marino
que no la encontrará.

4.
Desembarcan.

No pescadores con racimos
de peces en sus manos.

No recolectores del sol y de las aguas.

De papel parecen los pesqueros
ante los buques de la guerra.

Desembarcan.

Con ternura los podremos derrotar.

5.
Oscuro el mar,
no habrá playeros los domingos.

Ni de fiesta se vestirán los peces
y las aves
cuando amenace el huracán.

6.
Ella espera
tejiendo un nuevo chal.

Sabe que vendrá
de más allá de los oleajes
y en su casa cenará.

Curtida la piel, se abrazarán.

Serán felices __dicen las palmeras__.

Juntos sonreirán.

7.
Años que construí
para el día y los manantiales.

Todos son mares que nunca navegó
el más soñador
de los marineros
en busca de un joven jardín.

Dejo constancia de lo vacías
que están sus manos:
gaviotas nunca saludó.

El caracol tenía los sonidos
que su hijo remontó.
Del libro: La Sola Mar

Las Horas

1.
Pequeñas para todos, estas horas:
risas diminutas
en el campo de la lluvia.

Demasiado pequeñas
en el viento.

Grandes para todos los habitantes
de la tierra.

2.
Ella soñaba con la Luna,
tejía sonrisas en el rostro
de los niños,
despertaba al Sol
cada mañana.

3.
Dónde estará ahora
que las horas son inmensas
y la llaman
desde el fondo de las aguas.

Ella: que sueña con la Luna
mientras llueve.
Del libro: Voces en la lluvia

Epílogo La Ruta que Vendrá

Pero aún hoy,
después de tantas madrugadas
asediados por un implacable insomnio,
seguimos trazando nuestra ruta
por una senda inexplorada.

Desfilan las cruces de los muertos
mientras las manos flotan como granadas
en el aire.
Nuestros muertos
son raíces de una herida ya imborrable.

Nosotros, los de aquí,
aún nos resistimos a ser presa
de la sorpresa.

El mundo da giros distintos cada día
y, sin embargo,
aún nos batimos a duelo con los mismos fantasmas
sin resignarnos a borrar las marcas del ocaso.
Soñando los oleajes que vendrán
con las corrientes de los mares.
Con la sangre intoxicada,
tanto como seguimos intoxicados
por la brevedad del instante
y la acumulación.

El mar siempre regresa
con la voz de los ausentes
y nos revela el rostro oscuro de la noche.

Este habrá de ser el momento para iluminarte
y trazarte, finalmente,
la nueva ruta que defina la mañana,
el instante en que la claridad se torne impostergable.

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Políticos españoles, dirigentes provincianos, esclavos de sus errores que nosotros les pagamos.

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