MIS BESOS/

Javier Alvarado (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Besos que salen del alma, besos míos,
besos a veces esquivos, tan distantes,
vosotros, ya no sois como los de antes
causantes de temblor y desvaríos.

Ahora ya os habéis tornado besos fríos,
ausentes de aquel colorido acidulante
que impulsaba mi corazón hacia adelante,
si intervenía mi pensar trocaba impíos.

Besos antaño de oro, ahora de hojalata
otrora temblorosos, y ahora ya inertes
que ni tan siquiera a mis ojos les diviertes.

Quisiera al menos yo tener besos de plata
pues si oro no tengo, mantenga referentes
recordando antaño sentías y hoy no sientes.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Javier Alvarado

Javier Alvarado

BOCA LA CAJA

Ya habrán desaparecido las casas
Y los restos del colmenar en el invierno.
Ya nadie azotará las redes desde la parquedad
De las barcazas. Todos se fueron yendo
Cuando quedó cercada la infancia
Por los temibles edificios. Ya nada es más distante
Que el tiempo y su sombra, que el veredicto final
De las casuchas que desaparecen como el último
Recuerdo que dejó Dios en la memoria, quizás no fuimos
Tan mortales y perecieron nuestras huellas.

¿Adónde va Boca la Caja con sus centellas
Y sus muertes?
¿Adónde sus fogatas y la pesca que se va desvaneciendo
Como una temible batahola?
Ya no se escucharán más las risas y los llantos,
El arroz con coco y los pescados se nublarán
Con un bocado de hambre y mansedumbre.
Sólo miro el avance del concreto y una luz
Se apaga en el poblacho.
Mi infancia quedará arrebatada por los altos edificios.
La Virgen del Carmen se quedará en la tierra.
Sólo quedaremos en vídeos y postales.
Algún cronista nos llamará: un pueblo perdido,
El invierno lloverá dentro de nosotros
Y ya nadie azotará las redes
Desde la parquedad de las barcazas.

EL CARIBE SUELE SER UN ROSTRO

Hay un algo tan cercano que no deja definir su rostro
Quizás el de la ciencia
O el velero que se apaga
Esos que atisban la sal de los dominios y los recuerdos respirados de medianoche,
Lo que se incrusta en la pared
Como un testigo lapidario o un fusilamiento en las rosas del muro
Lo que fustiga a la quietud y a la inverosimilitud de la gravedad con la manzana
El epitafio rojo de los acertijos y de las lagunas mentales
Que no pedía tener
Cuando era un aprendiz
Y detrás de los abedules solía mantener pláticas
Con mi primer maestro
Donde él –todos los lunes capacitaba la luna de su tedio–
Le daba asco el café y solía caminar solo por la nieve de los parques;
Dicen que en Hyde Park protestan contra el miedo
Contra la luz inhumana y la inflación
Y hay alguien que afirma
Haber protestado contra la multiplicación de los clones
Cuando escuchábamos la sonata y a Eliot desperdigar maldiciones
Contra su cruel Abril
(A T.S. Elliot solían darle unas gripes muy fuertes
Durante esa época del año)
Contra eso que tiene la voluntad de ser
Una guillotina en medio de la palabra o de los astros
Las cartas antiguas que los amores evaporaron
En las hogueras de ópalo y las fuentes de odio incontenible

El caminar por estas avenidas es agitarse con el aire londinense
Esperar una palabra quieta o una humedad extraña bajo la axila
Cuando el viento barría las hojas fulgurantes del otoño
Que anunciaba su testamentaria muerte, su boina derribada
Por los ciclos del hambre, los vagabundos solían cantar
Esa extraña canción de sir Elton John cuando estaban borrachos
Y osaban tirarse al Támesis después de hacer su trato con la vida

Yo exigía una mirada o algo que se pareciese a la resurrección
A una explicación votiva que me hacía huir de la madre y del cadalso
Me alejaba por los bares como portando un as para redimir al futuro
Las barajas temblaban afiebradas sobre la mesa del póker
Los juegos peligrosos anuncian una entrada con sigilo.
Es un puente imaginario que estatifica los augures de la fiesta
La canción prenatal que se descosía ante el ritmo de los paraguas y los truenos.
Yo empujaba con mi soplo la carrera acelerada
De las ratas blancas que hacían girar la rueda
De nuestra conciencia colectiva;
Ese desesperado pataleo por alcanzar la libertad
Y la amplitud deiforme de la imagen
(Evita la transición y el paroxismo)

Siempre he tenido miedo a las grandes ciudades
A que me devoren con sus alféizares temibles
O con las puertas enormes de sus grandiosidades pedestres
Esos dioses de hormigón que rascan la columna vertebral del aire
Aún las edificaciones albergan la división de las lenguas.
Temo a seres extraños y a mis terribles conocidos
Algo como deshojar
la agarofobia

(Digo sucede en blanco, por la explosión que me aniquila)
Algo tiembla debajo de mi bufanda como una serpiente tiritando por el frío,
Le hacen falta las hiedras y las ofrendas germinadas
Por la lengua de la leche;
El hipocampo que la trajo desde el mar
Donde batallaron lugareños y guerreros invasores;
El mar suele devorar a las ciudades
Aún en presencia del sismo o de la tierra.

Esto cavilaba desde las ventanas de mi hotel a oscuras
En South Kensington, con la palangana de la brisa
Y los recolectores de la siembra
Atisbando desde lo gris al sol de mi país,
Esa yema milagrosa de los trópicos.
Yo solía recorrer los parajes sin esperar la extremaunción
De los poderes,
Eso que puede ser una ilusión o una utopía
Por alcanzar la radioactividad de lo real y la certeza
Una llama que nos espera en la guarida del relámpago
Un invierno legendario en cada mano
Algo que nos puede imposibilitar llegar hasta las canoas
Del otro lado del Atlántico.

El Caribe es esa noción de ser
Ese tambor primigenio atornillado a la cadera

Nos reuníamos en esas noches
Con la arena y el sopor de las ensenadas
Yemayá y Ochún tiritando desde las infinidades
–Saladas y dulces
De agua y tierra del Caribe–
Elegguá abriéndome las puertas de su cielo promisorio
(La pluma del escritor que tantea la historia
De esa mestizada humanidad)

Es entonces esa caribeña razón de ser
La que me convida a sentarme
Y a observar mi rostro disuelto en otros rostros
Las frutas gritando por la violación de los molinos
La llama de nácar y la yegua que se posesiona del enjambre
Esas abejas visperadas para el equinoccio
La memoria de la concha y el arquero de las cañas
Penetrando en el hormigueo del corazón con su machete.

LA MUERTE Y SU BARCO

La muerte regresa a tientas con su barco
Escupe sus negros esclavos, sus piezas de mercadería
Regresa desde los sueños en forma de galeón o de canoa
Es en nosotros que vive con su llanto sumergido
A veces me pregunto a quien llaman mis padres
Desde la senilidad con sus tantas voces;
Por qué se repiten mis abuelos en los mismos hábitos
De hablar con la nada
O de esparcir sus fotografías
En el garabato de la niebla?
Aún no se esconden las cosas presentes y los veo
Jugar con los nietos, que permanecerán cantando para siempre
Cuando hay brea sobre estos puertos
O gaviotas confusas que se posan en los mástiles y en las cuerdas
A diatribar con los gallotes.
No hay más misterios nivelados que observar el mar
Y su llanto sumergido,
Esos dioses gemebundos
Que bostezan despacio o que se llenan la boca con fabulaciones
De foca o de ballena.
Es este miedo a respirar las sales que ya conozco
A visitar esos puertos donde se quedó mi cuerpo de tritón
O de almirante,
Escribir los mismos poemas
Que circularon con las estrellas de la espuma, o recordar
Esa balada que va en la boca de los longorongos
Que gritan sus orgasmos repletos de fiebre;
Vegetar en mi espejo que se vuelve un caracol henchido
O una furia oceánica que se repite como un triste maremoto.
Por eso atestiguo el recolectar con mi caña de pescar estas imágenes.
Estas verdades que tiemblan y se agitan en el fondo
De todas las nadas como peces que resguardan la tranquilidad del aire
O como burbujas secas que se quedan vacilando
En mis manos como medusas.
La muerte me llevará a todos los puertos
E irá doblando mis pantalones y mis restos de equipaje.
Seré más oscuro o luminoso cuando recorra
Las huestes y las epopeyas de otros mares, seré joven o viejo
O quizás oblicuo como todo resplandor que nace.
A veces creo que cada día
La muerte nos prepara para entrar en su barco.

MATACHÍN *

Siempre anduve de paso, mirando la vida que corre
en algún tren opuesto al mío.
Eugenio Montejo

Despierto ahora que no quedan destellos en el pueblo
Cuando no quedan restos de manos
Acariciando el lomo de las puertas,
Alguna vela desterrada (si es que podemos descifrarla)
Alguna sombra colgando de un árbol (si es que el tiempo la ha dejado
Tejer una guirnalda, un légamo de trenza).
Escribo con el temblor de las palabras
Mientras el invierno
Teje una corona de sí mismo;
Mientras los pájaros dormitan
En otro silencio, en otro bosque, en otra selva,
Cuando todos desertamos de esa oscuridad
Que ya viene, que ya se fue y que llama a nuestros rituales con voz ronca
Como una llama de sangre que incuba las parcelas
Cuando raspamos una piedra contra otra,
Buscando el albur de nuestro tedio.
Es una hora en que todos se han marchado
En que partimos hacia épocas añejas
Con zapatos nuevos y ojos advocados al misterio
Con un dragón de escamas gualdas,
Con nuestras familias arrancadas de raíz,
Con el último intento del gallo de asir la tierra,
De alejarla de su cresta y rotar la muerte en su plumaje:
Cuando ya no me escucho, cuando ya no me oyen
Cuando en vano trato de plantar los rieles y durmientes
Y sobrevive un cántaro roto a las cuentas de la lluvia y los dictámenes del día
Cuando nos embarcaron desde Cantón para alborear la esfera
Para vislumbrar alguna pagoda en el paisaje.
Dejamos atrás nuestra ciudad,
El aroma lirico que transcurre en nuestro tiempo,
Algunas brazadas hacia el loto abierto del estanque,
Hacia nuestros sueños, algo de nuestras vidas inconclusas, fragmentarias,
Algo de nuestros dioses
Que en esta parte de Panamá aún respiran, prevalecen,
Mientras me devora un sol
Para llenar mis pupilas con los colores asaetados por el trópico;
Cuando un tren enmudecía en el pecho
Y se rumoraba
Que entristecíamos por falta de opio, que el opio no habitaba nuestros huesos
Como las oscuras voces que se debatían por ser grullas en la montaña sagrada.
Pero aun así, vestimos con sedas preciosas
Y amamos a nuestros hijos y mujeres
Condensando una huella que viene de tan lejos
Que se esfuma, que retorna, que muere contigo;
Era como recordar la siembra
Y la evocación empapada de nuestro padre,
Disputando las espigas de arroz
Y el monzón que se adviene -como hálito tardío-
Mientras el corazón se nos repliega
Con ese ruido de locomotoras que pasan
Y cada una de nuestras vidas es un durmiente
Y cada una de nuestras muertes es un riel demenciado entre las piedras.
Algunos se amarran guijarros
Y deletrean el curso sanguíneo de los ríos,
Otros empiezan a tallar lanzas de palo y luego hunden
Esa inocencia de árboles al cuello,
Algunos pagan por decapitaciones
O se sientan amordazados en el borde lastimero de la playa
Para que el mar los resida con sus pies de tentáculos
Y sus lágrimas de espuma
O toman sus trenzas
Y se anudan a las ramas y estallan sobre la tierra como frutos
Y cuelgan con sus grandes pantalones al viento
Como aguardando al eco,
Al aluvión que atesora lo parsimonioso de sus pasos,
A sus tés medicinales que desborda la tormenta.
Yo no puedo recordar el llanto de esa gente
Y la desolación que corre por sus ojos.
El istmo cuelga de un moño chino
Cuando no quedan restos de manos
Acariciando el lomo de las puertas;
Mientras recorro las historias de Matachin página por página;
Ahora que parto en tren
Y que ya no quedan destellos
De ahorcamientos
En el pueblo.
Pueblo donde se dio una gran ola de suicidios por parte de asiáticos durante la construcción del ferrocarril transcontinental y transistmico por el istmo de Panamá.

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