POEMA A UN AMOR INEXISTENTE

»Aquí, mi Poeta sugerido: Domingo Moreno Jimenes

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Quisiera conocer lo que usted piensa,
aquello que en verdad le quita el sueño,
meterme en lo más hondo de ese empeño
pudiendo aquí salir en su defensa.

Así que disimule le delata
que tiene un mal de amor y le atormenta,
no puede ya ocultar, no trae a cuenta,
que acaso fuera un sueño de hojalata.

Tan lleno de remiendos y costuras
difícil de apreciar tenga un futuro,
posible pues que nadie dé ni un duro,
incluso de curar no haya suturas.

Olvídese señora, no atormente
y busque un sucedáneo a su locura,
se sabe que el amor no tiene cura,
evite que le arrastre la corriente.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Domingo Moreno Jimenes

Domingo Moreno Jimenes

Confidencias

Desde que naciste
ya nos había separado el Destino.
Hijo, resígnate
a tener un padre extranjero en el mundo.
Los años pasan
y aprender el ritmo del día él no aprende.
El egocentrismo lo hiere
y él permanece ante la estatua del Sanchopancismo,
desunido!
Su mirada se vuelca
no para “el dos y dos son cuatro”
sino para la estratosfera que existe en la raíz de todo
hombre.
Su pupila tiene un radio espiritual superior a su rostro,
y es justo que sufras,
hambre, tortura y desnudez aun después de la muerte.
¡Qué sería de ti y de los demás hombres
si así no fuera!

Melancolía

Dejaré mis niños.
Partiré del pueblo.
Me roerá la angustia que a los peregrinos
acoge en silencio.

El día que parta,
todos a sus puertas saldrán a verme;
encontraré en mi senda alguna anciana
de las que socorría algunas veces…

Cuando unos cruce
fustigaré mi potro;
y aunque el norte no empañe ni una nube,
mi pañuelo de hilo me llevaré a los ojos.

Al verme las perdices
levantarán el vuelo;
llorará en una palma una tórtola triste,
y tal vez un can sucio me seguirá a lo lejos…

Por unas semanas y aun meses
me instigará una sombra;
luego… mis cantos en la mañana alegre.
¿Y después?… el olvido y algunas muertas rosas

Poema de la hija reintegrada

I
Hija, yo no sé qué decirte si la muerte es buena
o si la vida es amarga;
sólo te aconsejo que despiertes, adulta de
comprensión más que tu Padre!

II
Hija, ya no habrá oriente ni poniente para tu porvenir:
una sábana blanca serán tus días,
una sábana blanca será tu pasado
y tu recuerdo una estrella que frente a frente
me iluminará el porvenir!

III
No sé por qué tu agotamiento
me trae una recóndita dicha anegada de lágrimas,
que me hace auscultar el corazón de la tarde.

IV
Tu y tu silencio me parecen hermanos.

V
Hija, hazme tomar la resolución de los otros:
vuelve mi proa añicos
y mi voluntad una piragua;
que nada sea mío desde hoy, que no quiera
poseer nada mañana;
desnudo de bienes y desnudo de virtudes hazme;
sin egoísmo de lealtades y sin egoísmo de pureza;
hazme entero el milagro de darme todo a los elementos,
como si fuera en sustanciación un ser increado!…

VI
Tu vida fue microscópica, pero grande;
el segundo de tu existir, eterno!

VII
Hija, cuántas nubes,
cuántos pájaros,
cuántos horizontes insospechados me abre
en el amanecer tu ruta!

VIII
Hija mía, para ti la mañana no será clara ni fresca;
verás envuelta el alba en la noche,
y las cosas de mayor transparencia
tomarán ante tus ojos la actitud de un largo crepúsculo.

IX
En este mundo donde sólo se premia la
capacidad de fingir mejor,
era justo que llegaras, y después de breves instantes,
ya estuvieras confundida con la cal y con la
mariposa, con el carbón y con la piedra.

X
¡Cómo me alivianas la sombra, al advertir
desde que te dormiste que en mi
derredor todo es sombra!

XI
¡Oh tú, que me enseñaste desde que naciste
a ver la vida con ojo más sabio
y a la humanidad con ojo más triste!
Triste, triste; ¿y no es acaso la suprema alegría
de los seres mudables el ser tristes?
Triste fue la faz de la tierra cuando se
desperezó el primer hombre!
Triste tiene que quedar la tierra cuando se
desentuma en su regazo el último hombre!

XII
¡Oh, tú, que desde que naciste pude decir:
boleta de la tumba
Oh, tú, que ya crecida pude decir, por tu desvalidez,
la preferida mía.

XIII
Por ti quise cambiar y que la fortuna me sonriera;
por ti no cambié
y la fortuna no me sonreirá nunca!

XIV
Hija, cada vez que examino tu vida
me doy cuenta que tú eres como mi vida:
una sombra entre dos crepúsculos!

XV
Iba a decir entre dos agotadoras auroras
y ya ves, reincindí, sin querer, entre dos crepúsculos!

XVI
¿Por qué tan pura, tan casta y tan leve, te
debas parecer al crepúsculo?

XVII
Olvidaba que toda adjetivación es cruel y ruda:
Dios dio desnudo a los hombres el verbo,
y del lenguaje, sólo debe quedar desnudo el verbo!

XVIII
Toda filigrana de síntesis es una profanación
¿verdad, hija mía?
Ya no te puedo buscar sin parcializaciones,
sin atributo contingente:
¡serás en mi incompleto nombrar, sencillamente,
el vaho de las cosas!

XIX
No te puedo asir con una palabra,
y no debe extrañarte, recónditamente,
porque estás para mí más alta que la región
de las palabras!

XX
Y vuelvo a caer en las comparaciones.
¡Oh, hija, cuán subordinado estoy a la vida!

XXI
Miserable hombre que osa que
después de la sombra la vida es vida!

XXII
De imperfecciones se forman nuestras excelencias
y es toda la existencia del hombre un brazo tendido
hacia el turbio por qué de los enigmas!

XXIII
-Tiene el pulso demasiado débil,
pero este letargo no es la muerte-.
Su médico era mi propia almohada de cabecera
y yo quedé perplejo ante su callado
sufrimiento y la miseria de la vida!

XXIV
Si fuera bizco de pensamiento
y tuviera la boca siempre llena de mentidas palabras;
hija, iba a blasfemar por tu dolor… pero, ¡perdona!

XXV
¡Compran caro el suelo donde colocan a los muertos,
y ellos son más dueños de la tierra que los
hombres que comercian con ellos!

XXVI
¡Al través de los milenios, los hombres son
puñados de tierra
que se deforman a su antojo!

XXVII
Hija, ya han venido a avisarme que tus pies están fríos.
Hija, resígnate a que lo blanco no sea blanco
y a que lo negro no sea negro.

XXVIII
Hija, cuán brilla el sol sobre el tamiz de los guayabos,
cómo se agiganta la nada sobre la soledad
de tu aposento,
cómo nace y renace la esperanza por entre
los ámbitos de la vida!

XXIX
Tibien la leche, terciada con agua,
para si mi chiquitina despierta.
Cuídemela hasta que se vuelva esperma como
capullo inmortal el cuidado.
Ella es carne de mi vida, flor de mi
pensamiento, cemento de mi alma.

XXX
(¡Eres, amada mía,
como flor del higüero joven,
como el azogue del crepúsculo,
como la diafanidad de la Naturaleza toda!).

XXXI
No seas padre; sé Hombre,
sencillamente.
¡Gira tu vida a tu derredor
y que tu amor a una abstracta “Humanidad”
no te haga olvidar jamás de que eres Hombre!

El diario de la aldea

¡Ay Dios, que ves el viento y ves la nube,
compadécete de mi alma
que es una nube fría en un cielo claro!

Mi andar no es andar de consciente sino
de sonámbulo;
llevo las manos en el aire
y el pensamiento en el azul;
llamo «madre» a las plantas
y a las margaritas «hermanas»;
en cualquier riachuelo veo la faz de mi padre,
y los luceros, carbunclos de la noche,
son mis «hijos».

Esta síntesis del mundo que llevo conmigo
a veces me sume en la tiniebla;
¡pero siempre me arrastra a la luz!

Oh naturaleza, ¿qué mal te he hecho
para que me castigues con una carga tan
desapacible?
Yo sé que vine del misterio,
pero los cambiantes de la vida son más inexplicables
que las flaquezas de la muerte, o que
la sencillez de la nada.
Tú no me podrás dar la alegría riente
de lejanos días y lejanos tiempos;
en ti vengo a curarme de viejos males,
en ti vengo a reposar.

El pájaro herido busca el albergue
de sus dichas.
Junto a aquella rama, yo soñé;
bajo la sombra de aquel árbol yo medité;
el susurrar del río ya no me sabe a música, pero a
un despertar próximo me suena.
Mariposillas: no voléis,
brisas: no entremezcléis mi cabello cano.
¡Siga mi frente erguida y luminosa como
una antorcha!

Este hueco de cañada me recuerda la vida
y esta placidez de soledad me quiere como
hablar de niñez.
Yo fui un niño como todos los otros,
aunque un poco más cándido y más triste.
De ayer a hoy, ¡qué abismo!
y de ayer a mañana, ¡qué universo!

Con moras frescas me teñí las manos
y tengo la mirada cansada de soñar cosas tristes.
El cielo que tengo por delante no es doloroso;
pero el horizonte de mi vida presente, sí que lo es!

El maíz brillaba en las manos del hombre,
la polla se internaba entre los matorrales,
el cielo se encapotaba sereno.
¡Quién fuera madreselva!
¡Quién fuera río!
¡Quién fuera cañada!

Flores,
flores,
flores.
¡Oh mayo!
¡oh dolor!

Tal cuando el sol tramonta,
y las nubes oscuras se entretejen de grana
y los aires se llenan de infinitos vapores;
tal cuando la torcaz da el grito que espanta la
nidada y el ruiseñor;
tal cuando las montañas que están por arriba de mi
cabeza sueñan;
tal cuando los árboles tiemblan y los arroyos cantan.

Relinchos de caballos en mi puerta,
más luego, pasos y voces;
a poco, un loco sobresalto de mi ser solamente;
en seguida, el sol, la alegría de los pájaros,
la mañana,
dos aldeanas rientes,
una mujer pálida,
dos niñas, sus hijas, enmascaradas de riguroso luto,
la cruz de un muerto,
mi estupefacción al ver, hasta el dolor
metamorfoseado de esa manera;
mi expresión: «vuestras lágrimas sean benditas»;
al momento, mi pretexto de buscar la lechera.

Después… el campo y yo con el campo y los
pájaros, solo.

Ligelia

Tengo una novia
trigueña y silenciosa
que me ama en las sombras.
Sus dientes son joyas de marfil
y sus manos parecen rosas;
tiene unos ojos mágicos que asombran y deslumbran
y ella toda,
es como una libélula que huye
no sé si es el temor
o un río que se desborda.
que me la roba
o un cielo sombrío que la guarda,
ello es que siempre sola
la descubro,
y cuando trato de atraerla a mi dominio se encoleriza como
[una loba;
y de mis artificios
vencedora
me contempla sonreída mucho tiempo,
y luego, cual una frágil ola,
parte dejándome aterido sin saludarme a veces
y otras,
dejando que me digan la punta de sus dedos
lo que sólo en la oscuridad confía a su alcoba
en un derroche de delirio,
cuando la media luna por sus jardines ronda.
Y sin embargo,
cuando en las cimas nace la aurora,
me advierte en las nubes que se deslizan ledas
y el encanto de las alondras.
Tengo una novia
trigueña y silenciosa
que me ama en la sombra.

Desasimiento

Era blanca
y me perseguía;
era pálida
y me perseguía;
era casi diáfana
y me perseguía.
Mujer,
¿no sabes que ya ho he olvidado la vida?
Mujer,
¿no sabes que ya yo he trocado mi corazón por un cayado?
Mujer,
¿ignoras que hasta la lumbre de mi sentir se ha
desvenecido?

La niña Pola

¿Qué será de la niña Pola,
que estaba en el campo,
que su padre figuraba tonta
y echaba a rodar a los vientos de la alborada su risa loca?…

Crepúsculo y alma,
ingenuidad y gloria;
suspirillos de un pecho que no había tenido pasares nunca,
inquietud de unos ojos que habían rondado por la montaña,
tras el arco-iris que los copúsculos tornasola…

Sobre blanco rojo,
y sobre rosado, moreno.
Brillo como aquel brillo, yo no he encontrado ni en
el diamante ni en el destello;
castidad parecida,
ni en la albahaca ni en el romero,
ni en la petunia, ni en la magnolia, ni en la paciencia;
(el sol de espaldas o el sol de hinojos junto al cerro…)

—Es muy tranquilo; pero me lleva catorce años.
(¡Oh, si supieras, cuántos abismos, cuántos obstáculos,
salvo en la tarde, salvo en el alba, parta tenerte junto a
mi sueño!)

¿Qué será de la niña Pola,
que estaba en el campo,
que su padre figuraba tonta
y echaba a rodar a los vientos de la alborada su risa loca?…

La sangre aborta, y a las miradas que están en éxtasis
no le es posible seguir el curso ya desarbolado de la
égloga!…

La siesta

La negra de los dientes blancos
me ha prometido
darme una cita junto a los naranjos,
a la hora de la umbría,
en el momento que gorgean los pájaros.

Se fue por la avenida de las acacias. Y en tanto
que unas cotorras la empalizada brincan
y ella por el andén se va alejando,
por mi memoria cruza la visión de otro cuadro,
vivido hace unos meses
en el campo.

La quietud y el bochorno
me van amodorrando,
y ya siento en mis brazos su cintura
y en mis labios sus labios;
tiemblan cual uvas sus morados senos;
y como un tronco al cual ya ha herido un rayo
cae su cuerpo por tierra, y en el bosque
los ruidos cesan por un rato.
Y ya desvanecido aquel mal sueño,
con los ojos fijos en el término vago
continúa mi impiedad, indiferente
como si nada hubiera pasado.

Río-pueblo

Alto.
Jocundo!
Pareces una bruma de noche…
El alba siempre te está aguardando porque presiente que te
entregarás pleno!…

Mejor tálamo jamás pudo soñar la muerte!
Mejor florón de inquietud jamás pudo imaginar la vida!
Mejor espejo de horizontaneidad jamás pudieron anhelar los
vastos horizontes.

¡Oh río; oh arteria; oh fuente,
que haces posible en el común momento la inalcanzable cima,
que recreas, alzándonos del rudo polvo de que todas las cosas
están hechas!

Si abajo, es el amor;
si arriba, son las nubes;
si tu rostro es la más dulce plática del viento!
Tú que has hecho posible que la montaña se desnude,
que se irga el árbol y que la pradera se peine!
Si un pájaro canta su armonía es espíritu
porque tú fecundas de ambrosía el gorgeo.
Corona eres que rodeas a Santiago
y serpiente de eternidad que aseguras el Norte!
Oh, las partidas sin partidas del Atlántico
que palpan a Europa y dejan a la América intacta!
Plumón de ensueño,
gasa de eternidad,
corazón de infinito…
Mis sienes esperan el descanso de tus márgenes
y a mis manos sobre tus ondas no le duele estar prematuramente
marchitas!

Río, iba a decir, puerto!
La lluvia cayó sobre la montaña.
Por el Este aparecieron tres astros de rostros minúsculos.
Pero el devenir de la Humanidad estaba parado:
entre la cruz y un alfanje jiraba su mente!

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