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1º UN TELONERO (mi poema)

2º El poeta sugerido: ''Luis Franco''

MI POEMA…de medio pelo Lee otros poemas de AMOR

 

Si el sol fuera tan grande como dicen
y yo por el contrario tan pequeño,
cuidando no morir en el empeño,
habría de evitar le estigmaticen.

La luna sin el sol no pinta nada
pues cumple una función de telonera,
se encuentra con la música a la espera
que el ídem no le suelte una patada.

Que un día yo fui un sol, según decía
mi madre, por mi gracia y mi salero,
aquí debo insistir cuánto la quiero
sabiendo por piedad que me mentía.

Mas ella les prometo si era un sol
y el día en que murió yo me apagué.
Hoy debo de admitirlo pues se fue
la luz que le alumbraba a mi crisol.

Que fue lo que la estrella al festival
y yo, como amateur, su telonero,
por mucho que le sigo y que me esmero,
no acierto ya a embobar al personal.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Luis Franco

Luis Franco

ESTELIAL

Nos mimbra la estatura de la noche,
la noche que se esconde detrás de sus estrellas.

La Vía Láctea atraviesa su fantasma de lira
recelando una música sin fondo.
Tal vez el tiempo intenta uno de esos instantes
que hacen vibrar lo eterno en nuestro tránsito.
Aquí en los muelles de la noche
como siempre en tus ojos tu alma está partiendo hacia cualquier estrella.
El asombro sereno de suponerte mía
vive todo el misterio de tu gracia
tan constelado como el de la sombra.
Sueño versos que aunaran en su rima
la suavidad sin fin de tu pelo o tus sueños
al enigma de luz que hay en tus ojos,
(tus ojos que hacen olvidar tu cuerpo
tal como el cielo hace olvidar la tierra).
Pero bajas los párpados temiendo
quizás que la excesiva vecindad de tu alma
pueda parar mi corazón en seco.

A tu lado la noche blanquea antes del alba.
Sueño que a dúo nuestros corazones
cruzando están el signo de Estelial,
el genio de las alas perforadas de estrellas,
vencedor de la noche y el olvido.

DIALECTICA

El iris que se baña en el rocío
y la onda yacente del remanso
por la onda emigrante avanzan hasta el mar,
o hacia la hidrografía velera de la nube,
o la lluvia, bajando en tumbo celestial,
para iniciar de nuevo la ronda eterna de lo transitorio.
Grillos de roca y nieve de la montaña estorban
el aborto del fuego prisionero en su útero.
Lo constante y lo efímero son dos caras del tiempo,
y ya el retorno muerde la cola de la fuga.
El devenir enlaza
la unidad individua a la unidad del todo
y se da el contrapunto de lo uno y lo diverso
y el equilibrio vivo entre universo y mónada.
Todo lo que palpita acusa
un costado diurno y un costado nocturno.
De atracción y rechazo se inventa la armonía.
La castidad y el coito se besan en la boca.
Doquier, doquier la vida se nutre de la muerte
como de fango y de boñiga el lirio.
Todo muere sangrando en el ocaso
para resucitar sin mácula en el alba.
Lo inmensamente grande y su invisible antípoda
son no más que los polos opuestos del abismo.
Lo de afuera está adentro tal como macho y hembra
y es preciso que marchen acordes y sin trampas
como el dolor y el gozo en su honda cadencia.
¡Siempre la melodía dialéctica del todo!

Bendición

Y tomando un puñado de trigo, con la unción
de los antiguos días, dije en mi corazón:
Bendito sea el gusto previo del pan seguro,
en el contento agrario como una hostia puro;
bendito sea el sol, que es servidor y rey;
bendita la criada que es gran reina, la tierra;
también la mansedumbre de los ojos del buey,
y el trabajo escondido de la lombriz de tierra;
y a más la golondrina, que amadrina la lluvia.
Bendita en cada grano, vuestra cosecha rubia,
sembradores, y vuestro vivir de hondura y calma
como un arar. Bendita la fatiga divina
que endurece las manos y que mejora el alma.

La calandria

Silencio de diamante. En el campo ni un eco.
De pronto la calandria que halla en la luz su alpiste
desciende melodiosa sobre un gajito seco
como buena noticia sobre un corazón triste.

Padre árbol

Leguas brutas del campo en tu sombra se entienden.
Ablución de frescura que nos inspira el pecho,
testimonias el dios clandestino que eres.

Amo de hondura y cima: de prietas sombras, árbol,
te yergues con la altura total del mediodía,
sabiendo que tu cuarta dimensión es el pájaro.

En ti alza el campo el signo de dulzura y fuerza.
Cierras la intimidad redonda del hogar,
abres la envergadura sin fin de las banderas.

La soledad te abraza ceñida e infinita
como a mí: tu alma fresca, la mía en fiebre, en lo hondo
se sumergen buscando la dispersa armonía.

Tu equilibrio gobierna geometría oculta:
la solidez se viste con gracia de lo aéreo.
Arte nuestro: el destino final está en la música.

Trabajas más aparte que la araña hilandera.
Si el viento te vocea noticias y distancias,
tú escuchas el pausado corazón de la tierra.

Profundidad de carne es tu vida, y de alma.
Con tu ademán injertas nuestra vida en lo unánime,
presidiendo el desfile de alas y mañanas.

Comprendes el callar y latir de la noche,
tú, alzado con la pura elevación del alba;
¡y cómo nos afinas el corazón discorde!

Breve cauce del Tiempo, somos, y nada más.
Lo sabes y te quedas tranquilo. Mas no ignoras,
de veras, que lo fúnebre aborta en lo nupcial.

Y que la rosa es dogma indiscutible, sabes,
y al mundo dinastías de hermosura lo pueblan.
Tú levantas tu copa por lo total, oh padre.

El misterio de cristal

El misterio con tapa de cristal,
la pura libertad en desaliño
y un renaciente gozo manantial.
El genio humano, puro, está en el niño.

Creación, más que la otra, matinal.
Todo el turbión vital bajo su armiño.
Un futuro dios, cierto, está en el niño.
Como ignora la muerte es inmortal.

Los mercaderes de la sangre (fragmento)

En un mundo creado por los mercaderes
y regido por ellos,
la órbita de las ideas de los filósofos y los moralistas
cabía siempre en la órbita del vientre de los mercaderes.
Los sermones de los curas confeccionábanse sobre medida
para ellos.
Los obreros, los inventores, las prostitutas, los eruditos
sudaban para ellos.
La política, los barcos, las rotativas, los cables, la filantropía,
se movían por ellos y para ellos,
y para ellos el viento labraba las olas y el sol labraba la tierra.
Pero los mercaderes habían llenado de armas el mundo,
porque las armas habían devenido la mejor mercancía.

He aquí que las máquinas de guerra
precisaban bautizarse en la guerra.
Y sus amos precisaban defender a muerte sus alcancías,
sus dividendos futuros, su moral bifronte,
su lote de jubilación celestial.
Y así el casi arrumbado genio de los caníbales,
el que dio a las demiúrgicas manos del hombre
un destino más lúgubre que el de la fiebre de los pantanos,
se puso, más experto que nunca, a las órdenes de los mercaderes.

Él vino a arreglar las cosas
cuando el entredicho entre los compadres de la víspera
no tuvo armisticio ni en la lengua bífida de los diplomáticos.
Entonces toda la erudición humana
se enroló dócilmente para el servicio auxiliar de la guerra.
Las inmemoriales ciencias del fuego y del fierro
perfeccionadas con tan ínfinito amor
que el cielo con su rayo y el infierno con sus altos hornos
quedaron en ridículo junto a ellas.
Y la geografía y la oceanografía,
y la reciente colonización de los altiplanos vírgenes del aire,
y los aportes últimos de la psicología colectiva.
Hasta que todo el hombre fue trocado en súbdito
de las dictatoriales máquinas de guerra.
¿El tecleo de máquina de calcular de las ametralladoras,
enumerando una a una, sin falla posible,
todas las unidades de la masacre?
¿Los submarinos cosechando más naufragios
que todas las tormentas pasadas del mar?
El mismo cielo, alquilado por la muerte,
se abatió, ronco de aviones, sobre el valle de las lágrimas.
Y he aquí que ni el genio de la dinamita, ni el de la gelinita,
ni el de la iperita,
resultaron ya suficientes.
Entonces se descendió a meter cuña entre los átomos,
a desatar las fuerzas cariátides del cosmos,
para lanzarlas en presencia de todos los cielos
contra la desnuda, desnuda vida humana.

De “Constelación”, antología de Editorial Sarquís,

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