UNA JOVENCITA

»Mi Poeta aquí sugerido: Fabricio Estrada

MI POEMA… de medio pelo Lee otros poemas de AMOR

 

Allí, cerca de un valle en que el sueño habita
rodeado de un paisaje placentero,
donde el río canta, el pájaro recita
poemas de amor. E incluso que el romero
perfuma con su olor. Y el agua es bendita
En ese tan lindo e idílico lugar
vivía una flor. Era una jovencita,
-se me atraganta el oxígeno al hablar-
la más hermosa mujer del mundo entero.

Era la gracia a rabiar, era el salero,
tan pizpireta y graciosa esa mocita
que aunque de ella yo aquí presumir no quiero
no encuentro palabras que el lenguaje admita,
protagonista la tengo en mi florero.
Esa historia en estos versos que hoy describo
no paran de engrandecer sus alabanzas,
prometo que he de mirarla mientras vivo
mas no pidan equilibre mis balanzas.

Que aunque ahora aún es tierna flor de abril,
la vista afilada, miro y me recreo,
su esbelta figura, sus ojos de marfil.
Tal así es que una alucinación yo creo
afectar pudiera a mi mente tan febril.
Yo aquí me confieso: trampas hacer quiero
al tiempo, en previsión de que quizás no esté
el día del que hablé e imaginar prefiero,
que sepas que el amor se siente y no se ve.
©donaciano bueno

Comentario del autor sobre el poema: Estos versos van especialmente dedicados ami nieta Geno que habrá cumplido los 14 años en previsión de que cuando llegue a esa edad de la juventud quizás yo ya no pueda verlo.

MI POETA SUGERIDO: Fabricio Estrada

Fabricio Estrada

DEL TALLER DE POESÍA SALÍAN LAS LECTURAS MÁS TRISTES

La morada de mi cráneo
desgarrado lamento
pequeña molécula de mi carne
jamás humillada.
CLEMENTINA SUÁREZ

Caía el hacha cuando sonaba November Rain
y pocas lecturas hicieron de la ciudad
aquella postal de chicas audazmente flacas
que se iban a tomar café junto a las fuentes.
Teníamos que ir en busca de los poetas mayores
pero sólo encontramos sus versos hundidos,
las cuadernas auténticas
eran las de una poeta que había sido partida en dos por un hacha.
Una vez nos dieron la imagen de Frida
marchando junto a Diego en las movilizaciones comunistas
más coloridas de aquel mundo sepia
y algo traía el rumor de la muerte
porque Frida debía abrir el pecho de Trotsky
para chuparlo como un extraño mango del ártico
antes que cayera el golpe histórico
más importante del silencio.

Decir que la poeta conoció a Diego y a Frida
nos llenaba la boca.
Bastaba con esa sapiencia para ingresar al club de los primerizos.

Las chicas de las fuentes idearon la lectura
en el mismo lugar que Clementina soñó en dos partes;
debía ser una serenata llena de filos.
1991 y Clementina no le abría la puerta a nadie.
1991 y Clementina abría la puerta.
1991 y desaparecía la poesía
justo en el día en que Axl Roses se deslizaba
por el piano más lluvioso de aquellos días.

TODOS MIS MUERTOS EN MAYO

¿y el océano?: bandera de plomo.

No tenía nombre mi padre
pero bien que pudo
aguantar dos horas con un balazo en la nuca;
aguantó lo que duró su rabia
y luego se retiró en sinuosa espuma
con el vértigo que da, cuando lo mirás de cerca,
el reflujo de las olas.

Todos mis muertos en mayo
absoluto mes de sombra y espuma,
de lluvia como plaga transparente
de insectos innumerables.

Me preguntaban su nombre
y no tenía sentido decirlo
más que en las borracheras en el peor de los barcos.
Era mi padre y también todos los muertos.
Abro la cerveza
en el mismo mayo que ahora es océano.
Pocas cosas tienen sentido -pienso-
y no se puede ordenar el tiempo
como un puzzle perdido que amaste tanto
y que luego encontraste
con muchas piezas faltantes.
Todos mis mayos
rebalsan y se retraen como la espuma.

Debió ser una gran imagen
–con cada pieza encajando–
esa de un hombre de cuarenta y dos años
bebiendo al lado de su padre
de treinta y dos.

EL MEJOR VINO ES EL DE CASA

–DIJO A TODOS ESPARTACO KIRK DOUGLAS THRACIUS–
y todos bebieron a borbotones
como si la noche fuera agua.
Eso fue un día antes de la batalla
en la que Kirk haría fama y Espartaco infortunio.
Este sol incesante me trae semanas santas
pegado al televisor.
La de Espartaco era mi crucifixión preferida:
de ella aprendía que ir a la cruz peleando
era mejor que ir manso a ella.
Beber vino como agua y transformar
cada mansedumbre en una legión feroz
era el mejor milagro.
El éxodo de los esclavos hacia el sur de Italia
y la breve felicidad de los que huían;
alguien plagió a alguien
así como mi espada de madera enfrentaba
a la de mis amigos, breves ferocidades
que astillaban las tardes.
Veo glotones cargueros llegando desde el norte,
atracan
y los montacargas doblan la cerviz de la isla.
¿Vendrá un procónsul en ellos?
Para derrotar a Espartaco
enviaron a Marco Licinio Craso,
el hombre más rico de Roma.
El más rico contra el más pobre -me dije-,
el más esclavo de sus tesoros
contra el más libre de ellos.
Al día siguiente
el horizonte siluetaba miles de cruces
como puestos de frituras hay aquí
a lo largo de la Vía Apia.
Nadie delató a Kirk porque todos
soñaron con la libertad:
cuarenta mil del lado izquierdo de la cruz
y cuarenta mil a la derecha,
ladrones y esclavos buenos por millares.
Pedro un día
andaría por esta misma ruta
y jamás mencionaría a Espartaco;
en cambio, yo, desde entonces
y hasta el mismo borde de esta dorada cerveza,
aprendí a ofrecerle mi espada de madera
a los Cristos que mi abuela iba comprando
de cuando en cuando, desnudos y flagelados.

Por igual,
un poster de Kirk Douglas
tuvo su vela encendida
durante años.

Qué fronteras tiene lo que se mueve

lo que vuelve
nada
lo que se marcha
nada
lo que se mueve y lleva las fronteras a cuestas
lo que se agolpa
lo que empuja nada
frontera que tiene ojos
boca y latidos
que comen paisajes que come maizales
que comen sangre
con el otro estomago del hambre descrita
en los manuales
del inversor del funcionario del policía del sacerdote apaciguador
los otros ojos del desvelo porque mañana se debe el impuesto de guerra
y hasta el voto y las patadas de la tropa frenética
llevan
hasta el peluche que calma a la hija
la nana-himno silbada con la boca seca
las cornucopias mal atornilladas y sus frutos pútridos
la lluvia a la que disparan los soldados borrachos
van moviéndose como cardumen alevoso
para romper todas las redes con sus vocablos de pájaro nuevo
con su nube de comic sobre sus cabezas
para escribirles para colorear para imaginar
lo que dicen
mientras rompen cada pluma de aduana
y se beben de un solo trago el bloque de nieve de una bandera
que se derrite
que se vuelve abrigo en los desiertos
venda para torniquete luego de la mordida infecta de la bestia
cuando solo se ofrece la chaqueta de bronce de los próceres
la ostia solar en el horizonte de la misa
las ciudades que de lejos son cajas de munición
cajas de muertos
cajas para meter la ropa en la mudanza
para acunar al pequeño Moisés
que no avanzará ni cuatro metros sobre el río
y que habrá que buscar entre el plástico del golfo
llevan
todas las fronteras desmanteladas
y donde se detienen
fundan un país fácil de invadir
siempre con un nombre diferente con un rostro diferente
que se agolpa como un caballo hecho de pasaportes vencidos
de mochilas de tambos de agua de latas de sardina
y ni Casandra ni Lacoonte
ni Moctezuma
ni Elempira que jura por cada venado que salta como presagio
ni la baraja de la santera
por más que se revuelva al derecho y al revés
sabrán que se hizo de pronto tanta gente desaparecida
que fue noticia hoy
y que mañana andará invisible entre el Arizona
y los bosques más fríos de Vermont.

Negro

Y quizá seamos
los osos que regresan
a la radioactiva soledad de Chernobil;
el cellista bosnio que impuso silencio
a los francotiradores de Sarajevo.
Quizá seamos
el gato negro rezagado en la mudanza
y que nos maúlla, ya viejo,
al reconocernos, años después, de lejos.

(Un cellista que vivía en París
y se ofreció para un concierto en medio de la guerra.
Unos osos que regresan de su exilio
en un circo bielorruso).

Quizá eso seamos:
el gato que yo abandoné
y que ahora me reclama,
desde la vieja y radioactiva casa.
Sin música, Negro.
Solo.

Me probaré en la suerte de los loteros,

me iré en el desalojo de los perros de agosto.

Acamparé luego de la embestida de la locura y haré fogata,
frotando las piernas que se mueven a voluntad en dirección sur.

Tengo pocas armas que traficar
y apenas he intercambiado un par de plumas con los ángeles hambrientos.
Mala poesía se escribe con ellas, malos carteles incendiarios,
pocas epístolas, pocas enmiendas constitucionales,
pocas leyes para el vacío, pocas notas sinceras.

Declarada ciudad abierta a la ciudad le entraron hasta los budistas más reacios, todos de pronto con lanzallamas
y largas picas para revisar entre las grietas.
He permanecido insepulto por varias semanas
y ni aún tatuándome el nombre de Orestes en la cara
aparece una Electra que llore y ruegue por mí.
Los perros de agosto me llevan por los talones,
el desmantelamiento de las tiendas comenzó muy temprano.

Desalojados los ancianos han continuado con todo lo vivo que se mueve.
Desmantelan cuerpos. Estaciones de buses. Librerías.
Una mujer fue desalojada de su rostro.
El cielo fue desalojado de su azul.

Klao muere

Klao fue al casting.
En esto fue igual a Batman,
mi primer y viejo león de zoológico:
jamás escaparía de su propia imagen.
Klao apareció como extra majestuoso
en Alejandro, de Oliver Stone.
Se alzó sobre sus cuartos traseros y se midió ante Bucéfalo
estrella macedonia sacrificada en el set.
Cámara lenta en mi retina, Klao vivió un poco más.
Ahora está muerto.
Sobrevivió a servir de montura del rey Poro,
pero fue imposible
evadir a los cazadores del siglo XXI.
Fueron tras sus colmillos
y de su marfil antiguo hicieron esferas
para los billares.

Klao,
el elefante que hizo de panzer del siglo III a.C.
fue asesinado en su reserva en Tailandia.
Klao el elefante extra.
Lo llora Poro.
Lo llora Bucéfalo en su camerino.
Lo lloro como nunca lo hiciera
por un elefante.

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