YO ENVIDIO

Mi Poeta sugerido: »Jorge Luis Pérez Armijos

EL POEMA Lee otros poemas de AMOR

 

Yo aquí a veces quisiera renunciar
a la patria del pueblo en el que vivo,
aun a fuer de tener que ser mendigo
de un permiso en algún otro lugar.
Pues los oriundos no saben apreciar
lo que otros reconocen de su historia
trucando la verdad de la memoria
y no le cejan jamás de denigrar.

¡Yo envidio a ese pueblo ecuatoriano
tan humilde, sencillo y tan chiquito,
que supieron lanzar en Quito el grito
sin ceder la altivez de ser indiano!
Felices de enseñar a visitantes
su pasado primitivo y colonial
y de ambos a la vez sentirse igual
lo que hoy son, que vinieron, los de antes.

Pues la historia es el bagage natural
de padres que a nosotros precedieron,
lucharon trabajaron y sufrieron,
realizando cosas bien y otras muy mal.
Es preciso estudiarlas a granel,
forzoso separar paja del trigo,
a los dos refugiando y dando abrigo
salvando con cautela ese dintel.

Que mirando al pasado siempre hay sombras
y entre esa oscuridad algunas luces,
evitemos poder darnos de bruces
empezando a mimar a las alfombras.
Y en la tela que forma esa maraña
valuemos el papel que ésta ha jugado,
¡lo que otros pueblos hubieran deseado!
aprendiendo a querer a nuestra España.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Jorge Luis Pérez Armijos

Jorge Luis Pérez Armijos

Quintetos julianos

A la reina del cerro Santa Ana

Estrella, con tu fino salero
resaltas en tu belleza criolla,
¡relumbra grácil de tu esmero
la pureza que cual una joya
parpadea en gratos luceros!

¡Retumba a la ola de tu encanto
el fulgor bravío que esconde
bajo la profundidad de un canto
esa franca serenidad donde
late en secreto el albo manto

que vela tras tus ojos oscuros:
es tu inquieto corazón puro
que en darse a Guayaquil se ufana
y con benevolencia lozana
acepta que los dos sean uno!

Cruces de noviembre

Sus lágrimas no hicieron el río.
El río ya estaba ahí.
Si no, ¿por qué
precisaban piedras para hundirlos?

Plomo y piedras su Última Cena.
¿Cómo desayunarán
aquellos valientes
que ejecutaron esa condena?

¿Habrá volado la calle antes
de que la cubran de piedras?
Como volaron ellos
y por eso les pusieron lastre.

¿De qué color era el río?
¿Cómo era la consciencia?
¿Dudó algún gatillo?
Guayaquil no será el mismo.
17 de noviembre de 2015

Amor de verano pasado

¿Dónde estás, amor de verano?
Tu memoria la he descuidado.
Busqué entre mis recuerdos, en vano
tu nombre, mas lo he olvidado.

Aunque tu nombre se ha volado
junto a él un día joven fui,
mas diez veranos me han pasado
y ya sus letras yo las perdí.

Hoy que volvió a mí tu recuerdo
te volví a sentir feliz, cálida
y sentí otra vez que me pierdo
tocando tu piel de luna pálida.

Tronó mi lira en verso yambo
al volver tu olor de alcachofa
y me enredé en tus pelos zambos
al recordarte en esta estrofa.

Te recordé feliz en la playa
y te vi reír en la terraza
tus ojos, estrella que estalla,
pasean mi azúlea plaza.

Amor del verano que pasó
qué suerte fue olvidar tu nombre.
Tú ya eres mujer y yo hombre:
si llego a recordar tu nombre
o si te llego a volver a ver
dejarás de sólo recuerdo ser.
Si te evoco, te mato, mujer;
tu memoria impoluta quedó,
mas el tiempo igual avanzó.
Septiembre de 2014

Sonetillo a Guayaquil

La celebro con risa
y cántole sin velo,
la ahondo con esmero
si ando su algarabía.
¡Es cuna de flores mil,
es la bella Guayaquil!

La bella, la estrella,
ha vuelto a Octubre.
¡Guayaquil es la reina
que en mi pecho sube
cual espuma de alba
retumbando certera
mi palpitante alma
que amarla anhela!
Octubre de 2014

Y yo aún no sé cómo se llama

A Wayne Kemp

Aunque son años desde ese día
recuerdo aún cómo se veía
la noche que la invité a bailar.
Hablamos de todo, luego de más
y al despedirnos dijo «si te vas
espero que volvamos a quedar».

Amanecí con esa sonrisita
y la llamé para agendar cita
apenas terminé de desayunar.
Pero un recuerdo se me esconde
cuando al teléfono me responde:
de su nombre no me puedo acordar.

Pues arece que está permitido
que aunque un nombre esté omitido
puedan dos igual llegarse a gustar.
Cuando es una cuestión de instinto
una rosa por un nombre distinto
aún podrá su cariño entregar.

Y a pesar de lo que no sabía
esa relación igual florecía
hasta que con la rodilla doblada
yo le entregué un viejo anillo
que escondía tras su flojo brillo
una inscripción que no decía nada.

Mas pensé que sería informado
estando ya frente al abogado
que iba a unirme con mi dama,
pero después de que ella firmó
cuando por mí el juez le preguntó
dijo ella «no sé cómo se llama».
UPF, 5 de octubre de 2015

Jacinto está ahí

En la casa de un poeta
un pájaro abre la puerta
deslumbrándonos cuando vuela
con el silencio de su estela.
En la noche con que me visto,
en qué rincón de mi hastío
posáronse los lentes míos
y ahí se quedaron dormidos.
11 de noviembre de 2015

por contreras

A Santiago González

Bajo un corto y descalzo cielo
fusilaron a pedro contreras.
Durmió dieciséis horas enteras
y no soñó con el leve velo
de un perdido último anhelo.
Le dijeron que de madrugada
quedaría su deuda saldada,
que conocería al Redentor,
su único posible Salvador;
mas se tardó la hora pactada.

Y por eso Pedro durmió tanto.
Mientras dos campanadas sonaban
ante el Coronel, que almorzaba,
no hubo quién ofreciera llanto
cuando iba Pedro bajo el manto
gris que de sábana a sudario
convertiría cuando un notario
atraviese en línea certera
el nombre de un Pedro Contreras
archivado en asuntos varios.

Se cuadran tres rifles a mansalva
y con eso llegan las ofrendas:
ni cura, cigarrillo, o venda.
—Quiero que ninguno use salvas
—dijo con su aliento de malva.
—¿Una última petición? —terca
voz a sus oídos le alterca.
Asoma un silencioso velo.
Su bandera brame en el cielo.
—Sí: que me disparen más de cerca.
12 de diciembre de 2015

Cruces de noviembre

Gritos ahogados incesantes
les raen sus ropas como hiedras.
Ojos sin lágrimas anhelantes
llevan el vientre lleno de piedras.

Sumergido el ímpetu seco,
el agua se tiñe en sus heridas.
Retumba en la calle el eco
desde su memoria sumergida.

¿La hunde al adoquín la calle?
¿Atraviesa a la piedra el alma?
¿Cuánto lastre la sangre precisa
para oír la clamante prisa
que el río erosionó a calma
logrando que el dolor se acalle?

Soneto a Leonora

¿Por qué llegas, Leonora?
¿Di por qué me has buscado
poniéndote a mi lado
precisamente ahora?

Leonora, mi tormento.
Tu verbo es mi sentencia,
mi ansia es tu presencia,
tu ausencia, mi lamento.

Tu salero y tu maña
quemándome la entraña
a mi temple derrocó.
Si tu sol ya me quemó
más tu ausencia me daña
con tu voz que es sin tu voz.

Ojomeneo a Guayaquil enguayaberado

Guayaquil de mis sabidos
¡cómo brota del estero
tu ciudadano bielero
en un pasillo perdido?

Pana enguayaberado
llevas en la frente el sino
de ese fulgor octubrino
que nos dejó por legado

fino acorde rasgado
en el olvidado trino
que por mandato divino
Olmedo ha enviado…

Guayaco en guayabera:
¡son tus manos el reflejo
del cansancio sin complejos
que nos lleva a nueva era!

Guayaquil de mi relajo,
mi aliento aguardentoso
ya te declara gustoso
¡viva Guayaquil, carajo!

Ley de la ex

En mi vida, no hay duda,
si sucede cosa alguna
siempre es la más reciente
la que en mis gustos presente
se sitúa cual la mejor.

Describo la situación:
¿Cuál fue peor borrachera?
La que sucedió apenas.
¿Poema que mejor hice?
El que recién me leíste.
¿El disco que más me gusta?
El que tengo en escucha…

Aunque esta fijación
también tiene excepción:
a la que más he querido
no es la que se ha ido
justamente ya recién:
yo a esa olvidé.

Nostalgia no embelesa
la memoria de aquella
que el tiempo más alejó,
mas lo que pasa es que yo
con el tiempo inoportuno
voy perdiendo el buen gusto.

Soleares a tus lágrimas

Ante el féretro mortal
tu agónica ausencia:
una premonición fatal.

En la cúpula oscura
donde fui y soy hastío
por silente amargura.

Algún día el derroche
de tu usurpada presencia
me llevará con la noche.

Tú, agónica ausencia,
¿donde fui y soy hastío
de tu usurpada presencia?

Aves raras

A Abel Meeropol

Aves raras a la costa,
moto oscura y alma negra.
En la intersección mora,
aves raras nos espera.

Galante escena a la vista.
Testa blanca, boca rota,
el monte que se rebosa,
y un ave de rapiña.

Fruto verde o selene,
y desatender al caos,
pudriéndose bajo un árbol,
aves raras se nos vienen.

Vive, sueña, siente – Poema a Rotaract

Reprime el deseo de esperar
o dejar que otros se encarguen.
Te cansarás de mirar al cielo
a ver si alguna lluvia cae.
Rompe esquemas cual solución:
a que llueva no esperes, haz llover;
crea el cambio y sé la lluvia.
Trata ser el cambio que quieras ver.

Soleares a la tempestad

Tal como lo encontré escrito en una curiosa tipografía

Yo no sabía si el hache de pe era ya loco o si el viento lo dejó así. Luego, mucho después, caí en cuenta de que a lo mejor tampoco había sido ciego antes del vendaval, pero en ese momento no lo había pensado. Sólo sé que en ese momento, cuando lo recogimos, el viejo, con el pecho jodido, dijo esto:

«¡Ay, el fulgor de los aires!
¡Ay, el fulgor del hastío!
¡Ay, por qué el aire trae
la tempestad del destino?

»Un Rey que en su corona
sólo reina confusión,
de su tormento desploma,
repta, y luego, emerge
una borrasca infernal,
la que nunca se suspende;
un bufón sabio lo busca
do en el cielo sombrío
todas las almas ululan.

»Eran cuatro que eran dos:
un bufón, un sabio, un rey,
y un loco: sólo una voz.
Mas la tormenta atrajo
de un averno remoto
visitas de otro caos.

»De una rajada tela
raída veintitrés veces
una ave blanca vuela;
tempestad de tempestades,
el Rey de emperadores
se embarca en su cauce.
Otra alma, Rey también,
de oído inundado,
sufre el aire que tal vez
le habría sofocado
en voces intempestivas
soplo danés de antaño.
Hubo también quien volando
andaba lavándose las
manos, creo yo en vano,
luchando contracorriente
en ese rojizo viento
teñido de sal o muerte.

»Vi una paloma negra,
vi una de curioso pico,
era tacaña cigüeña
hija del viento marchito,
que causaba tanto ruido
como mil quinientos gritos.

»Las cosas se disolvían
con el cantante soplido
desgranándose en harina;
ya éramos tres las almas
vagando en el tormento,
bajo esas otras almas.

»Vi dos que juntas volaban,
ninguna era Francisca;
mi aliento se escapaba,
ni amor ni empatía
el cuerpo me calentaba:
sé que sentí que moría
cuando vi dos almas juntas,
las que muertas juntas yacen,
supuse que eran puras,
y caí cual muerto cae».

—¡Cállese, viejo hijueputa, no me venga con pendejadas, ¿qué va a haber visto nada? —le dije, o algo así le dije, no sé ya. Ciego y loco. El punto es que ahí mismo se desfalleció. Cayó como caen los hombres, en el suelo.

Por no hacerle un feo, lo fuimos a llevar al cementerio de la quinta de Vueltalarga. Ahí lo enterramos en una caja propiedad de doña Marita. Como nunca le supimos el nombre, no le marcaron nada. Nadie ha venido a preguntar por él.

Rosca de Reyes

Detrás del paso de la estrella
van los tres sabios con sus ofrendas.
Con el oro para el rey va Melchor,
Gaspar lleva incienso, con fervor,
y Baltasar, de alma perfecta,
va presto detrás, con las maletas.

Melchor habla: «¿Qué llevas, Baltasar?
¿Oro o incienso vas a ofrendar?».
—Para Dios o para Rey, lo vuestro,
yo llévole algo más ameno.
—dice ya dejándolos en vilo
el mago que viene de Egipto.

Calmado el rey negro respira:
«Lo que yo traje se llama mirra».
—¿Qué es eso? —les pregunta Gaspar
—Es algo que sirve para callar;
¿qué mas te da? —dice el Rey mayor
y todos se callan ante Melchor.

Cruzando el Mediterráneo
Dice Gaspar, dejando el remo:
«¿Por qué traemos tanto carbón?
¿Y por qué sólo voy al remo yo?»
—Tú remas más bonito callado
—sentencia locuaz Melchor el blanco.

Conversa el rojo con el negro
inquisitivo, pero muy quedo:
—¿Y este recorrido tan largo?
—Es que somos más reyes que magos.
—¿Por qué no tenemos quien nos reme?
—Pues somos más humildes que reyes.

Cerca de las puertas de Belén
se recorre el rumor que son tres
y sendos presentes ellos traen.
Van tras esa estrella que yace
sobre aquel humilde pesebre
donde les espera Dios, alegre.

Y cuando al niño al fin lo ven
atento les saluda José.
Su don le ofrece el fiel Melchor:
«Es de Atenas el Oro mejor».
—Incienso para un Dios celebrar
—adjunta presto el indio Gaspar.

José que bien ya ha percibido
que uno ha desaparecido
pregunta por el Rey de Egipto
y le dicen sin algún decoro:
«pues detenido se fue el moro
por haber querido traer opio.»

Marea

1
Todos sabían que estaba enamorado de ti
menos yo.
Tomé mi verbo y lo convertí en prosa.
Cumplí la promesa que habría de romperse
porque detenerme y especular no hubiere sido correcto
cuando ya estaban las cosas habladas.
¿Por qué ser feliz y enamorarme si es culpa tuya
hacer una llegada tardía al ardor de mis entrañas?

Que no te sorprenda saberme aún enamorado,
pero ahora sin oportunidades.
La pasión no tiene caducidad,
mas la fortuna no siempre sonríe, y
sólo lo hace para los audaces.
Remaré en mi mar de agonía.

2
Remo en un mar de agonía.
La noche arropó a la noche
y encerrada está en su broche
nuestro secreto de aquel día.

Y temo al verte destaparlo,
mi acierto de melancolía;
a mis pasos huecos de Gran Vía,
y a mi silencio sin buscarlo.

Busco a tus pasos con los míos
dentro de mis recuerdos te huelo;
con tu voz sereno mi hastío
y desde la distancia te velo;
y a tu inverosímil regreso
anhelante, al dormir, yo beso.

Estrella de Octubre

¡Belleza sin par!
¡Profunda la mar
de ese mirar
al que olvidar
será castigo!
¡Yo no consigo,
pitiminí,
encontrar en ti
fino detalle
que innoble halle!
Mi soberana:
¡sé que el Santa Ana
por ti suspira
y uno mi lira
a su anhelo
que sin un velo
va a reclamarte
para amarte
pues, tú, estrella,
eres tan bella
que tu dulzura
es de altura
de flor en abril!
Tú eres mía.
¡Eres Guayaquil!

Soneto a una señorita Vigilante

Señorita, lo digo plano,
yo entiendo la situación:
lléveme, no más, al canchón,
pero cogidos de la mano.

Vigilante ojos de fiera,
no he venido a quejarme,
puede usted a mí citarme
tantas veces como requiera.

Cómo podré presentar queja,
su autoridad me abulta;
veo en usted una compleja
pasión que uniforme oculta.
Acepto mi culpa si deja
su teléfono tras la multa.

Soñé

Hoy me levanté pensando en ti,
en ti me levanté pensando.
No sé por qué, mas sé cuánto.
Por ti toda la noche
pasé recordando.

Soñé que vivía suspirando,
y que iba hablando de ti
y para ti suspirando.
Y el recuerdo tuyo
llegó susurrando.

Ya que hoy me levanté pensando en ti
contigo pasé la noche soñando.
No sé cuánto perdí despertando,
porque sólo pensando en ti
podré vivir abrazado;
y ya que me levanté
hoy pensando en ti
me fui a dormir
yo de nuevo,
volando.

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