YO ME DEJÉ LLEVAR

Mi Poeta sugerido: »Delia Domínguez

MI POEMA… de medio pelo Lee otros poemas de AMOR

 

Yo me dejé llevar por los impulsos,
tú fuiste sólo un ser imaginario,
un actor anodino, secundario,
impostado de gestos mil, insulsos.

Hoy, sepas, que conozco como eres,
egoïsta, hipócrita y farsante,
un paso he dado al fin hacia adelante
aparcando de amar ya los deberes.

Tú mismo, el que ignoraba otros placeres,
sumido en enojosa egolatría
y aun por más que así fuera y lo supieres,

si a jugar a ser serio ya aprendieres
la cura de humildad mal no te haría
mostrando algún momento a alguien quisieres.
©donaciano bueno

Personas hay que solo se quieren a ellos mismos Clic para tuitear
MI POETA SUGERIDO: Delia Domínguez

Delia Domínguez

Sabidurías de gallinero I

La cosa es saber sin abrir los ojos sólo al tanteo
si el huevo está producido o esta huero,

porque si está huero
seríamos nonatos yemas de culebrón
y el poema que estoy escribiendo
no se escribiría nunca, a no ser, que
el propio Resucitado empollara
y entonces:

creo en Dios Madre todopoderoso…

Nocturno con los pies helados

Tengo los pies helados
y nadie va a llegar con calcetines de lana
a hacerme compañía
porque ayer me cruzó la lechuza
de sur a norte en el camino
y sobrevoló hasta la medianoche
-como buen pájaro agorero-
a dos metros de la camioneta roja
donde traía los víveres del pueblo.
Tengo los pies helados
y corrieron por ahí
que desertaste por un canto de sirena.

Esta es la casa

Quien quiera saber lo que acontece
a las lluvias en marcha sobre la tierra,
véngase a vivir sobre mi techo, entre los
signos y presagios.
Saint-John Perse.

Esta es la casa
aquí la tienes con la puerta abierta
Aquí vivo
conjurada por la noche de campo
y los mugidos de las vacas
que van a parir a la salida del invierno.
Entra en las piezas de sentimiento antiguo
con manzanas reinetas
y cueros claveteados en el piso.
Esta es la casa para ser como somos,
para contar las velas de cumpleaños
y las otras también,
para colgar la ropa y la tristeza
que jamás entregaremos a la luz.
Este es el clima, niebla y borrasca,
sol partido entre los hielos
pero encima de todo:
un evangelio duro
una pasión sin vuelta
una carta de agua para la eternidad.
Esta es la zona: Km. 14, Santa Amelia,
virando hacia el oeste,
con todas las jugadas de la vida
y todas las jugadas de la muerte.
Esta es la casa raspada por los vientos
donde culebreaban los inviernos
de pared a pared
de hijo a hijo
cuando nos aliviábamos con ladrillos caldeados
para aprender las sagradas escrituras
que la profesora de la Escuela Catorce
sacaba de un armario
o de los dibujos de un pañuelo.
Esta es la fibra fiel de la madera
donde calladamente me criaron
entre colonos y mujeres
que regresaron a su greda.
Aquí vivo con la puerta abierta
y este amor
que no sirve para canciones ni para libros,
con mi alianza sin ruido a Santa Amelia
donde puedes hallarme a toda hora
entre las herramientas y la tierra.

Soy como los animales:
presiento la desgracia en el aire
y no duermo sobre arenas movedizas.

Autorretrato

Arriba siempre el viento
-desde el tiempo de los pañales mojados-
raspando la solidez de los cartílagos
mientras alguien
con mano sosegada escribe en mi cuaderno
cortas palabras de tristeza.

Soy como los animales:
sé pisar en la oscuridad, y
desde el fin del mundo,
podría volver con los ojos vendados
a mi vieja casa en las colinas.

Los años cortan
agazapados por dentro,
pero se desvanece el miedo a estas alturas
y una opalina
filtra su luz en el salón del piano
donde danzan mis muertos con su sombra.

Soy como los animales de narices mojadas:
olfateo en el cielo
la carga de la tormenta eléctrica
y desconfío de pasos que no conozco.

Soy como los animales:
siento que empiezo la vuelta a mi tierra de origen…

¡Cristo sabrá por qué!

Situaciones

Con cierta gente,
uno se siente incómodo
como cuando tiene arena en el espinazo
o un clavo en la bota
y busca la puerta de salida con urgencia.
Con otra gente,
uno estira las piernas -se afloja-
enciende un cigarrillo
lee un verso
se agarra de las mechas por ideas políticas,
habla del hijo que se engendró una vez
entre girasoles,
recibe un puñete de frente,
lo devuelve,
come pan
y duerme en la misma pieza.

Por suerte
ésta última es la mayoría.
Todo es cuestión de encontrarse.

Ropa limpia

Un día
uno sale a encontrar la muerte,
sin equipaje,
sin muda para la otra semana
con la única camiseta blanca
que quedaba
del tiempo de colegio.
Un día
uno se apura como malo de la cabeza,
como si tuviera que llegar
a todos los trenes
y saludar a medio mundo.
Un día
uno no sabe quién diablos
tendrá suficiente amor entre las manos
para arreglarle
esos asuntos particulares
que siempre quedan flotando
después de la catástrofe,
o quién diablos
va a cerrarle los cajones del velador
con las fotografías secretas
de esa edad
en que la musculatura orgullosa y dorada
era toda la potencia con que contábamos
para vivir.
Un día
uno no vuelve más
por ropa limpia.

Los cómplices

Te decía en la carta
que juntar cuatro versos
no era tener el pasaporte a la felicidad
timbrado en el bolsillo,
y otras cosas más o menos serias
como dándote a entender
que desde antiguamente soy tu cómplice
cuando bajas a los arsenales de la noche
y pones toda tu alma
y la respiración
perfectamente controlada,
por mantener en pie tus rebeliones
tus milicias secretas
a costa de ese tiempo perdido
en comerte las uñas, en mantener a raya
tus palpitaciones,
en golpearte el pecho por los
malos sueños,
y no sé cuántas cosas más
que, francamente, te gastan la salud
cuando en el fondo
sabes que estoy contigo
aunque no te vea
ni tome desayuno en tu mesa
ni mi cabeza amanezca en tu pecho
como un niño con frío,
y eso
no necesita escribirse.

El sol mira atrás

En el cielo
El sol mira para atrás
Porque tiene que llamar agua,
Y tú conoces las señales
Los sagrados olores de la tierra
Y empiezas a lustras tus botas
La escopeta del 16
Que el abuelo colgó en el comedor
En este otoño de su muerte.
Y en el morral huequeado por antiguos
Reventones de pólvora,
Hay un juego de naipes gastados
Como esa risa que fuimos perdiendo
Cuando nos vendaron los sueños
Para que creciéramos
Más tranquilos, más ciegos,
Y no preguntáramos
Por qué el sol miraba para atrás
Desde el umbral sonoro de la lluvia,
O por qué los que amábamos
No volvieron jamás
Para justificar su eternidad
A nuestro lado,
Y tú
Y yo
Tuvimos que ir guardando las sillas vacías
Pasando llave
En el óxido de las chapas antiguas
Pasándonos una costura en la boca
Para quedarnos
Con las palabras estrictamente necesarias
A nuestro sencillo amor.
El sol mira para atrás
Porque tiene que llamar agua
Y se ilumina la copa de los manzanos
Y nos entra un frío por las rodillas
Avisándonos la primera señal.

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