HOSPITALES DE DIOS

Mi Poeta sugerido: »Óscar Wong

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Hospitales de dios, donde la muerte
echando va un envite con la vida;
actuando de fiscal está la suerte
quien puede decidir en la partida.

Cedazo en que se ciernen las miserias
prostíbulo en que el alma se desnuda,
se empiezan a mostrar las cosas serias
fisgando entre los dos siempre la duda.

Disputas de tratantes de ganado
que salen a pleitear. Y en que la nada
disfruta cuando sabe que ha triunfado
dispuesta a dar al mundo una patada.

Relojes que hay sin pilas que se paran,
reloj en que se atasca ya la cuerda,
que así que venga Dios no se reparan,
del cual, si el tiempo pasa, nadie acuerda.

Lugar donde se acaban los misterios,
las iras, las rencillas, las pasiones,
las ansias de luchar. Los cementerios
felices de escuchar sus oraciones.
©donaciano bueno

Mejor sería nacer con una fecha de caducidad pero sin tener que reparar, o no? Clic para tuitear
MI POETA SUGERIDO: Óscar Wong

Óscar Wong

COMO UN CLAVEL deshojas la nostalgia,

obstinada brecha al pie del horizonte.
Juego a que la mano te despeina,
acaricio tu mentón como el alba los cristales.
Jalo tus cabellos, riño contigo.
Soy un chiquillo cuando monto en el candor,
palabra que zurea en tus oídos
(el áspid de la soledad acecha, crece.)
Tus ojos, taciturna miel.
Tus labios, caricia de espuma que reclamo.
Contigo voy por los caminos que ahora se me ofrecen.
Contigo hago que las zarzas germinen el desierto.
Destello de sol sobre la cresta de la ola
esta canción es para ti.
Esta semilla reverbera en tu regazo.
Esta raíz se aferra a los espejos.
Espantada la muerte retrocede.
No más dolor.
Ya basta del colmillo hincándose en la garganta de la aurora,
la garra de la pena devastando las heridas.
Ahora canto.
Pastor en la ribera toco la flauta del Amor.
Con mis manos invento el alborozo:
tienes la suavidad del musgo,
candidez de sol flotando como lirio.
Sonríes.
Aromas los frutos del rubor.
(Del libro Espejo a la deriva, Edit. Praxis, Colec. Dánae, Méx., 1996)

Estertor Inútil

Garganta herida, montaña devastada,
tránsfuga de mí, me descubro contemplando
la luz que camina sobre el agua.

Con el ojo derecho lagrimeo,
con el izquierdo sonrío tontamente.
Sol, deslumbro;
río, me tiendo en el regazo del verano.

Este es mi tiempo: por eso vibro, pestaña atónita,
ante la belleza de la mujer que anhelo.

Me reencuentro en el aire y me instalo
en el fondo de mí mismo:
soy árbol incendiando de amarillo el horizonte,
luz moviéndose con rapidez ante el azoro de la noche.

He vuelto a mí, me digo.
He vuelto como desgarradura, puñado de hojas secas,
rama tronchada.

Raíces aferrándose a la roca son mis dedos.
Mis manos golpean los restos del estío.

Mis ojos brillan, despiden fulgores asesinos.
Marchita la esperanza, lo que rige es el ahora.

Certero
soy un caudal candente,
gruñido cimbrando las paredes del espanto.

Soy fauces desgarrando los músculos del día,
barrito,
estridulo entre las raíces y la hierba,
husmeo el aire que trepida ante el acecho.

De un salto me instalo en esta rama,
chillo cuando el peligro retumba, zumba y zigzaguea.
Con un estruendo de hojas y crujidos caigo.

Con mis amigos hago un recuento del viaje:
las canas, muescas que el otoño puso
en los cabellos de todos. Los vientres abultados,
hijos que se desparraman por la vida con el sello indeleble
de nos-otros. Aquel pasea su bonanza y alegría. El de allá
su desventura. Otros cabalgan en pos de un espejismo.
Los que callan regurgitan su dolor: un hijo extraviado
en los márgenes del alba; una mujer flotando
en el sollozo, transformando en cenizas las espumas del día.
Pero todos son cada vez más en lo menos de lo que pervive.

Digo que no tengo Amor, ni una mujer que aguarde
ansiosa mi regreso.
Me levanto con la aurora a continuar mi extravío.
Soy un fragmento de mí, un tajo agónico,
un muñón tembloroso que salta al golpe de machete,
un estertor inútil. Soy un puñado de sal restregando la herida,
el zumo de un limón cayendo en el ojo del mundo.

Digo que soy, pero no soy.
Ni siquiera un graznido, paloma surcando
la ribera, gaviota posada en el mástil del navío.
Una brizna de luz, gota de sal enardecida.

Digo que soy. Tal vez el asombro en la pupila
del primer hombre asomándose en el río,
el aullido triunfal tras la primer lanzada,
la primera sangre a borbotones.

Digo que soy el arroyo mitigando la sed del caminante
y el fuego cobijando la primer pareja
que gime y se revuelca en la hojarasca.

Digo que soy, pero el Recuerdo se enfrenta a los recuerdos,
con una mueca escupe su ironía.

(Esta mañana fue una aguja pinchando a la esperanza;
ayer, llamarada consumiendo a la lujuria.
La tarde parece una tierra yerma, un paraje severo,
un terrón de arcilla desmoronándose.)

Digo que soy.
Y la impotencia desgarra la garganta.

Piedra que germina

Después que me miraste,
qué gracia y hermosura en mí dejaste
SAN JUAN DE LA CRUZ

Como raudo rayo fecundado
el Amor desciende.

Con sus garras abre
surcos en la tierra.

Y crece el musgo,
el limo blanco, el árbol
venerado por la tribu.

Y la ternura crece
sobre el alba.

Y el corazón del día surge
como denso susurro
de la roca.
Y el océano inicia
impetuosa danza consagrada.
aquí el fulgor renace.

Si pusieras tus ojos en mis ojos.
Si pusieras tus labios en mis labios.
Si tu boca afuera abeja enardecida
O aguja voraz hurgando en la sangre.
Si te posaras, sedienta, entre mis piernas,
te amaría densa, torva, tiernamente,
como quien por primera vez asoma al mundo,
como quien por primera vez
desgarra una violeta.

Todas las cosas arden si te miro.
Todas las piedras germinan si te amo.

Como gorjeo intempestivo vienes
y tu presencia bebo cual arroyo
donde los ángeles se inclinan.

Como una lenta danza que seduce,
como rocío fértil en la arena,
como la castidad del santo que crepita
ante la suave perfección de la figura inmaculada
vienes.

Qué arduo trabajo el tuyo, Amada: ser hermosa.

El graznido del cuervo me estremece,
el vuelo del pegaso me seduce,
el gorjeo de tu voz me satisface.

Sin ti, abeja tierna, el Universo carece de sentido.

Como un patriarca fiero me conduzco,
como un profeta sabio te profano.

Amada Reina del Valle de Jovel,
La del Rostro Dulcísimo y Terrible,
Sé que vienes de donde crecen los manzanos
Y que en tus ojos anidan las colmenas.

Ay cuánta miel derramándose en el iris
Y cuánta perfección en tu figura.

Que el oro de mis besos te sostenga.
Que la roca de mi canto te consagre).

A TI NO TE DERRIBARÁ la muerte.
A ti jamás te tocará el olor maldito de la tumba
aunque las leyes de la flor, la insobornable
rueda del verano se deslice, y perturben
y acosen tu belleza.

Gacela, grulla o corza
como una madre tierna te cobijo,
pero tiemblo si un golpe lúgubre
de realidad te toca.

Conjuro la presencia de lo eterno.

Brillante lágrima de sol:
yo desperté a la serpiente,
yo vi temblar al unicornio,
yo desaté al dragón enfurecido.

Frágil, perturbado,
para cantar escucho el ritmo lento del silencio,
para amar me sumerjo en el vacío.

¿Quién dice que el terror calcina?

Desde la esfera más alta entrego
mi voz en el océano.

Y palpito
y me erizo
y me consagro
ciego.

Turbo la turbia tarde.

El corazón alberga rosas, muñones agrios,
amargas fauces que devoran.
También es puño enronquecido.

Pero me doy a ti cual caracol sediento.

Delirio, purificada brasa que palpita,
¿ante la Luz qué hacen los ciegos?

Me inclino, hierba endeble, si me miras.
Mi corazón naufraga en ola súbita.

Fulgor sonoro al mediodía eres,
arena humedecida la ternura.
México-Tenochtitlan, enero 5 de 1998.

Evocación de la doncella

El rostro dúctil de la niña,
la sonrisa etérea de la niña,
la cadera ansiosa de la niña,
el rotundo bramido de las piernas de la niña.

Retumba la ternura transparente en esta niña,
el Amor transfigura el semblante complacido de la niña,
la turbación retrocede ante el vigor minucioso de la niña.

Ahora tiemblan los labios de la niña,
voraz se turba el cuello de la niña,
se estremecen los pechos contundentes de la niña,
clandestinos naufragan los muslos de la niña
(y la fértil vulva de la niña me calcina).

Luna fértil

El mar, la dentellada oscura donde brama la serpiente,
el disco rojo que trasmina.
La Luna viene, fértil,
ilumina tu mirada de ámbar.

Esbelta y tierna me cobijas,
gardenia cándida
tu pupila resplandece.

Bebo tu amor en densos gajos,
insaciable bulle el alba en nuestros cuerpos.

Espuma melancólica

La mujer que espera bajo la lluvia,
la que siembra
pensamientos en la hoguera,
gime, se estremece.
Sus pechos, violentas rosas, braman.
Sus muslos se abren
con denso escalofrío.
Su voz, espuma melancólica,
entrega vaticinios
como una Luna Nueva que galopa.
La noche, complacida,
la corteja.
En la fronda los pájaros maduran.
(Del libro Razones de la voz, CNCA, Colec. Práctica Mortal, Méx., 2002, 73 pp.)

Espuma virgen

Una mujer preguntará por mí,
su voz resonará en las piedras,
se volverá rescoldo, brisa,
alba danzarina.
Y el viento me traerá el rubor,
su condición de tulipán sonoro
y ante la espuma virgen
se inclinará el corazón enmudecido.

Bajo el suave aleteo incandescente
del mediodía que palpita
una mujer hermosa preguntará por mí.
Y yo seré la hierba agradecida.

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