EL CANDIL

Poeta sugerido: Cristina Morano

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¿Quién se acuerda del candil?
Un sencillo recipiente,
una mecha, algo de aceite,
y la luz se hizo sutil.

Aquel humilde artilugio
que usaban nuestros abuelos,
que alumbraba sus desvelos
y era en sus noches refugio.

Tan sencillo y tan viríl
-el quinqué su contrincante-
más bonito y elegante,
pero menos varonil.

El candil, ese instrumento
-el otro era la candela,
la palmatoria y la vela-
tiritando si hace viento.

Siempre me acuerdo de ti
cuando a la bodega bajo
y no veo ni un carajo
y te doy mil gracias mil.

El candil me trae recuerdos
de los miedos de mi infancia
de sus suaves parpadeos
de penumbras en mi estancia.

Siempre fuiste zascandil
fisgando en habitaciones,
discreto y simpar gentil,
testigo de mil pasiones.

Hoy te reivindico aquí,
aunque haya otros inventos
y lanzo a los cuatro vientos
tu forma asceta y servil.

Que hay inventos muchos, mil,
que han llegado y lo celebro
mas no alumbran el cerebro
del que lo tiene cerril.
©donaciano bueno

Utensilio para alumbrar que consiste en un recipiente lleno de aceite, una mecha sumergida en él, que asoma por un pico, y un gancho para colgarlo.

“con el candil en una mano, y en la otra la gruesa llave, el guardián avanzó por la galería”
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Cristina Morano

Ana: miembro del personal de limpieza de una sala de cine

He visto a los mejores cerebros
de vuestra generación vomitando
las palomitas que sus padres les pagan,
limpiándose la regla con las manos
y luego las manos en la pared.
He limpiado trozos de mierda
depositados deliberadamente
sobre la taza de cada uno
de los dieciséis urinarios de este cine
por dos evanescentes muchachas
a las que no consentí fumar
en el pasillo. Sé cuántos y quiénes
de vosotros se mean en los vasos
de cocacola mientras la sala esté a oscuras
-luego salís del cine tan serios,
con el gesto de un pájaro fascinador
y el comentario erguido sobre el labio:
no ha estado mal”-.
A mí, normalmente no me veis.
Yo
no existe.
Soy la que limpia.
El testigo de la fisiología
vuestra; testigo de la carne.
Y sin embargo, en los aseos,
al lado del excremento,
a veces, la Palabra: “el amor es tal
que cuando tú tienes algo
el otro necesita una cosa distinta”.

Emilia: madre de la autora

Mido metro y medio
pero mis pies calzan un 38;
me hicieron así para afianzarme
sólidamente sobre el suelo;
más que andar, deslizo el mundo.
Son grandes barcos
mis pies. No me tambaleo:
aguanto. Lo que más me gusta
es ver por la tele los campeonatos
de patinaje artístico.

He vivido ¿por qué?
He limpiado la casa donde nací
desde que nací. La heredarán
mis hijos: menudos piezas.
Paco es alto: calza un 46
pero es un pájaro o una flauta,
parece no casar bien con el mundo.
A Cris le puse nombre de reina,
a veces trata la gente como a súbditos;
ni su alma se ha librado del látigo.

Los hijos son poca cosa…
las casas, la calle del mercado,
los hospitales donde me han abierto
y me han cosido; de todos ellos saliendo
por mi propio pie, siempre;
ese esfuerzo: para sangrar de nuevo
tantas vueltas.
Las vueltas que hay que dar
para poder morirse.

Ileana: emigrante rumana, contratada para recoger la cosecha en Andalucía

Esta es una tierra alegre,
el que no se calienta al sol
se alcoholiza y punto.
Me doblo en un ángulo de noventa grados
para recoger sesenta cajas diarias
de fresas, una por una. Mis compañeros
son mujeres por expreso deseo
de los empresarios, dice mi jefe
Son más dóciles
y no tienen problemas de convivencia”.
Esta declaración no ha sido subrayada
por ninguna organización feminista.

Somos buenas reses. Sacamos
adelante los países. Sufrimos
y callamos, nuestras madres
nos enseñaron a no alborotar,
tampoco ellas protestaron, se limitaron
a trabajar para la nación. Nosotras
nos lanzamos a mejorarlo,
a cumplir sus patrones con mérito.
Asistimos a la noche sin música,
sin alegría nos acostamos; lejos,
en los claros sub-alpinos, se oye
cantar a las flores amarillas de la arzolla,
y las orquídeas del Cárpatos
exhalan un fuerte olor a vainilla.

Soy licenciada en medicina
por la facultad de Cluj Napoca.

Las piernas de Dafne

Atravesé la inundación
con el agua por la cintura
para volver a casa:
había granizo en las aceras,
el viento había tirado ramas
cornisas, anuncios de los escaparates.
Pegados a mis piernas
aparecieron hojas, tallos, papelitos,
florecillas tardías del otoño;
como si la tormenta
hubiera querido hacer
árboles de mí
o un dios se hubiera
olvidado a medias del prodigio.

Los asesinos

01
Escucha: es el amanecer.
En una hora como ésta
sonarán los teléfonos,
cuando estemos absortos
en un labio,
un intermedio del programa
o un pájaro
–levanta el vuelo y,
de pronto en la ventana, brilla.

02
Qué feos los agonizantes:
la ropa revuelta, el pantalón caído
y esa lengua azul, fuera de la boca,
un palmo fuera de la boca.
Mas lo curioso son sus ojos,
con las pupilas dilatadas
como si el sitio adonde van
no tuviera luz.
Pues qué esperaban.

03
Muchas veces te vuelves
de súbito a mirar
por encima de tus hombros
como si estuvieran los muertos
agrupándose a tu espalda,
pidiendo explicaciones
de las trampas con que les capturamos:
todavía creen que podrían sortearlas,
en una oportunidad con mejor suerte.

La vanidad perdura más que el hueso.

04
Repito en sueños, muchas noches,
el trabajo con las víctimas,
los reflejos metálicos del arma
y las bolsas que cubren la cabeza.
Nunca se me aparecen vivos
después de ese proceso, sólo el pago,
las trazas de su descuartizamiento,
el acero y el plástico retornan.

Como si me estuvieran esperando.

05
Metimos el encargo en una caja
para que no incordiase en el trayecto;
no queríamos imprevistos en el coche
que hincharan la factura.

Al salir de la casa el cielo estaba negro,
caía una tormenta.
En los pocos minutos que tardamos
en encontrar la puerta señalada
nos calamos la ropa y el cabello,
el agua estorbaba la vista:
corríamos sin dirección,
haciendo saltar la caja,
golpeando al interfecto contra sus paredes.

Ahora sospecho que nos esperaban,
que desde las terrazas vigilaban
el progreso torcido de las cosas
y dilataban el tiempo y querían
darnos a conocer que nuestra suerte
resulta indiferente a quien nos manda.

Con el poco valor que nos quedó
volvimos a la lluvia y confirmamos
la trampa. A nuestra espalda
sentíamos pistolas, objetivos,
destellos en el agua del desastre.

LA HERENCIA

A Tomasa Meco, in memoriam

Mi madre me enseñó a bordar:
el dedal en el dedo corazón,
usar el hilo en hebras cortas,
me enseñó a hacer vainica doble
y a ordenar la vajilla de porcelana:
primero las bandejas,
después los platos y las copas.
Mi abuela me enseñó a planchar:
el pañuelo de niño se plegaba
en un triángulo, como el de soltera,
sólo el de caballero se plegaba
en forma de rectángulo.

—Entonces eres hija de una buena familia.
—No, soy la hija de las criadas.

SEÑORAS

Por las mañanas acostumbro
a pasar por la cafetería,
me tomo dos cafés -uno contra mi espalda-
entre las limpiadoras que se duermen
sobre su propio desayuno.

Al otro lado de la barra
conversan las señoras,
las dueñas de las tiendas de mi barrio;
se llaman por teléfono,
son admiradas por ejecutivos,
hacen planes para pintarse las uñas.
Sus ojos no contienen desamparo,
sus cerebros no se deshacen
enhebrando palabras, ni átomos, ni perlas.
Las sigo y compro el Marie Claire,
las imitio, fijo que soy respetable
en la cola del supermercado.

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