ME GUSTA VIVIR

Jorge Zalamea(Poeta sugerido)

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Si algo me gusta es vivir,
volar como vuela el viento,
encamarme al sentimiento
y reírme y sonreír,
que el resto me suena a cuento.

Me gustan ver los jardines
con sus flores adornando,
disfrutar, y allí escuchando
gregoriano en los maitines
mientras sigo meditanto.

Me gustan ver las estrellas
en la noche cuando lucen
y a esos niños que seducen
cuando en barro dejan huellas
y el chasquido que producen.

Me gusta hablar con la gente
y así saber lo que piensan,
y a curas cuando me inciensan
mirar detenidamente,
para ver que me dispensan.

Salir no importa hacia donde
hacia el cielo, al infinito
y oír como pego un grito
por si el cielo me responde
pues que a dios le necesito.

Sentirme libre en el aire
y en la calle confundirme,
de lo reglado salirme,
que todo me traiga al paire
y en un rayo diluirme.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Jorge Zalamea

Jorge Zalamea

Narcisiana

Ésta era otra casa.
      La de los muchos patios:
            el patio de las ceremonias y los grandes;
                  el patio de los huéspedes bienvenidos;
                        el patio de los niños;
                              el patio de las criadas;
                                    el patio de los lavaderos y los bebederos;
                                          el patio de las caballerizas;
                                                el patio de las aves de corto vuelo;
                                                      el patio de las legumbres suculentas.
Y ahora estaba solo,
solo en la casa de los muchos patios,
solo el muchacho.

Comenzó a recorrer el feudo ceremonial.

Espejos en el cuarto del piano,
Espejos en el salón de las reverencias, las hipocresías y las palabras vanas,
Espejos en el comedor artesonado,
          crujiente de porcelanas y cristales,
                llameante de cobres y de azogues de plata;
Espejos en la alcoba de la madre,
Espejos en la alcoba de la hermana mayor, la muy mimada…

Espejos, espejos
en laberinto de traidoras aguas.

Las aguas agrietadas de lunas venecianas,
          como rostros de ancianas;
las aguas cristiazules de Alemania;
las aguas de Holanda, vermerianas;
las aguas nacaradas de Francia;
las implacables aguas de España.

                    ¡Nadar,
                              nadar
                                        en esas aguas!

Con candidez de lirio
se desnudó el muchacho:
enhiesto como un grito,
limpio como una espada,
enjuto como un eje,
blanco como una hostia
          de amor sacrificada…
                Se miraba,
                                  se multiplicaba,
                                        se sumergía,
                                              giraba,
                                                    danzaba
                                                          una danza horizontal
                                                                en la altamar de los espejos.

El grito

Un grito,
          un grito,
                    un grito

más duro que el dentado
cuerno curvado
del dorado escarabajo
mimetizado entre las cañas de oro;
más invasor que el espino
en los jardines de los abuelos
intestados;
más veloz que el arpón del asesino
que vuela sobre las aguas
y se clava en ellas
mudándolas en paño de menstruas;
más hambriento que el graznar
de las gaviotas rabiosas
sobre las aguas horras de peces;
más sordo que el sollozo
de la mujer pobre
ante la alcancía vacía;
más impaciente que el orín
sobre la cuchilla homicida;
más lancinante que el gemido
del niño asaltado en su sueño
por las altas, negras fantasmas
de su propio futuro;
más fatídico que el estridor
de las llantas
repentinamente frenadas
sobre el pavimento de cemento
y sobre un cuerpo ya muerto;
más lúgubre, ¡ay!, más lúgubre
que el aullido del perro
cuando pasa la sombra
que nadie ve:
ni Hamlet, ni Horacio,
roídos por el frío.

Un grito,
          un grito,
                    un grito

sin la esperanza de la parturienta,
sin el orgullo de los Héctores vencidos,
sin la blasfemia roja del rebelde,
sin el blanco reniego del suicida,
sin la muda protesta del mártir,
sin la ira tartamuda del recluta,
sin el estertor del pocero silicoso,
sin el terror de quien pierde la vida,
sin el vagido pánico de quien nace a la vida:
un sofocado,
      intolerable,
                inútil
                      grito

que nadie escucha, sino yo.

Como vampiro pascuano
hecho de musgo, terciopelo y sombra,
anda revoloteando entre mis sienes,
saltándome los ojos,
trepanando mi nuca,
envenenando mis venas,
haciendo astillas mis nervios…

Anda, en sus giros,
petrificados mis músculos,
poniendo azul mi vientre,
asaltando mi corazón…
y mis labios sellados.

Un grito,
          un grito,
                    un grito:

por qué,
                para qué,
                                  para quién,
                                                        de dónde viene
ese grito que nadie escucha, sino yo?
¡La muerte sólo, acaso, me lo diga!

La queja del niño negro

-Las tortillas de maíz no me saben a nada, madre.

Los níqueles no me sirven de nada, madre.
El traje nuevo no me alegra nada, madre.
Nada me sirve de nada porque soy un niño negro.
-¡Pero si estás hecho de miel y leche, hijo!
-¿De miel negra, madre?
-¡No! De miel…
-¿De leche negra, madre?
-¡No! De leche…

-Aprendí a leer y de nada me sirve, madre.
Aprendí a escribir y de nada me sirve, madre.
Aprendí a contar y de nada me sirve, madre.
Nada me sirve de nada porque soy un niño negro.

-¡Pero si estás hecho de carne y hueso, hijo!
-¿De carne negra, madre?
-¡Ay!
-¿De huesos negros, madre?
-¡No! De huesos…

-Lo que tengo no me sirve de nada, madre.
Lo que doy no me sirve de nada, madre.
Lo que sueño no me sirve de nada, madre.
Nada me sirve de nada porque soy un niño negro.

-¡Pero si estás hecho de sangre, hijo!
-¿De sangre negra, madre?
-¡No! De sangre roja… Mira, como ésta… ¡Mírala! ¡Quieras o no, tienes que mirarla!

El Viento del Este da nuevas del Gran Salto

Seiscientos cincuenta millones de seres en unánime salto.
Todos a una:
la mano en la mano,
unidos los hombros,
el corazón en los labios
y en los labios el canto.
Manos de niños recogen la chatarra;
manos de pioneros la acarrean:
es la dichosa iniciación del salto.
Manos de hombres y mujeres acarrean
todo lo que las nuevas comunas populares piden;
acarrean todo lo que requieren los talleres
que se multiplican por doquiera
como mízcalos en los pinares y bajo las lluvias del estío tardío;
acarrean los materiales para construir el millón de
pequeños hornos siderúrgicos que hacen ya de la tierra china,
en la noche, un invertido cielo corruscante de rojas constelaciones:
es la poderosa voluntad del salto.
Manos de hombres y mujeres acarrean
todo lo que otras manos esperan;
acarrean a lo largo de las avenidas urbanas,
acarrean por las grandes carreteras,
acarrean por los caminos vecinales,
acarrean por las playas y a través de los bosques,
acarrean por las laderas de los ríos y las sendas de la montaña,
acarrean en cestos,
acarrean en cueros,
acarrean en sacos,
acarrean en latas
acarrean sobre un rodillo,
acarrean sobre una rueda,
sobre dos ruedas,
sobre tres ruedas,
acarrean a dos manos y a racimos de manos,
acarrean a la mañana,
al mediodía,
al poniente
y en la alta noche,
acarrean con gravedad y con alegría,
acarrean con altos gritos viriles
y breves risas femeninas,
acarrean todo lo necesario para la construcción
de la gran casa china en que todos quepan.
¡Oh!, movimiento perpetuo, incesante creación,
carrera,
danza
y juego;
circulación de una sangre nueva,
más rica,
más pujante,
más pura;
ordenado torbellino,
medida marejada,
¡Larga Marcha!,
¡¡Gran Salto Adelante!!
Y hay voces que dicen:
porque la mano sabe para qué trabaja,
porque la mano sabe para quién trabaja,
la mano en su trabajo da mil por uno”.

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Te he visto en una foto, te deseo,posiblemente yo no te merezca,quizás seas amable cuando…
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