MI HUERTO ES MÍO

 

Adan y Eva
-según dicen, primeros habitantes de la tierra-,
de un lindo lugar de nombre paraíso terrenal,
de gracia y de belleza sin igual,
-donde un palacio era una cueva-.
¿Qué tuvieron que hacer
para aquel vergel perder
del que ellos eran los únicos, primigenios inquilinos?
¿Cómo no se adelantaron al llegar de otros vecinos
y así evitar que se lo repartieran en parcelas?.
¡Todo el mundo a sus pies y lo perdieron!

Fue una cuestión legal.
Nunca entendieron
esa manía que los humanos tenemos por hacernos los amos del terruño.
¿Por qué olvidaron incluir en el contrato con su firma y cuño
una claúsula remarcada con el nombre “indivisible”?
-todo el planeta sería para siempre intransferible-.
Y de este modo quedaría zanjada la manida cuestión territorial.

Puesto que en realidad eran los dioses
los legítimos propietarios de la tierra,
y así lo proclamaron
dado que fueron ellos mismos quienes lo crearon.
Hubiéramos evitado hechos atroces,
que más tarde se produjeron al prevalecer las leyes del más fuerte,
invasiones y las guerras
-reyezuelos, caciques, duelos fratricidas y traiciones-,
¡tantas calamidades, tantas muertes!,
todas sin distinciones.

Hoy, después de tantos años, tantas bravuconadas,
aún existen quienes niegan reconocer
la inmerecida suerte que tuvieron al nacer
en un lugar que ha sido bendecido por las hadas.

Faltos de argumentos insisten una y veinte
veces, que en ello no ha intervenido para nada el hado,
que no es cuestión de suerte,
que si nacieron allí es porque se lo han ganado.

Y cuando yo les reclamo la cédula legal,
me contestan hablando de emociones,
de sentimientos, ¡falsas justificaciones!.
Que es, por tanto, que sus tierras les pertenecen,
que por encima de todo, los sentimientos prevalecen,
y por ello querer separarse es natural,
que tienen derecho a ser y a vivir independientes.

Y siguiendo este argumento
-mi pueblito es el mejor-
no preciso que me hagan un favor,
pues, ¡hete ahí que a nadie yo consiento
me roben ni un trocito de mi huerto!.
©donaciano bueno

Este poema pretende ser una crítica sociopolítica en clave de humor para todo tipo de corrientes nacionalistas que ponen el punto de partida de sus reivindicaciones en el momento que a cada uno de ellos les interesa. Este modesto escribidor sólo cree en la igualdad de todos los seres humanos sin distinción y en la meritocracia (las desigualdades positivas generadas por el afán de superación y esfuerzo personal de cada uno).

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