UN CUENTO PARA UNA NIÑA

Mi Poeta sugerido: »Félix Ricaurte Castillo

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¿Sabes?
Tu vida es como el canto
más bello y más hermoso de las aves,
un rayito de luz,
un sueño que al trasluz
va conformando un manto
de flores, de sonrisas.
Tú eres aún más bonita que las brisas,
las alas de avestruz
desplegando un arco iris de colores,
de ensueño y fantasía,
de amor y de ternura
que rezuma dulzura
y expande mil olores.

Sólo a ti hoy niña mía
relato aquí esta historia
que guardo en la memoria.
Y aunque hay algo que me invento,
no pienses que es un cuento.
Que un día yo salí
volando al firmamento
aupándome sobre un soplo de viento,
con la imaginación.
Recorrí, lo prometo, medio mundo
y en medio mundo vi
un solo corazón,
tan grande, tan enorme,
tan lleno de emoción,
que si digo su nombre
provoco una explosión.

Y así anduve luchando
en más de mil batallas,
alguna vez dudando,
siempre dando la talla.
Me enfrenté a elefantes
con sus enormes trompas,
les vencí con las pompas
de un pompero gigante.
Gané a rinocerontes
con su cuerno en la testa
y a cebras con tirantes
y a fieras tan bravas y extravagantes
y a cobras tan siniestras.

Luché contra las olas
a bordo de un velero
-mas presumir no quiero-
pues yo fui un rompeolas.
Errante solitario fui soñando,
por todas las galaxias
y allí llegué sudando
y a dios dando las gracias.
Debes creer. La luna de Valencia
también escalé a lomos de un caballo;
y en la percha de un lindo rodaballo
yo me subí, fue una bella experiencia.

Caimanes, cocodrilos, camaleones,
a todos yo me enfrenté,
como iba de buena fe,
llamaron a los leones,
las aves todas, gorriones,
celebraron mi llegada
y tornose la jornada
con jolgorio y alegría
!qué reputación tendría
que hasta llegó de Almería
una burra despistada!

¡Ah, y otra vez monté en un saltamontes
caray con este bicho!
nadie lo hubiera dicho,
por poco me escalabro. Y fue en el monte
donde vagando anduve rebuscando,
que descubrí tesoros
y un día en un descuido los perdí.
Pero aunque no lo creas, ya no lloro,
pues te encontré a ti
el más preciado don de los que adoro.
©donaciano bueno

Un cuento para una niña es un esfuerzo de este escritor por acercarse a la imaginación de los niños.

MI POETA SUGERIDO: Félix Ricaurte Castillo

Félix Ricaurte Castillo

La Maestra Rural

La maestra rural marcha a la escuela
con su paso menudo y diligente,
sobre la pedrería del relente,
mientras el ave da su cantinela.

Y, plegada a su falda, una chicuela,
de vivos ojos y de tersa frente,
la sigue, preguntando ingenuamente,
mil tonterías que saber anhela.

Llega. El enjambre, que de gozo grita,
le dice: “Buenos días, señorita.
Hoy le traigo bien hecha la tarea”.

Ella les brinda amante su ternura…
Se abre clases. La turba sonidea,
y el sol asciende por la azul altura.
Del libro: Breviario Lírico

A Veces Pienso

A veces pienso que verdad
es esta vida que vivimos;
y la ficción de que sufrimos
también supongo realidad.

Mas vuelve al punto ni! cordura
y me conduce a meditar
que es el placer fatuo brillar
y es el dolor fatua negrura.

Tan sólo es cierto ese vivir
del universo en general
mas la existencia individual
es pantomima de existir,

Este dolor del pecho mío
dura tan sólo lo que
la perfectísima hermosura
del iris dentro del rocío.

Esta ambición de ir hacia el bien
se alejará tan presurosa,
como dorada mariposa
de flor en flor dentro un edén.

Esta ambición del arte gayo,
con sus fulgencias de querube,
durará lo que en la nube
dura la rúbrica del rayo.

Mi ayer, mi hoy y mi mañana
—loca ficción de mi existencia—
forman un todo a la presencia
del tiempo eterno. ¡Oh vida vana!

Mi Lámpara

Por entre la negrura de los boscajes,
cuando los trinos duermen entre las ramas,
hila pacientemente sus hilos de oro
sola mi lámpara.

Cuando el viento nocturno mueve las hojas
y en ráfagas nerviosas viene a mi estancia,
no sé que frases dulces y placenteras
dice a mi lámpara.

Son cosas tan ternísimas que ella estremece
el corazón gaseoso de su áurea llana.
¡Quién sabe cuántos pechos también palpitan
como mi lámpara!

Cuando, el tiempo rodando, se hacen más negras
las sombras de la noche, para las plantas
de perdidos viajeros que andan cansados,
brilla mi lámpara.

Y si el pueblo duerme bajo neblinas
y ni una luz siquiera brilla en las casas,
para aquellos que sufren desvelo y frío
da luz mi lámpara.

Romeos y Julietas que hablan de amores,
antes de que la alondra salude el alba,
han visto muchas veces, luz triste y sola,
radiar mi lámpara.

Cuando el beso de hielo sobre mi frente
apague para siempre irá interna llama,
las imaginaciones supersticiosas
verán mi lámpara.

Campestre

Yo pensaba mirando la lozana
corola de una flor,
que lucía su primor
en desierta sabana:

¿para qué su belleza luce ufana
esta corola aquí
ignorada de todos? Cuando así
pensaba y me decía,
contemplé la avidez con que venía
hacia ella, un zumbante colibrí.

Un Lucero

Hay un lucero brillante,
que puntual su disco asoma,
lo mismo que a sus balcones
una romántica novia,
a lucir mil y un donaires
del azul bajo la bóveda.

Y yo, que los ojos míos,
sedientos de bellas cosas,
elevo siempre a los cielos
en las nocturnales horas,
ya le he tomado cariño
a la encendida corola
del lucero. Y él me mira
con pupila cariñosa,
pues comprende ¿no será?
que mi corazón lo adora.

Ya me es indispensable
como el aire de la atmósfera.
No sé que serían mis noches
si no viera su radiosa
personita de amorcillo
asomar siempre a esa hora,
a esa hora que bien me sé,
puntualito como novia.

Lo contemplo largamente
en las nocturnales horas,
como da un beso a una nube,
como suspira a una rosa,
como un sonrís da a la fuente
que tiernamente lo copia;
y como me dice adiós,
coquetón como una novia,
empinadito por verme
en la cumbre de la loma.

Y me parece el lucero,
en esa escena bucólica,
la imagen exacta y fiel
de esa otra estrella radiosa
que llevo perennemente
de mi espíritu en la comba.
Del libro: Poesías Líricas, Introflorescencias

Paisaje Sensible

Eran: la vela rota de una nave
y la rabia espumosa de la ola;
y la serenidad altiva y sola
del peñón, que es amparo para el ave.

Era el desmayo lento, melancólico,
tras la curva ideal del horizonte;
era el juego de tintes sobre el monte
do no cesaba el modular eólico.

Y el paisaje se fue palideciendo;
el mar durmióse y acalló su estruendo;
plegóse el abanico de la palma.

El arrebol de anemia se moría,
y ese paisaje lánguido fingía
un fiel espejo que copiara mi alma.

Matinal

Cuando aurora muestra el brillo de su frente,
con que al ave tornasola y regocija,
y la rosa vierte esencia qué prolija,
siendo todo luz, aroma y ritmo riente,

marcha el grupo de mujeres a la fuente,
estrechando bajo el brazo la vasija,
y quebrando con sus pies la baratija
que dejó sobre las yerbas el relente.

Y atrás, solas, van dos núbiles precoces
que, charlando, van ya en alto o quedas voces
alegradas por la aurora que respiran.

Al pasar frente a mi casa, las doncellas
ya no charlan, y sus ojos bajan, bellas….!
Y allá lejos ríen, ríen y me miran.

La Huerfanita

Delante de mi puerta pasó la huerfanita,
con sus labios de pétalos y sus ojos astrales,
cubriendo ruda veste sus formas virginales,
su pie dejando al paso la huella más bonita.

Iba fielmente impresa en su mirar la cuita!
(Oh la belleza triste de aquellos dos cristales
que límpidos pendían de sus dos lacrimales!)
Flor húmeda en rocío fingía su carita.

“Tus ojos, dos turquesas; tus labios, dos rubíes;
ocho perlas señalas si doliente sonríes…!
Eres rica genuina y pobre artificial”

Le digo, y se sonríe con honesto decoro,
mientras me ciega el lujo de sus cabellos de oro,
que sobre el burdo traje, son un manto imperial!

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