UN MIRLO (lamento)

Mi Poeta sugerido: »Javier Almuzara

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Un mirlo se lamentaba
que su canto no se oía
pues por más que repetía
ni él mismo se lo explicaba.

Si yo canto tan bonito,
a sí mismo se decía,
por qué nadie le aplaudía
o al oír pegaba un grito.

Y yo que mirlo no soy
a menudo me pregunto
si es que debo poner punto
al linde por donde voy.

Pues que vivo en esta duda
demando si es de recibo
¿por qué y para qué yo escribo.
si al fin mi voz queda muda?

Que a mis años aunque intente
y aunque por dios sea bendito
no pasará lo que he escrito
de aquí a la acera de enfrente.

Por eso yo al escribir
nunca pienso alguien me lea,
no me meto en la pelea
aunque no pretenda huir.

Mas baso aquí mi constancia
en disfrutar del momento
a mi dejarme contento
y a mi alma darle prestancia.
©donaciano bueno

MI POETA SUGERIDO: Javier Almuzara

Javier Almuzara

UNOS VERSOS REMOTOS

Vivió un tiempo en un tiempo ya.
Su mundo es árida, erudita escoria.
Sus dioses están muertos, y en la gloria
del verso aún canta todo lo perdido.

Amó la proporción y la belleza
que dan sentido y forma a cada cosa.
Y dio en el corazón que no reposa
apuntando certero a la cabeza.

Quien puso el pensamiento y la medida,
geometría hecha luz como el diamante,
perdura en verbo y alma a su partida.

Mi destino es el suyo: llegar vivo
al lejano lector que en este instante
lee el remoto poema que ahora escribo.

El agua y la sed

a partir de Zenodoto

Quien esculpió el amor en esta fuente
fue un ingenuo al pensar que se podría
apagar aquel fuego con el agua.

Y al beber ahora, incauto, en su corriente
se ha avivado una llama que creía
anegada en el duelo de su fragua.

Para ser justos

La justicia del mundo
es el arte del orden
traducido a unas normas.
En el orden del arte
la norma es traducir
el mundo justamente.
Son dos formas de hacer
honor a la armonía.

En el aire

Esa pizca de polvo inestimable
no es nada, miedo y plumas, pero canta
y pone el corazón en la garganta
erguido sobre el vértigo de un cable.

Es de mí de quien hablo, mon semblable
lector, mía es la música y la santa
impaciencia que en vilo tiene a cuanta
alma breve se eleve y clame amable.

Porque no hay ocasión para otra cosa
que no sea bendecir la maliciosa
creación, a un tiempo eterna y homicida,

con un hilo de voz pendiente apenas
de otro de alta tensión que, a duras penas,
nos mantiene aferrados a la vida.

Íntimos

Caminante, si quieres conocerme,
no busques en la tumba donde solo
queda lo que no fui:
inercia pura de materia inerte.
Al igual que la mía, ya está echada
tu suerte, pero aún tienes la fortuna
de alzarte sobre el mundo como un dios
provisional, mientras la tierra aguarda.
Yo me alejé de mí
definitivamente. Y, sin embargo,
lo que nos diferencia
no me distingue —este no ser no tiene
nada que ver conmigo—.
Tú, que estás en la misma
senda por la que he sido,
te pareces a mí
más de lo que parece.
Sé, a mi costa, que puede tu vergüenza
tener la proporción del universo
y entonces no hay lugar donde esconderla.
Cuando el día celebra tu presencia
con su abrazo de luz
también tienes la altura
de mi orgullosa cima.
Y si no echas en falta
el asiduo sustento
ni el amor discontinuo,
la justicia a su hora
ni la salud conforme,
el resto es apariencia de contraste.
Ya ves que somos uno.
Ahora vuelve a tu vida,
caminante, y recuérdame
para que pueda yo seguir la mía.
No llegamos a tiempo de encontrarnos,
pero, a destiempo, nos hicimos íntimos.

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