MARÍA SE LLAMABA, ERA MUY BELLA

»Mi Poeta aquí sugerido: María Eugenia Marínez Garcés

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María se llamaba. Era muy bella.
Tan bella que la Virgen parecía.
Radiante a más rabiar, hasta ese día
en que alguien le inquirió si era doncella,
y quiso descubrir, dejando huella,
lo mucho que del cante ella sabía.

Que hablaba del amor con desparpajo
mostrando al respetable su experiencia,
sin muestras de pudor, sin la prudencia,
alzando con descaro su refajo,
detalles que en su boca de estropajo
le vino a perturbar toda la audiencia.

María era bonita, muy bonita,
la cara allí causaba sensaciones,
¿y cara? más que cara de cojones,
doctora en descubrir lo que le excita
al hombre, y que no falla pues levita
y experta en negociar con las pasiones
©donaciano bueno

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La palabra cara tiene dos acepciones: la primera se refiere a la faz, la segunda corresponde a algo que cuesta mucho.

MI POETA SUGERIDO: María Eugenia Marínez Garcés

María Eugenia Marínez Garcés

Identidad

Quizás debí nacer donde no olviden,
entonces yo también sería memoria.

Nací donde el recuerdo es un vil prófugo,
un renegado escondido en cada historia.

En mi tierra que es la mímesis de Cronos,
condenaron reo ausente al testimonio,
en la corte del horror fue sentenciado
a callar que es el morir de la memoria.

Biografía

Cada hombre habita
con temor su biografía,
la cárcel de escombros
que es su memoria.

Tiene un techo de letras,
testimonios,
y paredes de tiempo,
muertos y vivos.

La condena es impuesta
por la vida
bajo un nombre,
y el cadalso es su cuerpo
y sus miserias.

A tres pasos de sí
descubre
que existen soles
y también tinieblas.

El país que llevo

Llevo un país pequeño a las espaldas,
no tiene geografía, es de tiempo,
persiste como huella en la mirada.

Soy de esa tierra océano y continente,
mi cuerpo sus fronteras,
mi alma un símbolo.

Soy arena del Pacífico lejano,
mar que es mi sangre,
mi memoria vaivén de su marea.

Cuando sus olas regresan
traen consigo los olores de un estero,
las especias aferradas a mi lengua,
una casa que me brota bien adentro,
una tarde que revive a mis ancestros,
y en el alto horizonte que me espera,
soy ese mar,
un mar que es tiempo.

Aún con la muerte

No se abandona el mundo al morir,
imposible,
pervivimos en las flores, hechas polen
y pétalos en rosas que despuntan.

Anidamos en los vientres de insectos,
en sus alas ligeras y traslúcidas,
en el viento, su mapa, su camino,
y las tierras que éstos preñan de oquedades.

Anhelamos pastar con las vacas,
jugar con los perros,
ronronear como gatos en los tejados,
volar junto a las mariposas en verano,
caminar sobre el pasto y ser verde,
el intenso color de la llanura.

Aun con la muerte seguimos vivos,
en la luz de una mañana dilatada,
somos calor que anhela el rocío
y exhala cuerpos abrazados en sus camas.

Frío en la montaña
y aroma en el café recién servido.

Somos vértigo, sombras,
pulsión y angustia,
dolor en manos
cansadas de arañar los miedos.

Temblor en piernas atrofiadas
por las dudas,
palabras, ecos, silencios
y vacío en las grutas del alma.

Persistimos en el olvido
del nombre que no conserva una lápida,
del rostro impreciso en las fotografías,
y del registro público que inscribe la pérdida.

Uno vive en la muerte
para nacer en la forma de otros seres,
sin más propósito
que volver a ser
el hondo aliento de la vida.

El voyerista

En la foto hay un hombre,
me observa,
me sonrojo y esquivo la mirada,
con sus ojos de ayer ve un crucigrama,
la cuadrícula gris donde me escondo.

Mi refugio de piel no me resguarda,
de un mirar que desnuda el pensamiento.

Seguro afirma que mañana yo habré nacido,
y sé bien que en el hoy, apenas cuento.

Tiene el privilegio de emboscarme,
el hombre que la foto ha conservado.

Desde un lugar distante,
su memoria,
sus ojos me descifran
sin juzgarme.

Desolación

Si tengo la palabra
no haces falta,
preñan las letras
mi vientre austero
y paro,
sin cesar,
vocabularios.

En el decir atropellado de emociones,
asumo la forma que adquiere el texto
si lo lee la noche
que es un verso.

Trazo líneas onduladas de poesía,
emigro en lenguas
hasta hoy desconocidas.
Traduce mi boca
la sabia calma de la prosa infinita,
y soy letra,
susurro y carne el
mismo día.

Cuestiones

Acá escribo,
allá moran los hijos y las cosas,
la casa y su desorden.
Los restos de la noche
apilados yacen exangües,
héroes caídos.

A resguardo en sus trincheras
las cosas no saben,
están cerradas,
tampoco aguardan.
Los hijos saben y esperan,
deambulan incesantes por la casa,
tropiezan con la inmovilidad de las cosas.

Los hijos y las cosas se abren hacia mí
como ventanas,
grandes ojos por los que mirar afuera,
a la calle, y al interior de la casa.
¿Qué más podría observar a través de ellos?

Acá yo soy el tiempo,
allá discurre lento entre pasillos.
Las horas son piedras
que lanza una mano invisible,
golpean con fuerza los cuerpos y los rostros.
Dejan sobre las cosas
una leve capa de polvo y siguen;
en su trasegar impío, el tiempo
delinea la carne de los hijos,
se posa en sus miradas
que fustigan.
El tiempo se hace verbo
y las bocas de los hijos
paren víboras enredadas,
acertijos.

Acá el sol se levanta entre las sombras, victorioso,
allá lo cuelgo en el tejado cada día.
Acá suelo ser yo,
allá me inventan.

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