MI LINDA VENTANA

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Aunque dicen durmiendo no se vive,
a ratos es mejor estar dormido
que sentirte en el alma dolorido
de rabia y de rencor. Quien sobrevive
deseable es si no fuera resentido.

Que a veces es mejor la lucidez
aparcada dejarla en una esquina
que alentar y dar vueltas a la inquina,
que el repique es más propio de almirez
que es quien suele arruinar su propia ruina.

Y puestos a mirar, las amapolas,
vestidas todas ellas de amarillo
que salen al paisaje a sacar brillo
haciendo bambolear a sus corolas
como si fuera un dulce de membrillo.

Es por eso que yo cada mañana
cuando de un brinco voy, me desperezo,
a ese día le adorno de un atrezzo
que aparece cuando abro mi ventana
y llena de ilusión, con la que empiezo.
©donaciano bueno

Qué alegría vivir…

Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida —¡qué transporte ya!—, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.
Pedro Salinas – De: La voz a ti debida (1933)

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