MI POTRO

»El Poeta sugerido: Ileana Espinel Cedeño

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¡Cabalga, cabalga
mi potro Lucero
aprieta las nalgas,
anda más ligero!

¡Galopa, galopa
mi egregio corcel,
móntate en mi popa,
soy tu doma fiel!

Súbete a mi lomo,
mímame en tu pelo.
que yo soy tu ecce homo,
y tu mi alma en celo.

Me subes, me bajo,
te montas, me apeo,
empuja, despacio,
que yo me mareo.

Me engarzo en tu albarda,
¡qué grande es mi anhelo!
que la noche es larga
¡súbeme hasta el cielo!

Quien tome las bridas
llegará el primero.
Si sientes tú muidas*
tu acierto es certero.

Toma pan y miel,
ya embriagarme quiero.
¡Disfruta el pastel
que yo vivo y muero!
©donaciano bueno

Es la fiesta de la piel
la caricia mientras dura
y cuando se aleja deja
sin amparo a la lujuria
Mario Benedetti

Este sencillo poema trata de simular de forma muy sibilina y jacarandosa, un acto, a veces tachado de inmoral, imprescindible para la supervivencia de la especia humana, que los adultos realizan, gracias dios, y que, salvo algunos desinhibidos, todos ocultamos. (*) Muida: Extraer la leche exprimiendo la ubre.

POETA SUGERIDO: Ileana Espinel Cedeño

Ileana Espinel Cedeño

VISIÓN DEL SUBURBIO

Las piedras enlunadas y grises del Suburbio
son hermosas con una hermosura de pena.
Pero allí no hay glamur. Ni bulevares sucios.
Ni calle pretenciosas de conocer sus nombres.
Hay vías proletarias por donde va, sonánbula
y perenne, la vida…

Ayer vi el corazón de las grutas desiertas.
Vi ropas que no cubren ni la sombra de un sexo,
colgando de zapatos y de cordeles negros;
la faz acanelada de un muchacho desnudo
durmiendo bajo el lauro de nieve de su pecho.
(Nuevo Adán suburbano masticando en la luna
pan de arena y de nada).
Vi casuchas enfermas como el amor más alto
y ventanas inútiles como sangre en los muertos;
mujeres y hombres viejos graduados en la ciencia
de ironizar lo ajeno:
la flor del trigo verde,
el agua pensativa,
el agua hecha de oxígeno e hidrógeno
y la hecha del recuerdo…

Y, de repente, un grito galvanizó mi éxtasis:
un ebrio vomitaba un ¡Viva! al Presidente…
Pero las piedras, suburbanamente,
se rieron de pena.
Y el aire se reía más que ellas.

Tú sabes…

Madre mía, tú sabes que cuando uno está enfermo
todo se dificulta:
Hacer. Pensar. Reír. Y amar.
Tú sabes muy bien que cuando uno está enfermo
todo se hace insufrible:
el ruido de la máquina. El chirriar de la puerta. Y la voz.
Madre mía, tú sabes que cuando uno está enfermo
todo se vuelve trágico:
el color de la luna. El bramido del viento. Y yo.
Tú sabes muy bien que cuando uno está enfermo
todo se vuelve lívido:
la manzana en la mano. El eco del olvido. Y Dios.
Madre mía, tú sabes que cuando uno está enfermo
todo se hace adorable:
la sonrisa de un niño. La caricia de un ala. Y tú.
Tú lo sabes muy bien…
Y si lo sabes, di:
¿por qué te duelo tanto?

IMAGEN DEL AMOR

Podría renacer de las cenizas,
viva lumbre de sed desparramada.
Podría consumarse en el despojo
de todo lo tangible que perece.
Podría ser el tótem que somete
al exilio la sangre enajenada.
Podría ser la luz, mas es tan sólo
el madero que flota en el naufragio.

SONETO DEL IMPOSIBLE OLVIDO

¡En cuál región inhóspita me entrega
la sombra errante su fulgor herido?
¿En este corazón enlutecido
o en este mar de la pupila ciega?
¡Ah, si soñara el vértigo que llega
desde el pasado, con su Edén perdido,
a rescatar del imposible olvido
este sollozo que mi sangre anega!
Lágrima dulce que de mí resbalas,
aíslame en la noche de tus alas
para vivir el día en que me inmolo;
mientras -ajeno a mi mortal ternura
esa maravillosa criatura
duerme en los brazos de la Muerte. ¡Solo!

ABRIL 8

VIERNES SANTO DE 1955

Aquí, prendida en un traje negro,
mil agujas de fiebre
una ráfaga larga de presagios
el ala de un murciélago que rueda.
Aquí, mi sombra gris. Mi viaje oscuro.
Mi vuelo inútil. Mi sangrante hoguera.
Lejos, qué lejos, la inefable y dulce
canción del río. Lejos ya del alba.
Aquí, el mar. El viento despoblado.
Jesús muriendo. Mi alegría, muerta.

EPÍSTOLA TERNÍSIMA

PARA EL FINAL DE UN SUEÑO

“…por encima del mar que nos separa”.
Safo

Adentro,
crece el día de la pena
y se juntan las letras
de esta carta de Abril para mis lágrimas.
Y acaso tú sonrías, sin recordar mi nombre,
en este tierno instante
que mi nostalgia gris besa tus alas.
Pero no gira en esta Soledad innombrable
el satánico vértigo del caos,
ni la afiebrada hiel
que desde tantos siglos me destierra la gracia.
Sólo te mido un barco, enternecido y triste,
para tu fuga larga…
Quisiera hoy decirte con palabras angélicas
todo el infierno que por ti he cruzado.
Decirte dulcemente,
que desde aquella tarde que divisé tu estrella
mi desatada sombra sin redención avanza.
Que todo pasa raudo, huyendo ante mis ojos,
(el tráfago del mundo, mi carcajada en máscara,
la aurora y el crepúsculo de la tarde, los hombres)
sin dejarme ese tierno inmarcesible fuego
que me encendió tu fresca encarnación de alondra
aquel lejano viernes de febrero.
Y besando ternísima el fiel diminutivo que te nombra,
decirte cómo sigue mi corazón buscándote
por encima del mar que nos separa.
Cómo mi ser reclama
la firme dulcedumbre de tus pasos,
tu corazón ajeno
y ese milagro de tus ojos pardos.
Pero esta carta azul no llegará a tus manos,
se quedará perdida
en la ternura única de esta tarde inefable,
en que, amarrada al cauce
de tu luz que se aleja,
mi enternecida sombra te dice Adiós, llamándote…

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