A SOLAS CON SU GATO

Poeta sugerido: Francisco Azuela

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Ha sido en esta vida un don Quijote
que nunca él aceptó ser escudero
llegando a subastar hasta el bigote,
haciendo oposiciones para el clero,
saliendo de rebote.

Los sueños que soñó no se han cumplido,
no sirve aquí culpar a los retrasos,
tampoco ha de ocultar que no ha sabido
huir de quienes fingen ser payasos,
del mismo se han reído.

Hoy quiere memorar aquí los pasos,
que algunos dio, mas, torpes, se murieron.
Los éxitos son pocos, los fracasos
prefiere deducir que no existieron,
mejor, fueron escasos.

Ha convertido al verso en su posada,
la forma de pensar pasando el rato
le ayuda a despertar la madrugada
a solas, con su amigo, que es su gato
su herida y su pomada.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Francisco Azuela

Francisco Azuela

Serpiente emplumada

Está cerca la última aurora,
en el vuelo del colibrí veo a Ceteotl,
diosa madre.
Viejo Tlaloc,
dios de la lluvia,
repartidor de enfermedades en el frío húmedo,
¿dónde está la muerte del retorno?
Tezcatlipoca,
dios justiciero
¿cómo regresar al abrigo de mi padre Quetzalcoatl?
Huitzilopochtli,
dios de la guerra,
exorcizador de los demonios del tiempo,
espíritus maléficos.
Chalchiútlicue,
diosa del agua,
consultar a los astrólogos
sobre el horóscopo de mis últimos días.
Ometecutli,
dios sol,
Omeciuatl,
diosa luna
responsables de este mundo de desgracias,
¿cómo vivificarme para el viaje?
Yacutecutli,
dios de la cuna,
¿cómo sentir nuevamente el olor del nacimiento?
Yocoltecutli,
dios del sueño,
¿cómo tener un nombre diferente al de la tierra en presencia del fuego,
de leve paso a través de la llama para no quemarme?,
la hoguera es cruel y perversa.
Venir del solsticio de invierno,
del raymi,
desde Tunupa y otros aymaras en Tiwanaku,
encontrar un horizonte de estrellas apagadas,
ésta no es aún la última aurora.

De monte albán a tiwanaku

La historia antigua es como un hilo,
se rompe, se quiebra y se consume.
¿En dónde están los rostros, las voces,
los mascarones de estuco ?
En estos siglos de silencio
se ha perdido el canto del colibrí.
Los mascarones están en Kalasasaya
y en el Palacio de Monte Albán,
los portones megalíticos,
gemelos,
los códices insepultos,
el recuerdo, los sueños,
los rumores, la luz,
la otra luz.
No se ha perdido la estrella que ilumina el alba,
ni el corazón del hombre
dibujado en la cordillera
con sus nieves en flor.
La tierra guarda sus secretos
y el humo de las palabras hace círculos en el horizonte.
Un cóndor,
una águila azteca,
el fuego consume la oscuridad.
Hablar a la sangre,
al pueblo indoamericano,
latinoamericano,
hispanoamericano,
al mundo prehispánico.
Hablarle a la otra sombra,
hoy es agosto para siempre,
para toda la vida,
los augurios,
ayer fue el eco,
el sonido se repite,
otra vez aparece el viento de la tarde,
esa delgada sombra con sus manos abiertas.
Otra vez el reflejo y el llanto,
una lágrima cae en el filo de la espada
como un remordimiento.
Pesa el pasado
y pesa la hora como un siglo de desdichas.
Vuelve a amanecer,
el tiempo trae nuevas auroras,
el canto del colibrí renace
y la estrella se oculta tras la colina.
Se oye de nuevo la voz antigua sin reclamos,
la alegría y la tristeza se armonizan,
el agua envenenada desaparece,
la tierra ha florecido de una manera diferente,
el águila azteca-zapoteca de Monte Albán y Teotihuacan
rompe los aires del espacio y del tiempo
y se encuentra con el cóndor en Tiwanaku
en un vuelo de luces sobre el arcoiris.

EL TREN DE FUEGO

¿Quién camina poeta sobre tus lágrimas?

Lágrima uno

Lleno de sauces el tiempo echa su llanto y su asma;
viejo y tullido echa su cárcel de árboles sobre el mundo,
su tierra de metal y de hambre eléctrica.

El tren lleva el nombre de una estación que nadie sabe,
la piel de cacto emana sangre de muertos
con una nueva especie de dolor.

El cementerio se enraíza,
pinta pálidos en la cara,
el pozo dejó salir el agua;
tumbas sin muertos,
esqueletos sin hueso,
tierra de asentamiento amplio,
largo,
hondo.

Ya saben por qué todos los días
alguien se lleva algo de humano
en la leyenda de las hondas lastimaduras.

Lágrima dos

Era un tren de fuego,
extraño,
legendario,
medidor del frío,
detenido en el sismo;
invierno viejo,
grande de tiempo,
cansado,
donde todos los olores
llevan el ritmo de una esencia desgastada.

Cómo llovía esa vez,
el Reconocedor se echó a dormir,
castigador de hierba,
cadáver recobrado en sus aptitudes,
manchador de agua.

Alguien dijo que la música de los caracoles era perpetua,
el eco,
cuerpo gemidor de almas.

La tierra se ha llenado de arrugas,
el agua hará su revolución,
visitadora de espacios.

El cántaro es un tiempo aglomerado de brujerías,
suspendido del aire,
abofeteador;
no hay vacío en el cántaro,
atrapador de los ruidos;
el día que el nicho sea abandonado por sus rumores,
¿quién podrá resistir la manifestación de claves
aún no descifradas?

La filosofía se cientifíca con la nostalgia de otros dolores,
vieja cárcel de hambre
donde el olor de flores dejó el camino del espíritu.

Si el frío viniera a la intensidad del fuego
y el Tren siguiera el murmullo de las quejas
como oidor de solitarios,
cuya única herencia en horas
depende del motor y el carbón de lumbre.

Si fuera recogiendo lo roto y llorado,
lo amargo,
lo infierno;
si recogiera la viudez de la gente,
de la tierra,
del polvo;
ceniza y pájaro carpintero ya fallecido,
el silbido de fuego llegaría a las ciudades de nieve
y el frío volvería a su antes.

Lágrima tres

Tren de fuego:
pájaro de ala humana injertada de piel,
asoleadora de agua y sal,
nave rompedora de arcos
donde la cicatriz es llamarada de frío.

Algún demonio ha llegado tarde,
triste clepsidra.

El Tren ensancha sus costillas,
rueda sobre dientes de hilo en hojas de pedernal,
la ciega estación se paraliza de soles jóvenes,
ángeles destronados en la guerra.

¿El demonio se dulcifica?,
tirador de astros,
plantas,
árboles,
golpeador trampero del viento;
desvirgador,
violador de espacios.

Lágrima cuatro

El mar abrió sus conchas
donde el sol vomita sus espumas de rabia
y una estrella copula su virginidad
con luces de agua silenciosa.

Se hace la penetración
en la casa desvestida de espejos;
ventanas maternales de luz,
difunto tendido sobre el suelo,
el blasfemo termina la ceremonia cargando el ataúd,
cadáver largo y frío sobre la copa de los árboles;
injertador de ramas en la casa,
hueco de manga ancha,
oculta electricidad de murciélagos,
prisión de ojos.

El tejado manda su agua,
los animales manchan sus alas
con el color de piel que se hincha de aire.

Trotador caballo de cascos,
los caracoles expulsan sus sueños,
gusano de seda,
castillo de fosas.

Lágrima cinco

Inventor de mentiras,
embustero demonio trampero del viento,
trepado en el pico de un pájaro de nieve encendida,
quemador de alas de ángel desnudo de astros,
rama y perro,
mordedores de viejos molinos.

Se putrefactan rancios jinetes,
cabalgaduras de hueso colorado,
la mejilla recobra su río de sangre como un eco,
fusil parador de disparos.

Lágrima seis

Alguien ha venido a preguntar por sus ojos,
del tiempo de sus ojos,
tránsito largo en una región de hambre.

Le dijeron:
no despiertes al tigre,
no es bueno despertarlo,
¿qué iba a entender sus pecados de soledad?,
amigo de sombras,
largos cuervos pestilentes.

Lágrima siete

Pomona se apareció con sus árboles rotos y fríos
de vientos desechos en ruinas.

Comedor de raicillas blancas,
aves enfermas,
locomotora manca y vieja pule los rieles.

Le dijo al ángel que dejaba la casa,
anochecía en sus dientes
el recuerdo de otra estación,
hierba transplantada en los intestinos,
manchas de azufre,
hormiga y grillos de arena.

Se llenaron los pies de camino
y sal de música intoxicada;
largas carreteras,
angostas y curvas;
con la vista vuelta hacia atrás.

El tigre seguía en el cerebro,
matador de carne.
París, 1975.

Aztecal VIII

En este poema de muertos
se te murió tu padre,
se murieron tu abuelo y tu siembra
y se acabó la tarde en una mirada.

En este poema de muertos
se murió el amor de tus antiguos,
se murieron tus pájaros
y se calló la estrella de tu frente
como un puñado de rosas enfermas.

En este poema de muertos
se te murió la vida,
y por segunda vez se te murió la patria
cuando tú te quedaste mirando
como un arco iris sin color.

En este poema de muertos
se te partió la sangre en dos ríos azules,
y un esqueleto de sombras
en tus ojos de nieve
busca a pesar de todo, la libertad de tu pueblo.

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