ALMAS GEMELAS

»El Poeta sugerido: Enrique Geenzier

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Yo sé muy bien que tú me reconoces
aunque intentes aparentar no hacerlo,
poco importa tengamos nuestros roces
los afectos no saben de estraperlo.

Tus goces siempre han sido nuestros goces,
tus sueños se han fundido con mis sueños,
compartimos menú y en los arroces,
cucharas somos de los mismos dueños.

Te conozco como a mi tú me conoces,
alegre, juguetón, jovial, risueño,
somos ecos los dos de nuestras voces

y hasta usamos los mismos albornoces.
Y aunque tú, hermano, seas más pequeño,
para entender nos sobran altavoces.
©donaciano bueno

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Almas gemelas son aquellas que viven y suspiran al unísono.

POETA SUGERIDO: Enrique Geenzier

Enrique Geenzier

La Torre De Panamá La Vieja

Frente a la playa y cerca al mar, a solas,
semeja el torreón, ya todo en ruinas,
un anciano que oyera las marinas
canciones turbulentas de las olas.

Ya no escucha en las horas vespertinas
el rumor de las tiernas barcarolas,
ni, aromadas de incienso, las estolas
puede ver en las prácticas divinas

¡Pero, a pesar de su abandono y duelos,
eleva todavía hacia los cielos
sus cuatro paredones colosales;

y a la luz de las diáfanas estrellas
parece que evocara cosas bellas
de los místicos tiempos coloniales!

La Voz De La Soltería

Un amigo, dos mujeres,
cuatro copas, buen licor;
perfumes, besos, placeres,
ni una pena, ni un dolor.

¿Y después? ¡Después, olvido,
reposo y dulce soñar,
para evocar lo que ha sido
y volver a comenzar!
Del libro: Corazón Adentro

Bandera Mía

Blanca, roja y azul con dos estrellas,
es la bandera que mi patria un día
recibió, rebosante de alegría
de manos de matronas y doncellas.

Podrá haber más gloriosas y más bellas,
más llenas de esplendor y bizarría;
pero ninguna existe cual la mía,
tan limpia de pesares y querellas,

Es por eso quizás, que sin temores
de una agresión extraña, sus colores
contemplo siempre con fervor profundo.

Cuando la ruta del canal cruzando
saludan mi bandera, tremolando
las banderas más celebres del mundo.

Romance del Agua

¿Qué fragor de ronco trueno,
qué crujir de pétreas capas,
qué concierto de turbiones,
qué rugidos o amenazas
bajan raudos, tumultuosos,
del riñón de la montaña?

Es el canto de epopeya,
es la grave y ronca marcha,
es el lúgubre estampido
de cañones y metrallas
que en torrentes caudalosos y
rugiantes canta el agua.

¿Qué sollozos, qué suspiros
de doncella enamorada;
qué murmullos suplicantes
o qué trémulas palabras
flotan leves en las brisas
y penetran en las almas?

Son los hilos transparentes,
son las notas argentadas,
son los diáfanos bemoles
de la tierna serenata
que brotando de las fuentes
a las flores canta el agua.

Roncos bajos de Amazonas,
graves oboes de Guayas,
finas arpas de Iguazúes,
Rimacs de quenas incaicas,
Patagonías y Caribes
de trompetas y de gaitas,
clarines de Río Grande.

Reventazones de flautas,
dulces marimbas de Lempas,
timbales de Titicacas,
helicones de Orinocos,
citaras de Tequendamas,
anchas cometas de Tuiras,
platillos de Nicaragua,
sarrusófonos de Ulúas,
barítonos de Montaguas,
Pilcomayos de ocarinas
y saxófonos de Platas…
Tal es la grandiosa orquesta
de lagos y cataratas
y de mares y de ríos
que en la América indohispana
por todas partes entona
la sinfonía del agua.

Ondulante en los arroyos,
saltarina en las cascadas,
silenciosa en los remansos
y rugidora en las playas,
se deshace en finos flecos
bajo nubes desgarradas
o envuelta en tenues cendales
de crespones o de gasas
se distiende en las lagunas
con el cielo en la mirada,
o desbordante en un pozo
sueña ser Samaritana.

¡Cuán suave cuando acaricia
un bello cuerpo de Diana!
¡Cuán cruel cuando sus ondas
vidas y predios arrastran!
¡Cuán tierna cuando suspira
y cuán buena cuando calma
la ardiente sed del soldado
que agoniza por la Patria!

¡Bien hizo el Santo Francisco
en llamarte «Hermana Agua»!
¡Agua: vapor, movimiento,
salud, belleza, esperanza…
Tú das vida a quien te bebe,
suave ritmo al que te nada,
esbeltez al que acaricias
Y mil sendas al que viaja.
Si el frío te paraliza,
te brinda el calor mil alas;
y si la luz te acribilla
con finos dardos de plata,
también te ofrenda fulgores
de turquesas y esmeraldas.

Eres bella cuando ruges,
eres bella cuando saltas,
eres bella cuando lloras
y eres bella cuando cantas.

¡Pero más bella que nunca
me pareces dulce hermana,
cuando en los mudos combates
del Honor —que, herido, calla
porque no puede, impotente,
castigar a quien la mancha—
preñada de angustia gimes
y anudando la garganta
los fieros ojos alumbras
con el fulgor de una lágrima!
Del libro: Viejo y nuevo

En la niebla,

A Juan M. Villalaz.

Bajo el blanco plumón de la neblina
la silente ciudad se despereza,
mientras Febo levanta la cabeza
envuelto en una gasa blanquecina.

El paisaje parece que bosteza
al soplo de la brisa matutina,
y la mar es un monstruo que fascina
con murmullos de fraile cuando reza.

Hay algo en la mañana que es sagrado:
cada torre es atleta que se empina,
cada ruido un sollozo entrecortado;
y del sol a la lumbre matutina
la ciudad es un muerto acurrucado
bajo el blanco plumón de la neblina.

Antítesis,

No sé si confesarte que te quiero
o mis odios profundos confesarte;
ni me atrevo tampoco a despreciarte
ni a ofrecerte mi amor, grande y sincero.

Que te amo y que te odio es lo que infiero,
lo único que puedo asegurarte.
Tanto te amo que llego ya hasta odiarte,
tanto te odio que sin tu amor me muero.

Me dejas y te busco por mirarte,
me buscas y me escondo por no verte;
nuestro amor es un gran antagonismo,

un amor que no puedo yo explicarte,
y no sé si olvidarte o poseerte
pues te amo y te odio a un tiempo mismo.

Vórtice

Un silencio de tumba triste y hondo!
un silencio profundo que me crispa,
sin un rayo de luz, sin una chispa,
flota de mi cerebro allá en el fondo.

Un cansancio cruel que me tortura;
un cansancio de todo y de mi mismo
y un anhelo letárgico de abismo
mi cráneo azotan con mortal pavura.

Y en el vórtice horrible de esta hora,
cuando la mente en su telón decora
la magia de las rojas lontananzas,

pasa el fantasma de mis ilusiones
portando una bandera hecha jirones
que fue el emblema de mis esperanzas!

Un anhelo insaciable de infinito
me inyecta el corazón. Enorme anhelo
de perderme en la elíptica del cielo
con todo el esplendor de un aerolito.

Un ansia de renombre que se inflama
en mi cerebro y que mis sienes quema;
el ansia de vibrar como un poema
o ser en el espacio un oriflama.

Hermosa concepción santa y bendita
que allá en el fondo de la mente agita
el muerto mar de las desilusiones:

Eres sueño fugaz, sueño sombrío
que en el desastre del anhelo mío
tremolas de una enseña los Jirones!

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Yo quisiera saber por qué la vida nace, crece, se reproduce y muere sin poder…

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