ANALFABETO/

Manuel Bretón de los Herreros (poeta sugerido)

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Era él un simple analfabeto de las letras
que escribía lo que su cuerpo le pedía,
gandul, bastante estrafalario y mal poeta,
siempre aspirando a parodiar a los estetas,
y aunque él intentaba hacer uso de mil tretas
imitarles conseguir él nunca podía.

¿Por qué ha de ser así, se lamentaba un día,
que en mi intelecto sólo emerjan pedregales,
rastrojos, zarzales, arbustos y jarales
y en cambio jamás yo perciba melodías?
¿Y el agua por qué quieta está en mis manantiales
y no fluye en una armoniosa sintonía?

Amigo mío, yo aquí aconsejarte quiero,
sin que suponer creas que es intromisión.
Deberás comenzar tu formación primero
y cuando ya entrenada tu imaginación
y las flores hayan crecido en tu vivero
esperar que con suerte fluya la inspiracion.
©donaciano bueno

¿Conoces a Manuel Bretón de los Herreros? Lee/escucha algunos de sus poemas

Manuel Bretón de los Herreros

A LA PEREZA

¡Qué dulce es una cama regalada!
¡Qué necio, el que madruga con la aurora,
aunque las musas digan que enamora
oír cantar un ave la alborada!

¡Oh, qué lindo en poltrona dilatada
reposar una hora, y otra hora!
Comer, holgar…, ¡Qué vida encantadora,
sin ser de nadie y sin pensar en nada!

¡Salve, oh Pereza! En tu macizo templo
ya, tendido a la larga, me acomodo.
De tus graves alumnos el ejemplo

me arrastra bostezando; y, de tal modo
tu estúpida modorra a entrarme empieza,
que no acabo el soneto… de per…eza.

– I –

La noche

No para mí los anchurosos valles,
¡Oh sol! coronas de precoz espiga;
No a mi placer consolador majuelo
Dora tu llama.

No yo a gozar de tus hermosos rayos
Cuando la escarcha del Enero rompes
La ijada hiriendo de alazán brioso
Cruzo la vega.

¿Qué alumbra mío tu fulgente carro?
¡Ah! ¿Qué me anuncia que dolor no sea?
¿Cuándo a templar de mi destino el ceño,
Cuándo amaneces?

Aguija al menos tu cuadriga, ¡oh Febo!;
Hiende veloz el eternal zafiro,
Y allá perdido en los profundos mares
Huye a mi vista.

¡Cuánto más grata a mi abrasado pecho
De Cintia luce la dudosa tea
Cuando retarda su tranquilo curso
Tétrica nube!

¡Oh de Morfeo bonanzosa madre!
¡Oh dulce tregua a los afanes míos!
Ven. Tiende al orbe el misterioso manto,
Lóbrega Noche.

Yo te deseo como al nueva
De virgen rosa purpurado cáliz;
Y no es mi seno al horroroso crimen
Bárbaro asilo.

Ni tanto es fiero tu atezado rostro
Que al hombre infunda merecido espanto.
Más de una vez en hermosura y pompa.
Vences al día.

No siempre en torno a tu dosel umbroso
Rugen los vientos y el olimpo truena;
No siempre arrasa los floridos campos
Árido hielo.

¡Cuán apacible en el ardiente Julio
Con mil estrellas tachonando el cielo
Reposo al hombre y al vergel envías
Céfiro leve!

¡Oh cuánto es dulce sobre el haz dorado
Libre tender los fatigados miembros
Cuando en los brazos del pastor querido
Vela Diana!

Todo es sosiego. Murmurando apenas
Desciende al mar el argentado río.
Susurra apenas en tu copa el aura,
Plácido fresno.

Sólo el silencio de la noche viola
Suave cantar de codorniz amante,
O allá a lo lejos el zagal sonando
Rústica avena.

¡Horas felices! Corazón helado
Yace en el seno del mortal que os odia.
¡Horas de paz! En alabanza vuestra
Suene mi lira.

Si el sol recrea y reverdece el campo,
También su hoguera lo consume activa;
Si alguna vez a la virtud alumbra,
¡Cuántas al crimen!

¡Oh infausto siglo! Las nocturnas sombras,
Gratas un tiempo a los malvados fueron.
Hoy no; que impunes a la luz sus ojos
Alzan osados.

¡Oh Noche! En tanto que tranquilo sueño
El vil traidor y el asesino duermen,
Tú los prodigios de Natura sabia
Plácida velas.

¿Por qué te llaman de la muerte imagen?
¡Oh sacrilegio! Cuanto puebla el mundo
A ti su vida y sus delicias debe,
Próvida Noche.

Y tú de amor, que las tinieblas ama,
Los dulces hurtos con tu negro manto
Cubres amiga; y el amor mi culto
Lleva a tu templo.

Almas sensibles a la grata herida
Que el niño alado sonriendo graba,
¿Cuál de vosotras negará a mi canto
Precio sublime?

No empero, oh Noche, tus tranquilas horas
Torpe conato a bendecir me impele.
No amor venal de meretriz infame
Guía mi planta.

Ni el sacro lecho del ausente esposo
Corro a manchar; ni seductor aleve
De incauta virgen a la fama tiendo
Pérfido lazo.

Vuelo a la choza de mi Silvia bella,
Mansión celeste de inocencia pura:
De Silvia bella, que me llama, ¡oh gloria!
Bien de su vida.

Feliz entonces mi destino acerbo
Lanzo al olvido con la luz febea;
Y apenas puede contener el alma
Júbilo tanto.

Ora ingeniosa a las palabras yertas
Que a la importuna sociedad dirige
Sabe mezclar para embeleso mío
Blandos amores.

Ora sus labios deliciosos ríen;
Ora en sus ojos mi ventura leo,
Ora en las mías al descuido encierra,
Cándida mano.

Ora… Mas ya del perezoso día
Lánguida brilla la remota lumbre.
Silvia me espera. -Protectora Noche,
Dame tus alas.

– II –

La beneficencia

A DORILA.

Ángel radiante en el Edén creado,
Dulce consuelo al humanal gemido,
Plácido orgullo de las nobles almas,
Yo te saludo.

No a ti los hombres religioso incienso
Píos tributan y fragantes flores,
Bien que tu nombre por falaces lenguas
Sea ensalzado.

Eleva en tanto al opresor cruento
Soberbio altar la adulación cobarde
Y al ciego error el fanatismo inmola
Fiero holocausto.

Beldad voluble con falaz ternura
Tal vez usurpa la veraz ofrenda
De amante pecho, que en acerbo lloro
Baña traidora.

Ídolos crea a su placer el hombre,
Y patria, amigos, bienestar, conciencia
En torno arrastra del indigno templo
Tumba a su fama.

Uncido el siervo cual si bruto fuera
De atroz caudillo al insolente carro,
Calla, y ni aún osa maldecir su horrendo,
Bárbaro triunfo.

Y el ronco son de la guerrera trompa
Tu grito ahoga, desolada madre,
Y en vano al cielo tu clamor envías,
Huérfano triste.

El torvo Genio de la infanda guerra
Roba al amor la voluptuosa danza,
Y canta el pueblo que verter debía
Ríos de llanto.

¡Dios de bondad y de fraterna sangre
Te brinda el hombre el infernal tributo,
Y el himno impío de feroz victoria
Suena en tus aras!

¡Tanto el engaño, la codicia, el miedo
Al corrompido corazón humano,
Y la ignorancia y la fatal discordia
Tanto envilecen!

Ya no hay pasión ni detestable vicio
Sin pingüe ofrenda, sin ardiente culto;
¡Y nadie a ti, Beneficencia santa,
Nadie te adora!

¿Será tal vez que al afrentoso imperio
Del oro infausto sometido el hombre
Seguir de Astrea te ordenó la triste,
Prófuga planta?

¿Cómo dudarlo cuando en balde llega
De altivo prócer al cancel dorado
La inope virgen si a lasciva llama
Cierra su pecho?

¿Cómo a mirar el sobrecejo altivo
Con que desoye del anciano débil
El ruego humilde y los dolientes ayes
Mozo liviano?

¿Cómo dudarlo quien lloroso vea
A todo un pueblo en la miseria hundido,
Y al hambre insana disputar el crimen
Víctimas tantas?…

¡Ah! no. ¿Qué digo? Caridad ferviente,
¡Salve otra vez!; que los humanos valles
No para siempre abandonó tu influjo,
Don de los cielos.

No a mí tu grato, predilecto albergue,
Bien que no sea renombrado alcázar,
Se oculta ya, ni en tu loor mis votos
Vagan perdidos.

En vano ya la hipocresía, en vano,
Robando artera tu sagrado nombre,
Ante mi vista mostrará su impía
Máscara infame.

Quien ve, Dorila, tu mansión callada,
Tu afable rostro, tu virtud sencilla,
Su velo sabe arrebatar al negro,
Pérfido monstruo.

De ti, Dorila, el impostor aprenda
Que no se cura de servil lisonja
Ni en vano alarde la virtud se halaga
Cándida y pura.

Dentro del alma el bienhechor encuentra
Mayor ventura, galardón más alto,
Y el hombre inicuo su mayor verdugo
Dentro del alma.

¡Ay, cuántas veces a piedad mentida
Estatuas funde y edifica altares
La ilusa plebe, y en el lodo al justo
Sume iracunda!

Tú más hermosa y duradera palma
Allá en el reino de la luz espera,
Si acá la fuerza, la falsía, el oro
Triunfan y ríen.

Tú, a quien no es dado con enjutos ojos
Penando ver al oprimido, al pobre;
Y nunca es solo compasión estéril
Dádiva tuya.

Tú, que no sientes criminal hastío
Si oyendo el ay de miserable viuda
Pisas tal vez con generosa planta
Rústica choza.

Rústica choza para ti más bella
Que el áureo techo y el tapiz de Oriente,
Do nuevo brillo a tu preclaro nombre
Dan tus virtudes.

Y no en el ara de imitar al cielo
Sagrados votos proferiste un día,
Ni el albo seno de engañosa cubres,
Áspera jerga.

No la virtud en aprendido metro
Sabes cantar, ni el anatema horrible,
Rayo eternal, con espumoso lanzas,
Cárdeno labio.

A ti y a Dios que el corazón sondea
Más gratos son tus eficaces dones.
Ellos te afianzan eternal corona,
Júbilo inmenso.

Ni austera tú la sociedad esquivas;
Que en ella vives de esplendor cercada,
Y aún besa ufano tu serena frente
Céfiro blando.

Y enciende amor con sus ligeras alas
La hermosa lumbre de tus negros ojos,
Y es del amor tu seductora risa
Plácido asilo.

¡Ah! si en las gracias que a natura plugo
Dar a tu rostro tu ambición fundaras,
¿Quién más trofeos al vendado Niño,
Quién le daría?

Mas tu modestia a tu hermosura iguala,
Y tu alma en vano sojuzgar anhela
Diestra lisonja, que en el vago viento
Rápida muere.

¡Cuánto más dulce en tu piadoso oído
Suena la voz que sin cesar tu nombre
Grata bendice y tutelar te llama,
Próvido numen.

Harto al amor y sus fugaces glorias
Suaves acentos consagró mi lira.
Hoy tu clemencia sublimar al cielo
Séame dado.

Lo sé, no es digno de tan alto asunto
Mi rudo canto, ni quizá lo fuera
Tu plectro mismo que inmortal florece,
Píndaro excelso.

Mas un altar mi corazón te erige,
Alma Piedad, si te lo niega el mundo,
Y en él la imagen de Dorila hermosa
Vive grabada.

– II –

Defensa de las mujeres

Es honrar a las mujeres Deuda
a que obligados nacen Todos
los hombres de bien.
Lope de Vega.

Mitad preciosa del linaje humano,
Triste Mujer esclavizada al Hombre,
Que tu escudo nació, no tu tirano;

Yo a defender tu mancillado nombre
Dulce a mi corazón, audaz me arrojo,
Bien que mi sexo indómito se asombre.

Tal vez me atraiga su temible enojo;
Que en tu defensa combatir no puedo
Sin cubrir a los hombres de sonrojo.

¡Oh! si mi bella con semblante ledo
Reconoce mi amor en mi poema,
Ni a todo un batallón le tengo miedo.

Mas ¡ay de mí si un crítico postema
Con indigesta pluma envenenada
A mis versos fulmina su anatema!…

¡Piedad, piedad! Sumisa, arrodillada
(¿Qué más quieres de mí?) pues no te ofende
Gracia pide esta sátira cuitada.

Tal vez en vano deleitar pretende.
No importa: sé indulgente, que harta pena
Tendrá su pobre autor si no la vende.

La Mujer ha nacido dulce y buena,
a recrear, a embellecer la vida
Como al campo la cándida azucena.

Si a los deberes falta inadvertida
De cariñosa madre y fiel consorte;
Si el virgíneo pudor acaso olvida;

¡Hombre severo! Si perdido el norte
A alguna ves que mísera naufraga
En el mar borrascoso de la Corte,

Tuya es la-culpa. Si el poder embriaga
De orgullo tus sentidos, al opreso
También sus grillos quebrantar halaga.

Hasta el insano tigre allá en lo espeso
Del arduo monte, y la feroz pantera
De tu barbarie culpan el exceso;

Que si ceban la garra carnicera
En la sangre del tímido cervato,
Dulces son a la dulce compañera.

Mas ¿qué admirar de ti cuando insensato
A la mujer inerme tiranizas,
Si ni al Hombre perdonas, Hombre ingrato?

De tu nombre el escándalo eternizas,
No la gloria, matando, destruyendo,
Jamás harto de sangre y de cenizas.

Y es suave a tus orejas el estruendo
Del infernal cañón, que el muro atierra,
Y de la alzada bomba el silbo horrendo.

Si una vez la ambición tu pecho encierra,
En saña vences al caudal torrente
Que el Noto arroja de la adusta sierra.

Mas ¿dónde voy? Del dios armipotente
Narrar no es mío el carro sanguinoso,
Ni Talía bufona lo consiente.

Así, bien que de cólera reboso,
Combatiré del Hombre la injusticia
En tono menos grave y ampuloso.

¡Oh tú, que tanto culpas la malicia
De tu pobre mujer!, ¿por qué primero
No culpas, di, tu sórdida avaricia?

Si tanto le escatimas el puchero,
Y comer es forzoso, ¿cómo quieres
Que tenga amor ni a ti, ni a tu dinero?

¡Qué tibios son de Venus los placeres,
Dijo allá in illo témpore un poeta,
Sin dulce Baco y regalada Ceres!

Tú, que apuras en vicios la gaveta,
Marido de una hermosa, ¿por qué exiges
Que penitente viva y recoleta?

Sin cesar la reprendes, y te afliges
Porque baila y se alegra; pero en tanto
Tu perversa conducta no corriges.

¿Y qué diré de ti, necio Crisanto,
Que con sesenta Eneros a la cola
Humillas tu cerviz al yugo santo?

¡Y con quién! Con Leonor, que campa sola
En gracias, en frescura y lozanía,
Y a quien tanto galán su pecho inmola.

¿Cuándo han vivido en plácida armonía
El suave nardo con el rudo espino,
El alegre con la noche fría?

¿Y no ha de renegar de su destino
Si recuerda que es joven, que es amable,
Y encuadernada vive en pergamino?

Compara tu braguero miserable,
Y tu rugosa frente ilimitada,
Y el asma que te aflige perdurable,

Con aquella cintura delicada,
Aquellas formas de beldad modelo,
Aquella tez brillante y sonrosada;

Y luego, si te atreves, clama al cielo,
Y acúsala de infiel y de perjura
Si sucumbe al amor de algún mozuelo.

«¿Era menos infausta mi figura
Cuando me unió, dirás, el sacro nudo
A su liviana y pérfida hermosura?»

¿Y no compraste escudo sobre escudo,
Respondo yo, la inicua tiranía
De su padre avariento y testarudo?

¿No la robó tu bárbara porfía
Al dulce amigo de su infancia tierna
Con quien dichosa y casta viviría?

O darse a ti, o clausura sempiterna:
¿Qué otro medio restaba a la infelice
Para aplacar la cólera paterna?

Llama sin tregua en el abismo atice
El tétrico Plutón al que de un hijo
La inclinación honesta contradice.

Lleve el diablo al decrépito canijo
Que no espera su término cercano
Tranquilo y sin bodorrio en su cortijo.

Y tú, lindo don Diego casquivano,
Que por salir de trampas y pobreza
Vendiste a doña Críspula tu mano;

Si porque el hado le negó belleza
La desprecias ingrato, ¿cómo extrañas
De su gruñir eterno la rudeza?

¿Se encuentran cada día esas cucañas?
¿No debes nada a tu mujer, que entero
Te consagras sin rienda a las extrañas?

«No se compra el amor con el dinero.
Por qué enlazarse a mí?» ¡Linda salida!
¿Te explicabas así cuando soltero?

¿Y aquello de mi amor, mi bien, mi vida?
¿Qué se hicieron los dulces madrigales
Do tu pasión pintabas desmedida?

«Rojos tus labios son como corales;
Nieve tu seno, que Cupido precia
Más que en Chipre su cuna de rosales.

«Ni Cleopatra famosa, ni Lucrecia
Te igualan en beldad, ni la traidora
Que tantos lloros arrancó a la Grecia.»

Así hablaba tu boca engañadora.
¿Por qué es hoy a tus ojos una arpía
La que antes fue sirena encantadora?

«Que pague su orgullosa tontería.
¿Por qué no consultaba algún espejo,
Y hubiera visto en él que yo mentía?

»A un hombre de mi garbo y mi gracejo
Harto cuesta el llamarse su marido
Sin hacer el papel de su cortejo.»

Y acaso, dime, ¿la primera ha sido
Que hermosa se ha juzgado, o menos fea
A fuerza de adularla un fementido?

¿Es por ventura extraño que se crea,
Y más en la mujer, débil, sencilla,
Lo que el orgullo humano lisonjea?

¡Y cuántas veces el amor humilla
A una fea dichosa el Ganimedes
Admiración y hechizo de la villa!

¿Ni aun el consuelo a la infeliz concedes
De haber creído conquistar tu pecho,
Si no con su beldad, con sus mercedes?

¿Tan mal fundado juzgas el derecho
De una rica al amor de un pelagatos
Que no tiene ni viña ni barbecho?

Recuerda cuando andabas sin zapatos,
Y si un creso la sopa te ofrecía
Te tragabas hambriento hasta los platos.

«¡No se hubiera casado!» ¿Y qué sería,
Qué sería de ti, que tal profieres,
Si, pudiendo ser madre, aún fuera tía?

¡Ah! bien pudo nadar en los placeres
Sin gemir en amargo cautiverio;
Mas ¡oh suerte cruel de las mujeres!

Si del amor cedéis al dulce imperio,
Sólo el placer el Hombre se reserva:
Vuestro es el deshonor y el vituperio.

Pasa por gracia en la viril caterva
Lo que castiga cual atroz delito
En la mujer, su infortunada sierva.

No hay un freno que dome su apetito;
Que más aplauden al que más codicia
El lupanar, la crápula, el garito.

Y en tanto ¡cuál te oprime su injusticia,
Triste Mujer! Feroz si te condena,
Cocodrilo falaz si te acaricia.

¿Es mucho, pues, si de Natura suena
Dentro en su pecho la incesante aldaba,
Que anhele una infeliz nupcial cadena?

¿Y qué mujer de resistir se alaba
Al soberano amor? Su arpón maldito
A la hermosa, a la fea, a todas clava.

Y hoy que domina el interés precito
¿No ha de esperar que el oro la haga bella
Aunque sea una furia del Cocito?

¿De rabia no arderá como centella
Si es despreciada del marido injusto
Que sus derechos sacrosantos huella?

¿No ha de tenerle en sempiterno susto
Espiando al perjuro día y noche?
¿No ha de arañarle el entrecejo adusto?

¡No, que verá tranquila que derroche
Su hacienda en un burdel, y a una piruja
Querrá ceder el heredado coche!

¡Y tú la llamas deslenguada y bruja
Porque charla, y te aturde y desespera!
Hace bien en charlar; que no es cartuja.

Mas ¿cuál infame y cínica cohorte
A mis ojos parece?… ¡Ah vil canalla,
Escándalo y escoria de la Corte!

Ahora sí que saltar quiero la valla;
Ahora como la pólvora tronante
Mi cáustico furor arde y estalla.

¿Quién puede ver sin cólera a un tunante,
A su triste mitad poner en venta,
Del conyugal pudor vil traficante?

«Resista la mujer tamaña afrenta.»
¿Cómo podrá si su holgazán marido
La hace vivir desesperada, hambrienta?

Si en tanto algún ricacho corrompido
Con larga mano a su hermosura brinda
Ya el collar, ya el magnífico vestido;

Menos heroica que graciosa y linda,
¿Es mucho que por hambre o por despecho
Al pródigo magnate al fin se rinda?

Así el macizo artesonado techo
Que una gotera mina sin reposo
Al fin viene a caer roto y deshecho;

Así en el alto cerro pedernoso
Un año y otro la robusta encina
Al huracán resiste proceloso;

Y al fin la copa vacilante inclina,
Cruje el tronco tenaz, y al valle umbrío
Baja rodando en estruendosa ruina;

Así al oso feroz del Alpe frío
A fuerza de hambre y palos y cadena
Hace bailar el hombre a su albedrío;

Así a dormir con ruda cantilena
La serosa nodriza de Vizcaya
Los infantiles párpados condena;

Y tanto boga, sin hallar la playa
El desvalido párvulo en su cuna,
Que al fin duerme sin sueño o se desmaya.

¡Ay! en tanto que halaga la fortuna
A un gandul sin vergüenza, torpe, idiota,
Gime el talento y el honor ayuna.

¿No ha de sufrir la pública chacota
Un marido venal? ¿Por qué a ese reo
Sin honra ni pudor no se le azota?

¿Por qué ha de ser escudo el himeneo…
Mas silencio: mi pluma avergonzada
Se niega ya a pintar cuadro tan feo.

«Escuche usted, me dice un camarada:
Veamos cuál disculpa a la soltera.
El vengador de la mujer casada.

«¿Por qué Flérida esquiva y altanera
Me precia en menos que su mano hermosa,
Talle gentil y rubia cabellera?»

No la adulara tanto la enfadosa
Cuadrilla de babiecas que la hostiga,
Y frívola no fuera y vanidosa.

«¿Por qué si a tantos sin rubor prodiga
La blanda risa y la mirada ardiente,
Inés se llama mi constante amiga?»

Porque ya la ha engañado un pretendiente;
Y pues en todo el hombre da el ejemplo,
No es mucho que le imite… y le escarmiente.

«¿Por qué, si bien a Fílida contemplo,
Más humana la encuentra y más propicia
Quien lleva más ofrendas a su templo?»

¿Qué ha de hacer! De su padre la codicia
Al que suspira a secas no consiente,
Y al que regala, aplaude y acaricia.

«¿Por qué, si es cierto que Belarda siente
El amor que su boca me ha jurado,
En sus heladas cartas lo desmiente?

»Amor tan circunspecto y reservado
Es farsa, no es amor. ¿Por qué no imita
Mi volcánico estilo apasionado?»

Porque a la imberbe tropa hermafrodita
En el café no leas el billete,
Y la insulten después con su risita.

¡Mal haya el confitado mozalbete
Que por darse ridícula importancia
La opinión de una hermosa compromete!

Escuchadle contar, ¡oh petulancia!
Más victorias de amor, que de Belona
Ilustraron al héroe de Numancia.

Mirad cómo su lengua fanfarrona
A alguno cierto, que callar debiera,
Mil placeres soñados eslabona.

«¿Veis aquella que va por la carrera?…
Pues cierta noche hasta rayar el …»
¡Infame! ¡Y no ha pisado su escalera!

«¿Diréis que Petronila es una malva?
Pues me da cada lunes una cita,
Y el marido… ¡Infeliz! La fe le salva.»

¿Cuál de su lengua gárrula, maldita,
Aunque sea una santa se liberta?
¿Cuál no fue suya si nació bonita?

¡Ay desdichada joven si inexperta
Vencer te dejas del procaz lampiño!
¡Ay si le atranca tu virtud la puerta!

Que, muerto en breve su falaz cariño,
Tu honor es su juguete o su venganza,
Aunque sea más puro que el armiño.

Mas la florida edad de la esperanza,
Del placer, del amor rápida vuela,
Y a luengos pasos la vejez se avanza;

O bien el lindo rostro de Marcela,
Que fue portento ayer, hoy desfigura
Crudo tumor, aleve erisipela.

¡Y cuánta soledad, cuánta amargura
Guarda el hado cruel a la que llora
Marchita o jubilada su hermosura!

Si la rosa de Mayo encantadora
Del hombre esquiva la canosa frente,
Ciñe al menos oliva triunfadora.

Si en sus aras Amor no le consiente,
Temis le acoge, y próvida Minerva
Le brinda del saber la sacra fuente.

Si el crudo tiempo su vigor enerva,
Riquezas prodigándole y honores.
Del hambre y de la infamia le preserva.

Días ha que disputan los doctores
Si es justo o no que la Mujer se ciña
A mezquinas domésticas labores.

En buen hora se niegue a la basquiña
Regir la noble cátedra severa,
Blandir el asta y escardar la viña;

Pero al menos el Hombre ¿no pudiera
De algunas artes reservar el uso
A la pobre Mujer su compañera?

Todo lo abarca su poder intruso.
Tejedor es el Hombre, y cocinero,
Y sastre, que es el colmo del abuso.

¡Oh mecánico siglo chapucero!
¡Oh molicie del Hombre vergonzosa!
¡¡¡Yo he visto hacer calceta a un granadero!!!

Y porque anhela el título de esposa
Con ardor incesante una doncella
¿La censura tu lengua ponzoñosa?

¿Dirás que es liviandad si se atropella,
Por si otro más gentil no se aparece,
A escoger un marido indigno de ella?

¿Qué mucho si de un hombre se guarece,
Quien fuere sea, contra el hombre injusto
Que si no la persigue la escarnece?

¡Triste!… ¿No ha de temer el ceño adusto
Del que la juzga y manda soberano
Sólo porque ha nacido más robusto?

Bien con el corazón diera su mano
Al bello mozo que en secreto quiere,
Y no a su novio enclenque y chabacano.

Mas ¡ay, que en vano sin piedad la hiere
Del caprichoso amor la flecha aguda;
¡Que ha de arrancarla o despechada muere!

Su mal recata ruborosa y muda
Si movido por rara simpatía
Amoroso el doncel no la saluda.

El Hombre con descaro y osadía
Declara sus amores, pobre y feo;
A la hermosa de excelsa jerarquía.

No es dique la opinión a su deseo,
Y de una en otra hasta encontrar posada
Convierte el trashumante galanteo.

Mas en todo la Hembra infortunada
Contra su pecho para amar nacido
Nace a perpetua lucha destinada.

Legislador el Hombre empedernido
Ni aun el consuelo, ¡ay mísera! te deja
De elegir un tirano en un marido.

Así con el cetrino la bermeja,
La niña con el trémulo caduco,
La aguda con el fatuo se empareja.

¡Persiga Capricornio al mameluco
Que sin pasiones vegetar te manda
Cual si fueras de mármol, o de estuco!

«Bien; resignada estoy, dice Fernanda.
Ya del sexo opresor la ley recibo,
Aunque me dicta amor otra más blanda.

«Mas valga de mi rostro el atractivo,
Valga a adquirirme racional esposo
El laudable recato con que vivo.»

¡Inútil esperanza! Licencioso
Prefiere el Hombre al plácido himeneo
Celibato infecundo y vergonzoso.

Griego, romano, egipcio, persa, hebreo;
Todos honraban cuando Dios quería
El santo nudo que ultrajado veo.

Si alguno con culpable antipatía
Osaba desdeñarlo, era maldito,
Y en el desprecio y el baldón vivía.

Mas hoy se tiene a gala el sambenito.
«¿Casarme? dice Erasto, ni por pienso.
No caiga yo jamás en el garlito.

»Otro al ara nupcial lleve su incienso.
Libre quiero vivir, independiente;
Libre gastar mi patrimonio inmenso.

»No sea yo ludibrio de la gente.
No sufra yo, tras la mujer y el dogo,
Cuñado hambrón y suegra impertinente;

»Y una recua de primos… (¡yo me ahogo!…
Y ¡oh Dios! la ambigua prole venidera,
Y el comadrón, el ama, el pedagogo…

«¡Qué horror! Ya ¿quién se casa? Un calavera,
O el palurdo, si amaga alguna quinta
Que en morrión le transforme la montera.»

Santo Himeneo, quien así te pinta,
Quien te denuesta así no tiene un alma,
O más negra la tiene que mi tinta.

Y cuando veo su insolente palma
Blandir al vicio ¿enfrenaré mi furia?
¿Veré su impunidad en torpe calma?

¿Hasta cuándo, ¡oh virtud! cual hija espuria
Te abnegará el ibero corrompido
Del Lete al Duero, desde el Miño al Turia?

¿Nada debes al suelo en que has nacido?
¿Nada a ti mismo por ventura debes,
Tú que el nombre escarneces de marido?

¡Hombre que al escuchar no te conmueves
De la natura el imperioso acento,
Feliz te llamas y a vivir te atreves!

No más hinchado prócer opulento
Compra el amor, sincero, don divino,
Que el piloto en el mar próspero viento.

Basta a alcanzar el oro alto destino,
Basta a lograr efímeros placeres,
Basta a rendir el muro diamantino;

Mas si algún corazón rendir quisieres,
Te ha de costar el tuyo; a menos precio,
Te afanarás en balde; no lo adquieres.

¡Ay miserable, miserable y necio!
El que compra lisonjas con el oro
Comprará la par su ruina y su desprecio.

Vendrá la senectud, y amargo lloro
Te ha de bañar el lánguido semblante,
Si hoy tal vez lo embellece tu tesoro.

No habrá una hiedra cariñosa, amante,
Que en abrigar se goce al tronco yerto
Lozano en otro tiempo y arrogante.

Muerto a ti mismo, a los placeres muerto,
El mundo que hoy no basta a tus antojos
¿Qué será para ti? Mudo desierto.

¿A quién entonces volverás los ojos?
¿Quién cubrirá de rozagantes flores
De tu vejez los áridos abrojos?

¿Quién vendrá a consolarte en tus dolores?
¿Quién besará tu mano, dulce fruto,
Dulce acuerdo de plácidos amores?

Y cuando pagues el fatal tributo
¿Quién cerrará tus párpados gimiendo?
¿Quién vestirá por ti fúnebre luto?

Así rasgada con horrible estruendo.
Pasa fugaz la nube veraniega
Entre granizo y rayos descendiendo;

Y ni una planta generosa riega;
Que al caer se disipa, no dejando
Vestigio de su tránsito en la vega.

Mas ¡cómo ciega al Hombre el vicio infando!
¡Cuántos la arrastran, ay! más ponderosa
La conyugal cadena desdeñando!

Arruina a Damis Lesbia, la Raposa,
Inmunda meretriz; y Damis fiero
Desprecia a Laura linda y virtuosa.

No quiere que al olor de su dinero
Algún pariente acuda; y el pazguato
Pariente viene a ser del pueblo entero.

Mucho cacarear su celibato;
Y obedece la ley de una buscona
Que ayer fue propiedad de un maragato.

Su corazón le ofrece la bribona;
Pero ¿qué corazón ni qué embeleco
Si ni aun manda absoluto en la persona?

Mírale al tonto pasear tan hueco
En soberbio landó con su manceba,
Que le burla después como a un muñeco.

¡Mira cuál le engatusa la hija de Eva,
Y cuán cara le vende su conquista!
¡Pobre caudal! El diablo se lo lleva.

¿Dónde hay repleto cofre que resista
Tanto gastar en fonda y coliseo
Y peluquero y tiendas y modista?

Cual si fuese la hacienda de un hebreo,
La tía de alquiler, el falso primo,
Todos entran a parte en el saqueo.

Así a la viña de su fruto opimo,
Lindera del camino, se despoja,
Si al paso cada cual corta un racimo.

¿Y a quién apiada luego su congoja
Si reducida su fortuna a cero
La ingrata Lesbia del umbral le arroja?

¿Quién no se ha de reír del majadero,
Del bagaje mayor que de este modo
Su juventud consume y su dinero?

«¿No es fuerte cosa, desde el sucio lodo
Do yace hundido, me dirá fulano,
Que en todo has de culpar al hombre, en todo?

«¿A mí me llamas cínico y liviano,
Y bagaje mayor, ¡sangrienta injuria!
Y estéril monstruo del linaje humano?

»¿Y acaso es una Porcia, una Veturia,
O más bien una torpe Mesalina
Quien vende su beldad a mi lujuria?

»Tu lógica es por cierto peregrina.
Porque estoy arruinado ¿soy culpable?
¡Pues, qué! ¿No peca más la que me arruina.

»¿Querrás tal vez el título de amable
Ganar entre las damas abogando
Por la ramera inmunda y despreciable?

»Y con la vieja infame que el nefando
Lenocinio ejercita ¿por ventura
Serás también caritativo y blando?

»No fuera tal del hombre la locura
Si mercenaria la mujer no fuera.
Más bendiciones echaría el cura.

»Cierto que mueve a lástima Glicera
Linda y graciosa, sin hallar marido,
Consumir su galana primavera;

»Mas ¿qué mucho si un joven aturdido
A la adusta Glicera recatada
La fácil Araminta ha preferido?

»¿Quién no coge la poma sazonada
De rama dócil que su mano toca
Mejor que de alta copa enmarañada?

»¿Qué marinero con audacia loca
Cuando le brinda la amigable arena
Se va a estrellar en la erizada roca?

»¿Quién si la rubia miel puede sin pena
Gustar en libre mesa, quién la busca
expensas de algún ojo en la colmena?

»¡Vate mordaz! ¿Qué vértigo te ofusca?
Contra tu mismo sexo ¿quién te mueve
A escribir una sátira tan brusca?

»Eso faltaba a la Mujer aleve
Para colmar su orgullo. ¡Ah! quien la apoya
Caiga en sus lazos; sus engaños pruebe.

»Acuérdate de Elena. ¡Linda joya!
Ella fue de su patria horror y estrago;
Ella ardió los alcázares de Troya.

»Fíate, necio, de amoroso halago;
Patrocina y elogia a las mujeres;
Temprano o tarde te darán el pago.

»Dones lleva a la diosa de Citeres;
Leda con una mano los recibe,
Y con otra envenena tus placeres.

»¡Dichoso quien a tiempo se apercibe
Contra el sexo falaz y más dichoso
Quien sin amor y sin mujeres vive!»

¿Has dicho? Óyeme ahora; que celoso
A mi defensa vuelvo y a mi ataque,
Homenaje debido al sexo hermoso.

Quizá ya el triunfo cantarás muy jaque;
Mas basta a evaporar tu vanagloria,
No digo yo, cualquiera badulaque.

¿Qué vale recordar la añeja historia
De la hermosa Tindárida funesta?
Sólo pruebas con eso tu memoria.

Citar mujeres mil poco me cuesta
De castidad y de valor modelo;
Mas no es del caso erudición molesta.

Ni cubre mi razón tan denso velo
Que a todas las disculpe. ¡A buen seguro!
Muchas son el oprobio de su suelo.

Mas para alguna que rompiendo el muro
De la austera opinión al torpe crimen
Guiar se deje por conato impuro,

¡Cuántas el hambre déspota redimen
Con su indefenso honor! ¡Cuántas, ay! Cuántas
de artera seducción víctimas gimen!

Censor injusto que de ver te espantas
De Isaura la flaqueza, ¿acaso ignoras
Que el lloro de Damón bañó sus plantas?

Las palabras recuerda engañadoras
Que insidiaron su cándida inocencia,
Las elocuentes cartas seductoras.

Viérasle de su amor en la demencia
Jurar por el divino firmamento
Consagrarla por siempre su existencia.

Viérasle cuán solícito y atento
Sus más leves caprichos prevenía,
Y así velaba su traidor intento,

Y gimiendo a su lado noche y día
Cuán rendido ensalzaba su hermosura,
Su ingenio, su donaire y bizarría.

Así entre gayas flores y verdura
Se oculta el áspid y en manjar sabroso
La ponzoña vertió mano perjura.

No de otra forma el piélago espumoso
Con mansas olas el fatal bajío
Al marinero cubre cauteloso.

¡Ah! ¿Qué no inventa el corruptor impío
Hasta que el triunfo bárbaro asegura,
Que olvida luego con cruel desvío?

Ora baña su rostro de dulzura,
Diestro camaleón; ora abismado
En el dolor lo finge y la amargura.

Viérasle, en fin ante el objeto amado
Con mentido furor el hierro agudo
Convertir a su seno depravado.

Débil Mujer, en el combate rudo
Do a par de la natura el hombre lidia,
¿Qué Palas te defiende con su escudo?

Nutrida en la ignorancia, en la desidia,
Y tierna más que el Hombre y amorosa,
¿No ha de vencer del Hombre la perfidia?

Así en torpe ramera escandalosa
La seducción convierte a quien sin ella
Tierna madre sería y fiel esposa.

Así, Clori infeliz, tu frente bella
Do celestial pudor resplandecía
Marchita el vicio y la ignominia sella.

Aquella que en inmunda mercancía
Torna el amor, decrépita rufiana,
Aún llora de un amante la falsía.

Nunca la hubieran en su edad lozana
Con pérfidas lisonjas seducido;
Y ahora sería respetable anciana.

¡Ay! después que una mísera ha perdido
La buena fama, su mayor tesoro,
¿Qué asombro si el pudor lanza al olvido?

Sin apiadarse de su ardiente lloro
Hoy lenguaz la deshonra el embustero
Que ayer la repetía: yo te adoro.

«De la virtud, respondes, al sendero
Puede tornar. Si el Hombre se lo niega,
Dios le dará el perdón, menos severo.»

¡Saludable moral más que a la vega
El fecundo rocío!, aunque en la boca
De un botarate lúbrico no pega.

Mas tu ejemplo al desorden la provoca.
¿Y por qué llamas hoy crimen horrible
Lo que llamaste ayer una bicoca?

La que ayer, a tus lágrimas sensible,
De gracia fue raudal y de delicias
¿Infame ha de ser hoy y aborrecible?

Hoy no vendiera Lola sus caricias
Si no la despreciase el insolente,
Que robó a su hermosura las primicias.

Y no es menos ludibrio de la gente
La que al vicio aprendido se abandona
Que aquella que lo llora y se arrepiente.

¿Qué digo? Despreciada se arrincona
La que siente pesar de su flaqueza,
A la relapsa la opulencia abona.

Perdió a Dorila su gentil belleza.
Pues otro bien no tiene, ¿será extraño
Que con ella conjure la pobreza?

Ya me replicas tétrico y huraño
Que eso de traficar con la hermosura
Causa a la sociedad inmenso daño.

Sí; mas viviendo mísera y oscura
¿Por qué a la sociedad ser inmolada,
Que la arroja de sí como basura?

Ni premio espera la mujer honrada,
Que entre los hombres vive como ilota,
Ni socorro y piedad la descarriada.

A tu lengua mordaz el filo embota,
Pues, si no seductor, cómplice fuiste,
Y no la imprimas indeleble nota.

El poder con que el hado te reviste
Templa tú con la plácida indulgencia;
Y harto será si tu poder resiste.

Si el saber y el valor fueron tu herencia,
De la Mujer son dotes la ternura,
El candor, la piedad y la paciencia.

No ve el rostro a la negra desventura
El que de una mujer amado vive
Que de sus males temple la amargura.

La Mujer en su seno te recibe,
Y a tu labio infantil el pecho ofrece
Do el almo néctar sin descanso libe.

No la aurora tan próvida amanece,
No a serenar el hórrido nublado
Tan halagüeño el iris aparece,

Cual su labio amoroso y regalado
Sonriendo saluda al caro dueño
Cuando a sus lares torna fatigado.

Ella, a olvidar el enconado ceño
De su estrella enemiga, le previene
La limpia mesa y el tranquilo sueño.

El cielo dio a su acento que resuene
Grato y consolador, y que a tu ira,
Hombre feroz, los ímpetus enfrene.

La Mujer con el mísero suspira,
Y mano tiende al pobre bienhechora
Como el Hombre impasible la retira.

Su mirar enternece y enamora,
Y su sonrisa el alma lisonjea
Como las auras al dosel de Flora.

Mientras el Hombre bárbaro pelea;
Mientras de acero la discordia insana
Arma su diestra o de encendida tea;

Sobria, dulce, benéfica y humana,
Paz amorosa la Mujer ansía,
Fuente de dichas que incesante mana.

Y en los altares fervorosa y pía,
Cuando el Hombre los huye pervertido,
Preces al Alto por el Hombre envía.

Ni, bien que débil gima y abatido,
Al eco de la patria, de la gloria
El sexo del amor cierra su oído.

¡Cuántas ganaron inmortal memoria
En los campos de Marte y a su frente
Ciñeron el laurel de la victoria!

Ni labio luminoso y elocuente
A la Mujer negó Naturaleza,
Y claro ingenio y fantasía ardiente.

No es patrimonio suyo la rudeza,
Como pretende el Hombre; que el talento
Bien se sabe hermanar con la belleza.

Mas no ya a la Mujer como portento
De gracia y de virtud el Hombre estime:
Sólo su compasión mover intento.

Duélete, sí, de la Mujer que gime,
Por nacer menos fuerte, condenada
A adular al tirano que la oprime.

Aún por el mismo amor atormentada,
En tutela infeliz desde la cuna
Vivir la mira hasta la tumba helada;

Y en soledad austera la importuna
Existencia arrastrar; y al hombre avaro
Los favores ceder de la fortuna.

Cual rota nave, si luciente faro
El puerto no le enseña en noche umbrosa,
La cuitada perece sin tu amparo.

Contempla que madrastra rigorosa
Le envía en cada gozo mil dolores
Natura, para ti madre amorosa.

Contempla en fin los negros sinsabores
Que por tu causa sin cesar padece,
Y si la has de ultrajar no la enamores.

Basta; que ya mi sátira te escuece.
Si en vano corregirte me prometo,
Confiésame a lo menos que merece
Más amor la Mujer y más respeto.

– IV –

El carnaval

Hic summa est insania.
Horacio.

Callad, no me sopléis, diosas del Pindo,
Y tú, crinado Apolo, aparta a un lado,
Que hoy de tu numen délfico prescindo.

A ti, Momo procaz y descarado,
A ti te invoco, mofador eterno,
Ya del estro satírico impulsado.

Tu influjo, con permiso del gobierno,
A mí descienda, y reirán los hombres,
Y reirá Caronte en el Averno.

Y tú, lector benigno, no te asombres
Si a las nueve doncellas no demando
Inmortales proezas y altos nombres;

Que ni es este su siglo, ni en su bando
Me acogerán los Píndaros; que el búho
Mal con los cisnes brillará cantando.

Ingenuo en lo que valgo me valúo,
Y no soy como Clori la italiana,
Que exige pesos mil por cada dúo.

No, hinchando mi pellejo cual la rana
Que reventó de orgullo, hasta las nubes
Alzar pretendo yo la frente vana.

Tú, que al Olimpo sin escala subes,
Allá pulsa mi lira, Fabio mío,
Y dancen en tu torno los querubes.

De ti, de tu sublime desvarío,
Y del humano género demente,
Y de mí, de mí propio yo me río.

¿Y por qué no reír? ¿Soy yo intendente?
¿Soy padre provincial? ¿Soy covachuelo?
¿Quién me obliga a fruncir la adusta frente?

Quien no espera una toga, ni un capelo,
Ni cruzarse del santo Hermenegildo,
Siquiera de reír tenga el consuelo.

Respeto a quien me manda, y no le tildo;
Sus timbres, su decoro, su importancia
Por mí no ha de perder ningún cabildo;

A nadie ofendo yo. Pues, pesia Francia,
¿Por qué no he de reír, si a la chacota
Me provoca doquier la extravagancia?

Mas no te admires, no, si alguna gota
Mezclo de amarga tuera con la risa
Que me respinga ya naturalota.

¿Oís? Ya, maldiciendo al que le pisa,
Petardos vende el ciego por la plaza,
Y petardos el dengue de Melisa.

Ya la pueril caterva se solaza
Prendiendo al elegante remilgado
Sobre el rico sedan hedionda maza.

¡Oh Carnaval risueño y anhelado!
Haciendo gala ya del sambenito,
El pueblo te saluda alborozado.

¡Ya, abusando del público apetito,
Esta es la mía!, dice el pastelero,
Y el hojaldre encarece y el cabrito.

Ya la manola con procaz salero
Cantando al son de ronca pandereta
Alborotado tiene el barrio entero.

Ya al avaro, ignorante de la treta,
Cabe el umbral de alegre barbería
Escarmienta clavada la peseta.

Ya, cuando el manto de la noche fría
Al mundo vela, en lúbrica algazara
Madrid aguarda el presuroso día.

¡Filósofos! Mirad. ¿Quién lo pensara!
Rubias, cetrinas, espantosas, bellas…
Ya no hay mujer contenta con su cara.

¡Filósofos! Reíd. Veinte doncellas,
Modelos de beldad, Fileno esquiva,
Y de vieja salaz sigue las huellas;

Vieja salaz, que un soplo la derriba,
Y aun en el pecho siente, a par del asma,
De ridículo amor la llama activa.

¡Huye a rezar, escuálida fantasma!
¡Huye, y sumida en olvidado lecho
Ponte la consabida cataplasma!

¿Veis aquel que tan vano y satisfecho
Arrastra en el salón purpúreo manto?
Pues no tiene ni viña ni barbecho.

¿Veis aquel otro que se engríe tanto
Porque ostenta una toga? Ayer me dijo:
¡Qué morazo sería aquel Lepanto!

Necio y sabio, la corte y el cortijo…;
Todo se amasa aquí. Cada viviente
Es una farsa andando, un acertijo.

Ya el guirigay resuena impertinente.
¿Y cómo no reír cuando a un becerro
Oigo charlar en tiple aunque reviente?

¿Y cómo no reír cuando por yerro
Se ciñe diplomática venera
Quien debiera llevar rudo cencerro?

Ved. En vano Damón busca a Glicera,
Y en tanto un licencioso mancebillo
De su mórbido talle se apodera.

¿Y quién se guarda del osado pillo?
¿Y quién le acusa, quién, si cada bulto
Puede apenas pisar medio ladrillo?

¡Qué bulla! ¡Qué sudar! Acá un singulto;
Allí se escucha un ¡ay, que me sofoco!
Allá de un pisotón nace un insulto;

Otro acullá da vueltas como loco;
Otro, creyendo oír plática tierna,
Oye tal vez rabaneril descoco;

Más allá con las náyades alterna
En muelle danza un sátiro nefando
Que cinco lustro s mueve en cada pierna.

No allí de puro amor el eco blando;
Que el metro de Reaumur sube con furia.
¿Dónde es ido el rubor? Es contrabando.

Ya al oído más casto no es injuria
Torpe solicitud. Ya su veneno
No reboza galante la lujuria.

¡Oh cuadro escandaloso! Mal enfreno
Mi horror al contemplarte y mi quebranto;
Que cristiano soy yo, no sarraceno.

No llega, oh Momo, mi locura a tanto
Que a carcajadas sin pudor me ría
Cuando debo anegarme en triste llanto.

Ya opresa de dolor el alma mía…
Mas ¡llorar un satírico poeta!…
¡Y en Carnaval!… No, no. ¿Qué se diría?

«¿Eres tú, me dirán, anacoreta?
¿Tendrás más juicio tú, que nos reprendes,
Si el dominó te cubre y la careta?

»¿Acaso el mundo reformar pretendes?
¿No ha de otorgarse al pueblo algún recreo?
¡También contra las máscaras la emprendes!»

Basta, no me creáis; que me chanceo.
Torno a reír, y el dominó me pongo,
Y en bacanal festín me regodeo.

¿Yo llorar? Solitaria como el hongo.
Llore la fea que el cartón desata,
Al componerse incauta su zorongo.

El necio llore que gastó su plata,
Y acudiendo a la cita de una Elena,
Topa una bruja legañosa y chata.

Llore aquel que su capa, mala o buena,
Pierde en la confusión; y más si en tanto
Goloso Micifuz traga su cena.

Llore a lágrima viva don Crisanto,
Que buscando un amor pesca una fiebre,
Y su viaje apresura al camposanto.

Llore y alfalfa coma en un pesebre
Aquel que por bailar una galopa
Deja que otro galán cace su liebre.

Llore el que gasta miles en su ropa,
Y un clavo se la rasga, o vierte en ella
Beodo bailarín la henchida copa.

Llore y maldiga su menguada estrella
El que se ve de un fatuo perseguido,
Que le soba, y le tunde, y le atropella.

Llore y se ahorque el mísero marido
Que de la mano lleva a su consorte
Donde la espera incógnito el querido.

Llore y escarnio sea de la Corte
El que en la fe descansa de su novia
A quien de micos sitia una cohorte.

«Que se divierta. Es fiel. Si uno la agobia…»
¡Bien! Serás venturoso en tu himeneo
Como yo soy obispo de Segovia.

¿Qué mucho, si en tan cínico bureo
Tal vez sucumbe Porcia, y Artemisa
Afrenta a su llorado Mausoleo?

Amor en Carnaval anda de prisa.
¿Veis? Por allá desfila una pareja.
¿Dónde van? ¿Qué sé yo?… No irán a misa.

Allá sueña placeres una vieja,
Y a su hija entre tanto un mozalbete
Placeres no soñados aconseja.

«¡Clara!… Lléveme usted al gabinete.
Allí estaba bailando la mazurca…
No la veo. ¡Ay Jesús! ¿Dónde se mete?

»¡Clarita! Y yo que estoy hecha una urca,
¿Cómo pasar?… ¡Dios mío, qué empellones!…
Quien sepa el paradero de una turca…»

«¡Eh! ¡Que deshace usted los rigodones!»
«¡Clara!…» ¡Sí, buenas noches! Ya está Clara
Donde no la hallarás ni con hurones.

Llore el que paga triple en cada vara
La tela que en egipcio le convierte
A un mercader ladrón, que no es Guevara.

Llore el menguado cuya dura suerte
A escuchar le conduce un desengaño,
Y le dicen después que se divierta.

Mas ¿qué digo llorar? Aun en su daño
Todo prójimo ria y se alboroce;
Que no hay dos Carnavales en el año.

Y en buen hora Semíramis retoce,
Y con Dido Temístocles meriende,
Y baile Jezabel con Carlos Doce.

Y aquí y allá Cupido como duende
Gire triunfante, sin cuidarse un punto
De si Holanda sucumbe o se defiende;

Que también de la guerra es un trasunto
Danza de Carnaval, por más que en ella
Pocas damas imiten a Sagunto.

Y si teme la púdica doncella
Que audaz alguna diestra la analice,
No al baile tentador lleve su huella.

Y con tu prenda en tálamo felice
Duerme y ronca, oh marido, si la danza
Funesta cefalalgia te predice.

Haya broma, haya júbilo, haya holganza.
Alégrese Madrid: puto el postrero;
Que ya el terrible Miércoles avanza.

Jóvenes, vaya todo al retortero.
Descolgad las cortinas de damasco,
O víctimas seréis de algún prendero.

«¿Dónde está mi broquel? ¿Dónde mi casco?»
Se lo llevó Fabián el meritorio.
«¿Y qué me pongo yo? ¡Vaya, que es chasco!»

«Venga usted a ayudarme, don Liborio;
Que no sé yo ponerme los gregüescos.
Acuda usted… ¡Jesús, qué purgatorio!»

«¿Y usted no tiene traje? ¡Estamos frescos!
Vamos, póngase usted esa chamberga,
Que un día espanto fue de los tudescos.

«Tú en esa funda de colchón te alberga;
Tú ponte el casacón de la otra noche,
Y tú el refajo y el jubón de jerga.»

«¿Estamos todos?» «¡Ay! Me falta un broche. –
¡Mi careta! -¡Mi liga! -¡Oh pierna…! -Vaya,
No mire usted, don Blas. -¡El coche! ¡El coche!»

¡Oh bien haya mil veces, oh bien haya,
Farsante Carnaval, tu amable caos
Que previene al placer tan ancha playa!

Niñas, de la estación aprovechaos.
¡Buen ánimo, donceles!, ¡arma!, ¡guerra!;
Que gran cosecha habrá de Menelaos.

Si llora algún Heráclito y se emperra,
Ya veréis como a sátiras le hundo
Y le diré: no hay santos en mi tierra.

Ayer cierto doctor, hombre profundo,
Con tétrico semblante me decía:
«Perpetuo Carnaval es este mundo.

»Tal vez a la infernal hipocresía
De la piedad cobija el sacro velo,
Y en la humildad se esconde la osadía.

»Máscara de amistad viste Juanelo,
Que hoy te acaricia, y forjará mañana
Contra tu honor anónimo libelo.

»Tal vez entre la turba cortesana
Fidelidad parece la lisonja,
Y celo ardiente la calumnia insana.

»Aquel que siente escrúpulos de monja
Si por la puerta pasa del teatro,
Es de los hijos pródigos esponja.

»Don Luis, que dice a Laura: te idolatro,
Es máscara también; que su falsía
Anda a caza de tres y engaña a cuatro.

»Y mujeres sin fin te nombraría
Que, con ungüentos que inventó una bruja,
Estrenan una cara cada día.

»Juan, que andaba no ha mucho a la granuja,
De noble patriotismo se disfraza,
Y es del erario público sanguja.

»Máscara lleva aquel que de su raza
La nobleza desmiente, y en su mano
No sentaría mal una almohaza.

»Y máscara también el publicano
Que con plumas de cándida paloma
Garras esconde de rapaz milano.

»Y es máscara falaz el suave aroma
Que compra a Petibón aquel mancebo,
Ciudadano asqueroso de Sodoma.

»Y aquel… Mas callo ya; que me conmuevo,
Y me ciega el furor, y en esta era
A predicar verdades no me atrevo.»

Dijo el doctor, y echó por la otra acera;
Y me guardó las vueltas; y con maña
En un burdel entró. ¿Quién lo creyera!…
Muchos doctores hay de esta calaña.

– VII –

Epístola moral sobre las costumbres del siglo

A mi querido amigo
El excelentísimo señor don Ventura de la Vega.

¡Oh siglo del vapor y del buen tono!
¡Oh venturoso siglo diecinueve…
O, para hablar mejor, decimonono!

Si alguna pluma cáustica se atreve
A negar tus virtudes y tu gloria,
Yo la declaro pérfida y aleve.

¿Cuándo ha visto en sus páginas la historia,
Sea en la antigua edad, sea en la media,
Tantas acciones dignas de memoria?

¡Y qué saber! Si Dios no lo remedia,
Tendrá cada varón dentro de poco
Montada en su nariz la enciclopedia.

Mozuelo a quien ayer hacía el coco
Bestial pasiega, y sin ajeno auxilio
Ni andar podía ni limpiarse el moco,

Hoy desafía a Homero y a Virgilio,
O con él comparado, si gobierna,
Era un mal aprendiz Numa Pompilio.

Hay quien echa a Demóstenes la pierna
De la elocuencia gárrula prendado
Que aprendió en los cafés… o en la taberna.

A otro basta nombrarle diputado,
Aunque su nulidad sea notoria,
Para que él se repute hombre de estado.

Hasta un pinche que en docta pepitoria
Perdices o besugos condimenta,
De sabio alcanza ya la ejecutoria;

Que si a la parca víctimas aumenta
La ciencia culinar, sabrosa muerte
Es morir con su sal y su pimienta.

Escribir y crear es nuestro fuerte,
No hay poste ya sin cartelón impreso,
Ni prensa ociosa, ni punzón inerte.

¡Así se compran páginas al peso,
Pagando medio duro por arroba,
Para envolver los dátiles y el queso!

Uno invoca a las brujas en su trova;
Otro sigue a Aristóteles y a Horacio;
Otro pinta a los héroes con joroba;

Aquel pulsa la lira en un palacio;
Aquel otro rasgando la bandurria
Muestra en un bodegón su cartapacio.

Ya nos posea el júbilo o la murria,
A todos nos ataca esa manía,
Esa especie de métrica estangurria,

Y lo mismo en la dulce poesía
Que en moral, en política, en hacienda,
Nuestro estado normal es la anarquía.

«El genio por doquier se abre una senda.»
Asentada esta máxima, ¿qué importa
Que ya ningún cristiano nos entienda?

Así también la muchedumbre absorta
Sus goces multiplica intelectuales
Con tantas coplas como España aborta.

Así quizá en los públicos corrales
Involuntaria risa nos asedia
Cuando ejecutan dramas sepulcrales,

Y hoy que tanto se ríe en la tragedia
No es maravilla si se queja alguno
De que le hagan reír en la comedia.

Mas dejando en su tema a cada uno,
Hugos y Tasos, Góngoras y Ovidios,
Decidme, y perdonad si os importuno;

¿Cuándo persas, ni sármatas, ni lidios
Hilaron tanto y tan delgado en esto
De acumular gabelas y subsidios?

Ello es verdad que con amargo gesto
Suspiran más de dos por un sistema
Que a lo justo reduzca el presupuesto.

Ello es verdad que rústico anatema
Fulmina audaz contra el avaro fisco
El pobre ganapán que caya o rema,

Y cuando alza el orgullo un obelisco
Exclama en su dolor: ¡yo lo he pagado
Con la postrer oveja de mi aprisco!

Mas ¿quién es un pechero mal criado
Para meter impertinente el cuezo
En el Sancta Sanctórum del Estado?

Humille al suave yugo su pescuezo,
Y al sueño lo atribuya buenamente80
Cuando el hambre le arranque algún bostezo.

Pues ¡no faltaba más!; ¡que un insolente
Su bienestar prefiera…, verbigracia,
A las arduas cuestiones del Oriente!

Harto tiene que hacer la diplomacia
Si ha de avenir con el bajá del Nilo
A un tal Abdul Mejid, sultán de Tracia.

¡Es grave la cuestión! Pende de un hilo
Si ha de ser del vecino, o tuya, o mía
La pesca del caimán y el cocodrilo.

Arreglemos primero a la Turquía,
No sea que del uno al otro polo
Arda la guerra asoladora, impía.

A bien que Metternich se pinta solo,
Y Palmerston es hombre que lo entiende
Para eso de enjergar un protocolo,

Y después que conjuren aquel duende
Y al bajá y al sultán protocolicen,
Protocolizarán a los de aquende.

¡Oh! mármoles y bronces eternicen
Al que inventó tan linda panacea,
Aunque algunos ingratos la maldicen.

Lo que antes en diez años de pelea,
En un par de semanas hoy se ajusta
Con polvos y papel, tinta y oblea.

Otorga el flaco lo que al fuerte gusta;
La guerra es ya de pura ceremonia,
Y aunque truene el cañón nadie se asusta.

Venga, dice el inglés, esa colonia,
Y el prusiano y el ruso y el austríaco
Se reparten el reino de Polonia.

Si esto no agrada al infeliz polaco,
¡Paciencia! Era mal clima la Siberia:
Mejor campa en el Vístula el cosaco.

Así en el archipiélago se feria
A Otón un cetro, y a Coburgo en Flandes;
Así muere absoluto el rey de Iberia,

Y en su cartera así los hombres grandes
Del universo encierran el destino
Desde el hercúleo mar hasta los Andes.

Acaso algún espíritu mohíno
Más daño que a la pólvora y al hierro
Atribuya al papel y al pergamino.

Si al fin, dirá, la albarda y el cencerro
Ha de imponer al débil el potente,
Si le han de dar al cabo pan de perro,

Más vale pelear como valiente
Y a lo menos salvar la negra honrilla,
Como dijo aquel príncipe excelente.

¡Grosero error! Doblemos la rodilla,
¡Oh santo Protocolo, en tus altares.
¡Vítor!… Eres la octava maravilla.

Y no porque a los bélicos azares
Sucedan los primores de la pluma,
Faltan héroes. Nos sobran a millares.

De tal renombre la grandeza suma
Apenas se otorgaba en otra era
Al audaz vencedor de Moctezuma.

Hoy lo arreglamos ya de otra manera;
Proclamas y periódicos sin cuento
Conceden ese título a cualquiera.

¿Y qué diré, oh Ventura; (que el momento
Ya llegó de nombrar el ciudadano
A quien mi carta dirigir intento)

¿Qué diré del prodigio sobrehumano
De valer hoy millones los billetes
Que ayer menospreció todo cristiano?

Ve a la Bolsa y, sin miedo a los corchetes,
Verás improvisar su bienandanza
A quien sabe mover los cubiletes.

¡Doloso cebo al necio Sanchopanza
A quien sepulta en súbito naufragio
Viento falaz que le auguró bonanza!

¡Maldito sea, exclamarás, el agio,
Peste de las modernas sociedades,
Más fiera que el bubón en su contagio!

¡Dichosas las pretéritas edades
Do fue desconocido! ¡A buen seguro
Que lo sufrieran Jerjes ni Milciades!

Mas ¿qué hicieras, replico, en el apuro
De ser ministro, di, y en el erario
No hallar para un remedio un peso duro?

¡Oh! No cabe sistema tributario
Que iguale ni con mucho al arte eximia
Que convierte el papel en numerario.

¿Y cómo reprobar la nueva alquimia
Cuando con ella el alto financiero
Si no salva al estado… lo vendimia?

¿Y qué importa que gima el pueblo entero
Mientras jugando al alza y a la baja
La bursátil legión nada en dinero!

Que no a todos es dable la ventaja
De comprar al futuro y al contado
Sin un real en la bolsa ni en la caja.

Al bolsista chambón, desventurado,
Que, paga una primada en cada prima
¿Quién le manda meterse en tal fregado?

Pero aunque esta verdad nos cause grima,
El maldito interés es una plaga
Que nunca el hombre se echará de encima.

Yo mismo, mal coplero que, a la zaga
Del Venusino que ilustraba al Lacio
En dulce son que persuadiendo halaga;

Yo que, imperito imitador reacio
De Rioja insigne, cuya docta pluma
Dio a la hispana región segundo Horacio,

Oso epistolizar (¡audacia suma!)
Y en vano forcejeo con la carga
Que ya mis hombros frágiles abruma,

Cuando escribo estos versos de botarga,
Y con algo de miel los elaboro;
Que a secas la verdad es muy amarga,

No de gloria fugaz al almo coro
Demando la merced: sólo me impulsa
La golosina de la Rosa de oro:

Y aunque peque mi sátira de insulsa,
Me quedaré más frío que la nieve
Si el adusto areópago me repulsa.

Mas, por si tal ocurre, quiero en breve
Dar a mi carta fin; que es ya prolija
Y tal vez hoy se lean ocho o nueve.

Así, aunque mucho queda en la valija,
Adiós, Ventura amable; siempre tuyo,
Como sabes… et caetera…, y concluyo
Antes que el auditorio me lo exija.

Voy a hablarle ingenuamente:
su soneto, don Gonzalo,
si es el primero es muy malo;
si es el último excelente.
Manuel Bretón de los Herreros

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