ÁNGELES DEL OLVIDO

»El Poeta sugerido: Mercedes Escolano

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Ángeles, tu nombre es Ángeles. Y yo sé
que entre matorros de tristeza estás cosida,
que la oleada de esa mar embravecida
en tu morada ha sumergido y no hay por qué.

Tu no sabes a donde vas, si a la deriva,
si a trompicones, pirueteando o al traspiés,
tu mirada ya no mira, anda ahí perdida,
y has olvidado qué es la cara y el revés.

Tú, Ángeles, ya no eres tú mas tu no lo sabes
pues la niebla un día traicionera te marcó,
poquito a poco fue invadiendo tu vereda.

Disimulando se ha colado en tus derrabes*,
tan traicionera que en tu mente se aparcó
y matándola, asesinó tu primavera.
©donaciano bueno

La memoria, tan denostada, ay de ti cuando te falta? Clic para tuitear

No me pidas que recuerde
No intentes hacerme entender
Déjame descansar y saber que estás conmigo
Bésame en la mejilla y cógeme de la mano
(anónimo inglés)

La poesía es un refugio para los enfermos de Alzheimer. La melodía y el ritmo de versos conocidos logra llamar a la puerta de la memoria, sirve de “detonante que activa” la palabra y los recuerdos. (*) Derrabe: derrumbamiento en lo hondo de una mina.

POETA SUGERIDO: Mercedes Escolano

Mercedes Escolano

Canción de arcilla

Mi cuerpo está hecho de ríos.
Tiene las curvas
del caudal de tus manos
de agua;
las huellas que tú has ido labrando
con tu paso.
Y en mis márgenes de espuma
crece el romero
y la salicaria.
Has ido tendiendo puentes
sobre mi espuma
y turbulencia,
sobre el mágico misterio de sentirse río
latente.

Me has amasado con el barro de la orilla,
pequeño alfarero,
con tus grandes manos tiernas.
Por mis ojos de vasija
mana toda la luz
del agua.

Patio

El patio y
la cancela de mi infancia
(hierro blanco desnudo
de cristales)
pertenecen a la casa
del pasado:
aquella a la que no he de volver.
Con sed
se incrustan hacia el mármol los aljibes
manteniendo celosamente su secreto.
Los arabescos
caen rodando
por la escalera.
Quizá
aquel par de
bancos
siga
día a día
desgañitándose.
De Marejada

Viejos amigos

Estaban en los bares
felices, sin titubeos,
lengua y pulso inquietos,
y exprimían la pulpa de la noche
en desorden y risas.
A su lado, yo era un tipo infeliz,
uno de ésos que se apoya en la barra
y mira —sobre todo mira—
y no suelta la copa por miedo
a sentirme aún más solo, inseguro y desnudo.
Entraban en mi vida
los viernes por la noche.
Durante dos o tres horas
mi corazón temblaba.
Cuántas veces soñé acercarme a la mesa
donde vida y acción se daban la mano
y simplemente decir, a modo de saludo,
“siento llegar tarde”.
A lo sumo llegaba a beber, desde lejos,
el mismo alcohol que ellos bebían
y muy tade, ya de retirada,
acompañaba uno a uno a casa
como viejos amigos.

Un invierno en Lisboa

Una ciudad bajo un sol tibio de invierno
con calles bajando en desorden hacia un río,
chimeneas de carbón en un cielo manchado,
tabernas en penumbra, casi en silencio.
La vida entra a traición, por el costado,
y atraca como un barco más al puerto.
De dónde viene, adónde va, qué importa.
Una ciudad sin prisas, donde el tiempo,
se mide por cafés, a breves sorbos.
Cuando cae la noche, y la humedad con ella,
todas las calles conducen al cielo
y el río se abre como un peine.

Conversación de rutina

La vida tiene un precio aquí en Lisboa.
Miserable si quieres, pero dulce.
No podía ser otra la rutina,
el tono melancólico
que va adquiriendo la tarde.
Dentro de un tiempo, recordarás, extraño,
estos días de calma y paciencia.
El miedo a estar solo por las calles
sin tabaco, sin rumbo, sin dinero.
Amores que la ciudad te ofrece,
mañana tendrán un aire distinto,
más herido e inútil, más sincero.
Ondulante, este tranvía conduce al río.
Allí nadie te espera ni despide.
Te pones a mirar los barcos
y los ojos te delantan como niños.

F.P.

Fernando Pessoa, miope, dibujado a dos tintas
en el billete arrugado con que compro la prensa.
Cien escudos su alma,
no más que cien escudos, lo justo
para un café y un bollo,
algunos cigarrillos o un billete de eléctrico.

Fernando Pessoa, sé que sonríes
cuando saco tu billete y lo beso
como novia que despide a su amado.Tu cabeza vale hoy cien escudos
y mañana quién sabe.
Todos los poetas debieran nacer en Wall Stret,
ser moneda fuerte en el mercado bursàtil.

De nuevo he traicionado tu amor.
Te he vendido como un judas cualquiera
por un café caliente. Esta tarde
besé tu nejilla
antes de darte al enemigo.
De La casa amarilla
Lisboa, 1990

No amarás

Una mujer camina por la orilla
y el agua va lamiendo sus piernas.

Tan linda, tan menuda,
como una caracola indisoluble.

Aquel cuerpo fue mío —ella lo quiso—
pero hoy es del agua.

El viento del Este está arrastrando
un polvillo dorado hasta las olas.

Sin prisas, empuja los minúsculos
granos que en siglos fue limando.

tan sola, tan absorta,
en su inmenso reloj de arena.

Su cabello se agita acompasado
iual que un ramo de algas.

Sus manos delgadas me devuelven
un derroche fatal de ternura.

Tanta melancolía me invade de pronto
que aparto la vista y tiemblo.

Su ayer se me dibuja intacto,
más nítido, si cabe, que el presente.

Negando que la amaba
he vivido prendado largos años de ella.

¿Qué será de mí, ahora que tengo
toda la sal del mar en la garganta

y estos celos terribles de que el agua
me la robe por siempre?

De La condición humana
Cádiz, 1997-2000
Del libro No amarás
Ed. Diputación Cádiz, 2001

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