CUANDO AMAINE LA TORMENTA

»Mi Poeta aquí sugerido: Clemente Althaus

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El día en que ya amaine la tormenta
saldremos nuevamente a pasear
al lado de la playa, junto al mar,
sin miedo a ver si el cielo se presenta
con ansias de matar.

Iremos al que fue nuestro lugar
allí donde pasamos tantas horas
mirando a los veleros navegar,
tomando un refrigerio en nuestro bar
ausentes de demoras.

Veremos el reflujo de las olas
sentados, y abrazados, en la arena,
mirando como el agua se serena,
soñando que es un campo de amapolas
que calma nuestra pena.

Haciendo una plegaria a la esperanza
de un tiempo que pasó y hoy sin futuro,
cual fruto que de un árbol cae maduro
y arrastra su pesar con la añoranza
de un cielo más seguro.

Cogidos, como siempre de la mano,
sanando al caminar nuestras heridas,
haremos de las idas y venidas
motivos para amarnos, más cercano,
sin miedos a embestidas.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Clemente Althaus

Clemente Althaus

A una ciega

¡Cómo hasta el alma me llega
mirar el llanto tenaz
con que tu pupila ciega
silenciosamente riega
lo marchito de tu faz!
Para la vista y el llanto,
mezclando el mal con el bien,
ojos nos dio el cielo santo:
mas ¡ay! tus ojos no ven,
¡ellos que lloraron tanto!
Fuentes de mar encendido,
muertos a luz y color,
vanos son para el sentido;
sólo sirven al dolor
que puso en ellos su nido.
Despertando a la natura,
en vano el brillante día
sucede a la noche oscura:
para ti, muy más sombría,
noche sempiterna dura.
¡Qué de gozos tienes menos
y que de bellezas pierdes!
Cielos limpios y serenos,
frescos valles, campos verdes,
y prados de flores llenos.
¿Cómo será que concibas
lo que son excelsos montes,
aguas bullentes y vivas,
infinitos horizontes
y lejanas perspectivas?
¡Infeliz, que el elocuente
rostro humano no conoces,
y hablar no ves juntamente
la faz de aquel cuyas voces
tu oído entre sombras siente!
En vano la creación
allá en lo alto y a tus plantas
ostenta su perfección:
para ti bellezas tantas
como si no fueran son.
Para tu muerta mirada
que nunca la luz alegra
la creación enlutada
es una página negra
del gran libro de la Nada.
Mas, si a tus ojos faltar
pudo el oficio de ver,
¡con cuánto exceso el pesar
cumplir les hizo el deber
y el oficio de llorar!
Para la vista y el llanto,
mezclando el mal con el bien,
ojos nos dio el cielo santo:
mas ¡ay! tus ojos no ven,
ellos que lloraron tanto!

A una señora

Mudanza tú no conoces,
joven siempre y siempre bella;
ni en ti la más leve huella
dejan los años veloces.
Como en mi infancia la vi,
contemplo tu beldad hoy,
cuando del tiempo ya estoy
mostrando la injuria en mí,
Que de beldad tan divina
aún el Tiempo se prendó,
y dijo: «No quiero yo
causar tu lenta rüina.
Condena la cruda suerte
todo lo que tiene ser
a que sienta mi poder
primero que el de la muerte.
Mas mi saña te perdona;
sólo en ti no la ejecuto,
y te eximo del tributo
que se debe mi corona.
que venga la muerte dura
y fin a tu vida dé;
mas yo te respetaré,
¡Oh milagrosa hermosura!»

A una señorita bellísima

Hermosísima reina del sarao,
con quien apareciera menos bella
la esposa desleal de Menelao,
como al rayo del sol la última estrella;
¡Ay! que mañana voladora nao,
mientras imprima aún su leve huella
en la blanda almohada tu mejilla,
me apartará por siempre de esta orilla.
¡Dichosa danza que tu talle estrecho
enlazar con na brazo me consiente,
y que lata de amor mi ardiente pecho
junto a tu pecho cándido y turgente,
y que tu aliento beba en quien sospecho
que Amor respira su vital ambiente!
¡Ah! de felicidad tan soberana
solo el recuerdo quedará mañana.
Apenas te conozco, ya te pierdo,
cuando en mi corazón y en mi memoria
ha de durar eterno tu recuerdo:
así tal vez ensueños, transitoria
visión endiosa el alma que, en su acuerdo
volviendo al despertar, llora su gloria;
y yo así lloraré cuando despierte
sin esperanza de volver a verte.
¡Injustas quejas! vale más que, apenas
vista, te oculte a mí la suerte avara;
que por siempre cautivo en tus cadenas,
si más tiempo te viera, me quedara;
y, habitando por ti playas ajenas,
familia, patria, todo lo olvidara,
y aún la ambición perdiera y sed de fama
que a grandes cosas mi destino, llama.

Al Perú

No tanto el rico abono te insolente
que hoy tan famosa te hace cual ya el oro,
que no es eterno, oh patria, tal tesoro
y su fin aceleras imprudente.

De haberlo poseído vanamente
te ha de quedar entonces el desdoro,
y la miseria y el inútil lloro
del que en hora tardía se arrepiente.

Que, aunque mil fuentes de riqueza tienes,
todas por ésta tu confianza olvida,
con que justo será que luego penes:

Teme que cuenta el Creador te pida
de tantos raros malogrados bienes
de que indigna la tierra te apellida.

A la tarde

¡Yo te saludo, dulce encantadora
indefinible hora,
donde se unen y mezclan noche y día!
¡Hora de suave calma
y de vaga inefable poesía!
¡Oh romántica virgen sonadora!
a tu triste beldad ceda la palma
la rozagante Aurora:
que su faz leda y su mirada viva
menos al tierno corazón agrada
que tu faz pensativa
y dulce melancólica mirada.
¡Qué bella eres, qué bella,
ostentando en la frente
como un diamante, la amorosa estrella,
mientras el sol que brilla
con moribunda luz en occidente
arrebola tu pálida mejilla!
¡Qué bella, cuando a veces sol y luna
en ti el sereno firmamento aduna,
cual de un palacio la mansión gloriosa
junta a un monarca y a su excelsa esposa!
¡Cuánto me plugo siempre en tu reposo,
de la ciudad huyendo
la confusión y estruendo,
irme poetizando silencioso
a los campos mas tristes y desiertos,
do sólo llega el son de la lejana
plañidera campana
que habla de es ausentes y los muertos!
Y lejos de los hombres y del vano
conversar ciudadano,
las más altas verdades,
moradoras de augustas soledades,
allí, vate filósofo, medito,
y el destino del hombre y lo infinito,
y en silencio converso
con el alma que llena el universo!

A la mar

Descubra ufana la pomposa tierra
las maravillas que su seno encierra:
cual mares de colores,
sus llanos muestre de verdor y flores;
sus selvas, montes de nevada frente
y las ciudades que levanta el hombre;
su variedad ostente,
y con lo rico y lo diverso asombre.
A ti tu austera desnudez te basta,
océano gigante;
y mientras que la tierra matizada
mil colores y mil luce sin cuento,
un color sólo basta a tu semblante,
como al semblante azul del firmamento.
Siempre gocé en tu aspecto, ya te viera
desde firme ribera
contrastar por tu estruendo y movimiento
con el callado inmóvil elemento;
y recreado, en tanto
que en la orilla tu espuma se dilata,
orlar te mire tu cerúleo manto
con rica fimbria de luciente plata;
ya, lejos de tus playas,
habitador de trémulo navío,
te viera en torno mío,
ir a perderte en el inmenso cielo,
cual si él te limitase por do quiera,
y todo mar el universo fuera.
Mas, aunque ocupas del común planeta,
inaquietable mar, la mayor parte,
no basta tanto imperio a contentarte,
que a más aspira tu ambición inquieta:
fiero desdeñas con poder diverso:
el imperio partir del universo:
a dominios sin límites aspiras
donde te tiendas sin confín ni vallas;
y a la enemiga tierra
eterna mueves implacable guerra,
y en derredor azotas sus murallas
con tus rabiosas ondas sitiadoras;
sus altos lindes sin cesar invades,
y ensanchas tus estados
con las vastas provincias que devoras.
Tal vez cual diestro atleta, te retiras
para tornar con ímpetus doblados
a descargar tus formidables iras
y ella, temblando muda,
resiste apenas tu inmortal asalto
y teme que sus campos y sus selvas,
sus empinados montes más aerios
y sus grandes metrópolis e imperios
a sepultar bajo tus ondas vuelvas.
Aún el tiempo recuerdas en que ufano,
cual reino tuyo, la ocupaste entera,
cuando de Dios la vengadora mano,
a castigar del hombre los delitos,
lanzó desde la altura otro océano.
¡Cuál diste de placer largo rugido,
cuando reinar te contemplaste solo;
cuando, de polo a polo,
ceñiste el universo estremecido,
cual lidiador que con el peso abruma
del vasto cuerpo a su rival caído!
Inmensa noche te cubría en torno,
horrenda noche, donde
su luz negaba la menor estrella,
noche que sólo se igualara a aquella
que lo más hondo de tu abismo esconde:
y en su negro silencio funerario,
con el bramido de tus ondas bravas
y ronca voz del huracán, cantabas
tu triunfo solitario.
Mas fue breve la edad de tu conquista:
a sus antiguos lindes
el gran volumen de tus ondas baja;
y, como salva náufraga, fue vista
sacar la tierra de tu azul mortaja
la sumergida frente,
y de selvas la espesa cabellera
que sobre el ancho pecho goteaba
de tus saladas ondas el torrente.
Y aunque la tierra en la inmortal promesa
de la bondad divina
de segundo diluvio se asegura,
no aleja empero su postrer rüina
y su infalible destrucción futura.
Contó el Señor los siglos de su vida,
y los tuyos también: vendrá ese día,
a ella y a ti de espanto,
en que con la agonía de la tierra
mires también llegada tu agonía;
y a sus gemidos últimos respondas
con el medroso llanto
y bramador gemido de tus ondas.
Ella remedará tu movimiento,
por el vaivén violento
de internas tempestades sacudida,
y mostrará sus lóbregas entrañas,
y el mar de fuego que su centro llena;
y tú, tus ondas hasta el cielo irguiendo
copiarás sus altísimas montañas
en Andes de agua, entre uno y otro abriendo
profundos valles de revuelta arena.
Y a grandes trechos, tu anchuroso y hondo
secreto lecho dejarás vacío:
cual flota inmensa de varadas naos,
se verán tus atónitas ballenas;
y huyendo bajarán a tus enjutas
llanuras los terrestres animales,
y a guarecerse irán entre tus grutas
y entre tus rojas selvas de corales.
Y en mortal confusión, cada elemento.
De sí mismo y los otros enemigo,
y luchando con todos y consigo,
en nuevo caos tornarán el mundo,
hasta que baje la ira justiciera
y abrase viva llama
el vil teatro del humano drama
que en otro mundo el desenlace espera.
Cual bebe sol de estío
menuda gota de fugaz rocío,
así te sorberá súbitamente
la sed rabiosa de esa llama ardiente:
no quedará de ti recuerdo vano;
y entonces solo Dios, vasto océano
sin fondo ni ribera,
inundará la inmensidad entera.

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