A EL DEMONIO

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A ti, dios de los infiernos,
¡triste rey de mi retablo!
al que describen con cuernos
y que el vulgo llama diablo.

Ese ser tan repugnante,
verde, con tridente en mano,
esperpéntico y farsante,
y de olor a gas metano.

Qué implacable me seguiste
hasta robar la inocencia.
Que te pidiera clemencia,
vano me resultó a mi,

pues aunque jamás te vi
me llevaste a la demencia,
ese azufre en que me ardiste
que tantas noches sentí.

Tú, que inundaste mis sueños
con miedos y sobresaltos,
yo inocente, tan pequeño
¡sólo de pensar me exalto!

que ya dicen que no existes,
¡qué bastardos, qué bellacos!
que jugaban al despiste
como el hombre cruel del saco.

¡Cómo me acuerdo de ti,
tan cornudo y tan villano!
¿Por qué me hiciste sufrir
cuando aún yo era un enano?

Yo al infierno te condeno,
si pudiera te enveneno,
y rematándote a palos,
¡lerdo, feo, cruel y malo!

y ahora para joderte,
aquí te condeno a muerte
y además te corto el rabo,
¡espero nunca más verte!
©donaciano bueno.

El diablo y yo nos entendemos
como dos viejos amigos.
A veces se hace mi sombra,
va a todas partes conmigo.
Jaime Sabines

La advocación al demonio y al infierno con la amenaza real de echarnos a freir en las calderas de Pedro Botero, fué el método de adoctrinamiento religioso en los años de mi infancia. ¡Qué frustración, cuando me entero que ya no existe y que todos aquellas noches en vela que sufrí fueron en vano! Aquel olor a azufre.

 

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