EL HOMBRE DEL SACO

»El Poeta sugerido: Estanislao del Campo

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Así que lo repitan no lo creo
quién fue que lo inventara nadie sabe,
mas fuera donde quiera esté la clave
aquí desde este púlpito le afeo
que aquello fue muy grave.

Que siguen resonando en mis oídos,
las noches que sufriendo pasé en vela,
haciéndome alumbrar de una candela
sufriendo el corazón ante los ruidos
pintando ya mi esquela.

Pecado era sin duda la palabra
y para resistir hombre del saco,
le hicieron a mi infancia un gran atraco
trocando a mi existencia de macabra
como un vulgar bellaco.

Pues dicen, ya se sabe, el miedo es libre
y quiero que lo sepan pasé miedo
metido, como estaba, en ese enredo
tan duro de roer, de tal calibre
que muerto allí me quedo.
©donaciano bueno

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El hombre del saco (también llamado: viejo del saco, viejo del costal, el hombre de la bolsa, el viejo de la bolsa) es un personaje del folclore infantil hispánico. Se le suele representar como un hombre que vaga por las calles cuando ya ha anochecido en busca de niños extraviados para llevárselos metidos en un gran saco a un lugar desconocido. Este personaje es caracterizado como un asustador de niños, y se utiliza como argumento para asustar a los niños y obligarlos a que regresen a casa a una hora temprana. Es similar al coco y al sacamantecas.

POETA SUGERIDO: Estanislao del Campo

Estanislao del Campo

TÚ Y YO

“Por ti fue mi dulce suspiro primero
Por ti mi secreto, constante anhelar”.
C. Gómez de Avellaneda.

El alma del que sufre es noche triste:
Toldada está por el pesar sombrío,
Y las amargas lágrimas que vierte
Son, Lucila, sus gotas de rocío

Halla quien nace bajo estrella amiga,
Florida primavera en su existencia,
Y hasta el cielo, propicio, le sonríe
Del éter tras la clara transparencia.

Tú de mi amante corazón conoces
El secreto, Lucila, doloroso:
Aunque sólo de lejos, has oído
Su gemido profundo y angustioso.

Tú no sufriste ni lloraste nunca:
Tu vida, solo ha sido una alborada
Teñida, cual las plumas de un flamenco,
Por una luz dulcísima y rosada.

El fuego del amor que por ti siento,
Voraz, inextinguible, ya ha tornado
En cenizas las flores de mi alma.
¡La lava del volcán invadió el prado!

Tus amores de niña sólo fueron
Blandos gorjeos de canoras aves,
Brisas del sentimiento, juguetonas,
de las flores del alma, aromas suaves.

Tú, en el romance de la vida mía,
De mi existencia en la novela triste,
Hasta hoy llenaste el doloroso cuadro,
Hasta hoy, Lucila, la heroína fuiste.

Yo pasé por el cielo de tu vida
Como una nube que arrebata el viento,
Sin dejar un recuerdo en tu memoria,
Sin despertar en tu alma un sentimiento.

Tú eres el agua que me roza el labio,
La fruta que el sentido me enajena,
Y un Tántalo yo soy que en vano agito
Los anillos de mi áspera cadena.

Yo soy, Lucila, a tus divinos ojos,
Estrellas de brillantes resplandores,
Más bien que tu amador, un jardinero
De quien recibes con desdén las flores.

Tú eres la inconmovible y desdeñosa,
Aunque gentil y bella castellana;
Yo, el trovador que canta al pie del muro
Sin que se abra a su acento tu ventana.

Tú eres el astro que en el cielo gira
Derramando su lumbre refulgente:
Yo, el satélite humilde, condenado
A seguir ese giro eternamente.

Tu eres la llama que la brisa leve
Hace ondular, apenas, cariñosa;
Yo, la víctima triste de ese fuego,
la pobre, enamorada mariposa.

Tú, las aguas tranquilas de tu vida
Surcarás dando el lino al blando viento,
Como el céfiro corre entre las flores,
Como cruza la luna el firmamento.

Yo, el desierto, Lucila, de la mía
Recorreré infelice peregrino,
Mojando con el llanto de mis ojos
Las espinas y piedras del camino.

Yo, en ese largo, fatigoso viaje,
En mi alma llevaré tu imagen bella.
Tú… ¡ni tan solo pedirás al cielo
Un rayo de luz para mi huella!

¡ADIÓS!

(A Lucila, antes de ir a un duelo)

De pesar una lágrima sentida
No brote, no, de tus hermosos ojos:
¿Por qué llorar mi muerte si mi vida
Era un erial de espinas y de abrojos?

No puede ser mi luz el dulce brillo
Que derrama en efluvios tu pupila,
Y es mi infierno el que irradia del anillo
Que otro en tu mano colocó, Lucila.

¿Qué iba a hallar este pobre peregrino
A un desierto sin término lanzado?
¡Adelfas y cicuta en su camino?
¡Oh, no las hay en el sepulcro helado!

En el mar proceloso de la vida
El amor es el puerto de bonanza;
¿Y a dónde guiar mi nave combatida
Si mi amor es amor sin esperanza?

¡Venga el rayo de plomo, que hoy por suerte
Sobre mi frente, amenazante oscila;
Y en la mansión oscura de la muerte
La paz recobre el corazón, Lucila!

CANTARES

Cuando yo tomo la pluma
Y saco a luz mi cuaderno,
Hagan de cuenta que agarro
Mi guitarra por el cuello

Para ver si soy poeta
Fíjate, niña, tan solo
En que lloro cuando canto
Y que canto cuando lloro.

Yo mojo en llanto mi pluma;
¡Sarcasmo de hado funesto
Que siendo mi alma tan blanca
Me ha de servir de tintero!

En tu casa me aborrecen
Sin más que porque te quiero:
Es decir que si te odiara
Me querrían con extremo.

Dicen que soy horroroso:
Por la lisonja, mil gracias:
Mirá tú mi corazón
Y prescinde de mi cara

La cicatrices del rostro
Poco me importan, o nada;
las que me importan, y mucho,
Son las que tengo en el alma.

Se me figuran que son
Tus lindos ojos, morena,
Dos legunas de azabache
En que la luna rïela.

¿Qué tienen, niña, tus labios,
Que cada vez que los miro
Siento, con sorpresa grande,
Que se me estiran los míos?

Mira: —si fuera pastor
Y si tú, pastora fueras.
Me parece que andarían
Mezcladas nuestras ovejas.

Cuando te veo cavilo
En el contraste tremendo
Que hace tu vestido blanco
Con tu corazón tan negro.

Es tu ventana un altar,
Una deidad tu persona,
MI amor un ardiente culto,
— ¿Podré contar con La Gloria?

Me enviaste un día una cruz
Y desde entonces me digo: —
¿Significa esto Fe
O querrá decir Martirio?

Ella vino en un pañuelo
De Cambray de hilo bordado;
¡Ay, Lucila! ¡Cuántas veces
Enjuagué con él mi llanto!

ÚLTIMA LÁGRIMA

“Consumatum est!” Jesu-Cristo

¡Ya todo se acabó!… Dejad que el pecho
Por un instante con mi mano oprima,
Dejad que el llanto de mis ojos corra,
Dejad que mi alma sollozando gima.

Es, señora, mi llanto postrimero,
Llanto del triste corazón herido,
Es mi último sollozo en este mundo,
Es en la tierra mi postrer gemido.

Llorar al pie de un tumulto, señora,
Nunca del noble corazón fue mengua;
Pues con el llanto el sentimiento dice
Lo que decir no puede con la lengua.

La antorcha que encendieron en el ara,
A cuyo pie fijasteis vuestra suerte,
A mis ojos, señora, sólo ha sido
El amarillo cirio de la muerte.

En la blanca guirnalda, que al cabello
Prendieron vuestras manos delicadas,
Mis ojos sólo han visto flores tristes
Sobre el paño de un féretro arrojadas.

En el Sí que dijeron vuestros labios
Sólo oí el estertor de una agonía,
El rechinar del enmohecido gozne
De un helado sepulcro que se abría.

¡Ya todo se acabó!… Dejad que el pecho
Por un instante con mi mano oprima,
Dejad que el llanto de mis ojos corra,
Dejad que mi alma sollozando gima.

¡No lloro ya!… la piedra funeraria
para siempre cayó pesada y fría…
¡Las losas de las tumbas nunca lloran,
Y una tumba es, señora, el alma mía!

(Llorando la muerte de un mártir)

Ahora sí que eres mía… En el sepulcro
Puedo llorarte solo mi Lucila.
Te envenenó el gusano, rico, enfermo,
Pero tu estrella para mí rutila.

En las joyantes noches del estío,
Cuando era tu vivir una alborada
teñida cual las plumas de un flamenco
Por una luz dulcísima y rosada;

Tu amor fue mi perfume, mi esperanza,
La novela de mi alma, mi alegría,
Cuando tú me decías: Mi poeta,
Me inundabas de luz y de poesía.

Y cuando te entregaron al gusano
Yo lloré en el altar del firmamento,
Pero si a mí me mata tu partida
¡Cómo los matará el remordimiento!

Yo he pedido el perdón para tus culpas
Y pido para Ti, toda delicia…
Tú eres, entre el rayo de la luna
El plateado fulgor que me acaricia.

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