EL HOMBRE Y SUS MISERIAS

Mi Poeta sugerido: »Jorge Arturo Ortega Acevedo

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El hombre
Fatuo, cual tú, cual yo, tan presumido,
el que vino hasta aquí por peteneras
a cuesta la obsesión de hacer barreras,
él que antes de llegar casi se ha ido,
ausente de pasado y aun de nombre.

El trepa,
que sale a trabajar cada mañana,
y pasa junto a ti y no te saluda,
te mira de soslayo como un cura
perdonando la vida con desgana
sin rastro de abolengo que se sepa.

Idiomas
Aquel que repartiendo va permisos
seguro del terruño él es el dueño,
arguye de que un día tuvo un sueño
que trabas va aportándole a tus guisos
no come mas no deja que tú comas.

Costumbres
Que en el fondo desprecia al de a su lado
y para ello forjando va artilugios
vistiendo de reflejos sus refugios
a espera de que estés impresionado
por ritos, su folklore y por sus lumbres.

Fronteras
Que siente que es del resto diferente
pudiendo disfrutar de más derechos,
colgando identidades por los techos,
aquí trazando una raya, allí un puente,
sujeto a la traición de sus quimeras.

Iluso
Su afán por parecer que es trascendente,
que ha sido por los dioses bendecido,
que ese lugar es dios quien lo ha elegido
o leyendo la mano algún vidente,
de luces algo escaso, algo obtuso.

Distinto
Distinto pues se apoya en la manada,
“nosotros, nuestra historia, los ancestros”,
siguiendo a los que mandan cual cabestros
sólo a su impulso atiende, pensar nada,
pues todo en él se mueve por instinto.

Me mofo
que yo hoy aquí me río de ese hombre
al que, sepan, no guardo yo respeto,
un bobo, un simple, un lerdo escueto,
y es que ese para mí no tiene nombre
si alguno he de poner, que es un forofo.
©donaciano bueno

Ese hombre en el que de alguna forma, en mayor o menor medida, todos nos vemos representados.

Hombre – Blas de Otero
Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser ?y no ser? eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!

POETA SUGERIDO: Jorge Arturo Ortega Acevedo

Jorge Arturo Ortega Acevedo

Pretexto de lugar

La piedra y la naranja,
su contigüidad.

La roca y el pistilo.

Entre ambos
la celosía de un vitral:
racimo de contrastes,
antinomias.

El siempre y el ahora traslapándose
en la longevidad
y lo
caduco,

aspereza inmune,
suavidad
de la cáscara.

Lo eterno y lo perecedero
desmarcan de este modo sus dominios,
el pedregal y el huerto,
la piel junto al cascajo,

el parto y la convalecencia
en un mismo pasillo de hospital.

Entre permanecer y doblegarse,
entre estar llegando y estar yéndose
una sola pared
y dos habitaciones,

la cuenta regresiva.

Tratado de la sed

La vida pasada es parte
de la muerte advenidera;
es pasado por esta arte
lo que por venir se espera;
¿quién no muere antes que muera?
Juan de Mena

Pensar en lo que aún no ha sucedido
es pensar lo imposible.

Lo que no es no será
o será
en otro tiempo
que no es
hoy,
este presente romo de conjuros
para desviar la acequia de la historia.

Sólo la nada es garantía
o todo se mantiene
tal cual era.

Encierras en la mano tres monedas
y abriéndola de nuevo
están las tres monedas.

Todo se posterga. Todo
está invariablemente
acechando
la mejor coyuntura,
la mejor juntura de caminos
en el doblez exacto.

Y nos apaciguamos con el gusto
de anticipar el sesgo
de los hechos,
con el supuesto de que las promesas
contienen ya
un futuro.

Y alargamos el déficit.

Y así vamos regando
los predios de la falta
con gotas de sequía.

Cada quien planta a diario la semilla
de quién sabe qué fruto.

Cruzar los dedos

Necesitas un milagro.

Que lo que esperas
se haga en ti
con la aglomeración de la carencia,
con la rotundidad
de lo que no tienes.

Que al trozo de cantera
le broten alas,
que vuele
y regrese
al hueco
de tu asombro sin cura.

Si la suerte ha sido echada
todo puede ocurrir,
si la moneda aún no toca suelo
y en su caída libre
sigue irradiando probabilidades.

“El golpe avisa”
—solemos decir.
El tumbo, la primicia, los pespuntes,
signos de vida o muerte
para una conclusión.

Mientras no sepas algo
tuyo es lo posible, tuya
entera
la impronta
del fracaso y el tino.

Hallazgo

Una mujer dormida en el vado del alba.
Una mujer dormida
en el sector más bajo de los sueños
como un guijarro liso
al fondo del estanque.

Bien parece una muerta. Lo pregonan
la escuadra que postula su rodilla,
los brazos en un gesto de abandono,
el dorso en posición un tanto incómoda,
la ausencia de resuello
por tiempo indefinido.

Alguien se viste a un lado
cuidadosamente, tratando
de no hacer mucho ruido o alterar
el agua del sepulcro que la habita,
su nivel.

La luz va esmerilando los contornos.

Pensar que no estarás cuando ese cuerpo
renuncie a ser un bulto inanimado
y se convierta en el papel volátil

que al curso de las horas encandile
—con un fulgor quizá más necesario
que el sol de los cristales—

los zócalos de casa
donde la transparencia que nos cubre
despliega el manuscrito
de todos sus enigmas.

Parábola de la migraña

El oído. La sien. El ojo.
El cántaro agobiado por el agua
y su presión de arteria.

Tambores muy adentro.
Tambores en el hueso de la fruta
filtrando desde dentro la descarga
rumbo a la superficie mojada por el fuego.

Llevar bajo la cera del semblante
un coral rojo, un rojo candelabro
de venas palpitantes. Solución:
ceder el pensamiento por un rato.

Pero tampoco el sueño.

Sus turbulencias viajan por el agua
y alcanzan la otra orilla
del cántaro apacible
con la celeridad de cualquier ruido.

Basta una sola onda
—el desliz de la manta—
para volver al punto de partida
y prolongar el fin.

Escuela flamenca

La madre emparejando calcetines
frente al televisor,
y
una luz tenue
—entre amarilla y blanca
pero sin consistencia—
viniendo desde afuera
a esclarecer la cueva de la sala,
depósito de sombras.

A un lado su marido
con la pierna cruzada
y el aspecto cansino,
el rostro un tanto más iluminado
por las detonaciones de la tele
que estalla en sus imágenes.

El par en su rutina
dejando transcurrir las manecillas
hasta las nueve y media,
esperando la muerte en el sofá
con la mirada puesta ya en la nada;

en la pantalla, no en el noticiero,
en el tapiz y
no precisamente
en la pared,
y no en el revistero
sino en el monograma de la alfombra.

Las fotos familiares, los adornos,
las acuarelas, el piano arrumbado
por más de cuatro lustros
se adhieren al suspenso
de cuanto los rodea.

Autovía del noroeste

Onde a terra se acaba e o mar começa
OS LUSÍADAS, III, 20, 3.

Nos acercamos a la finisterra
bordeando la costa.
La niebla peina el bosque
y entre los altos robles
cariados por el musgo
enreda su enigmático sudario.

De pronto, en una curva,
la alfombra lapislázuli, casi ficticia
de sorpresiva y breve;
y otra vez la espesura
negándose a menguar en el asombro.

Los límites del orbe
no son de agua ni fuego,
de rugientes llamaradas
en un cantil sin fondo
o de cascadas que caen
interminablemente
al magma planetario.

Abundan las coníferas,
y el mar, en cualquier caso,
prefigura un comienzo, indica un horizonte
con su genoma que engloba
—lo sabe el renacuajo—
los orígenes de la vida.

Todo pronóstico está por cumplirse
a expensas de la incertidumbre.

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