ERES BELLA/

Emilio Rodriguez González (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Eres bella, y presumes de sonrisa,
sabes bien al mirar cuánto reluces,
que eres flor que destaca en la repisa,
que deslumbra al pasar si vas a misa,
bailándote al andar se dan de bruces.

Eres bella moviendo las caderas
cual soldado presume de valiente,
la flora que aposenta en las laderas,
junto a mares retozan las palmeras,
mostrando su beldad al sol naciente.

Eres bella. Tú sabes que eres bella
mas no pienses que siempre durará,
rutilante, te sientes cual estrella
que en la noche con luz propia destella
mas un día sin duda apagará.

Eres bella cual piedra que refresca
al brocal de tu lindo manantial
mientras traza una imagen arabesca
horadándose va una pequeña muesca
en tu bello semblante natural.

No dejas de pensar que dios te ha dado
un halo que en la noche se ilumina
que induce hasta los ciegos al pecado
Disfruta, mas no olvides te ha tocado
por azar que algún dios puso y germina.
©donaciano bueno

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Emilio Rodriguez González

EL AIRE

Subiremos a las torres de la noche
la guardia del maíz
y de los besos,
que están los cuchillos en huida,
que está la muerte novia
y el sendero
es pan de soledad en robles lentos
a golpes de distancia.
Subiremos las manos atadas
por si lloran los cipreses,
por si el agua,
por si el viento cabalga
y viene triste
de tanto cementerio.
Tenemos la culpa los hayales
de que duelan a dolor
todas las flores,
de que no haya pan ni manos tibias
que llevarse a la boca
los senderos.
La paz es un árbol raro,
una cadena
que nace solamente cuando el paso
de alguna soledad
roza las piedras,
cuando la voz o los cuchillos
han sido condenados
y todos sabemos que la tierra
alarga ya su brazo.
Las aguas podrán subir
al árbol
y ser tejas
para una casa nuestra,
sólo nuestra
donde no tenga lugares
el cansancio.
La muerte es un pájaro azul
que va de paso,
buscando en los trigales de la noche
un grito de esperanza.
El aire que nos lleva
es para siempre
el único enemigo y el jardín
donde ha nacido la voz
y está la risa
que se fue una noche así
cuando nos era necesaria.

EL PUEBLO

Habitamos el silencio desde
siempre
y tenemos el hogar a manos llenas,
a la altura de la voz,
al alcance de las aguas
y los besos.
La frágil geografía del corazón
se nos sube por los dedos
o palomas
en busca de la miel
que nace de la noche,
de tanta soledad o cementerio.
Olvidamos de corrido
aquel abecedario
de la risa.
Sabemos cantar sendas y montañas,
domar la sabiduría de los ríos,
pero nunca hemos podido
matar la soledad
como una alondra,
como un rosal de impronta voluntaria,
de flores cada hora
y cada aliento.
Habitamos el silencio y los tambores
nos dicen que la muerte
es un parásito
cosido a nuestra piel,
aunque nos duela,
aunque por siempre
nos grite a fuego lento.
Habitamos la piedra, el tronco
y la piedad.
Tenemos el silencio
como un libro
que escribe la tierra
a pasos de reloj.
Tenemos la nieve y tan de corazón
que no sabemos
donde acaba el amor
y empieza el cielo.
Se nos ha dado la aurora
y los caballos,
el techo de pizarra
y el pan que sabe a rezo.
Se nos ha dado la piedra
donde un día
podremos morirnos, confortados
por el todo secular
de su silencio.
Aquí somos amigos de los árboles,
verticales al amor
y al prado floreciendo.
Sabemos de memoria los trigales
y vamos por el tiempo
con las manos sombrecidas,
con las zarzas sangre arriba
y una forma de esperanza
entre los dedos.

LOS DÍAS DEL FRAGOR

Viniste, pero tan a deshora
que la noche fue borrada
en tu retrato.
Tras largas despedidas
nos quedan los restos
del silencio
y un golpe.
como cal
en el borde de la aurora.
Ahora cuento los días
del calendario
por las pausas
del aliento.
Y escucho las ventanas.
los armarios
y toda la jugosa lentitud
de las miradas.
Los días de fragor
se han alejado,
pero guardo el aliento
en las alcobas.
Un resto alcanforado,
los incendios
que dan sentido al grito
de esta huida.

DE NOCHES APILADAS

De los espejos vienen
estos días de alambre,
con miradas torvas
que encadenan las horas.
Y dentro de los años
se nos queda dormida
la cadencia sin tiempo
que maltrata y enciende.
Recorridos de niebla
que disfraza las cosas
y las vuelve de espaldas.
Pero todo es etéreo
todo sigue fluyendo
como el río cansado
de besar tanta orilla.
Los pinares caminan
y también se nos visten
con los trajes de fiesta
de los días no censados.
De cuántas madrugadas
nos queda la memoria,
de los días guardados
en las áreas de silencio,
se construyen los siglos
de la audacia manida.
Madrugadas de pasmo
para la luz doliente.
Marcapasos del tedio
se descuelgan del muro,
como aullidos, las horas.
Miramos desde dentro
de este incendio
palpando con los ojos
la piel de la llanura.
Nos quedan las palabras
y los días sin sueño
para seguir llevando
este camino anclado
en todos los silencios.

ESTADO DE SITIO

La tapia cenicienta
que confluye
en un rincón de luz
enfebrecida,
delimita los tiempos,
los afanes
de aquella infancia
lenta

que no tuve.

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