ES LA HORA DE LA FELICIDAD

Poeta sugerido: Diego Roel

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Es hora de que sientes la cabeza,
es hora de que empieces a pensar
que el tiempo se te tiene que acabar,
haciendo un lado aparte a la pereza,
poniendo a cada punto en su lugar.

Es hora de que pares un momento
que tomes aire, impulso y reflexiones,
poniendo a buen recaudo a las pasiones
que vienen a turbar tu sentimiento
llenándole de malas sensaciones.

Es hora de ponerse a trabajar
haciéndole al trabajo algún regate,
y a aquello que te enturbia darle el mate,
pequeñas, de esas cosas disfrutar
sacando a las inercias de un empate.

Es hora de pensar en ser feliz
haciendo uso de aquellas herramientas
que añaden a las salsas las pimientas,
cuidando no lo dañe ni un desliz
que impida estar ufano lo que sientas.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Diego Roel

Diego Roel

Vía Lucis

El que Es Sin defecto y Grande
me habló a mí, que soy pequeña y triste,
para que pueda formar en mi mente letras desconocidas,
para que de mi boca salga un verbo nuevo,
una expresión más leve, una palabra que atraviese
los mares y las islas,
que resuene en los últimos términos de la tierra.

Sí, yo siempre estuve callada y guarde silencio.

Pero ahora Tu Voz en mi se expande y multiplica
como voces de mujer que está de parto,
como voces de mujer que está muriendo.

Cuando pase a través de las aguas del gran Río.
No me anegaran sus corrientes.
Cuando salte en medio de las llamas
No me quemaré.

El que Es Sin defecto y Grande
Me habló a mí que soy pequeña y triste.

Libro de las causas

Somos una forma que se alza del barro,
Una ligadura del hálito de vida,
El peso corpóreo de la luz.

Somos los habitantes de los valles y montes del cielo,
los emisarios del esplendor, una olla.
puesta a fuego intenso
que bulle y rezuma la espuma.

Somos el ojo del trueno,
el polvo de la tierra que se esparce,
los vientos del último día.

La caída

Escucho los lamentos de las almas que tienen cuerpo.

Desgajada de Dios,
arrojada a mi propia sombra espero
el golpe exacto de la luz.

Aquí yazgo,
desnuda y sola.

Territorio

Este suelo no es de oro:
estamos obligados a escalar el abismo.

Dijiste:
sólo manos verdaderas escriben poemas verdaderos.

El oficio exige absoluta precisión,
manos curtidas por el roce de las cosas,
una mirada que penetre
la niebla del día y de la noche.

Sí, es necesario un cuerpo que se prolongue hasta tocar
aquella línea en perpetuo movimiento
donde los otros cuerpos se deshacen.

El oficio exige absoluta precisión.

Anábasis

A Jotaele Andrade

Soledad, otra vez
estás arriba y abajo, delante de mi cuerpo,
en el centro exacto de mi sangre.

Escucha la música que viene del pasado:
la bala se abrió como una flor en mi cabeza,
la bala hizo tres nidos en mi frente.

Me quebraron los ojos y los huesos.

Ya la órbita del sueño vierte el veneno
en toda palabra, en toda forma.
Ya la reja del lenguaje hunde su cuña,
clausura las vías del aliento.

Soledad, otra vez
estás arriba y abajo.

Escucha la música que viene del pasado.

Recuerda:
la corriente que enlazó a dos almas
vence a la muerte y permanece.

Santuario

Piedra a piedra,
avanzamos.

Con una migaja de luz
hicimos nuestra casa.
La hicimos con sangre y arena, la hicimos con ceniza.

Con los resabios del sueño
forjamos la imagen del destino.
La forjamos con sal y viento, la forjamos con ceniza.

Con lo que dejó la tormenta
cercamos el muro del abismo.
Lo cercamos con polvo de huesos, lo cercamos con ceniza.

Contraseña

A Horacio Castillo (h)

Lleva a tu boca
la flauta doble de la noche
y sopla.

Sopla hasta que aparezca un mundo.

Extranjero, alza la espiga,
pronuncia la antigua contraseña:
shibólet.

Lleva a tu boca
la raíz del árbol que los hombres llaman Nacimiento
y sopla.

Sopla hasta que se acreciente el otro mundo.

Extranjero, alza la espiga.

De este árbol, de este bosque

Madre,
molinos de viento arrastran
el recuerdo de tu nombre.

Yo acudo a las misas del invierno,
busco el desvío donde es posible todavía
armar un cuerpo, un mínimo refugio.

Me llevan las bestias de la luz.

Madre,
ahora escucho el susurro de las alas de los ángeles,
el parto repentino del lenguaje.

Una oreja, cercenada, escucha.

En la balanza de mi ojo peso
la nueva cifra del exilio.

Verde es la casa del olvido

La memoria se enrosca
como una serpiente en mi cabeza.

Apoyo las manos en el suelo,
siento la angustia de mi madre.
Apoyo las manos en el barro,
siento la vara de hierro de mi padre.

En la piedra escribo un nombre de mujer.

Ya suenan los tambores:
la vida enciende el color de la masacre.
Ya rechinan las puertas:
la muerte avanza sobre bosques y praderas.

Verde, verde, verde.
Verde es la casa del olvido.

Algo siempre sobrevive

Yo, aquí, bajo la estrella,
en la mandíbula del tiempo, digo:
no tengo hacia dónde ir.

Sobre mi carne se derrumba el cielo.

Hace tres días que mi cuerpo tiembla.
Hace tres noches que en mi frente silva
el animal de la memoria.

Yo, aquí, bajo la nube,
entre las sombras, digo:
no tengo hacia dónde ir.

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