EXISTEN LAS VERDADES CON MAYÚSCULAS?

Saúl Ibargoyen(Poeta sugerido)

existen las verdades
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La calle si no hay luz siempre está a oscuras,
lo dijo ¿quién lo dijo? un adivino,
el mismo que marchó por donde vino
que luce y que presume de tonsuras.

Aquel que predicando va verdades
que dice las conoce a ciencia cierta,
pues cuenta que ha de Dios la puerta abierta
y puede perdonarte tus maldades.

Verdades que desnudas de argumento
a poco que los toques no sostienen,
verdades que lo mismo van que vienen,
verdades que en un soplo lleva el viento.

Vestidas las que han sido de misterio
pues dicen fuera de ellas que hace frío,
produce una inquietud y un desvarío
debiendo de tomártelas en serio.

Y pasas la mitad de tu existencia
nadando sin saber entre dos aguas,
tratando de encontrar un buen paraguas,
siguiendo tu manual de resistencia.

Consciente que no hay nada que encontrar,
te vuelven a engañar como a un pardillo.
y vueltas sigues dando al estribillo
allí donde no hay nada que buscar.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Saúl Ibargoyen

Saúl Ibargoyen

Ciertas lágrimas

Una muchacha arroja sus lágrimas
a través de los nervios negros
del teléfono.
¿Dónde ha nacido
el origen de esas aguas
desesperadas que manchan
la acidez de la sal?
Una muchacha simplemente
expulsa respiraciones floraciones
dulces mocos
y oxígenos oxidados.
Hay palabras sin alcohol
en la oreja derecha
de su nuevo corazón:
esas palabras
son casi las mismas
que usa cualquier distancia de aire
para sentarse junto al dolor
ahora cerrado de sus ojos.
Esos sonidos tienen
una silenciación que el vacío mastica
un idioma que sólo dos lenguas comprenden.
Esos sonidos soplan
sobre piel y pelos
y requemados párpados.
Una muchacha recoge sus lágrimas
como simples objetos de sales y agua
y las ordena en un rincón
de su recámara:
allí donde cruje el mundo
allí donde los ángeles
se peinan las plumas
después de orinar.

Composición: La primavera

(para Víctor Hugo Quintanilla C.)

La silla blanca con sus huesos
descansa en el jardín.
Los pinares se encienden
cerca de otras playas.
Ningún árbol camina
hasta las raíces de aquí.
Una mujer y un hombre
con cada pie traspasan
el asfalto las piedras
y tocan un terregal
de costras coaguladas.
La tenue violencia
de aquel colibrí
alimentándose
de la breve flor que lo sostiene.
Otros pájaros se apartan
de la propia sombra
y debajo de una mosca destripada
la implacable primavera
empieza a burbujear.

En el jardín

(para Alberto Chimal)

Voces llaman voces.
Un pueblo de nombres
se levanta.
Cada rosa consume
sus pétalos terrestres.
Un gato polvoriento
retira espinas de su piel.
El agua se disuelve
entre baldosas rojas.
Una araña prepara
su cocina traslúcida.
Hojas como cuchillos rotos
son segadas por el sol.
Un cielo sin sombras
navega en cualquier parte.
El aire desata pequeñas banderas
que son vencidas
dentro de la luz.
Un hombre escucha
que otras voces llaman
a otras voces.
Y busca entre ellas su nombre
mientras toda la boca
se deshace de sed.

Fundación o nacimiento

En la caja de papel
hemos puesto
las palabras de cobre.
La mesa tomada de la sustancia
ciega del laurel o del cedro
está simplemente debajo
del ligero cofre que ahora balbucea
como un pulmón de hombre cotidiano.
Debajo de las patas sin uñas
que contienen la dirección
de los rumbos primordiales
están los rectangulares pétalos
de pino oscurecido.
Debajo y más están los cimientos
la sombra de la casa enterrándose
las piedras aplastadas por fuerzas
con un silencio de partículas
que no cesan de huir.
Más abajo del debajo
está por fin el primer calor
íntimo de la tierra
está una móvil saliva
con sus grumos de hierro
y un líquido expulsado
por mandíbulas quemantes
y un suero espeso saliendo
de ojos desinflados
y un pellejo como aquella
camisa de rey ensuciándose
en una ceguera de espadas ladradoras
y una cara de bestia familiar.
No habrá un nombre
en el collar de sórdidos metales
no habrá resonancia de ningún silbido
en las orejas trituradas
no habrá tripas que astillas y vidrios
perforados
no habrá más que confusas hojas de calcio
sucios impulsos de nitrógeno
y mantas manchadas de carbón.
Y las palabras de coagulado cobre
separadas así de nuestras manos
se retuercen casi gritan y chocan
con los muros de su caja de papel.

Hombre esperando

El hombre se acuesta
con sus mudas palabras
trepándole por la boca.
Hay miedo en esas palabras
miedo en esa lengua
miedo en la espalda enterrándose
entre las vaciedades de la sábana
miedo en el cuerpo que no encuentra
ahora la suave sombra carnal
que lo sustente
miedo en los relojes
que se gastan
miedo en el grito que solamente
las orejas del hombre
pueden escuchar.
El hombre espera con sus huesos solamente
y un silencio oscurísimo
fluye sin prisa
por todos los teléfonos.

Ladridos

¿Quién es ese otro perro
que ladra
en un dialecto que nadie conoce?
¿Por qué debe echar
en los aires chirriantes
de cualquier ciudad
grito a grito los coágulos
de la última voz
de la última tribu?
¿Para qué están de pronto
detenidos los que escuchan?
¿Hacia dónde viajan o huyen
los que dicen que pueden comprender?
¿Para qué hay hombres
que levantan látigos y cuchillos
y abren oscuras campanas?
¿Para qué quiere este animal
vaciarse así
de su canción desperrada?
¿Cuál es la fuerza
que alienta en sus babas sonoras
en sus tripas besadas por la sed?
¿Qué otros perros perdidos
se extinguen
en el silencio que gime
debajo de su piel?

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