FUEGOS DE ARTIFICIO

Mi Poeta sugerido: »Armando Romero

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Poco a poco aprendiendo fue el oficio
¡amigo, así no sigas, lo haces mal!
de vía has confundido o de canal,
deberás recalar en otro hospicio.

¡No das ese perfil, que no es lo tuyo,
jugar puedes al mus o a la pelota,
recuerda allí una puta es una sota,
lo digo es por tu bien y así concluyo!

Que aquí no servirá que a perogrullo
acudas y al lector inteligente
invites a beber agua en tu fuente,
ni mañas te valdrán, ni algún chanchullo.

¿Cultura? ¿estudiaste latín? ¿qué sabes?
poesía escribir no es tan sencillo
ni tan solo si fuera un estribillo
sin antes aprender cual son las claves.

Que escribir has de hacer de lo que sabes
y algunas más también de lo que sientes,
y aunque mientas que nadie note mientes,
si es que perdido estás, mejor que acabes.

Los oídos tapé con pez. No hice caso
para evitar asesinar mi orgullo.
¿por qué había de hacerlo a aquel capullo?
¿acaso el era un dios, por dios, si acaso?

Kamikace, lancéme hacia el precipicio,
obviando la razón de esos consejos,
hoy mis besos dan besos a mis besos,
el resto fueron fuegos de artificio.
©donaciano bueno

MI POETA SUGERIDO: Armando Romero

Armando Romero

El árbol digital

Era un hombre al que le habían enterrado su mano derecha
Pasaba sus días metido en una pieza vacía
Donde se sentaba
Los pies contra el ángulo superior de la ventana
Y su mano izquierda sosteniendo un ojo de buey
Por el cual los rinocerontes
Ensartaban su cuerno
Y hacían brillar su corteza metálica

Le había dado por ser poeta
Y se pasaba todo el tiempo hablando de la guerra
De tal manera
Que había descuidado su mano derecha
Esta creció lenta y furiosamente
Y sin que él se diera cuenta
Atravesó el mundo de lado a lado

Cuando los niños de la parte norte de Sumatra
Vieron aparecer un árbol sin hojas y sin frutos
Corrieron espantados a llamar a sus padres
Estos vinieron con sus gruesas espadas
Y cortaron el árbol de raíz
Un líquido blanco lechoso salió de la corteza tronchada

Desde ese entonces
El hombre como un poeta
Siente un dolor terrible
Agudo
En un sitio del cuerpo que no puede determinar.

Nostalgia

Hay un alejado ángel
Del chorro primero y abundante

Sus alas de velos de color
De fuego
Niegan aguas y ondas

Se mece en hoja de talco
Y es lento como si comprendiera
El infinito diálogo de los espejos

En sus ojos
A flor de agua o a raíz de aire
La rama de un carbonero
Se humedece

Luego vendrá a su cuerpo
La nostalgia
Como hilos ligeros que flotan
En la atmósfera
Por las tardes de otoño.

El suico

Voy a decir que “el sucio” no era un acólito
hecho de polvo y en polvo convertido,
sino adobado por la mugre y los excrementos.
En su rostro se veían negras vetas de sudor
petrificado en la frente y las mejillas,
y sus manos eran largas garras oscuras.
El pelo de erizo estaba macerado por resinas
y grasas pestilentes,
el hábito de negro rechinante endurecido en
capas espesas e inmundas.
Manchosos de amarillo verdoso los dientes cariados,
roñosa la barba.
Mugroso era “el sucio”
que espantaba moscas y cristianos
al sólo levantar el brazo.
Su aliento, su olor todo,
era un escudo contra los intrusos
cuando no era fatalmente homicida.
Atendía “el sucio” la máxima de San Jerónimo:
“No necesita lavarse de nuevo,
aquel que una vez fue lavado en Cristo”.

La vecindad de las aguas

A Pedro Lastra

He vuelto a los pequeños bosques
al lado del río
para sentir el silencio
que se ahonda en sus orillas.
No deben quebrarlo los pájaros
que buscan lombrices en el barro,
ni los troncos que se apilan
entre sus recodos.
Una que otra lata de cerveza
insiste contracorriente;
uno que otro desperdicio
se resuelve en remolino.
Todo es mínimo
en la inmensidad de las aguas
como en los ojos de un niño.
Todo estalla con ese ruido
que el río lleva en sus adentros.
No es sólo del bosque y el río
lo que tiene que ser silencio.

Trabajos del poeta

A Martha Canfield

Deja el poeta la página desnuda
sobre la mesa de la cocina
y  de improviso
viene el aceite a tocarla,
un olor a cebolla
se le impregna,
el borde marrón
de una taza de café
traza un intento de anillo,
un gato juguetea
con sus bordes,
un hombre solitario
pasa por la ventana
y la mira,
una mujer
con delantal de fiesta
escribe cuatro palabras:
alcauciles, espinacas,
uvas, tomates,
unos niños hacen
un pequeño avión
y lo tiran por la ventana.
¿Dónde está la lista?
Pregunta ella.
¿Dónde está el poema?
Pregunta él.
Así trabajaba
Don Pablo
por las mañanas.

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