INVITACIÓN A LEER

»El Poeta sugerido: Luis Llorente

EL POEMA Lee otras FÁBULAS

 

¡Venid a leer mis versos a mi casa,
hoy yo saldré a recibiros a la calle,
mi atención yo os aseguro y un detalle,
veréis, poetas, de mi ego a su argamasa!

Probaremos elixires de convento,
brindando nos llegará la madrugada,
nuestra alma morirá en amor ahogada
de emociones embriagados muy contentos.

Mientras resista en el mundo una palabra
protagonistas, su portavoz seremos,
nuestros versos en su nombre contaremos.

¡Que las puertas que se cierran se desabran,
a los dioses del Olimpo propondremos
y si no, de la cicuta beberemos!
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Luis Llorente

Luis Llorente

ANDANDO SE EVIDENCIA LA CERTEZA…

A Miguel Floriano

Andando se evidencia la certeza
que brilla en el camino de la voz.
Las hojas tiemblan y se agitan;
el corte en la mirada
que acelera, voraz, la noche y su sosiego.
Dominio inexorable del asombro,
luz de días
volando a la intemperie y su derrota.
El encuentro con la muerte,
su sistema absorto en cada duda.
Y la extensión del frío en la ciudad
como si nunca amaneciese. Quedan
los vestigios olvidados
en la inerte luz de las pupilas.
Es la hora en que regresa
el silencio de ese olvido,
la quietud que corrige
el mundano murmullo y el desprecio.
Ahora qué candor para la noche,
para las palabras
virulentas que no entienden
el sentido, la raíz.

Qué párpado en el agua,
abismo hasta la sangre
que ilumina los ojos y los alza.

Sólo impere
la batalla del tiempo en cada signo
como quien su propia urdimbre ordena
y a golpe de reloj consigue
la idéntica respuesta de la vida.

ESA LUZ QUE VIBRA…

Esa luz que vibra
como corriente visible del verano.
Aciago resplandor, aquí la fuerza
oculta del paisaje,
eslabón ardiente de los días
para que vuelvan los nombres,
para ver entregado su designio.
Florecimiento cuando miro
las gastadas cadenas, sequedad
indolente que palpita. Y es esta
la llegada, el túmulo del aire que se vence
hacia ese otro verano más ajeno.
Y el paralelo atisbo de la duda,
y la señal del fuego en el comienzo.
Palabra para nacer
y después extinguirse, como estertor
que rompe la corola del abismo.
(Si es el silencio de la muerte,
qué vestigio forma el agua).
Claridad sola en el finito cauce,
parpadeo que me envuelve. Permanezca
su sabida unión, su constante
vuelo quebrado en la ceniza;
la luz es un exilio en la mirada.

¿Qué dicen esos árboles
en las puntas más oscuras del tiempo?
Es la probada
plenitud, la secuencia de otro espectro
obstinado en alargarse,
en crecer hacia la vida
—última visión, oblicua muerte—
en la llama circular de los espacios.

Acaso quien camina es invisible
y oculta la tarea de la tierra
en el polvo cansado del prodigio,
en el tiempo robado al horizonte
para existir secreto
y en la hora azul cambiar
la muerte por la vida.

LAS CALLES, EN LA NOCHE, SE ILUMINAN…

Las calles, en la noche, se iluminan
y predicen la historia del lugar
que se une a su costumbre silencioso.
Cada mirada esconde
el movimiento necesario, el límite
de esa soledad dinamitada
con la que se amansa la vida.
Hay un nombre gastado en la certeza
inexorable del tiempo, hilandera
en lo fugaz que esconde un rostro, hábil
capacidad para decir lo mismo
sin que empiece la memoria a relamerse.

Para vivir despacio con el llanto leve
que no sirve de fuga a otro futuro.
Para extender la voz, hallar el aire,
latir con la palabra para urdir
el tejido propicio del encuentro,
escenario suspicaz de recogerse
y llama oblicua que devora
el filo de la noche.

Sólo decir lo que se piensa
con el fértil estallido del combate,
lucha enfebrecida
que ya es causa y designio.

Las calles, en la noche, se iluminan
y reflejan lo que aún no ha pasado,
lo que puede estar permaneciendo
en esa cara paralela. Qué honda cicatriz
con el agravio del viento viene
a dibujar su sombra.

Y no debes
buscar respuesta: halla sólo
el enigma del instante,
el temor a la ofensa y a la duda
cuando el día profundo se enaltece.

La respuesta es ese ser
tan oscuro suplicando por la luz:
no hay más equilibrio
donde está lo firme,
sino donde el tiro de tu paso
se ajusta a la verdad de la mudanza.

PERMANECE ESA HOGUERA DEL DESTINO…

Permanece esa hoguera del destino
en el hondo rumor de las preguntas.
Es un decir de pájaros, instante
colmado con la sola luz que entrega
su dominio oscuro, presencia y canto
ordenando despacio la memoria,
sus sitios desgastados, el malévolo
escondrijo que no cumple la dicha.
Por ese reino de las calles sordas
que fueron el destello de otro aire,
de una verdad que se asomaba
con los labios oprimidos, sintiendo
el temblor ajeno, la sequedad,
la anunciación que con el mismo gesto
una luz más antigua conociera.
Porque la infancia es la primera herida,
y el doliente reverso de las noches
en su turba de amor viene a romperse,
a sacudir su propia urdimbre
obedeciendo a la orfandad y al miedo.
Y con la muerte el aire de la vida,
y no sirve asombrarse en la quietud
de las aguas que integran la belleza.
Se antepone la fiebre del pasado
a la mirada audaz y sin regreso.
El encuentro del ser en la batalla
con la amarga obstinación de su demora,
el fuego como víctima del humo
y el garabato mineral del alba.
Para que cruja el sol y la corteza
que perfilando fue su transparente
vocación. Y ahora observa los estigmas
en las moras, en la intacta materia
de la fe, donde sólo supimos escondernos.
O la presión del viento en cada mano
que se ha querido abrir a la esperanza:
la desnudez secreta de la rosa,
las petunias en mi voz cuando las amo
y aprendo del destierro de la muerte,
la serenidad del alma en esa puerta
a ciudades invisibles, en el eco
de la estirpe borrada y detenida.
Es pulsación del tiempo en la raíz
y en las hoces de la historia abandonada.
Y cada paso es piel de lo que nace
y frecuenta las órbitas del grito,
se teje como el río que azorado
va a instalarse en la piedra del tambor.
Un vértigo que quiebra la costumbre
de esperar en la indómita llanura,
la sacrílega unión con el olvido,
con el ala fugaz de lo perpetuo.

El sortilegio de la sangre, boca de luz
sobre el fango del mundo.

Esa hora de la noche en que engendramos
la oscura luz de lo dormido.
La muerte un sortilegio,
implacable teatro que trasciende,
testimonio que ya habita
la ardida plenitud de la frontera.

Rebelión al viento,
ascendencia
sorda de los pájaros.

Desnuda posesión
para quien sabe amar, y comprender su bosque.
¿Quién puede entre los labios
darle al viento su caricia,
su pequeña muerte que permite
la labranza naciendo de la luz?

Golpead la aldaba,
decidme que las calles
ante esta puerta no son mías,
y queda el residuo en lo sagrado
sobre tanta piedra en la ciudad que canta.
– – –
Es la flor a la deriva,
su pensamiento entre las cosas.
La desnudez eterna que se extiende
hacia el sonido de lo muerto.
Y el prodigio. Y el tesón en lo que nace.

Nube de juventud para estos labios
que en soledad se muestran y comprenden.
Rumor del ojo, rasgo hacia otra edad,
alzar la suerte y ver el mundo.
Como tiemblan, cuando comen, los gorriones.
El cuerpo del misterio, buche que ha quebrado
su alimento. ¿Estas sílabas de luz
resumen la apariencia?
¿Este canto en cada tarde
de surcos y de mieles?

Has visto
los arados brillar. No te sorprenda
esta alegría, trigo en tu memoria
y en la guarida limpia del verano que se incendia.

Eres la luz de lo aprendido,
la savia que ha regado
la inocencia de la noche.
de su libro “El vuelo y la mirada”.

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