LA NOCHE DESAVIADA/

Igor Barreto (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Mirando fijamente hacia la nada
en una noche del invierno, fría,
la savia vi del cielo que caía
dejando deslizarse enamorada
dudando si lloraba o sonreía.

Por mas que a los cristales se agarraba
sus uñas no impedían el descenso,
no importa un SOS lanzara o que llorara,
el cristal fue empañándose de incienso,
la gota feneció desconsolada.

La luna que en la niebla se escondía
con un halo de luz iluminaba
la estancia cual lo hiciera una bujía,
la vela, una candela. Y aún llovía,
las lágrimas del cielo dios regaba.

Pronto se hizo la luz entre la brisa
la joven, tan sumisa, tan callada,
tan triste que adornaba su sonrisa
presumida que dice acude a misa,
cual niña, pizpireta, descocada.

Mas el tiempo pasó. Y la amnistía
hizo a la oscuridad su gran aliada,
el silencio voló a la sacristía
y segundos después yo me dormía.
La noche quedó sola y desaviada.
©donaciano bueno

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Igor Barreto

El Árbol de Mango

Para venir a poseerlo todo
no quieras poseer algo en nada.
San Juan De la Cruz

El árbol de mango
es inmortal
y no necesita de lo humano.
Forma umbríos claros
en lo denso del monte
y ahí perdura.
La palma
podrá sostener al mundo,
pero el mango
ha aceptado
la oscura llamada del bien.
Porque no quería tener
algo en nada
se ha ido:
más allá de las dunas azules,
entre madroños y píritus
de negra espina.
Allí
donde dos ríos se unen
como semblantes de soledad.

Estas Garzas

A la memoria
de José Natalio Estrada.

Estas garzas
deben ser castellanas
porque forman una V al volar.
los ríos se represan
y se hacen cada vez más anchos.

Dos manatíes afloran
y lanzan tenues chorros de vapor blanquecino.

La vieja casona del puerto:
bisagras, cerraduras de bronce.
En el meandro constelado de uno de sus cuartos
los pezones negros de una mujer.

La cúpula
de la iglesia.
En un nicho de su fachada
el enyelmado guerrero
pregunta al ya caído en el hondón:
¿Quién como Dios? ¿Quién como Dios?
¿Quién como Dios?

Y más allá la sabana,
el polvo con el viento tras los viajeros
y el ganado,
y tras ellos el tardío anhelar del corazón.

Que sople fuerte el viento del idioma
para que estas aves lleguen lejos

Reminiscencias

A la mitad de la segunda estrofa
aparece
la palabra “almendro”.
El mismo árbol
estuvo
junto al palafito de una sola pieza
y el pequeño balcón de barandas.

Hoy
un taller mecánico
arroja restos de aceite y grasa,
ahí
donde tus amigos te recuerdan
de camisa y pantalón blanco
sentado en el chinchorro
frente al río.

La soledad
de aquellas tardes,
el esmeril
sobre el oro y el nácar de los versos.
Han sido
sesenta años,
tanta basura acumulada
sobre la línea serenísima de la tierra.

De aquella ciudad
que amanecía entre barcos de paleta,
de tu lecturas de Lugones,
de Herrera y Reissig,
bajo el ala corta del sombrero,
sólo resta
la palabra “almendro”
a la mitad
de la segunda estrofa.

Naturaleza del Exilio

Unas reses llegaron del boscoso anhelo,
de unas calcetas añoradas.

¿Qué sentido tenían aquellos animales
de rostros humanos?

La cocina era una hoguera
a media noche.

El acallamiento
vegetal del balcón

donde unos helechos
aletean como esfíngidos.

¿Qué fue de la quietud de unos parajes
que conocía tanto?

No encontré barriales constelados,
ni la camisa azul.

Era la naturaleza del exilio,
un río de nada.

Algo que corta una cebolla en pequeños trozos,
blanca, como un farol bajo un árbol marchito.

HAMBRE

Tienen hambre
y han abierto
la boca.

Un árbol entero
podría colocarse
en ella

y un río
entero,
hasta unas montañas

con sus picos
y lomas.
Todo cabría

envuelto
en saliva,
en paños blancos.

La saliva
se estira
y ablanda el paisaje:

unas vacas pastan
en la profundidad
de su inocencia

y los caballos
sobre la barda
como estelas funerarias.

Piedad
para los que son
pasto y hueso

porque luego
serán triturados
por el deseo

bajo el cielo
incendiados,
y el ansia

y las paredes
del cosmos
se moverán

y el paisaje quedará guardado
en el saco ácido
de la desmemoria.

El deseo
de comer
lo incomible:

el perro fiel
calles y aceras,
edificios y trenes.

La hoguera de vidrio
de la pequeña ciudad
está encendida.

Devoración, devoración,
no importa cuánto
y cómo.

La hambruna,
la resaca súbita
del ánimo

una epidemia
masiva,
la voracidad

el ventoso remolino
de las aves carnívoras,
el entenebrecimiento.

EL SILENCIO

EL silencio lo aprendí de un cordel blanco
a la orilla del río.
Mis ojos atentos
y las nubes pasando tardas
en el ir y venir de las estaciones.

Estoy sentado
sobre un montículo de arena,
donde estuvieron iguanas
y gavilanes
oteando la creciente,
los trozos de árboles
que irán al mar.

Mi cordel blanco,
mi conversación con los peces.

Nuestro lugar común:
ver pasar los días y las calamidades
y conservar
una misma temperatura.

Luego,
recojo el nylon
y regreso.
(No es nada,
mañana estaré de vuelta).

POR UN CAMINO

POR un camino
al pie de unos árboles de drago
encontré a un morrocoy.

¡Qué figura anciana
la de este animal!

Tenía pequeños
y renegridos ojos.

Como el morrocoy
me es imposible
volar:
sólo el vuelo
del corazón
en el interior
de mi cuerpo.

Me acerqué
al solitario compañero
y descubrí
que su coraza
es un mapa astral:

entre placas
negras,
unos rombos
amarillos
como estrellas
muy antiguas.

El amarillo añejado,
la luz guardada
que brota
de lo negro.

Al regresar
de noche
tuve
que atravesar potreros
de cielo abierto.

Apagué la linterna
para contemplar
ese otro caparazón
sideral.

Pero dónde están los ojos
que me enseñaron
la verdadera luz
aquella que nace
de la pureza
del color negro.

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En un banco, sentado, de madera,de un paseo que llaman Les Palmeresyo desgrano mis lemas y saberes,y dudas que atiborran mi mollera.

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