LA SIEMPREVIVA

»El Poeta sugerido: Manuel Ponce Zavala

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Una flor, esa será mi flor
la que un día renazca en mis cenizas,
cuando el cuerpo termine ya hecho trizas
y no sienta ni pena, ni dolor

Una flor tan llena de color
que el que vea, a mi me identifique
y superfluo sea, que alguien le explique,
el motivo de su gracia y pundonor.

Que aunque bella, se sienta incomprendida,
y parezca, así no sea, arrogante,
que en el mundo fue un triste rocinante
o una gota de agua en mar perdida.

Que de aquí fue sangrándole una herida
sin apenas notar el resplandorl
lo que opinan, que dicen, que es amor
oscuro acto de la piedad fingida.

Y puestos a elegir, la siempreviva
será mi preferida, que yo escoja,
aquella que yo muerto siga viva
mis versos a escribir aquí motiva,
pone el punto final que me sonroja.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Manuel Ponce Zavala

Manuel Ponce

Las vírgenes caídas

A su primer suspiro,
nadie tendió la mano;
sólo el abismo.

Después mil brazos
corrieron al auxilio,
pero ya entonces
ella no quiso.

Corría ya.
Se deslizaba por el ventisco
glaciar abajo,
lanzada,
pero guardando el equilibrio.
Siempre reflujo abajo,
más aprisa, siempre en vuelo, casi en vilo.

Tú acelerabas, vértigo;
acelerabas tú, racha de siglos.
¡Dios mío!
¿Acelerabas
tú mismo?

Quillas contra el viento
sus mellizos,
cabellera de relámpago asido.

¡Miradla!
La miraban. Un solo guiño
de los obscuros lobos
le despojó el vestido.
Allá quedó,
jirones, el armiño.

Lo demás,
siguió, se fue en un grito.
No el suyo.
Más no digo.

¡Ay muerte más florida!

1
Nos ha traído una lengua lejana
a este puro silencio de bosque partido,
en el canto de ayer que se delata en nido,
en el silente nido que cantará mañana.

Callamos por la luz que se rebana,
por la hoja que se ha distraído
y cae. Yo estoy herido
de muerte, una muerte venial y liviana.

Cuelga en la luz, cuelga en la rama vencida,
en cuevas perfumadas se despeña,
y en dondequiera pienso y amo, me provoca.

¡Ay, ninfa descarnada! ¡Ay, muerte más florida!
Se prende una rosa, se prende una tarde pequeña
en el risueño plantel de su boca.

2
Entre dos continentes amarillos
y una marcha de perlas hacia dentro,
asomaba su prístina palabra
como semilla de su limpio mundo.

De sus labios colgaban los jardines,
gozosos de su alegre despedida,
y envueltos en su túnica sonora,
desflecaba los iris de su lengua.

¡Oh muerte, paraíso doloroso,
en tu mercadería de perfumes
anda luzbel de simple mariposa!

Pero en tus sienes, que las horas hacen
urna depositarla de sus mieles,
no tejeré ni una sola frase.

3
Después, cuando la sangre se gloríe
de haber ensortijado fieramente
millares de kilómetros febriles
en el pequeño huso de la estatua

y, rito silencioso el olvido,
trace por último su atenta firma,
para la identidad de la materia,
botín de pajarillos seculares:

reducirás a polvo el argumento
que tuve para hollar con pies altivos
los dorados insectos de la tierra.

Pero mientras ocurren los narcisos
a cegarme la fuente de los sueños,
tu enigma es floreciente margarita.

MISTERIOS GLORIOSOS

LA RESURRECCIÓN

Vuelva la muerte a su fosa
después que en la sombra inerte,
luchando en lid silenciosa,
rompió capullos de muerte
invencible mariposa.

LA ASCENSIÓN

¿Por qué, domador de azares,
vuelves a tus patrios lares
y a la paz donde te subes,
siendo pescador de mares,
te haces pescador de nubes?

LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

Amor, no te conocía,
ni tampoco te creía,
hasta que tu fuego, amén,
me ha consumido recién,
¡y quién sabe todavía!

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN

La rosa que tiene imán
en el más alto desvelo
gira entornada hacia el suelo
buscando, si se lo dan,
lo que le faltaba al cielo.

LA CORONACIÓN DE MARÍA

El mar, un difuso toro,
el aire, una cuerda fría,
la tierra un libro de oro,
y todo junto es un coro
para cantar a María.

LA RESULTANTE DE UN PAISAJE

Voy a gusto
¿descuidadme, señores?
en la rueda del mundo.

Y sin remordimientos
y con mucha esperanza
a bajo precio.

Lo mismo voy mecido
en el verde columpio,
que muerto por el río.

Los árboles a una,
lanzaban con agrado
sus fumarolas verdes.

Pero allí se quedaban
?oh, qué tiernos?
dormidas en los brazos.

La sombra de mi cuerpo,
los hombres todos eran
dibujos caprichosos.

¡Qué torre disparada;
seguro que me iría
si el arco disparara!

Los ojos de agua, ledos,
tienen liras pulsadas
por ángeles secretos.

Y los ojos ?¡creedme!?
y los ojos dormidos,
cerrados para siempre.

Yo me voy a los árboles
del alba
donde labro mis cárceles.

La verdad no es amor,
ni te amo,
pena mía y de todos.

La verdad es decirla
a sabiendas
del punto de partida.

A JESÚS CRUCIFICADO

Yo te adoro en razón de lo increado,

temo en Ti por el brazo justiciero,
admiro en Ti la omnipotencia; pero
te quiero sólo por crucificado.

No te puedo querer en otro estado,
Ni esperar de otro modo lo que espero;
aunque sé que la infamia del madero
no es otra que la cruz de mi pecado.

Duélenme, sí, tu afrenta y el delito
que yedras enlazadas con tal arte
consuman en tus sienes de proscrito.

Pero yo no me canso de mirarte,
queriendo, si pudiera en lo infinito
crucificarte, sólo por amarte.
De El jardín increíble

AL CRISTO DE MI ESTUDIO

¿Cuándo murió mi corazón inerte,
que no muere de verte ajusticiado,
pendiente del marfil donde, labrado
es una fácil alegría verte?

Rota el ara, la vida se te vierte
por la heráldica brecha del costado,
¡oh cántico de cisne asilenciado
y torre en los suburbios de la muerte!

Yo en flores, Tú en escarcha estás cautivo;
Tú en tinieblas, yo en luces me derramo,
y en tu divisa gozo, sufro y amo.

Por una parte lloro compasivo,
mientras por otra olvido tu reclamo:
y es que de puro simulacro vivo.

OJOS DE CRISTO

Ojos de Cristo hablando con los míos,
de miradas que fluyen como ríos,
para que los remonten mis navíos.

Ojos, en donde sin estudio, leo
lo que mejor conviene a mi deseo:
ojos que ven por mí lo que no veo.

Ojos, que por señales convenidas,
son promesas, halagos, bienvenidas
y escape de mis ansias contenidas.

Ojos inevitables y presentes,
que acuden a divinos expedientes
para que no los juzgue indiferentes.

Ojos que me penetran como espadas
y, si corro por sendas extraviadas,
me mueven una guerra de miradas.

Ojos que si sucumbo en la contienda,
son a mis daños: vino, aceite y venda,
buenos samaritanos de mi senda.

Ojos que, centinelas apostados,
por mi descuido viven con cuidados
y por su compasión, disimulados.

Porque no quiero daros más enojos,
¡romped, ojos de Cristo, mis cerrojos!
pues me lleváis el alma tras los ojos

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