LOS PALOS DEL SOMBRAJO

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Subir al cielo y ver, eso es lo mío,
subir al cielo y ver lo que ha pasado,
subir y comprobar si el albedrío
es algo que produce escalofrío
y lleva irremediable hacia el pecado.

Subir al cielo y ver quien ha subido,
sentirme placentero allí a su lado,
dejarme de amargar desconfiado
y hacerle un selfie a dios muy resentido
que tantas malas tretas me ha jugado.

Dejar de flagelarme con la duda,
sabiendo lo que hasta hoy nunca he sabido,
si es cierto que aquí el alma he pervertido
o en cambio es que a mí dios ya me la suda,
pues que a él quise matarle y no he podido.

Con él pido clemencia y no la encuentro,
sin él me encuentro pobre y desvalido,
no alcanzo a comprender a qué he venido,
por más que miro afuera y hacia dentro
allí no existe más que un salpullido.

Los hombres, ser felices, nuestro invento,
la fama, la riqueza y el trabajo,
y a todos los placeres a destajo,
y cuando descubrimos si es un cuento
los palos se nos caen del sombrajo.
©donaciano bueno

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Comentario: La búsqueda de la felicidad
Cuando a alguien se le caen los palos del sombrajo, es lo mismo que decir que se le cae el alma a los pies.

Poetas premiados

(Francisca Aguirre, Premio Nacional de las Letras 2018)

HACE TIEMPO.

A Nati y Jorge Riechmann.

Recuerdo que una vez, cuando era niña,
me pareció que el mundo era un desierto.
Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
las estrellas no tenían sentido,
y el mar no estaba ya en su sitio,
como si todo hubiera sido un sueño equivocado.

Sé que una vez, cuando era niña,
el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un socavón que se tragó a la vida,
un embudo por el que huyó el futuro.

Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
se me calló la sangre, como si de improviso,
sin entender por qué, me hubiesen apagado.

Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
Y un odio lacerante, una rabia homicida
que, paciente, ascendía hasta el pecho,
llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.

Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
y mientras él cantaba ante su caballete
se quedarían quietos los barcos en el puerto
y la luna saldría con su cara de nata.

Pero no volvió nunca.
Sólo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.

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