¡MALDITAS CANAS!/

Melchor de Palau (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Y nacerán un día sobre tu pelo gris
para decirle al mundo que tú ya eres pasado,
recordarán marchitas tus sueños de aprendiz,
quisieras ser feliz más ya están a tu lado.

Les mirarán tus ojos, respirarás profundo,
repudiarás su estancia sobre tus nubes grises
y clamarás al cielo rabioso e iracundo
más volverás sereno al ver tus cicatrices.

De ese jardín florido en el que tú creciste
y que durante un tiempo quizá has disfrutado
los árboles se mueren, las plantas ya están tristes,
hasta las florecillas de pena se han secado.

Y pensarás pintarlas de verde de esperanza
para que el mundo crea que todo sigue igual,
por más que tu te esfuerces, la rueda en esta danza
va llegando el ocaso de forma natural.

No deberás sentir que el cielo se ha nublado
ni siquiera añadir desencanto o lamento,
alertas sólo son para observar del tiempo
lo mucho aún por vivir recordando el pasado.
©donaciano bueno.

Donaciano Bueno Las canas son esas alertas que, milagro de la naturaleza, aparecen en un momento de nuestra vida para despertarnos de nuestro letargo y hacernos ver que el tiempo va pasando y que hay que aprovecharlo.

¿Conoces a Melchor de Palau? Lee/escucha algunos de sus poemas

Melchor de Palau

ODA AL CARBÓN DE PIEDRA

Este, que veis, carbón endurecido,
yacer a mantos en terrestre fosa,
rayos de claro sol un tiempo ha sido,

A la voz de la Industria poderosa,
abandona, cual Lázaro, su tumba,
y a más vida resurge esplendorosa.

Con su aliento, no hay miedo que sucumba
la que es de nuestro siglo predilecta
hija febril, y cual abeja zumba.

Que, a medida que avanza más perfecta,
a la Ciencia siguiendo va anhelante
y sobre el Arte su fulgor proyecta.

Ella nos dice que llegó el instante,
?aun cuando en la substancia son hermanos?
de apreciar el carbón más que el díamante.

De que cesen los míseros humanos
de prosternarse ante el inútil fuego,
y de tenderle codiciosas manos

Nunca su brillo me turbó el sosiego,
mas del pan de la industria a la excelencia
férvido canto de mi lira entrego.

Cantar quiero su enérgica potencia
los bronces al fundir, nuncios de saña,
defensores de patria independencia,

Cuando caldea y en su lumbre baña
a la férrea fugaz locomotora,
sierpe que tiene el silo en la montaña.

Que, cual ave o Jóve vóladora,
se encumbra a los más arduos peñascales,
y el espacio famélica devora.

Por él llega a los témpanos glaciales
el buque, sin más trapo que su enseña,
contrastando los recios vendavales.

Reemplaza activo la fluvial aceña;
vigor produce en la nerviosa pila;
las creaciones artísticas diseña.

Por él la roca su metal destila;
por él dice el crisol la verdad pura;
el átomo su afine se asimila.

Hasta gérmenes ricos en dulzura
la Química halla en él para su gloria,
colores y matices la Pintura.

Y, de fúlgido origen en memoria,
demás que rasga de la noche el velo,
despide lumbre en exprimida escoria.

Solar emanación con vivo anhelo,
la luz, la fuerza, y el calor prodiga.
Como su padre que recorre el cielo.

Y que?cual suele previsora hormiga,
en la estación de abrasador verano,
sin un punto ceder en la fatiga

temiendo el filo del invierno cano,
almacenar bajo escondidos techos,
el robado a los trojes rubio grano

en la época feraz de los helechos
presintiendo el invierno del planeta,
guardó el carbón en insondables lechos.

La faz del globo de arbolado escueta,
diera la Industria el postrimer suspiro
a no surtirla tan copiosa veta.

Ved al carbono en incesante giro
recorrer los tres reinos naturales;
ya inficionar la atmósfera le miro,

ya, atraído por fibras vegetales,
el germen de sabroso fruto,
ya, salvando los límites florales,

nutrir la grácil ave, el tardo bruto,
ya tornar al espacio con empeño,
de la muerte y la vida fiel tributo.

Mas tú, sepulto en ataud roqueño,
a ciclo tan fecundo substraído,
dormiste largo, indiferente sueño.

Te han pisado, mas no te han conocido;
pasaron sobre ti, cual polvo leve,
las varias razas que en el mundo han sido.

Tocábale al gran siglo diez y nueve,
explorar tus veneros con acierto,
aun bajo la polar cándida nieve.

¡Qué fuera de la Industria tú encubierto!
con gratitud en su aflicción te nombra
negro maná de su árido desierto.

Un día fuiste gigantesca alfornbra;
henchir hoy hallamos calor y luz radiante
donde otros seres disfrutaron sombra:

Que Dios, previendo nuestro afán constante,
para su hartura reservarnos quiso
esa fecunda flora exuberante,
que adorno fue quizá del Paraíso.

A LA IMPRENTA

Perdona ¡oh sombra augusta de Quintana!
si es osada mi pluma,
el tema a proseguir que con lozana
inspiración trataste y gloria suma;
humilde es el deseo que la mueve:
pues loaste la Imprenta en sus albores,
al comienzo del siglo diez y nueve,
el de cantar su noble gallardía,
su viril ardimiento;
hoy que, merced a alambres conductores,
vuela más rauda que la luz del día;
hoy que, doquiera late,
llevada por veloz locomotora,
como en férreo caballo de combate.

Cual ave errante que el agreste nido
deja, no bien presiente
la fuerza de sus alas temblorosas,
y va despareciendo lentamente
en la extensión vacía,
así el verbo, salido
de los labios humanos, se perdía.
¡Cuántos geniales frutos,
emanación de mentes creadoras,!
¡Cuántos claros principios absolutos!
¡Cuántos brotes precoces
que el cerebro animaron,
germen de mil ideas redentoras,
han nacido y han muerto
tristes clamantes voces
en árido desierto!
¡Pobre Ciencia obligada
a comenzar de nuevo su carrera,
al llegar a la meta codiciada;
estéril lanzadera
con rompederos hilos preparada!

Como de flor en flor la mariposa,
la Tradición en vano
de labio en labio sin cesar se posa,
repitiendo acuciosa
el elemento sano
la densa levadura
en que el hombre ha de hallar cumplida hartura.
Del recogido polen
lo mejor va perdiendo en el camino,
y al acabar de la ímproba jornada,
impura y desgastada,
llega pequeña parte a su destino.

¡Oh! bien haya quien tuvo la osadía
de esculpir en la piedra el pensamiento,
con fantásticas cifras cuneiformes,
y moles erigió que, todavía,
—como lenguas enormes—
revelan el misterio
del más antiguo y colosal imperio!
¡Oh, bien haya el fenicio comerciante
que dio con el secreto de encarnar
la palabra vacilante
en esas breves enlazables rayas
que forman el histórico alfabeto!

¡Bien haya el que pidió a la activa abeja
la virgen cera en que el estilo agudo
con esfuerzo sutil la huella deja!
¡Bien haya quien más suave medio
supo encontrar para su intento,
en las plumas del ave,
más propias al ligero pensamiento!
¡Bien haya el que en crujientes pergaminos,
nos transmitió jirones de la historia;
héroes, fechas y nombres,
que de pasados hombres eternizan
la espléndida memoria!
¡Bien haya quien en plácido cenobio,
recopiando con mano presurosa,
libertó del olvido y del oprobio
tesoros de valía,
preciosos elementos
con que dar pasto en no lejano día,
a tórculos hambrientos!

Ellos del fanatismo y la ignorancia
desanudaron la tupida venda,
que el Genio omnipotente,
logró al fin descorrer con maestría;
y desbrozaron la escondida senda
por donde Gutenberg venir debía;
que nunca ha sido la invención humana
a manera del rayo.
que instantáneo fulgura,
y enrojece las nieblas de la altura;
es la nube preñada,
gota a gota acrecida,
con tributos del mar, del lago y río;
por mil vientos contrarios combatida,
que, rotas sus entrañas tormentosas,
a un leve impulso de genial idea,
se derrama en las mieses ardorosas.

Del Rhin naciste en la risueña orilla,
Imprenta veneranda,
y, cual tabla que flota,
seguiste su corriente
que «anda, te dijo en su murmurio,
anda, Mesías esperado de la gente».

No era ya suficiente,
que el libro, fabricado
por laboriosos dedos monacales,
cantara, como pájaro enjaulado,
en los góticos claustros catedrales,
Fecundidad y libertad ansía,
osado Gutenberg exclama: «sea,
vuele libre a la luz del claro día,
que el ave encarcelada no procrea.»
Y, con feliz empeño,
del largo cautiverio lo redime,
en sueltas letras con afán compone
la concebida idea;
los tórculos oprime,
rechina el artificio quejumbroso,
y a cada golpe en el papel la imprime.

¡Cuán hermoso después fue tu destino!
De Elzeviro Manucio y de Plontino
las delicadas manos,
con flores adornaron tu camino.

Bien presto, como río caudaloso,
creció y creció tu influjo,
y merced a tu auxilio generoso,
en millares de copias se produjo
la Biblia codiciada,
antes objeto de imposible lujo.

Reemplazaste al juglar en la velada
del castillo roqueño,
y pudo la doncella enamorada
por ti ser consolada
en las tristes ausencias de su dueño.
Árbol frondoso, tus lozanas hojas
cayeron, como dones bienhadados,
en las comarcas al error sujetas;
y medio concediste a los poetas
para fijar sus tétricas congojas
y revivir decires ya olvidados.

Diote el vapor su prepotente ayuda,
al salvar los linderos de este siglo,
y, con su fuerza ruda,
los mismos hijos que engendró fecundo
en ti, con la pujanza de su aliento,
paseó por los ámbitos del mundo
en el tren impetuoso,
que deja atrás al incansable viento;
y, al mediar la lucífera centuria,
—de tantas maravillas semillero—
el rayo, de los hombres prisionero,
perdida ya su primitiva furia
y domado su brío,
vino a fianzar tu augusto poderío.

¡Oh, nuevo hallazgo, rico y verdadero!
El libro deshojose
para poder volar con más holgura
y arribar el primero,
y, ya rota la añeja ligadura,
apareció la prensa cotidiana,
que en nuestros tiempos reina soberana.

Con palanca tan firme,
soliviantas las masas intranquilas
cual sus olas el piélago iracundo,
y con ellas azotas y aniquilas
y sepultas las glorias terrenales,
y tornasa a erigir en un segundo
estatuas en soberbios pedestales,
y pones en la cumbre
a hombres salidos de humildosas filas,
dueños hoy de la ignara muchedumbre.

Tú llamas a los reyes condenados
a mísero destierro;
tú abates las antiguas dinastías;
tú consagras las leyes;
tú evidencias el yerro,
aúnas los esfuerzos colosales,
induces a la paz, la guerra mueves,
que todo con tus bríos lo remueves.

Tú publicas a voces
lo que en secreto el rayo te transporta
en sus alas veloces;
eres Argos moderna,
que todo lo escudriñas;
nidal de las palomas mensasjeras,
que de tu seno salen a bandadas,
a llevar a naciones extranjeras
las nuevas deseadas.
Ángel de caridad que con tus preces
hasta en tierras extrañas
conmueves los más duros corazones,
cuando el orbe conmueve sus entrañas.

El plomo entresacado
de los hondos abismos de la tierra,
bala tal vez ayer en cruda guerra,
hoy útil del trabajo venerado,
y el papel que nació de harapo aleve,
se rozan ante ti rápido instante,
y surge de ese beso fecundante
el expresivo signo portentoso
que llevará la luz al pensamiento,
como en el recio choque de un momento
del eslabón y el pedernal guijoso,
brota chispa brillante,
que la llama ocasiona fulgurante.

Al mirarte en tu férvido trabajo,
soñadora la mente,
te juzga ser viviente,
susceptible de goce y de dolores,
y más aún cuando crujir te siente
a dar a luz con maternales quejas
y si percibe plácidos rumores
en los puros instantes
en que, ébrio de placer, ansioso gimes
en tanto que copioso centuplicas
las ideas sublimes,
los conceptos gigantes
de Calderón, de Lope o de Cervantes.
¿No son acentos de dolor sombrío
los que exhalas, sumido entre congojas,
cuando te obligan a llenar las hojas
de virginal blancura,
con el error impío,
con la vil impostura
que acrecen la terrena desventura?
Alivio sean de tus fieros males,
pensar que de tu fondo todavía
han de surgir tesoros inmortales,
veneros de saber y de poesía.

¡Oh Imprenta soberana! ¡Quién pudiera
cantar tu porvenir cual yo lo veo!
Percibo, aunque velado,
el nimbo de tu gloria venidera;
lo que hoy es solamente balbuceo
que hace vibrar el ánimo extasiado,
será palabra firme y armoniosa;
el rosado crepúsculo naciente
será mañana sol resplandeciente.

La voz, que prisionera
se aduerme en el fonógrafo mañoso,
tal vez sea el motor que, poderoso
como blanda cascada,
logre, con soplo suave,
—tal el que impulsa a la velera nave—
imprimir a la máquina pesada
el dulce movimiento
que en cifra natural inveterada
convierta el vibrador sonoro acento.
Entonces podrá el labio,
—haciendo doble oficio—
a medida que brote la palabra
meditada del sabio,
deponerla en el dócil artificio,
y el verbo, sin esfuerzo,
irá por propio impulso,
blandamente, en el blanco papel reproducido,
a convertirse en rasgo permanente.

ODA A LA LOCOMOTORA

ODA

Watt, Stéphenson, Crámpton, yo os conjuro;
en premio a vuestro infatigable anhelo,
dejad un punto el inmortal seguro,
pisad de nuevo la región del suelo;
y, al contemplar con ávida mirada,
de metálicas venas
su faz rugosa, por doquier surcada,
gozaréis mayor dicha que en el cielo.

La que sembrasteis válida semilla
no se aventó cual parva de las eras,
en hoya vino a germinar profunda;
hoy es árbol que brota a maravilla,
y que, como las líbicas palmeras,
al través de los aires se fecunda.

Esa serpiente férrea y anillosa,
que en la cabeza el corazón ostenta;
que, inquieta y animosa,
en su carrera al huracán afrenta,
impávida como él, como él ruidosa,
de vuestra mente es singular hechura:
hipógrifo sin alas,
viene a mostraros sus crecientes galas,
su espléndido poder y su bravura.
¡Quién os dijera en los aciagos años
de sórdida miseria,
cuando bebíais hiel de desengaños,
vuestro genio al luchar con vil materia,
que aquel rudo naciente mecanismo,
objeto de irrisión y de sarcasmo,
ya en vuestro siglo mismo,
en que hasta hay luces que proyectan sombra,
despertara en el vulgo intenso pasmo
y del hombre de ciencia el entusiasmo!

Tal como el padre que en la cuna deja
al vástago infeliz, y a extraño clima,
para labrar su porvenir se aleja,
al regresar, con gozo
por haber dado a su proyecto cima,
contempla al niño convertido en mozo,
y duda breve instante,
al ver las sombras del negruzco bozo,
si es aquel hombre el que dejara infante;
así miráis con lógica extrañeza
a la que os debe fulgurante vida;
su, en apariencia, indómita fiereza,
la efusión grata del amor no impida;
vuestra es la savia que en su seno anida
y son vuestras su gloria y su grandeza.

Miradla con placer, con noble orgullo,
ved cual su pecho jubiloso late,
ved cual relincha en gárrulo murmullo,
como corcel ganoso de combate.
No la atajan altísimas fronteras,
que, a contracurso remontando el río,
el silboso Pirene, el Alpe frío,
atraviesa en urdidas madrigueras.
Pasa sobre los polders de la Holanda,
como sobre las aguas del diluvio;
se enfría de la nieve en los cristales;
se caldea en los rojos arenales;
por entre abismos pedregosos anda,
y a las bocas se asoma del Vesubio.

Recorre audaz la cordillera enhiesta;
esquiva la corriente submarina,
bajo el piélago abriendo
impermeable mina;
elude la vorágine funesta
sobre tornátil puente que rechina;
se solaza en la plácida floresta,
y en la falda del monte se reclina.

Vedla el túnel dejar de corvo techo,
oculta en vaporosas espirales,
cual virgen negra que, al salir del lecho,
se envuelve en sus blanquísimos cendales;
con profusión abona
los campos en la plétora esquilmados:
transporta en peso desde zona a zona
los pueblos mal hallados,
y las fuentes vitales eslabona.

Imagen de la bíblica serpiente
que, de dulces promesas al hechizo,
gustar la fruta a nuestros padres hizo,
que pendía del árbol omnisciente;
nos ofrece afanosa,
de Gutenberg por hábil artificio
en el blanco papel reproducida,
la fruta provechosa
del saber, en los campos recogida.

Cual paloma del Arca
es anuncio de paz; su hogar ardiente
do la tea incendiaria se consume,
las razas va fundiendo lentamente;
hace, de polo a polo,
del orbe entero una ciudad tan sólo;
entierra con cariño
el cadáver del mísero expatriado,
so el árbol do jugara cuando niño;
uniforma el color del rostro humano;
arrulla al mismo son del indio el sueño
y del rudo africano
que, dormidos, arrastra juntamente;
el filo embota de sangrienta Parca;
del libre esclavo con los hierros viles
fabrica sus carriles;
y en todo cuanto su poder abarca,
germen de amor desarrollar se siente.

Si, subyugada por la fuerza bruta,
cual caballo de Troya, en sus entrañas
transporta a veces invasora hueste,
vedla, por otra ruta,
hendiendo sigilosa las montañas,
conducir anhelante,
para hacer frente al enemigo artero,
con el carro el caballo y caballero.

Atrás dejando blanquecina estela,
cual nave de los mares del espacio
que al fuego echó la perezosa vela,
por doquiera que va vierte los dones
con que nos brinda próvida natura;
ya llevando a las cálidas regiones
las frutas que requieren la frescura,
ya, a las tierras heladas,
las del sol por los rayos sazonadas.

Es del Comercio mensajera activa,
de acopio signo, de riqueza augurio;
con perpetuo vaivén de lanzadera,
en este siglo de la fuerza viva,
sustituye al alípede Mercurio.

Del Egipto fue símbolo la Muerte,
gastó en su culto la existencia entera;
hoy con tenaz aliento,
norma tomando de la térrea esfera,
el hombre la consagra al movimiento.

Por eso admira y entusiasta adora,
realización de su ideal quimera,
la audaz Locomotora
que, en rápida carrera,
los espacios famélica devora,
y va, con sus silbidos,
despertando los pueblos adormidos.

Por eso os rinde sin igual tributo,
¡oh seres! que en la tierra
días pasasteis de amargoso luto,
de insólito desvelo,
con lo arraigado, en trabajosa guerra,
y que, al dejar el miserable suelo,
tan sólo visteis verdear el fruto.
Miradlo ya en sazón; pueblos viriles
se nutren de su pródigo sustento:
los yermos torna mágicos pensiles;
Ceres moderna, va sembrando a miles
los prolíficos granos del fomento.

¡Cuán brava a Tite los ojos se aparece!
Férrea coraza la recubre entera,
cual paladín que, con ardiente llama,
por su patria luchara y por su dama;
el más leve reposo la enardece;
chispazos de la lumbre en que se inflama
despide, resoplando como fiera,
y el viento vago, con orgullo,
mece el vaporoso airón de su cimera.

¿Oís? La hora sonó de la partida,
ved cual se lanza con febril exceso;
¡gloria a los Genios que te dieron vida!
¡plaza, plaza al Caballo del progreso!

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